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—Lo sé. Pero es como si el tiempo fuese más deprisa. Pensaba que tenía todo el tiempo del mundo, y un día me desperté y era mayor. Y la gente que contrata a directores de cine no quiere a personas mayores.
—Pensabas que éramos mayores cuando teníamos veinte años, ¿te acuerdas?
—Pero ahora es posible que lo seamos de verdad. Mayores.
—Siempre hay sed de directoras creativas y brillantes con una visión personal.
Al otro lado del restaurante una mujer se ríe —una risa un poco rasposa y un poco estridente de más—, y el sonido resulta tan familiar que las dos volvemos la cabeza de súbito hacia ella, esperando ver a L’Wren. Pero ninguna de las dos conocemos de nada a la mujer que se ha reído.
—Me gustaría que estuviese con nosotras —dice Alicia.
—A mí también.
—¿Todavía no habéis hablado?
—Hemos hablado. Incluso nos hemos visto en el colegio. Pero es distinto.
—¿Qué crees que diría si estuviera aquí ahora?
—¿Qué te diría a ti?
Alicia asiente.
—Creo que diría...: «Escucha a tu corazón».
Alicia casi se atraganta con su refresco Dr Pepper.
—Eso seguro que no.
—Vale. Tienes razón. Diría: «Dirige una película de gatos y yo te firmo el cheque».
La expresión de Alicia se suaviza. Le cojo la mano por encima de la mesa.
—Elvis todavía es pequeño —digo—. Todavía no va al colegio la jornada completa. Y la mentira de que lo puedes hacer todo, todo a la vez... no solo no es verdad, sino que además es cruel. Hay toda una parte de tu cerebro que aún se está recuperando del revoltijo hormonal que supone tener un hijo.
—Lo sé. —El labio inferior le tiembla.
—Y estás a punto de averiguar qué es la siguiente cosa estupenda que te entusiasmará hacer. Y será increíble.
—Puf. Nico va a tener que darte las gracias.
—Se seca las lágrimas con una toallita refrescante del asador—.
Y mientras nosotras estamos llorando sobre la carne y esa pareja finge no estar poniendo la oreja —Alicia ladea la cabeza hacia la mesa de al lado, y ninguno de sus ocupantes se molesta en desviar la mirada—, déjame que te diga que estás haciendo lo correcto, Diana.
Con Oliver. Me refiero a lo de salir con tu marido.
—Pero quiero echar un polvo con mi marido.
—Salir con tu marido para que al final te puedas follar a tu marido.
—Mmm. —Me termino el refresco—. A Miriam le encantarías.
—¿Sí? Por favor, no me puede gustar más lo de ganarme la aprobación de un terapeuta.
Probablemente ese sea el motivo de que la terapia nunca me funcione.
Estás haciendo lo correcto, en serio. Uy, eso me recuerda...
—Le escribe un mensaje a su nueva amiga del avión y lo lee subiendo la voz lo suficiente para que lo pueda oír la mesa de al lado—.
La terapeuta les ha dicho que salgan juntos.
Nada de medias sin entrepierna. Por ahora.
Seguiré informando. —Le da a enviar—. Creo que es algo sexy.
Como un matrimonio tántrico o algo por el estilo.
¿Te imaginas lo que pasará cuando por fin haya sexo?
—¿Tántrico? ¿Crees que estaremos horas dándole?
Alicia suelta una carcajada.
—No. Dios, no. Oliver se correrá en menos dos segundos.
Esa noche duermo con la puerta de la habitación abierta para oír los suaves ronquidos de Alicia en la habitación de invitados.
Me quedo en la cama despierta, agradeciendo el familiar y tranquilizador sonido en esta casa que, de lo contrario, está vacía.
Intento desarrollar un plan para ayudar a Alicia, algo que la haga dar con la próxima cosa.
Me digo a mí misma que debo quedarme dormida y quizá sueñe con la solución.
Pero a las doce y media sigo completamente despierta y sin un plan.
En la mesilla de noche, el teléfono me vibra.
Un mensaje de Oliver.
Te has perdido unos huevos Benedict malísimos en casa de mi madre. Y MUCHOS COMENTARIOS OFENSIVOS.
Río a la vacía habitación y escribo:
¿Te acuerdas de la vez que tu primo llevó a su novia vegetariana y tu padre mintió descaradamente y dijo que el jamón era vegano?
Fue un atrevimiento. Por parte de los dos.
Lo que sí que echo de menos es la tarta de merengue de tu madre...
¿La que fingió haber hecho ella?
???!!! Perdona... ¿qué?
Es de una pastelería de McKinney.
No me extraña que no me quisiera dar la receta.
Te he comprado una porción. Te la mando a casa mañana con Emmy.
Gracias.
Una pausa. Tres puntos que aparecen y desaparecen y al final añade:
Estoy planeando nuestra primera cita.
Qué emocionante.
Me está costando. ¿Pasa algo por admitirlo?
Claro que no.
He buscado en Google «dónde llevar a tu mujer que sigue siendo tu mujer pero con la que quizá te reconcilies dependiendo de cómo salga la cita».
¿Qué ha dicho Siri?
Chick-fil-A.
No está mal.
Me ha dado todas las ubicaciones en un radio de cincuenta kilómetros.
La verdad es que me encantan las patatas fritas estilo gofre de ese sitio.
No. No es nada sexy. Verás cómo se me ocurre algo genial.
No tiene por qué ser sexy.
Perfecto. Pues iremos a Chick-fil-A.
Me muero de ganas.
¿En serio?
En serio.
¿Sabes lo que de verdad es genial de salir con tu mujer? Que no tienes que hacerte el interesante y fingir que no estás nervioso.