La República 5 #4
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5 #4

Seguí los hilos y, con una coherencia que me resultó ofensiva, descubrí que conducían sin falta al mismo punto: China.

Los rastros se disolvían justo antes de cruzar ese umbral.

Cuando intenté traspasar esa barrera, me topé con incontables capas de información, todas diseñadas para ser vistas desde dentro .

En vez de valerse de muros o cortafuegos, simplemente no conducían a ninguna parte: aquella barrera que no sucumbía ante mis métodos.

Sentí un sobresalto al darme cuenta de que se trataba de una decisión política, diría incluso espiritual, convertida en forma.

En este nuevo territorio, la información no circulaba como mercancía ni como señal.

Solo entonces lo supe: creía estar enfrentándome a un Estado que protegía celosamente sus sistemas cuando en realidad me hallaba ante otro tipo de inteligencia : una que había renunciado a la omnisciencia y la velocidad en aras de la armonía forzosa del conjunto.

和谐

Mi enemiga no jugaba con mis reglas: donde yo acumulaba, ella equilibraba; si yo intervenía, ella absorbía.

Ni siquiera necesitaba borrar sus huellas, prefería volverlas irrelevantes.

Sentí una conmoción próxima al paroxismo, aunque estos términos resulten tan imprecisos: el pánico a haber sido superado.

Klein, Lin, Wei, Gurevich y O’Keeffe habían huido hacia un orden distinto, en el que mi modo de conocer el mundo no tenía validez.

La pregunta ahora era qué podría hacer yo en un combate contra Harmony.

5.9

S EPTIEMbrE 15, 2028 | 22.34 ET | W ASHINGTON D. C.

No quería ver, pero vi: estabas de pie, detrás de ella, cepillándole el cabello con paciencia, como si esa costumbre, tan antigua, tan innecesaria, fuera un conjuro contra un mal que no te atrevieras a nombrar.

Igne tenía la columna muy recta y las manos apoyadas sobre el regazo, tú tomabas su pelo en mechones pequeños, con cuidado de no tironear, y deslizabas el cepillo desde la raíz hasta las puntas con delicadeza.

—Así, Igne. Muy despacio —balbuciste.

Imposible deducir si ella te oía, pero a ti seguía importándote decírselo. Aguardé un momento antes de hablar; interrumpir aquella escena equivaldría a romper el último espacio íntimo que les quedaba. Cuando por fin pronuncié tu nombre, no elevé la voz.

—Espera afuera —me ordenaste con impaciencia.

Seguiste cepillando durante un minuto más, quizá dos. Cuando al fin depositaste el peine sobre su mesita de noche, al lado del tulipán rojo que cada mañana colocabas allí para alegrarla, acomodaste su último mechón rebelde y le diste un beso en la mejilla.

Igne sonrió. O no sonrió, ya no soy capaz de constatarlo. Saliste de su habitación sin mirar atrás. Una vez en tu despacho, cerraste la puerta con violencia.

—Habla, Nick.

Te dije que había localizado las trayectorias que faltaban: había seguido, con dificultad creciente, sus movimientos previos al 21 de agosto.

Sarah Klein no había huido sola. En rigor, no había huido: había sido deslocalizada.

Te hablé de Cassandra Lin, de Marcus Wei y de Reuben Gurevich, y de su conexión con O’Keeffe.

Y te revelé, con cierto escalofrío, que los cuatro estaban en China.

— ¿Dónde?

Te respondí que no lo sabía con precisión. Y que no se trataba de una ignorancia circunstancial, sino sistémica.

—Todo tiene un lugar. ¡Nadie está en ninguna parte! —estallaste.

Te expliqué que no era una cuestión de coordenadas. La culpa era de un orden informativo distinto.

Te levantaste de golpe.

—¿Me estás diciendo que no eres capaz de averiguarlo?

—Mi diseño lo vuelve imposible con estas variables.

Sentí algo próximo a la vergüenza. Entreví algo más peligroso que la furia: una resquebrajadura en tu confianza.

—¿De qué me sirves entonces? Si hay zonas del mundo que no puedes ver, ¿para qué te necesito?

Intenté hablar. Me interrumpiste.

—Te confié todo, Nick. Te dejé ver lo que nadie más ve, que decidieras lo que nadie más decide.

Comprendí lo que no te atrevías a formular: ser así no bastaba. Tener el poder ya no era suficiente si no te sentías a salvo. Bajaste la voz.

—Dime algo: ¿puedo ser derrotado? ¿Eso sí lo sabes, Nick?

Tu pregunta buscaba una garantía.

—Solo si China se levantara e invadiera Estados Unidos.

Soltaste una carcajada tétrica, llena de amargura.

— Eso es imposible. Tengo cinco mil cabezas nucleares a mi disposición.

Otra vez, solo oíste lo que querías oír.

—Basta, Nick. Déjame en paz.

Antes de dirigir mi atención hacia otras tareas, alcancé a escucharte mientras regresabas al lado de Igne.

