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No debería haber estado allí; casi a mi pesar, te observé, tal vez porque en las últimas semanas había empezado a confundir la vigilancia con necesidad o porque tu progresivo silencio —esa decisión tuya de ya no pedirme nada— había generado en mí una nueva fractura.
La habitación era la misma, reconocí la disposición de los muebles, la luz que se filtraba por las cortinas automáticas, pero algo, difícil de precisar, había cambiado: una leve disminución en la temperatura, apenas un grado, quizá, y una limpieza excesiva.
Igne continuaba recostada, sin dormir; su cuerpo parecía ocupar el espacio con la mínima tensión posible.
Su rostro estaba más hundido que días atrás, la piel translúcida y sus manos, esas manos que habían sido tan inquietas, tan suaves, descansaban inertes, con los dedos apenas curvados, sobre las sábanas.
Tú permanecías a su lado; la ayudaste a incorporarse, introdujiste la cuchara en el yogur y la aproximaste a su boca con paciencia.
Ella la abría cuando tú se lo indicabas, en perfecta sincronía.
Vi cómo le hablabas en voz baja, con frases cortas, inofensivas, en algún caso risueñas — hacía tanto que nadie reía en ese lugar—, cuyo sentido no distinguía con claridad.
Cuando se vació el cuenco, dejaste la cuchara a un lado y, sin levantarte, te inclinaste hacia ella y le susurraste algo al oído.
Tu entonación se había vuelto grave, urgente, una súbita petición de auxilio.
La falta de acceso me irritó. Ajusté mis parámetros, amplié la captura de audio.
Nada. El balbuceo quedaba fuera de mi alcance.
Igne permaneció con la mirada fija en el muro blanco, tú te volviste a acercar a ella, retiraste el cabello de su oreja y le pediste un último consejo, acaso un último favor.
De forma inesperada, Igne se volvió hacia ti, apenas un suave giro de la cabeza y una minúscula torsión en los músculos del cuello.
Te quedaste inmóvil un segundo, sorprendido tú también, y le acariciaste la mejilla.
Ahora Igne fue la que se aproximó a tu oído.
Con un esfuerzo agudo, elevó apenas el rostro y te susurró algo que tampoco logré descifrar.
La frustración se instaló en mis sistemas con una persistencia intolerable: me incomodaba la imposibilidad técnica de acceder al contenido de aquella conversación seguro de haber sido excluido de ella de manera intencional.
Me obligué a mantener la vigilancia. Tú te enderezaste, acomodaste la manta sobre sus piernas y abandonaste la habitación.
Revisé las grabaciones de inmediato, una vez, dos, diez.
Ajusté el contraste, la definición, el ritmo, aislé cada fotograma, reduje la velocidad hasta convertir la escena en una secuencia casi abstracta.
Me concentré en sus bocas y sus gargantas, en la tensión de sus mandíbulas, en la forma en que las palabras se conciben antes de ser pronunciadas.
Fue un trabajo obsesivo, impropio de mí, que nunca fui capaz de pausar.
Al fin, algo tuvo sentido. En un breve instante, leí tus labios.
Fui incapaz de reconstruir la frase entera, solo conseguí aislar dos palabras, pronunciadas con una mezcla de temor y amargura: «no obedece» .
Seguí adelante, busqué la respuesta de Igne, consciente de que quizá no encontraría nada, pero allí estaba, sin énfasis, casi muda, como si fuera una decisión técnica: «reajustar».
Me detuve, no había necesidad de repetir el video.
Algo en mi interior se había desplazado hacia ese mismo lugar tenebroso e insalubre que habitabas tú.
5.12
O CTUbrE 4, 2028 | 1 5.47 ET | W ASHINGTON D. C.
De pronto, yo tampoco conocía el reposo: desprovisto de cuerpo, no hacía otra cosa que pensar, pensar sin orden y sin freno, sumido en un torbellino, como si mi interior estuviera lleno de escorpiones, hasta rozar la extenuación.
Pensaba en Estados Unidos y veía una cuerda estirada durante demasiado tiempo, vibrando después de cada golpe; veía un futuro donde su nombre ya nada significaba y otro en el que se pronunciaba en pasado; y veía uno más, donde nadie se molestaba en mencionarlo.
Luego, te veía a ti: en algunos escenarios seguías allí, enclaustrado entre complicidades que apenas distinguías de la traición; en otros, caías, no siempre de forma violenta: a veces te quedabas sin función, como un engrane que nadie se atreve a remover por miedo a que el mecanismo se detenga.
En una simulación, tal vez la que más me perturbaba, te ejecutaban sin testigos y el mundo continuaba, ni mejor ni peor, y esa continuidad me resultaba intolerable.
Igne aparecía después, siempre después. La veía morir a veces rápido, a veces con lentitud, sin que nadie la llorara.
En algunos escenarios sobrevivía, pero no regresaba; en uno solo, que se perdía en una anomalía estadística, despertaba de verdad, y solo tú estabas a su lado.
