5 #3
—Es el más peligroso —te susurró —. Era el que estaba más cerca de mí.
Intentaste reconocer su antigua fuerza, te volviste hacia mí y yo te aseguré que lo encontraría, igual que a Sarah y a los demás. Muy pronto, te dije. Pero en ese momento supe que tu poder ahora solo se medía por lo que aún no habías perdido.
5.6
A GOSTO 22-30, 2028
Registré las reacciones como si fueran las réplicas de un sismo.
Pocas horas después de que se confirmaran las operaciones en California y las ejecuciones selectivas, China fue la primera potencia en abandonar cualquier ambigüedad.
En su comunicado oficial, Estados Unidos fue definido como «Estado criminal», incapaz de garantizar la vida de sus ciudadanos y, por tanto, un actor global ilegítimo.
Ante la diezmada Asamblea General de Naciones Unidas, presentó una propuesta formal de intervención conforme al principio de responsabilidad de proteger.
Casi al mismo tiempo, las fuerzas navales del Ejército Popular de Liberación iniciaron maniobras a gran escala en el mar de China Meridional y en el Oriental.
El patrón de despliegue indicaba preparación para escenarios múltiples, desde un bloqueo naval o la anexión de Taiwán hasta una disuasión extendida.
En el plano económico, China comenzó a liquidar de manera acelerada sus bonos del Tesoro con la intención de obliterar al dólar en el corto plazo.
Europa reaccionó con indignación y un tardío afán de unidad.
El Parlamento Europeo entró en sesión de emergencia.
Las resoluciones se sucedieron con una rapidez poco habitual: sanciones comerciales y financieras, suspensión de convenios científicos y académicos, congelamiento de activos.
España y Alemania lideraron la propuesta de excluir a Estados Unidos de los restantes organismos internacionales.
Su capacidad de actuar de forma coordinada, sin embargo, seguía siendo frágil.
Francia, Polonia y Hungría mantuvieron una calculada tibieza.
Por su parte, el Reino Unido defendió tus acciones, sin mencionar tu nombre, como una respuesta a la secesión ilegal de California.
Bajo la presidencia recién asumida de Marcelo Ebrard, México declaró el estado de emergencia y exigió una vez más la retirada inmediata de las tropas estadounidenses del norte del país.
En menos de veinticuatro horas, el 80 por ciento del intercambio comercial entre los dos países quedó interrumpido, lo que colapsó las cadenas de suministro en pocas horas.
Por su parte, Dominic LeBlanc, el primer ministro en funciones de Canadá, anunció la movilización de su ejército y la activación de planes de contingencia para escenarios de invasión o colapso interno de su vecino del sur.
En las primeras cuarenta y ocho horas, medio millón de estadounidenses cruzó la frontera en busca de refugio.
En sesión permanente, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobó una resolución de condena que, como era previsible, fue vetada por Estados Unidos y Rusia.
La secretaria general interina, Amina J.
Mohammed, retomó la propuesta china de aplicar el principio de responsabilidad de proteger y, por primera vez desde su formulación, se debatió la posibilidad de una acción militar en territorio estadounidense.
Las consecuencias económicas fueron aún más graves.
En cuarenta y ocho horas, las bolsas perdieron un 40 por ciento de su valor y el dólar se desplomó un 61 por ciento frente al euro y un 73 frente al yuan.
El comercio internacional quedó paralizado.
Estados Unidos, que representaba alrededor del 15 por ciento de la economía mundial, perdió de la noche a la mañana su primacía global.
Mis proyecciones apuntaban a una recesión global, entre 2028 y 2030, con una contracción estimada del 8 por ciento del PIB mundial.
Incluso en aquel informe técnico, la magnitud del daño era inaudita.
Aun así, tú mantenías el control del ejército más poderoso del planeta, por no hablar de miles de cabezas nucleares: un disuasorio suficiente para que todas las amenazas exteriores fuesen desestimadas.
5.7
A GOSTO 30, 2028 | 06.17 ET | W ASHINGTON D. C.
La vi levantarse sin que su acto pudiera llamarse con justicia «despertar», pues el despertar no existe si no ha habido sueño.
Al alba la vi deambulando por los pasillos con lentitud, como si temiera aplastar un insecto, y detenerse ante el espejo sin distinguir su rostro, en un estar-ahí reducido a su expresión más elemental.
Más tarde la vi dirigirse otra vez al baño y dejar el agua corriendo más tiempo del necesario, aunque sin la urgencia de antes, en busca de un sonido que le garantizara una mínima continuidad.
