La respuesta (Dirty Diana 3) 3 #2
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Pero la primera vez que me llevó a una pista de baile, se movió con mucha soltura.

Nunca fardando mucho y nunca muy borracho, tan solo cómodo con su cuerpo, la pareja de baile con la que resultaba más sencillo pasar de una canción a la siguiente.

Me gustaba que al parecer nadie se diera cuenta de ello como lo hacía yo, como si yo fuese la única que podía verlo de verdad y, por lo tanto, él fuese todo mío.

La sala de baile, cuyo techo es de paneles de estaño, está engalanada con hileras de luces blancas.

El interior es cavernoso y tiene vigas de madera vistas y una barra cerca de la parte delantera en la que a nadie se le ocurriría pedir nada más sofisticado que un Jack Daniel’s con cola.

Es ruidoso y alegre y la gente ha venido aquí a bailar.

Oliver me lleva a la pista, casi delante del escenario, y me coge la mano en la suya, caliente y fuerte.

Una vez le pregunté dónde había aprendido a bailar así de bien y se encogió de hombros. «En los cotillones. Donde aprenden todos los adolescentes texanos con las hormonas revolucionadas y las palmas de las manos sudorosas.»

Le vuelvo a preguntar esta noche y encoge otra vez los hombros de manera similar.

—En serio, ¿dónde aprendiste a bailar agarrado? Seguro que no fue en un cotillón.

—No. Fue con mi bisabuela Ruby. En su residencia de ancianos había baile el primer viernes de cada mes y yo era su pareja preferida. Estaba en el apogeo de mi difícil preadolescencia, cuando solo tu abuela se sentía orgullosa de ir cogida de tu brazo.

—Apuesto a que hacíais una pareja muy mona.

—Era divertida. Siempre estaba pensando en qué hacer a continuación.

Y no tenía paciencia para la mayoría de la gente ni ningún interés en hablar del tiempo, sobre todo por teléfono.

Si alguien llamaba (y ya podía ser la reina), decía: «Hola.

Un placer hablar contigo y gracias por llamar», y colgaba. Y listo.

—Ahora sí que me cae bien. —¿Cómo es posible que hayamos estado tanto tiempo juntos y aun así tengamos anécdotas nuevas que compartir? Siento en el pecho el cálido florecer del optimismo.

—Tú también le habrías caído bien.

Oliver da pasos seguros hacia delante mientras yo los doy hacia atrás —rápido-rápido-lento—, después me estrecha contra él y me escudriña un segundo, como si decidiera de repente que soy un espacio seguro.

—El primer marido de Ruby, Earl, murió en una torre de perforación petrolífera y le dejó todo su dinero. Se casó con mi bisabuelo, pero creo que nunca llegó a superar la muerte de Earl.

Me arrollan sensaciones familiares de cuando empezábamos a salir.

La sonrisa fácil de Oliver, sentir sus manos fuertes en mi espalda, la seguridad con la que me lleva por la pista de baile.

Estoy cayendo en picado desde un acantilado y él está abajo para cogerme.

Me hace girar alejándome de él y deshace el movimiento rápidamente, recogiéndome y pegándome a él, tan cerca que casi nos besamos.

—Por Earl.

—Por Earl. —Oliver sonríe y yo esbozo una sonrisa radiante. Me encanta que todavía sea capaz de hacerlo feliz. Que sus ojos se iluminen cuando me mira. Tal vez esa haya sido la peor parte de nuestra ruptura: no haber podido mirarnos a los ojos durante meses.

Un hombre con un ajado sombrero vaquero Stetson se nos acerca, moviéndose despacio y deliberadamente. Sus ojos son de un azul lechoso y sus Wranglers oscuros, planchados, le quedan grandes.

—¿Me permite? —interrumpe, de la comisura de la boca le cuelga un palillo reblandecido—. Aquí no suelen venir mujeres tan guapas. —Su voz es áspera y cálida.

Detrás de él una mujer con un vestido de color melocotón, que imagino que es su esposa, me sonríe, aliviada, lo intuyo, de poder saltarse esta canción.

—Claro.

Mientras bailamos, me doy cuenta de que Oliver nos mira, apoyado en la pared y bebiendo sorbos de su cerveza.

Sus ojos no se apartan de mí. La sala de baile da vueltas cuando mi sorprendentemente ágil pareja de baile me hace girar.

Oliver aparece en breves destellos ante mí, como pasar por delante de alguien subida a un tiovivo. Con cada vuelta, lo deseo más.

Cuando la canción termina, Oliver se acerca y espera a que la música se ralentice.

—Creo que es posible que su mujer se esté poniendo celosa.

