12 Saoirse
SAOIRSE
No hay sitio para pensar cuando los labios de Bruno se estampan contra los míos.
La adrenalina del tiroteo, unida al dolor de traer noticias tan terribles, hacen que busque cualquier distracción y, una vez más, Bruno es perfecto para eso.
Sus labios se funden con los míos y nos derretimos el uno en el otro, igual que en el motel, pero algo ha cambiado.
No logro descifrar qué es.
Está casi… más tierno, incluso cuando deslizo los dedos por su pelo y tiro de algunos mechones para arrancarle ese gemido áspero y gutural que tanto me gusta.
Nos besamos hasta quedarnos ruborizados y sin aliento; después, nos peleamos para meternos en el asiento trasero sin darnos codazos en los riñones.
El espacio reducido suele ser un fastidio, pero ahora adoro lo cerca que nos obliga a estar, y nuestros labios chocan mientras nuestras manos arrancan la ropa con urgencia, desesperados por sentir piel.
No fui consciente de lo muchísimo que ansiaba su toque hasta que su palma gastada y áspera se desliza por la piel suave de mi vientre y un nudo de deseo se tensa en mi interior.
Las extremidades se agitan, los pies resbalan por el suelo y las rodillas se enredan en los cojines mientras buscamos la mejor posición en ese espacio diminuto, negándonos a dejar de besarnos y tocarnos ni un segundo.
El pulso me retumba con cada beso, los botones saltan cuando Bruno me abre la camisa de un tirón y él suelta un quejido ahogado cuando le quito su camiseta y se le queda atascada en el hombro.
Acabamos riéndonos mientras forcejea para quitársela, y enseguida vuelve encima de mí con besos profundos y perezosos que me dejan sin aire.
Me estoy incendiando.
Cada fibra de mi ser ansía sus manos, su boca, su cuerpo pegado al mío. Le enredo los dedos en los rizos suaves de su pecho, me agarro a su hombro y le muerdo con fuerza el labio inferior cuando planta una rodilla entre mis muslos y luego la retira justo cuando empiezo a moverme contra él.
—Cabrón —jadeo cuando me da la vuelta y me sujeta con firmeza contra el asiento trasero. Se coloca encima de mí como una manta ardiente y su aliento me hace cosquillas en la oreja mientras se ríe.
—Tranquila, que no pienso dejarte con las ganas.
—Eres ridículo. —Suelto una carcajada que se convierte en un gemido cuando Bruno deja caer su peso sobre mí y desliza una mano entre mi cuerpo y el asiento.
Puede que sea fuerte, pero hay algo tan erótico en que alguien más fuerte que yo me maneje solo lo justo para conseguir lo que quiere, y Bruno hace precisamente eso.
Tan solo pasan unos segundos y ya tiene la mano dentro de mis pantalones; dos de sus dedos se deslizan por mis pliegues empapados mientras me acaricia y besa la nuca.
—Estás calada —gruñe, frotando su erección contra mi trasero—. ¿Siempre te excitas tan fácil?
—No te creas tanto —jadeo cuando sus yemas rozan mi clítoris—.
Aquí no hay sitio para tu ego… ¡ah! Las palabras me fallan cuando siento cómo desliza un dedo dentro de mí y me hago líquida ante esa necesidad abrasadora que me recorre en oleadas constantes.
Nos separamos de nuevo, solo para girarnos, retorcernos y conseguir librarnos de la ropa que aún nos estorba.
En cuanto desaparecen mis vaqueros, Bruno vuelve a cubrirme.
Quiero provocarle y torturarle un poco más, pero en cuanto abro la boca, él me embiste de repente y lo único que escapa de mis labios es un gemido alto de sorpresa.
Mis uñas se clavan en el asiento de cuero, abro las piernas todo lo que el espacio permite y gruño al darme cuenta de que poco más puedo hacer.
Bruno apoya una pierna en el suelo para estabilizarse y se arrodilla con la otra.
Se inclina sobre mí y me inmoviliza con su peso, lo que provoca que una oleada deliciosa y eléctrica me recorra de arriba abajo.
Entonces desliza un brazo alrededor de mis hombros y lo ajusta hasta que mi barbilla reposa en el hueco de su codo. Flexiona brevemente y su músculo abultado se mueve contra mi garganta con la amenaza juguetona de que, con un solo movimiento, podría hacer que respirar resultase muy difícil.
