La respuesta (Dirty Diana 3) 5
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—¿Adónde te fuiste cuando desapareciste aquel fin de semana largo el año pasado?

Casi estamos en mayo y Oliver y yo nos deslizamos en una canoa por el centro de un lago de un azul cristalino.

—¿El Cuatro de Julio? Sabes de sobra dónde estaba.

Nos hemos alejado de la orilla y ahora estamos tumbados bocarriba, con la cabeza en extremos opuestos de la canoa. No es una embarcación grande, así que los pies nos llegan a la altura de la cadera del otro.

—No lo sé. De verdad que no.

—Estaba con alguien.

—¿Con Jasper?

No me ve asentir, pero ya sabe cuál es la respuesta.

—¿Qué clase de nombre es ese?

—Oliver.

—Perdona. Es un nombre estupendo. Si hubiéramos tenido un hijo, lo habría llamado Jasper sin dudarlo.

Le doy suavemente con el pie en la cadera.

—En serio, háblame de él.

—¿Por qué? —Me apoyo en los antebrazos para verle la expresión, que es dulce y genuina.

—Siento curiosidad. No sé nada de él.

—Era un viejo amigo. —Me tumbo de nuevo—. De Nuevo México.

—¿Salías con él entonces?

—Sí.

—¿Por qué lo dejasteis?

Dudo. ¿Cuánto quiere saber? Estaba enamorada de Jasper y cuando se fue de Santa Fe me partió el corazón.

—No estaba listo para comprometerse —contesto.

—Pero tú sí querías. Comprometerte.

—Eso pensaba. La verdad es que siempre me resultó fácil estar tan segura porque de algún modo siempre supe que él no estaba listo. Así que no tenía por qué preocuparme por el compromiso.

—Así que cortó contigo, ¿no?

Sobre nuestra cabeza el cielo está pasando del naranja a un gris púrpura, y me preocupa que oscurezca antes de lo que pensamos.

—Sí. Cortó conmigo. De una manera imprecisa, como solo Jasper es capaz de hacerlo.

—¿Te molestó?

—Me destrozó. Pero era joven y nunca había estado enamorada. Fue antes de conocerte.

—¿Pensaste alguna vez en él? ¿Después de que nos casáramos?

Todo el tiempo. Sobre todo durante los últimos años. A veces imaginaba que era Jasper con quien estaba haciendo el amor.

—¿Por qué me preguntas todas estas cosas?

—Quiero saber. Parece que fue una parte importante de tu vida y nunca me has hablado de él.

—¿Qué hay de las mujeres con las que tú saliste?

—¿Qué hay de ellas? Te contaré todo lo que quieras saber.

—¿Todavía piensas en alguna de ellas?

—No.

—¿Ni siquiera en Katherine?

—A veces. Pero no como tú crees.

—¿Por qué no?

—Pienso en otras cosas. Era buena. Y divertida. Y con ella las cosas eran fáciles.

—Las relaciones nuevas siempre son fáciles. —No lo puedo evitar—. Perdona, he sido yo la que ha preguntado. Continúa.

—Emmy y Taylor se llevaban bien, así que era fácil para todos estar juntos.

Algunas de las mujeres con las que salí después de que tú y yo nos separáramos eran más jóvenes y no tenían hijos, así que les gustaba salir mucho.

Con Katherine no tenía que estar toda la noche en danza.

Podíamos hacer cosas como pedir pizza y llevarla al parque.

—Ya. —Intento buscar formas en las nubes para no tener que imaginar sus pícnics en el parque.

—Y me gustaba su cuerpo.

—Oh. —Una sensación me asalta por sorpresa; puede que no sean celos, sino anhelo. Mi propio cuerpo cobra vida. Presta atención.

—¿Qué te gustaba de su cuerpo?

Oliver se incorpora y empieza a remar. Creo que está intentando cambiar de tema hasta que me doy cuenta de que se está dirigiendo hacia una parte más aislada del lago.

