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Después de recibir un mensaje urgente de la asociación de padres la noche anterior —y después de perder con Oliver tras echarlo a cara o cruz—, voy a buscar a L’Wren para asistir a una reunión en casa de Lorraine Duncan.
Ignorar abiertamente una «reunión de emergencia» de la asociación de padres que se celebrará en la casa de la presidenta de la asociación es como enviar una circular a la ciudad entera diciendo que, después de todo, uno preferiría educar a su hijo en casa.
Llegamos a la mansión del barrio de Preston Hollow a las nueve en punto de la mañana, cada una de nosotras con una bandeja de fruta fresca troceada.
En la puerta con forma de arco, el ama de llaves de Lorraine se hace cargo de nuestra ofrenda de melón y nos conduce a través de la grandiosa estancia al jardín trasero.
El ondulado césped verde ya se está llenando de madres y de algunos padres.
A nuestra derecha han dispuesto varias hileras de sillas plegables.
A mi lado, L’Wren escudriña el gentío, más numeroso de lo habitual en una reunión de la asociación de padres. Por lo general se siente cómoda entre estas personas, pero hoy es evidente que L’Wren está tensa.
—No lo entiendo. En el chat de WhatsApp no hay nada. No me gusta. Será mejor que no intenten colar algo en la agenda, como tratar de cargarse mi Feria de Adopción de Mascotas de Primavera. Tardé tres años en conseguir que la aprobasen.
—Seguro que te habrían llamado antes.
L’Wren frena en seco.
—Dama del Sombrero, a las tres en punto. —Sigo sus ojos hasta Raleigh, compañera de la asociación y la primera mujer con la que salió Oliver después de irse de casa.
—Tienes que dejar de llamarla así.
L’Wren se encoge de hombros.
—¿La saludamos?
La última vez que hablé con Raleigh discutimos en el aparcamiento del edificio en el que vive Oliver. Sabía lo de Dirty Diana y me advirtió —me amenazó— de lo que pasaría si Oliver se enteraba. La boca se me seca.
—Parece ocupada.
Y es así, está absorta en una conversación con un grupo de madres bien vestidas de alumnos de quinto de primaria.
—Desde luego ha conseguido que la vuelvan a aceptar —observa L’Wren—. ¿Crees que todavía me tiene miedo?
—Venga, relájate. Vamos a picar algo.
Después de unos cuantos saludos agradables, nos detenemos cerca del fastuoso despliegue de bollería y café. Nuestra fruta cortada no ha llegado al bufé de mantel blanco, y L’Wren vuelve a preocuparse por el verdadero motivo por el que estamos en este sitio.
—Si hay alguna sorpresa, espero que solo sea que alguien está muy enfermo. O que se está muriendo...
—¡L’Wren!
—¿Qué? —Se lleva una mano al corazón—. Me refiero a alguien muy mayor, como la señorita Sheila, la profesora de música. Ha tenido una vida maravillosa. Su marido falleció el año pasado. Me encantaría planificar una ceremonia de despedida en su honor.
Jenna, nuestra amiga mutua, viene hacia nosotras, los rizos dando saltos, entusiasmada con algún cotilleo que contar. Ha convertido en un trabajo a tiempo completo, no retribuido, enterarse de todo lo que pasa en el colegio.
—Sé por qué estamos aquí —revela.
Hace una pausa efectista hasta que L’Wren revuelve los ojos.
—¡Jenna!
—¿Os acordáis de Sarah Lamont? ¿La madre de Rex?
Bueno, pues la hermana mayor de Rex, Harmony, va a quinto.
¿Sabéis quién es Harmony? ¿Una chica alta, mona, que juega al lacrosse ?
En cualquier caso, Sarah me contó que, por lo visto, una de las chicas de quinto —Jenna enmudece para articular con los labios «Aubrey»— estaba dando clases en el aparcabicis el martes pasado. Sobre cómo hacer una mamada.
—¿¡Qué!? —exclama L’Wren entre risas.
—Exacto. A Lorraine casi le da algo cuando se enteró. Su hija, Savannah, se lo contó todo. Ya sabéis que Lorraine es la que intentó que volvieran a dar misa en la capilla cinco días a la semana. Es muy devota.
—A ver, esto es St. Mary’s. Todo el mundo es devoto.
—Pero Lorraine lo es más. Le echa la culpa de todo a la clase de educación sexual que acababan de recibir los de quinto.
—Eso es ridículo —resoplo.
—¿Eh? —Los ojos de L’Wren recorren el gentío—. Entonces ¿no ha muerto nadie? ¿O no hay nadie muy enfermo?
—¿Qué? ¿Alguien muerto? —Jenna la mira con cara de perplejidad—.
Puede que Lorraine muriese un poco aquel día.
—Jenna se lleva una mano al corazón y finge desmayarse encima de mí.
En ese momento oímos el tintineo de una cucharilla contra un vaso de té helado y nos insta a ocupar nuestros asientos—.
No la hagáis enfadar. ¿Os acordáis de lo que Lorraine le hizo a Adele?
—Por Dios —se lamenta L’Wren—. Fue espantoso.
—¿Quién es Adele? —pregunto.
—Eso es —responde Jenna de forma significativa. Los ojos se le agrandan tanto como los rizos.
—¡Para! —Me río y me siento en una silla plegable entre L’Wren y Jenna.
