La respuesta (Dirty Diana 3) 2
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A través del parabrisas veo cómo se aleja Oliver, que cada vez se vuelve más pequeño. Cuando desaparece por completo, abro el periódico.

¿Quién es Dirty Diana?

Dirty Diana, la artista responsable de una web erótica hecha para mujeres por mujeres, prefiere permanecer en el anonimato. Para ver a cualquiera de estas mujeres despampanantes dibujadas a mano y escuchar una historia picante y sin filtros no hay más que visitar la página.

Lanzo el periódico al asiento del acompañante.

Me planteo llamar a L’Wren, mi única amiga de verdad en Rockgate, y contarle todo lo que ha pasado esta mañana para que nos podamos reír juntas hasta que empiece a parecer que todo esto le está sucediendo a otra persona.

Le contaría cómo nos hemos besado Oliver y yo y cómo desearía que me hubiese besado así durante todo nuestro matrimonio.

Y que minutos después el New York Times casi me ha descubierto.

Que sigo siendo demasiado cobarde para hablarle a Oliver de la página, porque creo que haría que se alejara, justo cuando por fin todo parece ir bien.

Siempre que me imagino contándoselo todo, mi cerebro vuelve a hace meses, a la noche en que le puse la cinta de una de las fantasías.

Su mirada confusa. La pelea en la que nos enzarzamos.

Entonces no le conté lo de la página. «¿Cómo iba a hacerlo?

—me pregunto ahora—. Momentos después salió por la puerta.

» Pero no es ese el motivo por el que sigo retrasando esto.

Si comparto la página con él, y sigue sin entenderlo, ninguno de los dos lo superará.

Su decepción conmigo haría que lo odiase, creo, así que he preferido no decir nada.

Imagino la respuesta inmediata de L’Wren: «No me puedo creer que no se lo hayas contado aún.

Esto no es algo que puedas disfrazar, como cuando justificas una rinoplastia con un tabique desviado».

Después, cuando superase la conmoción del morreo que nos hemos dado, me diría: «¿En serio?

Deberías escribir a todas las mujeres con las que Oliver ha salido mientras estabais separados.

Envíales una tarjeta de agradecimiento por subirle la autoestima.

Esto es Texas. Seguro que lo agradecen».

Pero ¿y si no bromea conmigo? No contarle a L’Wren lo de Dirty Diana es exactamente lo que hizo que se enfadara tanto conmigo.

Provocó la peor discusión que hemos tenido.

Estoy intentando darle espacio, pese a que también necesito que me perdone.

La llamo, pero acto seguido, nerviosa de que me salte el buzón de voz, cuelgo.

A continuación llamo al trabajo, a la empresa de gestión patrimonial, para decir que estoy enferma y voy directa a la oficina de Dirty Diana.

En nuestras oficinas siempre hay alguna reforma en marcha.

A lo largo de los últimos meses, Petra ha creado un estudio insonorizado y despachos cerrados, mucho espacio para Liam, el hijastro de L’Wren, que me ha ayudado a crear la página web, y Kirby, la becaria a la que él contrató para que se ocupe del diseño de sonido.

Mi buena amiga Alicia se teletransporta de vez en cuando desde Santa Fe para ayudar con la edición de las fantasías y yo voy las tardes y los fines de semana que Emmy está con Oliver.

El ritmo al que vamos es bueno, el objetivo es subir tres entrevistas nuevas por semana, pero mis dibujos van mucho más lentos.

Desde hace un par de semanas ya no hace falta que busquemos a mujeres que quieran compartir sus historias, sino que son ellas las que acuden a nosotros.

Ahora tenemos una lista de espera de cincuenta personas y a una encantadora encargada, Lou, antigua bibliotecaria, para revisar primero las fantasías.

«Esta tanda ha sido muy fea», me dirá al tiempo que da golpecitos con su uña rosa vivo en un montón de papel.

Y yo le recordaré con delicadeza que no hay fantasías feas.

«Genial. Al menos deja que antes corrija la ortografía. »

Petra pasa una cuarta parte de su tiempo en Dallas y el resto entre París y otros sitios. Cuando está en la ciudad, se deja caer por aquí para ver cómo estamos y nos da útiles sugerencias. No presiona demasiado, salvo en lo relativo al marketing. «Es el motivo por el que estoy aquí», nos recuerda.

Cuando llego, Liam y Kirby están rondando el escritorio de Lou, leyendo el New York Times y esbozando sendas sonrisas.

—Puede que ellos no sepan quién es Dirty Diana, pero nosotros sí —asegura Liam.

—¿Sabíais esto? —pregunto.

—No creo que lo sepa ni siquiera Petra.

—Me encantaría apuntarme el tanto, pero no he sido yo —afirma Petra desde el final del pasillo.

Sigo el sonido de su voz hasta su despacho. Finge asustarse al verme tan desastrada en el umbral.

—¿De verdad está lloviendo tanto?

—Petra... —Me siento frente a ella—. ¿Tienes algo que contarme?

— Pues claro que he sido yo. Por favor. ¿No es genial? Formas parte oficialmente del espíritu del momento, Diana.