—¿Por qué no contestas?

—¿De verdad lo quieres saber?

—Lo quiero saber, sí.

Cuando las palabras salen de mi boca, una temeraria descarga enérgica nos recorre a los dos. Ambos estamos firmes, frente a frente.

—Tenía un buen culo. Y cuando teníamos sexo, me rodeaba el cuerpo con las piernas. Me gustaba.

El pulso se me acelera.

—¿Qué más?

—Podía hacer que se corriera. Y cuando se corría era muy escandalosa. Le daba lo mismo. Incluso cuando decía guarradas. Era... inesperado. Y me di cuenta de lo mucho que me gustaba.

—¿Qué decía cuando decía guarradas?

—Venga, Diana. ¿Por qué estamos hablando de esto? —Su voz risueña me dice que lo está disfrutando tanto como yo.

—Solo quiero saber. Yo te he hablado de Jasper.

—Decía: «Ábreme las piernas». Me decía que me necesitaba dentro de ella.

Siento calor entre las piernas y mi respiración se vuelve entrecortada.

—¿Cómo hacías que se corriera?

Oliver levanta la cabeza hacia el cielo, como si intentase recordar las distintas formas.

—Es como que se derretía en mí. Y me dejaba probar cosas.

—¿Como cuáles?

—Posturas distintas. Le gustaba el sexo anal.

—¿En serio?

—A mí también me gustaba.

Me mira para ver cómo reacciono. Ahora nuestras rodillas se rozan y quiero tocarlo desesperadamente.

—Jasper sabía exactamente cómo provocarme un orgasmo.

Oliver traga saliva. Su naturalidad es forzada. No hace falta que mire para saber que se le está poniendo dura.

—¿Sí?

—Sí.

—¿Cómo?

¿Le cuento todas las maneras? Sus dedos, su boca, sus palabras...

—Era una postura. Una postura en concreto.

—¿Cuál? —Oliver apoya los dedos en mi muslo, justo por debajo del drapeado de mi falda. Un escalofrío me recorre el cuerpo.

—Cuando yo estaba encima. O de lado, mientras me tocaba.

—¿Dónde te tocaba?

Mantengo la mirada fija en la suya mientras me subo la falda por la pierna, más y más. Después abro las piernas, dejando que vea mi ropa interior de algodón blanca.

—Aquí. —Me toco por encima de la tela.

—¿Todavía piensas en él?

—No de un modo que deba preocuparte.

—¿Lo amabas? —No ha apartado los ojos de los míos.

—Sí. En distintos momentos de mi vida.

Oliver esboza una sonrisa cálida y juguetona. Esa sonrisa hace que nos precipitemos desde el acantilado. Se inclina sobre mí y coloca su mano sobre la mía, entre mis piernas.

El corazón me va a mil. Quiero que Oliver me siga tocando, que presione con más fuerza, que restriegue sus dedos contra mí.

—¿Todavía piensas en Katherine?

—A veces. Me deseaba desesperadamente. Era una buena sensación. Me hacía sentir bien.

Me gusta la idea de que otra mujer desee a mi marido.

Como si fuese una celebridad, adorada en todo el mundo por las mujeres.

Dejo que la fantasía me arrolle mientras miro hacia el cada vez más oscuro cielo, desde nuestro lugar en ninguna parte en el centro del lago.

Con Oliver, dulce, atractivo y engañosamente fuerte.

Parece una estrella de cine de los años cincuenta.

Un novio despampanante, de verano, de Gidget, con vivos ojos verdes, labios rosados y una sonrisa perfecta.

Echo la cabeza hacia atrás y me muerdo el labio con ganas de más: que me toque más, sentirlo dentro de mí.

«¿Cuál es tu fantasía?» Cierro los ojos e imagino a Oliver saliendo del mar con una tabla de surf bajo el brazo, metiendo a su alegre novia con bikini debajo de una toalla y follándola por detrás en la arena.

