7
Para sorpresa de los dos, Oliver me convence de que me suba a la noria en la Feria de Primavera de Denton. Cada vez salimos más a menudo. Oliver ha confesado a sus padres que estamos «pasando tiempo juntos otra vez» y a Emmy le entusiasma que sus abuelos la mimen los sábados por la noche.
Un adolescente con gafas de culo de vaso nos rasga las entradas y nos indica que pasemos. Oliver sonríe y me coge de la mano para ir a una góndola vacía. Noto el metal frío del asiento a través del pantalón vaquero.
—¿Tienes frío? —me pregunta Oliver.
—Solo estoy nerviosa. No es así como vamos nosotros, ¿no? ¿Dando vueltas en una noria oxidada en Denton?
Oliver me dirige una mirada escrutadora.
—Si acaso, será subidos al remolino loco.
—La noria se pone en marcha con una brusca sacudida.
Pronto estamos lo bastante alto como para verlo todo desde el puesto de funnel cakes y las tazas que giran y más allá, hasta el mar de coches del aparcamiento—.
¿Te acuerdas de cuando nos morreábamos en la azotea del edificio de apartamentos en el que vivías?
—me pregunta Oliver—. Ahí estábamos mucho más altos.
—Porque intentaba impresionarte.
A centímetros de la parte más alta, nos detenemos tan repentinamente que los dos salimos despedidos contra la barra de seguridad.
—Debe de estar subiendo alguien —musita Oliver.
Se asoma por encima de la barra y la góndola se balancea. Lo agarro por el brazo justo cuando la noria se empieza a mover y tartamudea de nuevo. Abajo alguien grita:
—¡Rex! ¿Dónde está el botón?
Me arrimo a Oliver y este me pasa un brazo por los hombros.
—¿Cómo puedo hacer que no pienses en esto? —me pregunta.
—¿Llamamos a los bomberos?
—Seguro que Rex lo tiene controlado. Te lo prometo.
Respiro hondo. El aire nocturno huele a funnel cake y a gasolina, pero refresca y resulta reconfortante.
—Cuéntame un secreto. Algo que no me hayas dicho nunca.
La noria renquea, pero solo se mueve unos centímetros. Alguien insulta a voz en grito al chaval de las gafas, que al parecer se ha dado por vencido.
—¡Eh, capullo! ¡Bájanos de aquí!
Luego otra persona increpa a la primera que gritó.
—A ver esa puta lengua. Que aquí hay niños.
Oliver se ríe.
—¡No te rías! —exclamo—. ¡Se mueve demasiado!
Oliver me coge la mano y me besa los dedos con delicadeza. Sonrío y me obligo a relajarme. Puede que sea cosa del destino que estemos en este sitio. Ahora mismo.
—Vale —contesta—. Las esposas no son la única fantasía que tengo.
—¿No?
—Puede que te mintiera cuando te dije que no me sentía atraído por Jackie Gersh.
—¿Quién?
—Nuestra vecina de Duvall Street. Cuando nos casamos, fantaseaba mucho con la idea de acostarme contigo y con otras personas.
—¿En serio?
Asiente.
—Alguien que nos observase. Alguien que te cayese bien. Alguien que me cayera bien.
—¿Otra pareja?
—No... tal vez. Quizá que te daba placer otra persona. No estoy muy seguro de hasta dónde lo maduré, pero los sueños me ponían.
—Pero ¿ya no piensas en eso?
—Bueno —responde risueño—. No he olvidado la idea del todo, pero últimamente solo he estado soñando contigo. Pensando en ti. Pensando en las cosas que te quiero hacer y que quiero hacer contigo.
Su pierna roza la mía. En ese momento lo deseo desesperadamente. Pienso en sus manos en mi cuerpo, su aliento en mi cuello. Estoy enganchada a pensar en estas cosas, y me cuesta recordar haberme sentido así de lela alguna vez con Oliver. Es todo un subidón.
Le sonrío. Puede que esta sea mi fantasía. Estar en una noria averiada manteniendo una conversación inesperada con la persona a la que en su día estaba tan segura de conocer perfectamente, pero que ahora parece otra.
—Te besaría ahora mismo, pero creo que nos balancearíamos. —Así que apoyo la mejilla en su hombro.
Al principio de estar casados, si hubiese sabido que Oliver fantaseaba con tener sexo conmigo y con otras personas, ¿lo habría ayudado a hacer realidad esa fantasía?
¿O me habría asustado? ¿Me habría hecho sentir vergüenza?
¿Celos? Puede que Oliver no fuese el único que mantuvo una parte de sí oculta en nuestro matrimonio.
Durante mucho tiempo he tenido miedo de los secretos que hemos guardado, pero ahora me pregunto si esos secretos no serán los que nos mantengan unidos.
Puede que sea todo sobre lo que he estado trabajando en Dirty Diana.
Tal vez esta sinceridad recién descubierta entre nosotros cree una base más sólida.
Ni la primera casa ni la niña, ni tan siquiera el primer beso.
Ahora es cuando estamos empezando a construir algo lo bastante fuerte para que soporte el peso de nuestro matrimonio.
—¿Diana?
—¿Sí?
—Dime algo real.
Una invitación. Este es el momento para hablarle de Dirty Diana. Pero cuando levanto la cabeza y me vuelvo hacia él, la noria chirría y cobra vida con una rápida y terrorífica sacudida. Oímos metal contra metal y un breve silencio seguido de gritos de alegría.
Oliver y yo exhalamos; el suelo firme está cerca. Pero esta inminente sensación de seguridad no es rival para mi cobardía. Aprieto un poco más la mano de Oliver y le cuento una verdad, pero no un secreto:
—Me alegro mucho de estar saliendo otra vez con mi marido.