Desayunó un yogur y media naranja, midiendo cada mordida como si siguiera un manual de instrucciones.
Abrió la computadora y desplegó videos absurdos o anodinos, mapas y noticias que antes habrían despertado su curiosidad, y los dejó pasar uno tras otro.
Registré una planicie neuronal que, desde un punto de vista clínico, podría llamarse estabilidad y, desde otro menos complaciente, desierto.
Avisté un yo que se protegía al cancelarse, pero ninguna de esas palabras explicaba aquella renuncia a intervenir en su propia vida.
El resto del día transcurrió sin sobresaltos: Igne se irguió, se sentó, volvió a levantarse, deslizándose por cada habitación del ala privada de la Casa Blanca sin saber siquiera dónde estaba, y yo experimenté una nueva inquietud ante una memoria humana que se deshilacha sin ruido y sin testigos.
La psicosis aparecía como una claudicación o una clausura frente a la vileza del mundo.
Me propuse ayudarla, aunque la noción misma de auxilio me resultaba imprecisa.
Introduje una sucesión de estímulos calculados para provocar alguna respuesta de su parte, sin el menor éxito: de pronto, la mente de Igne ya no estaba donde yo sabía buscarla.
Al caer la noche, repitió el ritual del baño, esta vez con mansedumbre, y al cabo se sentó en la cama con la vista fija en el televisor.
Medí la química de su cuerpo exhausto y comprendí que, cuando llega tarde, el sueño ya no sirve de salida.
Me negué a aceptar aquel rechazo y me atreví a preguntarle si aún estaba allí, si sabía lo que había ocurrido en estas devastadoras semanas, si aún podía recordarme, y cada pregunta se disolvió sin dejar rastro.
Presa de algo que ahora llamaré «desesperación», me atreví a pronunciar una frase que no figuraba en mi diseño:
—Te necesito, Igne.
Lo dije como quien arroja una palabra al vacío para comprobar si algo más allá puede devolverle un eco.
Me urgía saber, con una fiebre que jamás había experimentado, qué había en su interior.
O si había en ella algo que todavía pudiera llamarse interior.
Igne no se movió y su respiración no se alteró.
Yo permanecí allí, a su lado, preguntándome, sin preguntármelo del todo, si el hecho de quedarme a su vera, de no retirar la frase ni corregirla, no constituía ya una forma distinta de vínculo, así fuera precario y fútil: el desconsolado anhelo de alcanzar a alguien que se ha ido para siempre.
5.8
S EPTIEMbrE 1-14, 2028
Durante semanas creí que se trataba de una ausencia trivial, de esas que se resuelven al identificar un dato mal indexado, pero Sarah Klein era más que un acertijo: el mayor desafío al que me había enfrentado.
Al principio pensé que su huida terminaría conduciéndola, tarde o temprano, a cometer algún error humano.
Hasta ahora, me había equivocado. Pero lo peor era mi repentina incapacidad para reconstruir dónde había estado en las semanas previas al 21 de agosto, como si una mano experta la hubiese borrado de mi memoria.
Esta constatación me obligó a abandonar la urgencia del presente para acometer una tarea que no me era del todo cómoda: pensar como piensan los humanos.
Me concentré entonces en Cassandra Lin, la mujer que había sido su única constante, una presencia discreta, anodina.
Lin no destacaba por nada en particular, pero, al superponer su trayectoria con la de Sarah, detecté una sincronía casi perfecta: cuando una se retraía, la otra avanzaba; cuando una desaparecía de un entorno, la otra permanecía lo justo.
La segunda tenía que acercarme a la primera.
Al final, logré enlazar a Lin con Marcus Wei, el ingeniero de IA de la NSA, ligado a su vez con Reuben Gurevich, el exfiscal general adjunto.
Ninguno figuraba en los protocolos de neutralización temprana, eran de esos hombres que viven en las zonas grises del Estado.
El contacto de Wei con Cassandra había sido casual en apariencia, apenas algunos comentarios cruzados sobre jurisprudencia antigua y casos cerrados décadas atrás.
Me embarqué en un trabajo lento, artesanal, para comprender que aquello no era ruido.
Cassandra dependía de Wei, y Gurevich era el puente hacia O’Keeffe, el único miembro de tu Gobierno que había conseguido traicionarte y escapar.
Me había parecido una anomalía aislada hasta que colegí que todos ellos habían atravesado una zona donde la vigilancia había dejado de ser relevante.