Retira la mano.

—No me cansaba.

Abro los ojos, pero él los rehúye.

—No te cansabas ¿de qué? —le pregunto.

—Ya sabes.

—Enséñamela.

—Diana. —Trata de advertirme, pero respira entrecortadamente.

—No tenemos que tocarnos... tú solo enséñamela.

Oliver se baja despacio la cremallera del pantalón. Tiene la polla tan dura que casi le atraviesa el bóxer.

—Diana... —Está abandonado al deseo, tiene las mejillas rojas debido a él. Veo la desesperación con la que quiere tocarme. La canoa se mece con suavidad, lamida por pequeñas olas.

—No pasa nada —susurro.

—¿Y si alguien nos ve?

Pero hemos ido demasiado lejos para que eso nos preocupe, los dos aturdidos por el deseo.

—Aquí en medio no hay nadie —afirmo—. Solo estamos nosotros.

—¿Qué pensaría Miriam?

—Ahora mismo no quiero pensar en Miriam.

—Quiero volver a sentirte.

Me acerco más, hasta subirme en su regazo, a horcajadas sobre él.

La canoa se balancea, y me quedo quieta un instante.

Me agarro a los hombros de Oliver y él nos sujeta a ambos.

Permanecemos inmóviles. Completamente quietos hasta que el agua se calma de nuevo.

Levanto las caderas despacio y las bajo sobre él.

Su erección me presiona. Oliver me pasa una mano por el pelo y acerca mi cara a la suya.

En cuanto su boca toca la mía, quiero devorarlo.

Su sabor a limpio, sus labios carnosos, sus musculosos brazos.

—Te quiero, Diana —susurra—. Nunca he dejado de quererte. Ni siquiera cuando te dije que sí.

Le echo los brazos al cuello y me siento más recta para poder hundirme más en su regazo, noto que se le pone más dura contra la tela fina y húmeda de mis bragas. Lo deseo tanto que me las aparto para sentir su piel contra la mía. Pero la tentación será demasiado grande si nos quitamos la ropa.

Beso la base de su cuello, voy subiendo por la mandíbula. Tiro con suavidad del lóbulo de su oreja con mis dientes y le digo al oído:

—¿Te acuerdas del principio, antes de que nos acostáramos...

? —Oliver sonríe y recuerda las veces que nos morreábamos durante horas en su habitación como dos adolescentes.

Ahora nos restregamos contra el otro, más fuerte y más deprisa, sentimos el calor que desprende nuestro cuerpo y no queremos parar.

La fricción aumenta (de nuestra ropa, de nuestra piel), hasta que ya nada importa.

Ni que nos pillen ni que volquemos. Nada importa salvo el calor que hay entre ambos—.

Oliver —gimo, y me besa con ganas, nuestra lengua describe círculos.

Después me aparta, coge mi cara entre sus manos.

—Espera. No podemos. Nuestra primera vez no puede ser en una canoa.

—¿Nuestra primera vez? —Mi pregunta resuena en el lago y los dos nos reímos; dejamos de hacerlo rápidamente, cuando estamos a punto de volcar. Nos estabilizamos y nos miramos a los ojos (nosotros, una canoa, completamente vestidos y con miedo de que podamos volcar) y nos entra la risa de nuevo.

Estoy en la ópera de Sídney viendo La traviata junto a un atractivo desconocido.

Tenemos nuestro propio balcón de Julieta.

Estudié ópera en la universidad, por cierto.

La sé apreciar. De verdad. Y digamos que el bel canto me pone muy cachonda.

Así que, durante un aria especialmente rápida, me muevo hacia el asiento del desconocido, me levanto el vestido negro de lentejuelas y me siento a horcajadas sobre él.

Las voces me recorren el cuerpo mientras lo monto despacio y la coloratura acompasa nuestro clímax secreto como si la hubiesen compuesto para nosotros.