La respuesta (Dirty Diana 3) 1
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La respuesta (Dirty Diana 3)

La respuesta (Dirty Diana 3)

Por Shana Feste, Jen Besser

© inepub.com

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Oliver y yo solíamos sentarnos lo más separados posible en el sofá de dos plazas de nuestra terapeuta.

Poníamos mucho cuidado en no tocarnos nunca mientras hurgábamos en nuestro matrimonio.

Semana tras semana íbamos a ver a Miriam, obedientemente, a veces pasivamente, nunca contentos del todo.

Se me hace extraño estar aquí otra vez, sentada tan cerca de mi marido que noto su muslo contra el mío.

Cuando uno de los dos se mueve, recibimos una descarga eléctrica.

Somos como amantes que quieren estar solos, como si tal vez entonces nos arrancáramos la ropa e hiciésemos el amor allí mismo, bajo las estanterías con geodas de color púrpura y libros de autoayuda de Miriam, con el sonido tintineante de su fuente zen, que llega desde la sala de espera.

—¿Qué me decís de salir? —El lapicero de Miriam está suspendido sobre su libreta.

La última vez que estuvimos aquí llevaba el pelo distinto.

Ahora le llega por los hombros en capas onduladas, igual que su ropa: capas y más capas de lino intencionadamente arrugado.

También luce joyas nuevas, un collar de cuentas rosas que no le había visto y otro montón de anillos de plata.

—¿Salir con otras personas? —Miro de reojo a Oliver con la esperanza de que responda él a esta pregunta, pero está mirando al techo y tiene la boca torcida, como si estuviese profundamente sumido en sus pensamientos—.

Retomé el contacto con un viejo amigo, Jasper.

—¿Viejo amigo?—. Y salimos. —No sé cómo describir a Jasper (o la relación que tenemos) en esta habitación.

O puede que en cualquier habitación. Y pronunciar su nombre en voz alta delante de Oliver me sigue pareciendo cruel, aunque él también haya estado viendo a alguien—.

Y Oliver tuvo una relación con una mujer llamada Katherine.

—Tras un instante que se prolonga demasiado me siento obligada a añadir—.

Es muy maja. Una persona estupenda, de verdad.

—Pero esas relaciones han terminado. En ambos casos.

—Oliver apoya una mano en la mía y un cálido cosquilleo me sube por el brazo.

Miriam apunta algo en su libreta. ¿Debería aclarar que le di espacio más que de sobra a Oliver para que cortase con Katherine?

¿Y que cuando rompieron, Oliver y yo mantuvimos una relación perfectamente respetuosa durante semanas?

Incluso en mi cabeza da demasiado la impresión de que estoy intentando impresionar a mi terapeuta, así que no le cuento que noviembre dio paso a las vacaciones, cargadas de expectativas y tradiciones familiares, un momento del año que parecía demasiado inestable para empezar algo nuevo y arriesgarnos a confundir a nuestra hija, Emmy.

Y como no nos habíamos reconciliado, no había ningún motivo para hablarle a Oliver de Dirty Diana, aunque la web está creciendo y nuestra base de fans cada vez es mayor; a mi socia, Petra, no paran de ocurrírsele nuevas formas de expandirnos.

Así que Oliver y yo dejamos las cosas como estaban desde hacía meses: viviendo separados, con Emmy yendo y viniendo entre su casa y la mía.

Solo últimamente nuestros abrazos se alargan demasiado.

Y un beso destinado a mi mejilla me rozó los labios.

El fin de semana pasado, cuando metimos a Emmy en la cama, mi mano encontró la de Oliver y, mientras nuestra hija se quedaba dormida, el corazón me martilleaba en el pecho con tanta fuerza que estuve segura de que él lo oía.

—Entiendo. —Miriam pasa hacia atrás una hoja de la libreta y vuelve donde estaba. Su expresión es increíble, frustrantemente neutra—. Pero me refería a salir vosotros dos.

Se nos escapa a ambos una carcajada nerviosa, sorprendida y extrañamente sincronizada.

—¿Oliver y yo?

—¿Salir? ¿Como si no nos conociésemos?

—Esa etapa la dejamos atrás hace mucho —afirmo entre risas.

—Hace un millón de años —añade Oliver—. Y hubo una boda. Y una niña.

—Que ya no es una niña.

—Sí. Exacto.

Mientras Oliver y yo enumeramos todos los motivos por los que no podemos salir, Miriam se retrepa en su silla, con las manos unidas en el regazo.

Todo en su lenguaje corporal sugiere que se acaba de dar cuenta de que debe alejar mucho el zoom y explicarles las cosas más despacio a los memos que tiene delante en su sofá.

Esto debería parecerme condescendiente, pero me resulta extrañamente reconfortante.

Puede que sea su sonrisa fácil o el modo en que sus holgados pantalones de lino te hacen sentir como si ella estuviese esperando pacientemente una brisa de verano.

—¿Por qué no volvemos a ese día? ¿Qué pasó después de que Oliver fuese a tu casa y te dijera —mira de soslayo sus notas—: «Te quiero esposar al lavabo del cuarto de baño»?

Estábamos a principios de noviembre y hacía un calor que no era normal para esa época del año, ni siquiera en Texas, pero allí estaba Oliver, plantando cinias para mí en el jardín delantero.

—¿Diana? —inquiere Miriam—. ¿Cómo reaccionaste? ¿Con Oliver?

