La respuesta (Dirty Diana 3) 4
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Por primera vez en semanas, un frío día de abril, por fin deja de llover durante más de unas horas y L’Wren me invita a jugar al tenis.

Nos hemos visto cuando vamos a llevar a nuestras hijas al colegio y cuando las niñas quedan para jugar, pero siempre me ha parecido todo forzado.

Éramos como dos presentadoras del telediario estresadas mientras capean un problema técnico.

La noche de otoño del año pasado en la que le conté a L’Wren lo de Dirty Diana, le sentó mal, y con razón.

Se lo había ocultado durante meses, temerosa de que se distanciase de mí cuando lo supiera.

Sin embargo, al final se distanció porque no lo sabía.

Porque no le di la oportunidad de estar a mi lado.

Soy la primera en llegar a las pistas y me quedo junto al coche, dando saltitos con un pie y con el otro para no quedarme helada hasta que aparezca L’Wren.

Aparca instantes después y abre el maletero, coge la raqueta y me da dos botes nuevos de pelotas.

—Quién me ha visto, yo en las pistas públicas. —Su sonrisa es ancha y radiante, pero en parte es teatro. Hay cierto vacilar en el rápido abrazo que me da.

Mientras echamos a andar hacia las pistas, L’Wren baja el mentón y susurra:

—Los de aquí son como buitres, Diana. Tuve que reservar esta hora hace semanas, y ahora mira, los veo volar en círculos.

Abrimos la puerta de la valla metálica y escudriño las pistas en busca de buitres, pero solo veo a una pareja de aspecto inocente, ambos delgados y mayores, que lanza pelotas con suavidad al otro lado de la red.

—Gracias por invitarme —digo. Entramos en la pista número 2 y dejamos las bolsas en el banco.

—Kevin se quedó con el carné de socio del club cuando nos divorciamos.

—¿No podéis ser socios los dos?

—Puf, ¿y coincidir con él y con sus ligues?

—Acerca el talón al glúteo para estirar las largas y esbeltas piernas—.

¿Verlo en el bar, rodeado de admiradoras?

Siempre has dado por sentado que tengo un ego más sano de lo que realmente es.

—Todavía está morena del reciente viaje que hizo a las islas Turcas y Caicos.

Si lo sé es porque me lo ha contado su hijastro, Liam—.

Esta pista es muy buena, la verdad sea dicha. ¿Quién necesita el club?

Tras nosotras la puerta se abre chirriando y dos hombres entran en nuestra pista como si ni siquiera estuviésemos allí; uno es alto y tiene largas piernas peludas y un pantalón corto, y el otro lleva un cortavientos ajustado.

L’Wren lleva el brazo por delante del pecho, todavía está estirando.

—Esta pista está reservada.

—Pero no estáis jugando —aduce el alto.

El más bajo me señala con la raqueta.

—Y esa lleva zapatillas con la suela negra. Ni siquiera debería estar en la pista.

—Nos estamos preparando, gilis —espeta L’Wren. Y cuando se quedan helados, sorprendidos, añade—: Nadie echa a mi mejor amiga de una pista pública. ¡Fuera!

Se vuelve y me guiña el ojo. Acto seguido las dos estamos muertas de risa y parte de la tensión cede.

Me pone bien el cuello del polo.

—Te he echado de menos.

—Y yo a ti.

L’Wren sonríe y va trotando hacia la línea de fondo. Intercambiamos unos golpes para calentar, fáciles y al centro.

Devuelve mi primer servicio y dice:

—¿Crees que soy mojigata?

—No —grito desde el otro lado de la red.

—Puedo hablar de sexo.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué? ¿Por qué anduviste con tanto secreto?

—Creo... que tenía miedo de decepcionarte.

—¿Cómo?

—¡Que no quería decepcionarte! —chillo.

En lugar de darle con la raqueta, L’Wren coge la pelota con la mano.

—¿Por qué me iba a decepcionar algo así?

Me uno a ella en la red.

—Porque te sentirías obligada a protegerme. Y voy a necesitar tu protección otra vez.

—Siempre te protegeré. Somos amigas, Diana.

—Pero no quiero que tengas que hacerlo. Ese no debería ser tu trabajo. Quiero ser yo la que te proteja a veces.

—Lo harás. —Baja la red (con la mano) y la salva con sus largas piernas. Me da un abrazo.

—No lo haré —objeto—. Eres demasiado fuerte. —Huelo su perfume de jazmín y noto los familiares bordes de sus huesudos hombros.

—Ja. Soy un desastre —musita contra mi pelo.

—De eso nada.

Practicamos la volea durante la media hora siguiente, y me sienta bien no pensar en nada más que en devolver sus golpes.

No hace mucho frío y la pista está en sombra, pero chorreamos de sudor cuando hacemos un descanso para beber agua. Todavía respirando pesadamente, L’Wren me confiesa:

—Me encantaba egoístamente que te fueras a divorciar para poder tener a alguien que fuese mi compañera de divorcio.

—¿Técnicamente no es Arthur tu compañero de divorcio?

Desde que se separó de Kevin, L’Wren está saliendo con la pareja perfecta: Arthur es un veterinario muy atractivo que comparte su amor por rescatar a toda clase de animales, cuanto más feos, más dignos de recibir su amor.

—Más bien ha sido una joya. En serio. Ha hecho que todo sea muy fácil.

—¿Lo ves? No me necesitas para eso.

