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No sé qué esperar. Una combinación de cena y...
algo. Puede que cenar e ir al cine. ¿Un paseo y un café?
Siempre que no sea una bolera o una pista de patinaje sobre hielo, me gustará.
Hay algo en estar rodeados de otras parejas que salen por primera vez cuando nosotros estamos volviendo a empezar que hace que esté demasiado cohibida.
Empezamos la noche en Keller’s Drive-In, un diner pasado de moda y uno de nuestros sitios preferidos cuando estábamos empezando.
En su día me encantaba porque podía permitirme invitar a pesar de estar sin blanca.
Está lloviendo otra vez, así que comemos en la pick-up de Oliver con las ventanillas subidas, y la conversación fluye.
Le pregunto por el trabajo y me habla de la casa que acaba de reformar.
Nos terminamos las hamburguesas y me sorprendo no queriendo que esta cita termine, a pesar de que ahora llueve a cántaros.
Resulta extraño estar sentada junto a Oliver y desear, esperar vehementemente, que haya más y más tiempo.
Es como la sensación de estar por fin envuelta en el cálido fulgor de un flechazo secreto.
Después de cenar me sorprende y conducimos diez minutos más hasta un museo interactivo del que ha leído algo.
No recuerdo cuándo fue la última vez que estuvimos juntos en un museo.
Puede que cuando Emmy era un bebé. Cuando los fines de semana eran eternos y anhelábamos cualquier sitio con aire acondicionado por el que pudiéramos dar vueltas mientras la niña dormía en su cochecito.
Al museo se entra por un centro comercial enorme y resplandeciente. Hay motivos decorativos de Pascua por todas partes, con el Día de la Madre pisándole los talones.
Dentro, el museo es como un enorme decorado creado para que parezca el hogar de una familia, todo bajo un techo, tal y como yo imagino que sería un estudio de sonido del Hollywood de antes.
Oliver va hacia lo que parece un recibidor real, pero es un espacio interactivo con correo para leer y teléfonos por los que ir desplazándose.
Hay un montón de auriculares en la mesa del comedor, así que cogemos unos cada uno y le damos al play .
Al principio solo se escucha música, una banda sonora inquietante, como de cuento de hadas.
Luego una voz de mujer, suave y cadenciosa, nos cuenta que en el espacio en el que nos encontramos hay un misterio y nos anima a buscar pistas.
Estamos rodeados de visitantes que dan la impresión de llevar horas peinando el lugar para dar con las pistas de lo que le pasó al precoz joven que desapareció después de descubrir a una criatura de otro mundo.
Hay carteles de «Se busca» con su imagen en la mesita de centro y películas de vídeo caseras de la familia, incluso un teléfono con mensajes de texto que uno puede probar a analizar por turnos.
Cuando pasamos a la tercera habitación, la cabeza me da vueltas en direcciones tan extrañas como el melifluo relato.
Mi atención se desvía del cometido que nos ocupa y empiezo a imaginar cómo sería un museo de mi propio matrimonio con Oliver.
¿Qué pasaría si dejásemos que cincuenta extraños deambulasen por nuestra casa para investigar cuándo y dónde nos equivocamos?
¿Qué, exactamente, se perdió y cuándo? ¿Y si escudriñasen nuestro correo o se desplazaran por años de mensajes de texto? Los comienzos:
No puedo dejar de pensar en ti.
La parte central:
No te olvides de comprar el pan que le gusta a Emmy para comer.
y
¿Sabes dónde está el mando a distancia? No está en el sofá.
Y, por último:
Llegaré tarde a casa. No me esperes despierto.
¿Serían esas las pistas relevantes? ¿O sería la falta de cuadros en las paredes porque no fuimos capaces de ponernos de acuerdo en qué debería ir dónde?
¿O los cojines del sofá en el salón, deformados de tanto dormir Oliver abajo?
¿La temperatura que nunca terminaba de ser la adecuada?
Demasiado frío para mí, demasiado calor para Oliver.
¿O será menos una prueba física y más una sensación?
Sigo a Oliver por los estrechos pasillos del museo. Me asalta la necesidad imperiosa de encontrar a este chico.
Me quito los auriculares y Oliver hace lo mismo.
—¿Qué estamos pasando por alto?
—Parece complicado —me contesta—. Puede que sea más divertido observar y listo.
—Perdone. —Doy con una empleada que tiene un pelo azul precioso y los ojos castaños y lleva unas alas de hada y un sombrero de vaquero—. ¿Encuentra la mayoría de la gente al chico que ha desaparecido?
—Casi todo el mundo. Hay pistas por todas partes.
—Así que en eso consiste el juego, ¿no? Así es como se gana.
Parece desconcertarle mi pregunta, el tono competitivo de mi voz, pero entonces sonríe y contesta:
—Preste mucha atención a los aparatos electrónicos.
Encontramos el ordenador de la familia y vemos vídeos caseros en los que el chico que ha desaparecido habla de nuevos descubrimientos y de un monstruo que cree que vive en la casa. Como esto no nos ayuda, Oliver sugiere:
—Todavía no hemos leído las postales.
