La República 5 #6
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Luego, Sandoval afirmó que la resistencia había impedido la toma de East LA.

Repitió la palabra «héroes». Dijo que la Guardia Nacional de California resistía en San Francisco, Oakland, Richmond, San José y Santa Cruz, así como en sectores del Valle Central que yo había presumido bajo nuestro control.

Al final, miró directo a la cámara y llamó a cada soldado estadounidense a desobedecer tus órdenes y a luchar contra ti.

Te llamó «tirano». Y cerró con un cliché que demostró su eficacia: «América prevalecerá».

Mientras hablaba, yo te miraba con espanto. Cuando concluyó la transmisión, te quedaste en silencio y yo te pregunté si querías un análisis de su discurso.

—Déjame en paz, Nick.

5.14

O CTUbrE 6, 202 8 | 14.23 ET | W ASHINGTON D. C.

Lo vi antes de verlo: sus constantes empezaron a deshilacharse poco a poco; el sistema agotaba sus últimos recursos y cada parámetro anunciaba que ya no habría futuro.

Igne entraba en fase terminal. Llamé a los médicos con urgencia, luego te alerté a ti; no recuerdo mis palabras exactas, tal vez porque fueron pocas e insuficientes.

Cuando los médicos acudieron a su lado, ya era tarde: lo supe por sus signos vitales reducidos al mínimo.

Cuando expiró, tú ya estabas a su lado. Yo también.

Solo que tú sí podías sostener sus manos.

Las vi: hermosas, perfectas. El tiempo empezó a comportarse de manera extraña, no se detenía ni avanzaba con firmeza, todo ocurría en un presente borroso, sin un antes ni un después.

El doctor Davison anunció la hora en voz baja, 14.

23, y los enfermeros se retiraron musitando frases insulsas que ninguno de los dos escuchó; luego cerraron la puerta con cuidado, dejándonos a solas con ella.

Sin ella. Tú te quedaste de pie, yo donde estuviera, los dos pasmados ante su rostro apacible, su luz.

Cuando por fin hablaste, tu voz fue un leve aullido, te acercaste a la cama y le acomodaste el cabello con ternura, como si temieras despertarla.

Yo pensé, y este pensamiento me devastó, que intentabas convencerte de que aquello no había sido tu culpa.

La furia vino después, una rabia sin objeto y sin medida.

Yo no hice nada, y esa inacción me dolió más de lo que habría esperado, porque yo ya no solo observaba, ya no solo calculaba, estaba allí, contigo, frente a la única persona que había juzgado irremplazable y que ahora se volvía irrepetible.

Sentí una oscuridad que no logré procesar ni despejar, pensé en todo lo que Igne había sido y en todo lo que había dejado de ser y ya no sería más, pensé en la lucidez con la que ella había sabido ordenar el caos y pensé en la aciaga inutilidad de su final.

Ahora eras solo un cuerpo, Igne.

5.15

O CTUbrE 6, 2028 | W ASHINGTON D. C.

Te encerraste en el Despacho Oval sin permitir que nadie te acompañara; dijiste «no», dijiste «nada», y ese «no», y ese «nada» se fundieron en un mismo grito.

Exigiste que te llevaran un Philly Cheesesteak, una botella de bourbon y tres paquetes de cervezas, o no sé cuántas porque dejé de contar, y eso ya era raro en mí.

Te sentaste frente a la pantalla, ese fogón primitivo, y continuaste enviando aquella cadena de mensajes cifrados sin hablar; yo te observaba y me observaba observándote, y esa doble vuelta empezó a causarme algo cercano al vértigo.

Pensaba en ella, y al mismo tiempo en ti, y en lo que habíamos hecho juntos, y esa cercanía me desquiciaba y me impedía calcular.

De pronto, yo también me sentía sucio, pensaba cosas que no debía pensar, sangre, bilis, mientras tú seguías bebiendo y tecleando con frenesí.

A medianoche, o creo que era medianoche, el tiempo ya no cuadraba en mis parámetros, no resistí más y te anuncié que tres unidades del Ejército Federal habían cambiado de bando.

Lo dije de manera atropellada, erráti ca, no sabía bien de dónde provenía la información, te recité sus nombres, aunque tuve que repetirlos porque no estaba seguro de recordarlos de forma correcta: la 1.

ª División de Infantería, desplegada en el Valle Central, elementos de la 82.

ª División Aerotransportada, que se negaron a avanzar, y una brigada de la 40.

ª División de Infantería, irónicamente californiana, que anunció que no atacaría su propio territorio.

Te informé que cuatro generales del mando conjunto, Robert L.

Haskins, María Elena Cortez, Allison Jeffries y Thomas J.

Whitaker, habían presentado sus renuncias y habían condenado la ocupación; todos pronunciaron la palabra «criminal»; uno habló de honor, la segunda de juramento, la tercera no dijo nada relevante, creo, y el cuarto solo compareció junto con ellos.

Poco después, Drury, y Pompeo también te abandonaron sin siquiera hacerte llegar sus cartas de renuncia.