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Hoy solo hay tres coches en el aparcamiento: el de Oliver, una pick-up Ford nueva, de color azul claro, en la que caben cómodamente dos personas, no tres; el mío, un monovolumen de color champán que él y yo compramos cuando Emmy era muy pequeña y cuando contemplábamos la posibilidad de tener otro hijo, algo de lo que nunca hemos hablado, pero que siempre está ahí, como un collar que uno se prueba con cada nuevo outfit , pero con el que nunca llega a salir de casa.
Por eliminación, entonces, el práctico sedán gris es de Miriam.
Durante nuestras sesiones de terapia del año pasado, intenté imaginar a menudo a Miriam fuera del trabajo.
Me suponía un respiro de las acaloradas discusiones que manteníamos en esa habitación, con todas sus pausas llenas de bostezos, de resentimiento.
Sobre todo, imaginar la vida de Miriam era un paño frío en mi febril frente.
Pero a veces, cuando me permitía hundirme y caer en la desesperación, imaginar la vida personal de Miriam no me resultaba reconfortante, sino aterrador.
¿Y si era una persona de carne y hueso y no una superheroína que podía salvar nuestro matrimonio a la deriva?
Al final no lo salvó. Oliver se fue de casa y hemos pasado los últimos meses viviendo separados.
Reunimos recomendaciones de abogados matrimonialistas como si fuesen de restaurantes nuevos a los que había que ir.
Dejábamos a Emmy en la casa del otro sin hablar de trivialidades o establecer contacto visual, porque algunos días mirar a los ojos a Oliver me resultaba demasiado doloroso, como mirar directamente al sol.
Sin embargo, aquí estamos ahora, esperanzados y curiosos un lluvioso día de febrero.
Miro de soslayo a Oliver y veo que esboza una sonrisa.
Cuando se da cuenta de que lo estoy mirando, la sonrisa se ensancha.
Choca suavemente el hombro contra el mío y una descarga eléctrica me recorre.
El roce de su brazo contra el mío. La emoción de tenerlo cerca.
No puedo evitar que también a mi cara asome una sonrisa.
Después de todo, puede que Miriam no fracasara. Puede que sea un genio entre las superheroínas. Puede que ese ni siquiera sea su sedán.
La lluvia cae a un ritmo más constante, en gotas más frías y gordas.
—Bueno. —Oliver espera mientras busco las llaves en lugar de refugiarse en su camioneta—. Miriam ha sido directa y muy clara. —Levanta la barbilla hacia el cielo plomizo—. A mí me parece que ha dado un sí rotundo a lo de volver a acostarnos.
—Ah, sin duda. Prácticamente se llevó una mano a la espalda y sacó las esposas.
Abro la puerta de mi coche justo cuando Oliver me toca el hombro.
—Diana, quiero hacer esto bien, de verdad. Aunque signifique ir despacio.
Entrelazo la mano con la suya. Ninguno de los dos se mueve un centímetro, a pesar de la lluvia.
—Yo también.
—Es mejor para todos. Sobre todo para Emmy.
—Ya.
Oliver se mece sobre los talones y sonríe.
—Diana, ¿te gustaría salir conmigo?
Le aparto un rizo mojado de la frente. Escudriño sus ojos, sus labios carnosos y rosados. Durante meses he imaginado cómo sería volver a besarlo, y ahora no puedo pensar en otra cosa.
—Me gustaría salir contigo, sí.
Oliver salva deprisa la distancia que nos separa.
—¿Diana? —Sus labios casi rozan los míos—. Estoy nervioso. Eres mi preciosa mujer.
Su confesión es desgarradora y estimulante a la vez.
Le paso los dedos por el pelo mojado y lo pego más a mí.
Beso sus suaves labios, saboreando la lluvia y la sal de su piel.
Nuestro beso es lento y vacilante. Y después las compuertas se abren y nos besamos hasta que me da vértigo esta agradable, desconcertante sensación de besar a un hombre al que conozco mejor que a nadie, pero que en cierto modo me resulta completamente desconocido.
Oliver da un paso atrás y sonríe tímidamente. Estamos empapados por la lluvia, pero un escalofrío cálido recorre mi cuerpo.
—Tengo una hora antes de que venga el electricista. ¿Te puedo invitar a un café?
Nos sentamos a la barra de un diner cercano.
Mi respiración es tranquila y Oliver ya no tiene las mejillas rojas.
Pedimos sendos cafés y compartimos un dónut de chocolate de hace un día mientras fuera la lluvia no afloja.
Nuestra ropa mojada gotea en el piso de linóleo, y Oliver no para de intentar secar el agua con servilletas para que nadie se enfade, lo cual me hace reír, porque es un gesto tierno, adorable e inútil.
Y porque reír es como abrir la válvula de la tensión que hay entre nosotros.
Llego tarde al trabajo, pero no quiero estar en otra parte que no sea aquí.
Quienquiera que estuviese sentado a la barra antes que nosotros ha dejado su ejemplar del New York Times , y lo leemos juntos, abierto ante nosotros, siempre sincronizados y listos para pasar la página a la vez.
Me recuerda a como éramos antes de que llegara Emmy, cuando pasábamos días enteros leyendo juntos durante horas.
Analizamos los titulares, nos detenemos un poco más en la sección dedicada al mercado inmobiliario, pasamos las páginas de deportes y leemos detenidamente un artículo sobre el misterio de un magnate de la tecnología que desapareció y al que aún no han encontrado.
Vamos a la sección de arte y en la segunda página me quedo helada:
¿Quién es Dirty Diana?
El titular se lee debajo de uno de mis dibujos de la web.
Es Andrea, que compartió su fantasía hace meses.
Está sentada junto a la ventanilla de un tren, tras ella se distingue un paisaje borroso.
Hay un párrafo corto con unos cientos de palabras que describen Dirty Diana como un espacio en internet de historias eróticas, a cuyo frente está una misteriosa artista que entrevista a las mujeres que comparten sus fantasías en la página.
Paso deprisa la hoja, el pánico que me invade casi es asfixiante.
Es imposible que se refiera a mí. ¿Cómo va a estar hablando de mí el New York Times ? Me levanto de inmediato.
—Creo que debería irme.
Cuento con que Oliver me lance una mirada perpleja, pero tan solo mira de reojo una llamada perdida y exhala un suspiro.
—Sí, yo también.
—¿Te importa si me lo llevo? —le pregunto, y antes de que pueda contestar, doblo el periódico y me lo meto debajo del brazo.