El calor me sube por el cuello y me sonroja las mejillas, igual que aquel día. Y exactamente igual que entonces aquí estoy ahora, buscando las palabras adecuadas sin saber qué decir.

—Me... sorprendió.

—Vale. ¿Qué más?

—Me gustó la idea. En teoría. —Me avergüenza esa respuesta tan mecánica—.

El problema fue que me pareció que estaba muy lejos.

Del momento en el que nos encontrábamos entonces.

Como si la idea se nos pudiera ocurrir, pero no nos perteneciese.

¿Tiene sentido? —Desde luego que no. Es un montón de calcetines desparejados que me salen por la boca.

—¿Aceptaste la invitación de Oliver?

—No.

—¿La rechazaste?

—Lo invité a entrar. Para tomar un té helado. —La cara me arde y se tiñe de un rosa subido—. Ese día hacía mucho calor.

—Y Oliver, ¿tú cómo te sentiste? ¿En aquel momento?

—Increíble. Decir en alto esas palabras. Había estado pensando en Diana y la echaba mucho de menos. —Su tono es desenfadado, pero cuidadoso. Los dos lo notamos: el mero hecho de que hablemos de nuestra vida sexual es como si una entidad nueva hubiese entrado en la habitación.

—También me gustó oír que Oliver quería que fuésemos tan atrevidos. Quería las esposas. —Me río de nuevo—. Perdón. Es solo que se me hace raro, fuera de contexto. —Nadie más sonríe. Me aclaro la garganta—. Pero también era muy consciente de lo que pasó la última vez.

—¿La última vez? —pregunta Miriam.

—Cuando nos acostamos justo después de que Oliver se fuera de casa.

A mí también me apetecía, pero no estuvo bien.

—Oliver se estremece al recordar lo que pasó en la fiesta de sus padres, cuando nos escabullimos arriba para echar un polvo y pensamos que estaría bien, que incluso sería divertido.

Fue horrible, a los dos nos estaba afectando mucho el dolor que nos producía la separación, la voz airada de Oliver en mi oído, dura y desconocida.

En lugar de acercarnos, el sexo nos hizo sentir solos y distanciados.

—Lo siento. —Oliver me aprieta la mano.

—¿Qué fue, en tu opinión, lo que hizo que aquello no estuviera bien?

—No habíamos hecho los deberes —responde Oliver—. Era un parche temporal.

—Y ahora esperamos...

«Esperamos que nos digas que esto es buena idea.»

Como dos adolescentes ilusionados que acaban de aprobar por los pelos el examen de conducir, hemos venido a pedirte que nos dejes tu coche caro.

¿Nos puedes decir que volver a estar juntos es lo que tenemos que hacer?

¿Puedo dejar que mi marido me espose al lavabo, por favor?

¿Podemos dejar atrás toda la fealdad y avanzar? ¿Qué nos dices, Miriam?

—Esperamos volver a intentarlo —contesta Oliver.

—Es una decisión importante. Una decisión que veo que os ilusiona a los dos.

—Oliver y yo nos hemos echado tan hacia delante que hemos adoptado la caricaturesca postura de asistentes del público en el borde del asiento—.

La fantasía del matrimonio (vuestra reconciliación) siempre estará sobre la mesa, por así decirlo.

No tengáis miedo de dejarla ahí. Mientras trabajamos aquí.

«¡Pero si ya lo hemos hecho! ¡La hemos dejado ahí durante meses! ¿No es hora de desempolvarla?»

Pero ¿y si no es así? ¿Y si este es solo un momento transitorio? ¿Un cariño que ha aumentado desde que estamos separados, que se verá asfixiado en cuanto volvamos a estar juntos? Asfixiado por pequeñas pullas, mosqueos insignificantes, sentimientos reprimidos y deseos menguantes.

Como si me leyera el pensamiento, Miriam añade:

—Primero me gustaría que salierais juntos.

—¿Te refieres a que vayamos despacio? —A la cabeza me vienen todas nuestras largas miradas de últimamente, el abrazo que antes era relajado y ahora está cargado de deseo.

—Sí. Que os lo toméis con calma. Que salgáis.

—¿Sin sexo? —inquiere Oliver.

Miriam nos sostiene la mirada.

—¿Dejaríais que alguien os esposara a un lavabo en la primera cita?

Sonrío. Por fin, alguien más que gasta una broma en esta habitación: es como si pudiera respirar de nuevo.

La risa de Oliver es menos relajada.

—No creo que lo preguntase.

—Vosotros dos estáis pasando página en vuestra relación. Y necesitáis crear una base firme. Quedar. Reconstruir esa confianza. Preliminares —asegura, y su mirada pasa de mí a Oliver y de nuevo a mí—. Preliminares emocionales.

—¿Durante cuánto más tiempo? —quiere saber Oliver—. Si puedes ser específica.

Miriam sonríe a su alumno aventajado.

—No hay un plazo fijo. Pero id despacio. Cuando llegue el momento, lo sabréis. Igual que los dos sabéis que ahora mismo no es el momento.

—Cierto —coincidimos, y al mismo tiempo rezamos en silencio por que tengamos la fuerza de voluntad necesaria para ser tan sabios como Miriam.

Oliver me acompaña hasta el coche, las manos enterradas en los bolsillos del pantalón vaquero. Es un día de finales de febrero gris y frío, cae una llovizna casi imperceptible. Me arrebujo en la fina chaqueta de algodón que llevo.