Nos relajamos en la acogedora habitación de invitados y nos sentamos en la cama.
De momento allí solo estamos nosotros dos y la ventana falsa está abierta y hay un ventilador encendido para simular una brisa.
Oliver huele bien, a limpio, y siento el repentino deseo de besarlo en la nuca.
Me arrimo más a él, fingiendo que es para ver mejor las postales, pero en realidad solo quiero estar cerca de él.
Nos imagino dándonos un beso largo y lento.
Podríamos tumbarnos en esta cama y quedarnos aquí hasta que el museo cierre.
Oliver sonríe, me ha leído el pensamiento.
—¿Es que no quieres encontrar al chico?
Me fijo en todas las pistas que hay en esta habitación: todos los relojes se detuvieron a las 19.
06, las sábanas arrugadas a propósito en el suelo, el grifo del cuarto de baño que gotea sin cesar.
A nuestro alrededor, los visitantes del museo van y vienen, un enjambre de cazadores de tesoros y obsesos de Keith Morrison.
Oliver se mueve a mi lado en la cama. Su rodilla roza la mía y un escalofrío me recorre el cuerpo.
No seremos capaces de resolver el misterio.
Nuestro cerebro está demasiado confuso. Solo puede procesar los deseos vehementes de uno en uno, y mi deseo de estar cerca de Oliver es lo único en lo que puedo concentrarme. Pego los labios a su oído y le susurro:
—Vámonos.
—¿Adónde?
—A donde sea. Solos tú y yo.
Cuando Oliver se pone de pie, veo el bulto de su erección, presionándole el pantalón vaquero.
Hace que me sienta aturdida, ridícula y poderosa al mismo tiempo.
Sonrío y lo sigo por el encantado jardín trasero como si avanzásemos por un sueño.
Nuestro deseo mutuo nos lleva por este espacio oscuro como si estuviésemos flotando en una nube.
Entonces caigo, de repente. Bajo las falsas estrellas de este jardín trasero desconocido, como un bofetón, me doy cuenta exactamente de cómo sabrían los desconocidos que estábamos condenados.
Serían los calcetines sucios de Oliver en el cesto de la ropa.
En un momento dado, dejé de lavarlos. Quizá una protesta muda al pánico ineludible de saber que me había convertido en su madre.
O que ya no veíamos el millón de pequeñas cosas que hacíamos por el otro.
Estábamos llevando la cuenta y los dos, en silencio, nos negábamos a dar el brazo a torcer.
Nuestras tareas domésticas seguían divididas entre ambos, y yo no dejé de hacer la colada entera, pero algo en mí se negaba a lavarle un solo par de calcetines más.
Y él tampoco cedió. Este juego se le daba igual de bien, cargaba con el mismo resentimiento.
Oliver empezó a ponerse mis calcetines, cosa que me horrorizaba.
Después un par de calcetines navideños con muñecos de nieve desdibujados que le había regalado su madre, luego los calcetines antideslizantes del parque de camas elásticas del barrio.
Yo dejé de lavarle los calcetines y él dejó de traerme agua fría para dejar en la mesilla por la noche.
Primero descuidamos las pequeñas cosas y después abandonamos por completo las otras.
Ser consciente de ello hace que sienta frío, después un ligero pánico, como si hubiésemos abusado de una hospitalidad que a decir verdad no se nos brindó nunca. Recorro deprisa el resto del lugar para ir a la salida. Que el chico siga desaparecido. En realidad no es asunto nuestro.
El museo nos expulsa al patio interior del centro comercial. Sigo la mirada de Oliver hasta la cadena de accesorios Claire’s Accessories, que Emmy habría visto de inmediato para acto seguido suplicarnos que le dejásemos perforarse las orejas.
—¿Deberíamos haberla traído?
Miro a Oliver a los ojos verdes azulados, luminosos y serenos.
Me coge la mano y siento el familiar consuelo que me produce su contacto.
La sensación de pánico se desvanece y va seguida de una descarga eléctrica, una euforia, cuando salva el espacio que nos separa.
Profiero un sonido, una risita ahogada que me trago deprisa.
—¿Qué pasa?
Aprieto los labios y cabeceo al pensar en esas dos almas lejanas y sus calcetines sucios. Que están lo bastante lejos como para que parezca una anécdota divertida. Detalles inoportunos de la vida de un desconocido. Una casa llena de ellos.
—Nada. Es solo que estoy contenta.
Oliver me levanta la barbilla. Le echo los brazos al cuello y lo acerco a mí. Nos besamos así durante mucho tiempo, bajo las vivas luces del centro comercial por la noche.
En nuestra segunda cita, Oliver y yo vamos a una sala de baile en Mesquite. Siempre me sorprende en la pista. Eso no debería dársele tan bien. Jugaba al béisbol y estaba en el club de ajedrez. Llevaba pantalones con raya de color caqui cuando era adolescente y se metía los polos por dentro.