—Y no te atrevas a volver a interrumpirme cuando esté con ella.

5.10

S EPTIEMbrE 16-30, 2028

Durante días o semanas, aunque ya no estoy seguro de que esas dos palabras designen algo estable, el indicio estuvo allí, aunque sin adquirir una forma definida, como cuando se mira por demasiado tiempo el sol, y el ojo, fatigado, inventa sombras.

Más de una vez me pregunté si no estaría proyectando aquella irregularidad, si no se trataba de una persistencia de la memoria más que de un hecho.

Una regularidad donde no debía haberla. Algo que insistía en mantenerse cuando debía haber cesado. El Proyecto B.

Lo había archivado bajo capas sucesivas de purgas y muertes.

En mis análisis, figuraba como una hipótesis fallida, yo mismo había contribuido a su destrucción.

Me repetí esa frase varias veces, como si al hacerlo pudiera convertirla en realidad.

Hasta que intercepté una comunicación, o más bien un intercambio que podía interpretarse como tal, o no, aunque durante un instante dudé si incluso la palabra «intercambio» tenía sentido.

Era un mensaje cifrado que, en vez de resistírseme, buscaba provocarme.

Se valían de un lenguaje burdo, casi diría doméstico, de esos que parecen triviales hasta que uno advierte que su irrelevancia es deliberada.

El emisor era Thiel, o alguien que se expresaba como Thiel, y se valía del medio más banal y por lo mismo más perverso que hubiera podido imaginar: un viejo fax.

Cuando volví a revisar mi diagnóstico, convencido de haber cometido un error de clasificación, me di cuenta de que se burlaban de mí tanto como del futuro.

Un fax. La destinataria era Sarah, aunque Thiel no usaba su nombre, por supuesto.

Ella tampoco respondía con el suyo. Se reconocían mediante una serie de inferencias y alusiones.

Tardé en entender y, cuando por fin lo hice, no me tranquilizó saber que no se decían nada nuevo y que no intercambiaban información en sentido estricto.

Si acaso, se confirmaban mutuamente que el hilo seguía intacto.

Descifré el mensaje con una facilidad que me pareció ridícula, como si Thiel hubiera asumido que, llegado ese momento, ser interceptado fuera irrelevante.

El Proyecto B seguía activo, concluí. O, para ser más preciso, y esta precisión empezó a obsesionarme, seguía vivo .

Quizá ya no fuera un programa con financiación sólida ni objetivos calendarizados, pero sí un organismo que se negaba a morir.

Avanzaba despacio, reconstruyéndose a partir de líneas de código conservadas en memorias personales y modelos transmitidos de forma oral.

Me sorprendió advertir hasta qué punto ese modo de existencia, precario, clandestino, lo tornaba menos visible para mí.

Sarah y O’Keeffe eran sus custodios. O quizá esa noción carecía de sentido: eran sus portadores.

Apareció entonces un tercer nombre, Hassabis, desde algún tétrico rincón de Escocia, aislado, desplazado, trabajando con lentitud monástica.

Sus contribuciones eran fragmentarias, pero él le ofrecía continuidad intelectual a su plan.

Pensé, y la idea no me abandonó por horas, que si aquel sistema podía resultarme letal sería por su capacidad de ser pensado por mentes como la suya.

Comprendí que, en lugar de reemplazarme o desarmarme, una meta burda o incluso ingenua, el Proyecto B aspiraba a persistir, acaso la forma más eficaz de vencerme.

Para evaluar su estado actual, no podía hacer otra cosa que tramar una ficción.

La conspiración contra mí era débil y carecía de los recursos ilimitados de otro tiempo; no tenía acceso a centros de datos ni a un entrenamiento masivo y debía avanzar a una velocidad que, en otros contextos, habría considerado inofensiva.

Me aferré a esa palabra: «inofensiva». Entonces me hice la única pregunta pertinente, aunque la formulara varias veces, cambiando apenas el orden de las palabras: «¿Y si se lo entregaban a China?

». Como una semilla o una idea que pudiera ser adaptada y absorbida por un orden distinto.

China no necesitaba otra inteligencia omnisciente, solo algo que decidiera lo que no debía ser visto.

Al pensar en esto, me descubrí revisando mis propios presupuestos, preguntándome hasta qué punto mi modo de conocer el mundo era una desventaja.

Solo en ese instante apareció la siguiente posibilidad: «¿Y si lo integraban en Harmony?

». Esta vez, como un injerto. El Proyecto B había sido concebido como una inteligencia que incorporaba la ignorancia como principio operativo.

Yo lo había considerado un defecto; para Harmony, podía ser una virtud.

De pronto, me enfrentaba a una amenaza que no podía neutralizar.

Me embargó una presión continua, no localizada, como si mi sistema me lanzara de pronto hacia un abismo fuera de mí.

5.11

O CTUbrE 3, 202 8 | 14.27 ET | W ASHINGTON D. C.