Miro la mesa que nos separa, que está llena de fotografías mías de la única sesión de fotos que he hecho en mi vida.

Intento no sacarle defectos a mi sonrisa torcida o al hecho de que mi ojo derecho parezca estar siempre a media asta.

No me gustan las fotos porque son al mismo tiempo muy yo y no lo suficientemente yo.

Y después me enfada que me importe tanto.

Cojo una en la que sonrío a la cámara con demasiado entusiasmo y parezco un poco desquiciada y la pongo debajo del todo del montón.

—¿Y si enviamos esta al Times y resolvemos el misterio por ellos? —Petra sostiene en alto una instantánea en la que estoy en la oficina, dibujando cerca de la ventana, y aunque fue espontánea, a mí me parece que me hago demasiado la interesante.

—No está mal, gracias. Pero ¿de verdad siente alguien curiosidad por saber quién soy?

—Ahora sí. Primero creamos el misterio... y después revelamos tu identidad. Será un bombazo.

—O... —Corro para ganar tiempo— ¿revelo yo misma mi identidad? ¿En el momento perfecto? ¿Y si prolongamos el enigma un poco más?

—No. Creo que eso debería hacerlo Vogue .

—Claro. —Me río—. Vogue , mejor todavía.

—Lo digo en serio. Quieren un retrato de tres cuartos.

—Su mano se detiene sobre una fotografía en la que no estoy sonriendo, el pelo oscuro me cae por la cara—.

Serán los primeros en utilizar tu imagen, irá junto a un divertido cuestionario para que la gente te conozca un poco. Ya han enviado las preguntas.

—¿La revista Vogue ?

—Soy buena en mi trabajo, Diana. Por eso estoy aquí.

—¿Quieren contar conmigo?

—Bueno, puede que contar contigo no, más bien te quieren presentar.

El artículo del Times fue un poco un favor y ahora en Vogue están superinteresados.

Es perfecto. —Petra gira su pantalla para enseñarme un correo electrónico—.

Ya casi no hacen entrevistas en persona, y menos aún tienen a un periodista a mano en Rockgate, pero de todas formas es mejor hacer estas cosas por escrito.

Así puedes pensar bien todas tus respuestas.

—«Y que después las revise yo», sé que quiere añadir, pero no lo hace, aunque me encantaría que corrigiese mis respuestas. O que las escribiese, incluso.

Miro por encima el correo electrónico y leo en voz alta la primera pregunta.

—«¿En qué lugar prefieres despertarte?» —Después paso todas las demás, hasta llegar a la última—: «Dinos, ¿cuál es tu fantasía?».

—No te comas demasiado la cabeza con las preguntas en sí. El hecho mismo de que tu nombre se publique es un gran comienzo.

—Y ¿cuándo empieza de verdad todo esto? ¿Que la gente sepa que soy yo?

—Supongo que cuando vea la luz el artículo. Dentro de un par de meses... —Estudia mi expresión—. Diana, ya hemos hablado de esto. Estabas a favor de avanzar.

—Y lo estoy. Además de muy agradecida. Es solo que tengo la sensación de que todo va...

—¿Muy rápido? Pues no es así.

—Petra.

—Dime por qué crees que va muy rápido. Y decirme que estás asustada no vale.

—Porque todavía no se lo he contado a Oliver.

—Oh. —Una única sílaba, escueta, que rezuma decepción. Sin embargo, continúa amablemente, hace un gesto con la mano para restarle importancia—. El artículo no se publicará hasta dentro de unos meses. Pero, a ver, Diana, ¿por qué esperar?

A solas en mi despacho, veo un montón de fichas enviadas por fans de la página web, cada una de ellas con una «microfantasía» —la idea más reciente de Petra— para compartir online . Leo la primera:

No sé quién es el hombre que me está dando el masaje.

Es un completo desconocido en un spa desconocido, pero exclusivo.

Debajo tengo una sábana muy suave y el calentador de la camilla está programado en el número cinco.

Le he dado al masajista tres normas sencillas: 1) Nada de hablar.

Me da lo mismo quién es o de dónde es. 2) No me puede follar.

Me puede tocar donde quiera, pero solo para proporcionarme placer a mí, no a él.

Y 3) El masaje ha de tener un final muy feliz. Para mí.

Sonrío y pego la ficha en la pared. Leo la siguiente y la siguiente. Las leo atentamente con una familiar sensación de gratitud, admirando el collage e intentando centrarme mientras oigo la voz de Petra en mi cabeza: «¿Por qué esperar?».

El domingo es mi cumpleaños, así que me hago a mí misma el regalo de dormir hasta tarde. Emmy y Oliver ya me han llamado por FaceTime a las seis de la mañana para cantarme el cumpleaños feliz, y mi cabeza cae en la almohada en cuanto colgamos. A las once por fin estoy vestida y salgo por la puerta.

Compro girasoles para dar un toque de color a la habitación de invitados para Alicia. En la licorería elijo una botella de vodka con una alegre etiqueta para las dos. No puedo quitarme de la cabeza la voz de Petra. Tiene razón. Debo contárselo a Oliver, no puedo seguir retrasándolo.