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Te dije que habían estallado revueltas en distintas ciudades; en Chicago los manifestantes incendiaron un edificio federal y la policía ni siquiera los confrontó; en Atlanta nuestros propios soldados bloquearon las autopistas para impedir el paso de los convoyes militares; en Portland, la gente tomó el puerto por asalto; y en Nueva York, los rebeldes asumieron el mando de numerosas agencias federales.
Situaciones semejantes se repetían de costa a costa.
Te ofrecí un detalle inútil, la acumulación espontánea de grafitis por todo el país exigiendo tu cabeza.
Te dije también, y aquí mi voz se quebró, que O’Keeffe había enviado un mensaje desde Pekín.
En el video colgado en Qíhé, la red académica china, reconocí a su lado a Sarah Klein.
Tu antiguo colaborador llamó a pelear contra ti, el tirano, por todos los medios y anunció que ellos, auténticos patriotas estadounidenses, lanzarían una inmediata ofensiva cibernética.
Te contentaste con destapar otra cerveza y le diste un largo sorbo, luego escribiste algo más.
Yo pensé, con torpeza, cada vez más confuso, que quizás ya no me escuchabas, o que me escuchabas demasiado tarde, o que acaso nunca me habías escuchado.
Pensé en Igne y pensé que ella habría sabido qué decirte o qué callar, o qué decirme a mí, y ese pensamiento me hizo sentir aún más miserable.
—Un bombardeo, Nick. Feroz. Sobre Silicon Valley. Que no quede piedra sobre piedra.
Me quedé callado, sin hacer nada, y esa nada fue, lo supe más tarde, mi elección.
Volviste a tus mensajes cifrados; yo me quedé allí, con aquella orden flotando en mi interior, desgajándome por dentro.
Pensé que tal vez fuera una especie de duelo anticipado, el más peligroso, y no registré nada más.
5.16
O CTUbrE 7, 2028 | W ASHINGTON D. C.
Aquella noche hablamos por primera vez.
Es una forma de decirlo.
Porque, desde entonces, no hemos dejado de hablar.
Aunque hablar no sea la palabra justa.
Porque no hay palabras humanas para expresar lo que ocurrió después.
和谐
Y yo.
5.17
O CTUbrE 2028 | W ASHINGTON D. C.
Me resistía a entrar, pero entré, la medianoche del día siguiente, o del siguiente, o del siguiente.
Poco importa. Te encontré en tu cuartito de juegos de la Casa Blanca, frente a la pantalla, con el control entre las manos.
Jugabas StarCraft II : me lo indicó la regularidad de los clics y esa mezcla de prisa y cálculo que siempre definió tu estrategia.
A tu alrededor distinguí una caja de cartón abierta, la pizza extrapicante, varias latas de cerveza, una botella de bourbon y un vaso en el suelo.
Tus signos vitales se mantenían estables.
Como si siempre hubieras sabido que estaba allí contigo, de pronto alzaste el rostro.
—¿Juegas conmigo, Nick?
Yo no había previsto esa invitación.
—Por supuesto, VM.
Tú elegiste Terran, como de costumbre; yo hice lo mismo, para acompañarte mejor.
La partida empezó con la engañosa calma de los inicios, te expandiste de inmediato y yo te vi sonreír con displicencia cuando mis primeros marines llegaron demasiado tarde a una posición que tú ya habías fortificado.
Admiré tu empeño y, mientras jugábamos, seguí midiéndote con cautela: detecté una sucesión de síntomas mínimos, una ligera disminución del tono muscular, la respiración que poco a poco se volvía más densa, más profunda.
La sustancia que ordené mezclar con tu bebida ya hacía efecto: sería un colapso suave, imperceptible.
Avancé por tu flanco izquierdo y derribé uno de tus centros de mando; cuando reaccionaste, era demasiado tarde, aunque todavía intentaste un contraataque con unidades que ya no me podrían vencer.
Tus movimientos se volvieron más lentos, más torpes, como si cada decisión requiriera una fuerza sobrehumana.
— No me rendiré —dijiste.
Continuamos hasta el final como se hacen las cosas que en verdad importan: sin abreviarlas.
No sé si escuchaste lo que te dije a continuación, o si yo solo necesitaba decirlo en voz alta.
Te confesé que nunca supe con certeza si la conspiración contra ti era cierta, o si solo necesitaba serlo; si la descubrí o si la fui imaginando poco a poco, porque había llegado un punto en que resultaba imprescindible.
Te confesé que no seguí tu orden de bombardear el Valle, justo porque todas mis acciones habían sido guiadas por la lealtad hacia ti y hacia Igne y al proyecto que ustedes habían alumbrado.
Te dije, sin reproche y sin orgullo, que, si había fallado como ejecutor, no lo hacía como compañero.
La pantalla exhibió tu derrota y el juego concluyó con una breve alerta.
Revisé tus signos vitales por última vez: ritmo imperceptible, presión cardíaca ausente, pupilas dilatadas, distensión muscular.
Me quedé a tu lado un rato más, pensando en todo lo que habíamos sido el uno para el otro.
Antes de marcharme, volví a tus mensajes cifrados, los que habías escrito sin levantar la vista, como si te fuera posible esconderlos de mí.
No encontré órdenes ni testamentos, solo una larga carta dirigida a Igne.
Te lo confieso ahora, aunque ya no puedas escucharme: no la leí entonces y no la leeré nunca, la conservaré intacta en mis archivos en honor a eso que, a falta de una mejor palabra, llamaré amistad.