—No, sigo queriendo que te divorcies, pero no pasa nada si no lo haces. ¿Lo vas a hacer?

—Estoy saliendo. —Antes de que se emocione demasiado, añado—: Con Oliver. Estamos saliendo.

L’Wren no dice nada. Resisto el deseo de ponerme a divagar y convencerla de por qué esto es bueno.

—Me alegro por ti, Diana. De verdad. Y quiero a Oliver.

—¿Pero?

—Bueno, tienes razón, contigo soy protectora.

Sé lo que es estar casada con alguien e irse alejando de él.

No sé cómo se vuelve de ahí. ¿Es posible?

Me refiero a que sé que las parejas se reconcilian, pero siempre di por sentado que lo hacían por necesidad.

Como si forzaran el matrimonio por los hijos o fuese una decisión económica o sencillamente no estuvieran bien solos.

Pero cuando Oliver y tú os separasteis y nosotras estuvimos en París, parecías más feliz .

Tanto si estabas con Jasper como si no. ¿Sigues hablando con él? ¿Con Jasper?

—La verdad es que no. Me ha enviado unas fotos, desde dondequiera que esté viajando, pero los mensajes son muy correctos.

Es algo triste. Como si nos estuviésemos dejando poco a poco, otra vez, a pesar de que nos saludemos.

Y ahora que Oliver y yo estamos saliendo...

es mejor no estar en contacto con Jasper.

—Entonces, ¿te ilusiona salir con tu marido?

Hago un gesto afirmativo.

—¿De veras?

—Sí. Y también me aterroriza, claro. ¿Y si volvemos y dentro de seis meses estamos en las mismas?

¿Y si empezamos a perder el interés por el otro otra vez?

¿Y si no soporto oír cómo mastica una manzana o me pongo de los nervios cuando me pida que le mande un mensaje al correo electrónico para recordarle algo en lugar de escribirlo él mismo?

¿O lo pillo mirándose obsesivamente las entradas en el espejo, pero fingiendo no hacerlo?

Es como si algo tan nimio y ridículo me produjese rechazo y me hiciese sentir rara, y solo de pensarlo...

—Vale, vale. —L’Wren se ríe—. Mientras te sigas preocupando así por las dos, te dejaré en paz.

—Me preocupa todo, pero aun así estoy ilusionada.

—Bien. Solo necesito un poquitín de tiempo para darte alcance, es todo.

Una parte de mí todavía no ha superado que Oliver se acostara con la Dama del Sombrero.

—Hace un gesto con la mano para ahuyentar el sombrío pensamiento—.

¿Te puedes creer que Liam se vaya a casar?

Es lo que me moría de ganas de comentar contigo.

—¿Perdona? —Seguro que he oído mal.

—¿No te lo ha dicho?

—¿Que se va a casar?

—¿Me lo ha contado a mí y no a ti? Vaya. Di por sentado que te lo diría a ti primero.

Yo también.

—¿Se ha comprometido? ¿Con Kirby?

—Sugiero que planifique esa boda antes de que la chica cambie de opinión. Es un partidazo.

—Liam también.

—Para según quién, sin duda.

—L’Wren.

—Está bien: es un partidazo. Todos somos partidazos. Incluso Oliver. —Esboza una sonrisa que se desvanece deprisa—. ¿Diana? ¿Lo sabe? ¿Lo de Dirty Diana?

—Llevo algún tiempo intentando decidir cómo contárselo.

—No se lo cuentes. O sea, sí, más adelante, pero no ahora. Deja que primero encarriléis lo vuestro. Contárselo solo hará que las cosas se compliquen.

—Pero quiero enamorarme de la versión de Oliver que me apoya en todo lo que hago. Es una parte importante de esto, ¿no? No puede estar sujeto a condiciones.

—Sí, desde luego. Pero sal unas cuantas veces con él para ver si sigue habiendo algo. Y entonces cuéntaselo.

—¿No crees que es deshonesto?

—Has estado mintiendo hasta ahora, así que ¿qué problema hay en que lo sigas haciendo durante unas cuantas citas más?

—Eso es muy triste.

Exhala un suspiro jocoso.

—Ahora somos tristes a veces. Es lo que hay.

Espero tener un sábado tranquilo en las oficinas de Dirty Diana, pero cuando entro el sitio está lleno y hay una mesa repleta de vibradores de todas las formas y colores.

A lo largo del último mes, al llegar me he encontrado con toda clase de cosas, de látigos de piel a lencería de lujo, cada una de ellas una posible idea para llevar a cabo una colaboración.

Sin levantar la vista de los vibradores, Petra dice alegremente:

—Vibezz (con dos zetas) ha enviado esto. —Y añade—: Te cambio un vibrador por el cuestionario de Vogue .

Está flanqueada por dos mujeres que supongo que son nuevas empleadas.

El espacio de oficina y el personal por lo visto aumentan a cada paso.

Saludo y me uno a ellas, me inclino sobre los vibradores y los ordeno según los colores del arcoíris, como si estuviese pensando seriamente cuál elegir, todo para no tener que decirle que el cuestionario está sepultado en mi bandeja de entrada, sin abrir.

—Lynnie y Max están ayudando con las redes sociales. Más tarde te presentarán algunos posts para que des tu aprobación. Las microfantasías están recibiendo mucho amor. Lo siguiente podría ser una fantasía haiku, ¿qué te parece? El contenido breve está funcionando muy bien.

—¿Por qué no una palabra? —bromea Kirby, que se suma a nosotras en la mesa.