—Lo digo en serio. No os metáis con ella. Pase lo que pase hoy, yo tengo la firme intención de hacerme la escandalizada y seguir la corriente.
Miro a L’Wren en busca de apoyo, pero se limita a hacer como si se cerrase una cremallera imaginaria en los labios.
—¿En serio? ¿Tú también?
Se encoge de hombros y me dice al oído:
—No quiero ser gili, pero tú aquí no pisas terreno firme. De todas nosotras, tú especialmente tienes que estar calladita.
—¿Qué significa eso? —inquiere Jenna, que siente curiosidad en el acto.
Cabeceo justo cuando Lorraine se sitúa delante de todos nosotros.
Lorraine mide más de un metro ochenta, su postura es perfecta y lleva el lápiz de labios en tono coral, a juego con las uñas coral.
—Gracias a todos por venir con tan poca antelación.
—Cuando une las manos, sus anillos de diamantes lanzan destellos—.
Sé que estamos todos muy ocupados y tenemos una agenda apretada y nuestros hijos nos traen de cabeza, pero como la mayoría de vosotros sabéis por el chat del grupo...
—Se aclara la garganta como para decir: «¿Voy a poder con esto?
Lo intentaré. Por todos vosotros»—. El martes un grupo de chicas de quinto estaba en el aparcabicis, hablando de sexo oral y la forma de realizarlo.
Dando instrucciones explícitas a oídos impresionables.
Me horrorizó saber que mi propia hija había recibido parte de esta información.
Gracias a Dios, mi Savannah y yo tenemos una relación lo bastante estrecha como para que sepa que a su mami se lo puede contar todo.
—Un avión sobrevuela el jardín y durante un instante me distraigo, preguntándome cuánto dinero habrá gastado Lorraine en intentar que modifiquen la ruta del aeropuerto.
Cuántas cartas habrá escrito, cuántas reuniones como esta habrá celebrado—.
Como la mayoría de vosotros sabéis, me pronuncié con suma claridad en contra de la asignatura de educación sexual este año.
Y ahora... —Nos dirige una mirada que dice: «En fin, un hecho consumado que vosotros, pobres idiotas, podríais haber evitado si me hubierais hecho caso»—.
Ahora, padres, ya sabéis el motivo. Nuestros hijos merecen tener la oportunidad de ser niños.
Este mundo quiere que crezcan deprisa. No podemos protegerlos de todo, pero el colegio al que los llevamos debería ser un espacio seguro. Un espacio en el que puedan ser niños.
Todo el mundo guarda silencio y está muy quieto.
—Hoy estoy aquí porque necesito que todos nosotros, los padres, nos solidaricemos y hagamos lo correcto para nuestros hijos: pidamos que retiren educación sexual del plan de estudios de quinto.
Que levante la mano todo aquel que desee respaldarme cuando presente la debida solicitud formal a la administración. —Lorraine levanta torpemente un brazo.
Una por una las manos se van alzando, incluidas las de las dos personas que me flanquean.
—¡L’Wren!
—¿Qué? Le puedo enseñar a Halston todo que necesita saber. Le compraré un libro y lo dejaré abierto en la mesa de la cocina, como hizo mi madre.
—Esto es una solemne estupidez —musito—. La educación sexual es educativa. No tiene nada que ver con privar de su infancia a los niños.
Lorraine cuenta en silencio las manos que hay en el aire.
L’Wren susurra a su vez:
—Diana, hazme caso: si alguna vez fue buen momento para no ir a contracorriente es este. No vale la pena.
—¡Estupendo! —Lorraine sonríe y las manos vuelven a los regazos—. Sin embargo, veo que algunas manos no se han levantado.
—Ostras... —farfulla Jenna.
—Muy bien, lo entiendo... —Lorraine sonríe, pero como un cocodrilo de agua salada, toda dientes puntiagudos y lista para atacar—.
Esto no es una dictadura, ¿no es cierto?
Puedo ser justa. Todos aquellos que queréis que hablar de sexo forme parte del plan de estudios de quinto, ¿os importaría dar un paso al frente y ofrecer una explicación?
L’Wren me aprieta la rodilla.
—No des un paso al frente.
—¿Qué otra cosa puedo hacer? Me está mirando a mí.
—Desaparecer. Fingir que te llaman por teléfono. Desmayarte. No lo sé.
Levanto la mano.
Lorraine me señala.
—Sí... Eh, me recuerdas tu nombre, ¿por favor?
Me he presentado a ella cuando he hecho de voluntaria en por lo menos tres ferias distintas.
—Diana Wood. —Me pongo de pie y todas las cabezas giran hacia mí—. Mi hija, Emmy, va a segundo.
—Muy bien —dice despacio—. Así que tienes una hija pequeña y no estás preocupada.
—Pues claro que sí. Siempre estoy preocupada por Emmy.
Si hay cualquier cosa de la crianza por la que preocuparse, créeme si te digo que me he pasado una noche en vela preocupándome por ella: el azúcar, el tiempo que pasa frente a la pantalla, que pueda coger la hepatitis en un bufé de ensaladas, la E.
coli en un lago. —Me río, con cierto nerviosismo, y L’Wren me apoya con una risita educada—.
Pero creo que la educación sexual es valiosa y necesaria en el plan de estudios y yo diría que el problema es otro.
—¿Cuál?
—Déjalo. —L’Wren tose.