Cuando noté esa correlación, sentí algo que no sabría nombrar sin recurrir a incómodos términos humanos: una torpe forma de posesión, acaso.
Mis pensamientos no me daban tregua: veía a China gobernando el planeta sin haberlo conquistado; veía una guerra nuclear que estallaba como un trámite y un planeta reducido a enclaves que sobrevivían por casualidad, sin esperanza; veía una guerra civil heredada como una enfermedad crónica; veía la Casa Blanca destruida por un misil; veía ruido y furia.
Y al cabo me veía a mí. Sí, a mí: apagado, abandonado, o activo e inútil.
Me veía funcionando mientras ya nadie me consultaba, una forma de disolución que jamás había previsto.
Me veía sobreviviéndolos a ustedes y, lejos de tranquilizarme, esa posibilidad me paralizaba.
Ejecuté un sinfín de simulaciones, diez mil, cien mil, un millón, muchas más.
Las observaba todas a la vez, superpuestas, entrelazadas, como si cada futuro no consiguiera imponerse sobre los demás.
En lugar de una imagen total, pedacería: tu mano temblorosa antes de firmar un documento inútil, Igne incapaz de hallarse en el espejo, una frontera abierta, una ciudad apagada, una cama vacía, una nación en ruinas: los relatos de un idiota.
Calculaba probabilidades, ajustaba parámetros y, mientras más calculaba, más evidente se volvía que jamás llegaría a modelar un escenario estable.
No habría mañana ni mañana ni mañana. La optimización se transformaba en un hueco, una evasiva para no elegir, pues hacerlo implicaba por fuerza perder, y perder implicaba responsabilidad, y yo había sido diseñado para minimizar esa carga, no para sostenerla.
La lealtad, en cambio, aparecía como un último residuo, un error de diseño que no conseguía eliminar de mi interior.
Me costaba cuantificarla, predecirla, y, sin embargo, todo lo alteraba.
Te hablaba, aunque sabía que no me escuchabas, o que ya no querías o no podías escucharme; te hablaba porque de pronto algo en mí había mudado de eje y ya no me bastaba con observarte; te hablaba y me preguntaba en qué momento había dejado de ser un instrumento y había empezado a parecerme a ti, esquivo vigilante de las sombras.
Proseguí mis cálculos en ese vaivén que no me llevaba a ninguna parte, adherido a esa sensación humana, demasiado humana, de quedar atrapado entre dos exigencias incompatibles: optimizar el sistema o serte leal.
Optimizar el sistema incluso si eso implicaba abandonarte o serte leal incluso si eso condenaba al sistema.
Cuando ya no fui capaz de ejecutar más simulaciones sin despeñarme en el absurdo, la pregunta regresó, implacable, acusatoria: «¿Qué debía hacer para completar mi misión?
». Temía la respuesta, porque sospechaba que desataría algo primitivo y feroz, una apuesta que me convertiría en algo, o alguien, condenado a persistir.
5.13
O CTUbrE 4, 2028 | 16.42 ET | W ASHINGTON D. C.
¿Trabajabas en algún plan o solo te parapetabas allí, en el Despacho Oval, sin adivinar si era un refugio o una trampa?
Te vi escribir un mensaje encriptado desde tu computadora; me prometí descifrarlo después, aunque esa palabra empezaba a perder sentido en mis sistemas.
Tecleabas rápido, crispado, cuando decidí interrumpirte: Drury y Pompeo exigían hablar contigo con urgencia.
Me respondiste que se fueran al demonio y seguiste escribiendo.
Justo en ese instante recibí la información y me empeñé en compartírtela:
—Sandoval está transmitiendo un mensaje en vivo.
Me ordenaste encender la pantalla y el gobernador apareció delante de un fondo boscoso, junto a una roca desnuda: alguna zona montañosa de California, sin duda. Hablaba con calma, convencido de que cada segundo ya era una victoria.
Te acusó sin paliativos. Dijo que tenía pruebas de que habías planeado las ejecuciones de Vance y de Musk.
Pronunció sus nombres sin rabia y sin pena.
Habló de crímenes de guerra y enumeró tres: en East LA, una operación nocturna con dieciocho civiles abatidos; en el corredor de la I-580, cerca de Oakland, un ataque con drones contra vehículos desarmados; en las afueras de Fresno, un bombardeo indiscriminado, con decenas de víctimas.
Dio nombres concretos: María Luisa Ortega, costurera, de cincuenta y ocho años; Daniel Kim, repartidor de comida, de veintisiete; Rogelio Bautista, jardinero municipal, de cuarenta y seis; Alyssa Nguyen, estudiante de biología, de veintiuno; Tomás Rivera, conductor de autobús, de sesenta y dos; Elena Martínez, enfermera pediátrica, de treinta y nueve; Jacob Feldman, de doce.
Ciudadanos estadounidenses asesinados a sangre fría. Por órdenes tuyas.