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Cuando llego a casa, abro la puerta y entro en casa como aturdida, llevo todo este tiempo intentando decidir si existe una versión en la que a Oliver no le sienta mal que le haya ocultado esto.
—¡Sorpresa! —Alicia sale de detrás del sofá y el corazón se me sube a la garganta.
—Alicia. —En una décima de segundo paso de asustada a enfadada y encantada de verla en mi casa. Lleva un sombrero con forma de tarta de cumpleaños de un azul apagado con seis velas rojas fofas.
—¡Feliz cumpleaños! —Me abraza y me estrecha contra ella.
—Pensaba que iba a buscarte a la casa de tu padre.
—Salí temprano para darte una sorpresa.
Estudia un punto que se encuentra justo por encima de mi hombro derecho, como hace siempre que miente.
—¿Tan mala es su nueva novia?
—Es posible que sea la peor de todos los tiempos.
—¿Mayor o menor que tú? —La agarro de la mano y la llevo a la cocina.
Cojo dos vasos —altos de cristal, regalo de aniversario de la madre de Oliver— y les doy un agua para quitarles el polvo.
—Se llama Cherry, pero antes era Heather. Hay partes de ella que parecen mayores que yo, pero también hay muchas partes nuevas. Es un auténtico pastiche.
Le preparo una copa a Alicia mientras saca de la maleta un sombrero de fieltro de cumpleaños para mí. Después parte unas rodajas de limón.
—Pero ¿cómo has entrado?
Hace una mueca.
—Rompí el cristal de la ventana del cuarto de baño. Sin querer. Fui a sacudirla un poco, para ver si estaba abierta, y no creí que el cristal se fuera a romper, pero se hizo añicos.
—¿Añicos?
—Pero ¿adivina cuál es tu regalo de cumpleaños? ¡Un cristal nuevo! Y...
—A ver si lo adivino: ¿tú?
—¡Yo!
Brindamos y a continuación, como cada año, hacemos un repaso de los mejores cumpleaños que hemos pasado juntas, todos ellos en Santa Fe, cuando éramos jóvenes y estábamos sin blanca y servíamos el cáterin en extravagantes fiestas de otros.
Cuando casi se ha terminado el cóctel, dice:
—Siento mucho lo de la ventana, de verdad.
Me encojo de hombros para decirle que no se preocupe.
—Lo puede cambiar Oliver. Ahora está en plan La casa de mis sueños , no lo olvides.
El vodka hace que me sienta ligera y reconfortada. O puede que sea estar con Alicia.
Apoya la cabeza en mi hombro.
—Cuéntamelo todo. ¿Qué tal la terapia? Necesito saber, más o menos, desde que entraste en la consulta de Miriam.
Le estaba diciendo a la señora que tenía sentada al lado en el avión (te encantaría, una enfermera jubilada de Savannah y superfán de Louise Penny, clavadita a la madre de Heidi Klum, o por lo menos como yo me imagino que es su madre), a lo que iba, que le conté que Oliver y tú le ibais a decir a vuestra terapeuta que por fin estabas lista para dejarte esposar al lavabo y se muere de ganas de saber lo que va a pasar ahora.
Así que tengo que mandarle un mensaje luego. Pero primero, estoy muerta de hambre.
Para cenar encontramos un asador con serrín en el suelo y todo el refresco que uno quiera gratis.
— ¿Vogue? ¡Es lo más! —Alicia sonríe mientras come una mazorca de maíz.
—Todo el mundo sabrá que soy Dirty Diana.
—¡Por fin! Yo estoy más que preparada.
—Me alegro de que lo estés.
—Diana, ¿qué es lo peor que puede pasar? ¿Que los detractores (la mayoría de forma anónima y por internet) te llamen puta? ¿Depravada? ¿Obsesa sexual? ¿Egoísta y antipática? Y ¿por qué? ¿Porque defiendes el placer?
—Es deprimente.
—Lo más deprimente es que parte del odio vendrá de otras mujeres, porque nos han enseñado que es de mala educación pedir lo que queremos.
Nos han condicionado para que aceptemos menos dinero, asumamos menos poder...
tengamos menos capacidad de decisión sobre nuestro cuerpo.
Nos han dicho tantas veces que demos placer al hombre que se nos ha olvidado que nosotras también podemos sentir placer.
—Entonces ¿debería estar entusiasmada con lo del cuestionario de Vogue ? —Sonrío.
—También deberían aclamarte, porque vas a dar pie a una conversación que muchas mujeres se mueren de ganas de tener.
Transcurrida menos de una hora con Alicia, el estrés de que se sepa quién soy va desapareciendo poco a poco a medida que nos ponemos al día.
Después de cenar, ella llama a un camarero, que nos trae una tarta de arándanos tibia.
Alicia sonríe, pero la sonrisa se desvanece deprisa: una expresión ausente y triste asoma a su cara.
Entonces vuelve a sonreír, coge el bolso y saca una caja de velas con los colores del arcoíris. Coloca una en la tarta y la enciende.
—Pide un deseo.
Cierro los ojos e imagino un mundo en el que ya le he contado a Oliver lo de la web y nos sentimos igual de unidos que el día que nació Emmy. Acto seguido, soplo para apagar la vela. Cuando abro los ojos otra vez, Alicia tiene los suyos anegados en lágrimas.
—¿Qué pasa?
—Nada. —Sacude la cabeza—. Algo. No lo sé.
—¿Es Nico?
—Es solo que estoy cansada. Cansada de ejercer de madre. Probablemente tenga que ir al médico a que me miren las hormonas. Estoy segura de que un poco de testosterona me levantaría el ánimo.
—¿Qué pasa?
Coge un poco de tarta con el tenedor, suspira y aparta el plato.
—No lo sé. Ha sido divertido ver cómo volvías a dibujar y creabas la página.
Estás haciendo cosas. Como siempre dijimos que haríamos.
Yo lo único que hago últimamente es comida beige.
Es literalmente lo único que come Elvis: patatas fritas y tortitas de plátano.
Pero no es solo eso. Si me hubieras dicho cuando estudiábamos en la escuela de posgrado que estaría dando clases de cine en lugar de hacer mis propias películas, no te habría creído.
Estaba tan segura de que haría cosas. No sé adónde se ha ido eso.
—No te has quedado de brazos cruzados. Mira cuánto me has ayudado este año. Y a tus alumnos. Te adoran.
—Bah. Afrontémoslo, en realidad no merecen mi sabiduría. —Sonríe, como intentando decirme que no me preocupe—. Y no consigo quitarme de la cabeza ese dicho, el que atormenta a todos los profesores: quien sabe, hace; quien no sabe, enseña.
—Venga ya.