Mi pareja le da unas palmaditas a Oliver en la espalda.

—Le diría que se fuera al infierno, pero es hacia donde va yendo de todas formas. —Nos guiña un ojo y se dirige hacia ella contoneándose.

Mientras vemos cómo se aleja, Oliver pregunta:

—Yo no podría, ¿no?

—¿Qué? ¿Decir algo como eso y seguir siendo ligeramente encantador? —Me vuelvo para mirarlo—. No, nunca.

Oliver se ríe entre dientes, me abraza y me estrecha. Siento el calor que desprende su cuerpo. Mis pechos contra su pecho. Sus brazos son más fuertes ahora que no trabaja en una oficina. Sus ojos de color verde azulado brillan. Es mi marido, pero es diferente.

Por favor, que esto dure. Esta sensación.

Seguimos bailando, los dos deseosos de disfrutar de este momento.

Que otra versión de Willie Nelson nos reconforte mientras me dejo llevar por Oliver.

Bailamos como si hubiésemos bailado juntos toda la vida y no hubiésemos parado nunca. Blue eyes crying in the rain .

En el camino de vuelta a casa, la ilusión es palpable.

Me muevo en mi asiento, inquieta, quiero ser temeraria e incumplir todas las normas.

Me planteo tocarle la rodilla, seguir subiendo por el muslo.

Imagino su sorpresa. La brusca inhalación.

El placer mientras para en el arcén y me subo encima de él.

«Id despacio. Salid.»

Entrelazo las manos y vuelvo la cabeza para contemplar por la ventanilla el familiar borrón de nuestro barrio.

Cuando llegamos a casa, Oliver aparca en el camino de acceso y me acompaña hasta la puerta. Nos quedamos parados demasiado tiempo.

—¿Quieres entrar?

—Creo que nunca he deseado algo tanto.

Sonrío mientras busco las llaves en el bolso.

—Pues entra. No tenemos por qué contárselo a Miriam.

Ahora estamos cerca, nuestro pecho casi se toca, y sé que el corazón le late a la misma velocidad que el mío. El deseo no despierta de manera civilizada en nuestro cuerpo, sino que ruge, exige atención. Me pongo de puntillas, mis labios rozan delicadamente los suyos.

—Ven —musito contra su boca.

Oliver se inclina hacia delante un segundo y exhala, su cuerpo se estremece contra el mío.

—Quiero entrar. Quiero que pasemos toda la noche juntos.

—Yo también.

—No podemos estropearlo, Diana. Ahora que te tengo otra vez, no quiero dar un solo paso en falso. —Se mece hacia atrás sobre los talones y ese pequeño espacio que crea entre nosotros es como un jarro de agua helada.

Mis sentidos se agudizan. Reparo en la luz amarilla que hay encima de Oliver, que crea de un modo irritante un halo angelical alrededor de su cabeza, y oigo el sonido de una polilla que revolotea alrededor de la bombilla. Profiero un suspiro.

—Yo tampoco.

Me quedo en el umbral y veo cómo se aleja.

Mis lágrimas hacen que las luces traseras rojas se desdibujen hasta que dejo de ver el coche entero.

Dentro la casa está en silencio. Lleno la bañera y pienso en lo desesperadamente que quería que se quedase.

Sin embargo, es una sensación distinta de cuando quería que se quedase cuando se estaba yendo de casa.

Tenía mucho miedo de cómo me sentiría sin él en esta casa: demasiado vacía, demasiado silenciosa, demasiado solitaria.

La sensación sigue siendo la misma, incluso después de tantos meses.

Pero esta noche, el deseo de que se quede es distinto.

No es la seguridad que me proporciona lo que anhelo.

Quiero que se quede con todo mi ser. Quiero sentir su piel desnuda contra la mía y despertarme para tener más de él por la mañana.

Lo anhelo a él. Su cuerpo. Nuestro sexo.

En mi fantasía, estoy otra vez en la universidad, haciendo un examen final para el que he estado estudiando todo el mes.

Estoy más que preparada. Bordo el examen.

Respondo a todas las preguntas con seguridad y rapidez.

Todavía tenemos veinte minutos, pero he revisado dos veces mis respuestas y sé que están todas bien.

Cuando quedan cinco minutos, el profesor nos recuerda que hagamos también la parte de atrás del examen.

Horrorizada, le doy la vuelta al papel y veo cincuenta complejos problemas matemáticos sin soluciones y el pánico es tal que tengo un intenso orgasmo.

Hay algo en quedarme sin tiempo que siempre tiene este efecto en mí.

Cuando el tiempo se agota y me doy prisa para terminar, los orgasmos son rápidos y frenéticos.