Un pulso de deseo me recorre el centro con tal intensidad y de forma tan repentina que casi duele, así que me aprieto a su alrededor y gimo cuando él también tensa brevemente el brazo alrededor de mi cuello.
—¿Impaciente? —gruñe en voz baja junto a mi oído.
—No tienes ni idea —jadeo, apretándome de nuevo a su alrededor—. Date prisa y hazlo ya, joder—¡ah!
No me deja terminar. Embiste hacia adelante de una vez y me deja sin aliento.
Desde este ángulo siento que llega hasta mis costillas de lo profundo que me penetra y yo solo puedo dejarme llevar.
Sus embestidas empiezan profundas y lentas, pero enseguida aumentan en ritmo y fuerza.
Busca el orgasmo con la misma desesperación que yo.
Sujeto el asiento con una mano, con la otra me aferro al grueso antebrazo de Bruno y me agarro fuerte mientras me folla una y otra vez.
Gime tras gemido se me escapa empujado por cada estocada de su polla, obligándome a expulsar el aire.
Mi piel arde, hipersensible, hasta el punto de que incluso el asiento de cuero parece quemar bajo mí.
Me folla con un abandono salvaje pero con una intención clara.
El coche se sacude y cruje con cada una de sus potentes embestidas; sus gemidos profundos hacen que un escalofrío me recorra entera y mi coño late y duele con cada golpe de sus huevos y cada embestida de su polla gruesa. Es demasiado y nunca suficiente al mismo tiempo.
No pienso en nada, me dejo llevar puramente por el deseo y la necesidad.
Cuanto más duro y más rápido me folla y el placer crece en mi interior, giro el rostro hacia su brazo y clavo los dientes en su músculo abultado.
Bruno suelta un grito breve y, de repente, se corre dentro de mí en una oleada caliente.
Me sorprendería, pero la forma en la que me aprieta con brazos y piernas, inmovilizándome debajo de él como si quisiera retenerme para siempre, me lleva al límite y yo también me corro con un grito ronco y entrecortado.
Es el orgasmo más intenso que he tenido nunca y no sé cómo explicarlo.
Su polla hace maravillas, sus manos ásperas son lo más sensual que he sentido jamás sobre mi piel, y escuchar lo bien que le hago sentir es como una droga.
Pero hay algo en que me sujete tan fuerte que casi no puedo respirar, que me hace sentir tan segura, tan protegida y deseada que resulta mucho más erótico que todo lo demás junto.
No me apetece analizar por qué ocurre eso, pero Bruno lo ha despertado en mí y lo deseo tanto que le echo de menos en cuanto se aparta de mí y saca con cuidado su polla, ya blanda, de mi coño bien follado.
—Joder —jadea, sin aliento—. ¿Estás bien?
—Mmmhmm. —No quiero moverme. Sigo flotando en el resplandor de un sexo increíble, mientras el placer todavía me recorre en pequeñas oleadas. —Estoy de maravilla.
—¿Seguro? —Me acaricia la cara lo mejor que puede y sus ojos preocupados flotan ante mí.
—Lo prometo.
—De acuerdo. —Su sonrisa encantadora se ilumina y vuelve con cuidado al asiento delantero, donde saca una botella de agua de la guantera y la abre.
Yo me muevo más despacio que él y tengo que usar las bragas para limpiarme, quedándome sin ellas cuando vuelvo a ponerme los vaqueros y me dejo caer en el asiento del conductor.
Bruno me observa de cerca y me pone hasta nerviosa ver que no puede apartar los ojos de mí mientras me revuelvo el pelo y reparo los desastres de mi maquillaje en el espejo.
—Si no estuviéramos en el coche, no te habría dejado volver a vestirte —presume con una sonrisa ladina.
—Como si tuvieras opción —le respondo devolviéndole la sonrisa de forma juguetona—. Por desgracia, por mucho que me gustaría pasarme la noche follándote hasta dejarte sin sentido, tenemos cosas más importantes que hacer.
—¿Estás lista?
—Ahora sí —suelto un suspiro, haciendo sonar los labios mientras arreglo el desastre de mi pintalabios—. ¿Qué es un poco de tortura después de follar?