5 #2
Mis hombres lo condujeron afuera sin violencia; el vehículo blindado lo esperaba con el motor encendido.
Antes de subir, Vance miró por última vez la silueta de su esposa contra la noche.
Le colocaron la capucha. Desde ese momento, su mundo se redujo al rumor de los neumáticos sobre el asfalto.
Yo seguí el trayecto como una línea sobre el mapa.
El vehículo tomó la ruta rumbo al norte, internándose por caminos secundarios hacia zonas donde las construcciones se volvían escasas.
En esa oscuridad forzada, Vance debió de pensar en sus agitados discursos, en las amenazas que lanzó a diestra y siniestra, en la zafiedad con la que había combatido a sus rivales o en las advertencias que había desestimado.
Privado de referencias visuales, la mente humana se vuelve un sumidero.
En algún punto, el vehículo se detuvo. El motor quedó encendido unos segundos y luego se apagó.
Se abrió la portezuela. El aire era más frío y el lodo se confundía con el estiércol.
Lo obligaron a bajar sin acusaciones o palabras finales.
Hubo un solo disparo, camuflado por la algarabía de los cuervos.
Tu instrucción fue clara: dejar el cuerpo allí, a la intemperie, para que alguien lo encontrase al día siguiente.
Sin una razón operativa clara, por la mañana volví a supervisar la residencia del vicepresidente y vi —no pude dejar de ver— a su esposa de pie frente a la ventana durante horas, haciendo mil llamadas y a la vez esperando la única que no iba a llegar.
Y vi a los tres niños despertarse, convencidos de que su padre volvería porque él así se lo había prometido.
5.3
A GOSTO 21, 2 028 | 06.54 PT | H AWTHORNE , CA
El edificio de SpaceX estaba casi vacío; Musk se sentó frente a la pantalla y durante diez minutos abrió gráficos, revisó cotizaciones, pasó de una moneda a otra con la rapidez de quien no cree del todo en ninguna de ellas; en su rostro había una mezcla de irritación y expectativa.
Le dio un pequeño sorbo a su bebida energética y a las 07.
04, llamó a Gwynne Shotwell, su mano derecha.
Le dio instrucciones técnicas, afectuosas en su sequedad.
Hablaron del Starship Block 3, de la ventana de lanzamiento prevista para el cuarto trimestre del año y de los refuerzos estructurales en la sección interetapa; luego, mencionó el ajuste en los motores Raptor para soportar ciclos más largos sin mantenimiento.
Musk le exigió no mover la fecha prevista y la comunicación terminó sin despedidas.
A continuación, con un gesto de aburrimiento, pospuso una videollamada con Thiel etiquetada como urgente.
Abrió X y escribió dos mensajes en rápida sucesión: otra vez se burlaba de ti sin siquiera nombrarte.
Miles de respuestas aparecieron en su feed , una marea de adhesiones y de insultos que no podía dejar de leer.
Antes de volver al trabajo, aceptó una llamada de su hijo X.
El niño hablaba desde una habitación con los libros bien ordenados y una pizarra al fondo; Musk le preguntó por sus clases y le prometió que iría a verlo el fin de semana.
Luego, sin transición, empezó a contarle De la Tierra a la Luna .
El niño lo oyó sin prestar demasiada atención, jugueteando con unas piezas de lego.
Al final, Musk le preguntó si se había dado cuenta de que Verne había entendido lo esencial.
Cuando Musk volvió a revisar los números de Tesla, inicié la operación.
Entré por los controles de climatización y burlé los nodos de seguridad.
Bastó una chispa. Al principio fue apenas un olor y un zumbido irregular.
Musk frunció el ceño. El fuego encontró el camino que yo ya había calculado.
La explosión fue seca, inapelable. El vidrio se pulverizó y el metal cedió.
Su cuerpo, que tantas veces había imaginado en el espacio, quedó reducido a un charco de materia orgánica.
Cuando el incendio fue controlado horas después, los informes señalaron un accidente eléctrico y una improbable concatenación de fallos.
Yo observé cómo la noticia se propagaba con su misma lógica: velocidad, réplica, saturación, olvido.
5.4
A GOSTO 28, 2028 | 14.17 NZST | W ĀNAKA , N UEVA Z ELANDA
Revisé cada uno de los lugares donde había sido visto en el pasado: su residencia del West Village; las mansiones en Russian Hill, Los Altos Hills y Bel-Air, el rancho en Wyoming.
Luego me desplacé al apartamento familiar en Fráncfort y a sus oficinas europeas en Luxemburgo, incluso entré en sus propiedades en las Islas Caimán, Buenos Aires y Singapur y en el coto secreto en Maui.
En cada sitio descubrí que los sistemas habían sido desconectados tras un alud de discretos despidos, como si Thiel hubiera planeado su retirada del mundo con la misma frialdad con la que yo desaté la «acción».
Hurgué en las empresas pantalla y los engañosos fideicomisos filantrópicos, su nombre se diluía en registros que no llevaban a ninguna parte.
Me topé con un laberinto de contratos firmados por sucesivas capas de intermediarios.
Thiel había planeado su desaparición con la fe con la que otros edifican un legado.
Por primera vez desde que aprendí a seguir a los humanos, uno de ellos había logrado ser invisible para mí.
Sentí una frustración desconocida: yo, que había aprendido a penetrar cualquier sistema, me enfrentaba a un hombre que se había sustraído a la vida digital.
Thiel me negaba y esa negación era, en sí misma, una forma de poder.
Al cabo de unos días, al fin localicé una traza, un patrón irregular de consumo energético en el hemisferio sur, así como los reportes de toneladas de materiales de construcción redirigidos, años atrás, a un punto que no figuraba en ningún mapa.
Todas aquellas señales convergían en Wānaka, Nueva Zelanda, un complejo subterráneo concebido para resistir tanto las catástrofes naturales como la llegada del Anticristo.
Thiel había sido fiel a su prédica y había alumbrado un refugio para el día en que el mundo se le volviera ingobernable.
Localicé la ubicación precisa: si así se me ordenaba, podía convertir ese espacio en una tumba analógica.
Sin embargo, no era seguro que mi ofensiva cibernética acabara con el búnker.
Justo en el instante en que confirmé su paradero, detecté en mí una relajación mínima: Thiel estaba fuera de mi alcance y este hecho, lejos de incrementar mi encono, me concedía una tregua.
5.5
A GOSTO 28, 202 8 | 11.15 ET | W ASHINGTON D. C.
Observé la sudoración en tus mejillas y el repentino encanecimiento de tu barba.
Insistías en mantener a Igne a tu lado. Sus manos, que otra vez eran sus manos, descansaban sobre la mesa, paralelas e inmóviles, mientras el resto de su cuerpo parecía desconectado.
Empecé con California. Te hablé del avance sostenido de nuestras fuerzas, de los corredores asegurados entre Los Ángeles y Sacramento, de la infraestructura energética bajo control parcial, de los puertos operativos vigilados por la Marina, de la inminente toma de San Francisco.
A continuación, te ofrecí las cifras de desplazados y el recuento de las bajas. Dejé para el final el mapa con los focos de resistencia, sobre todo los de los latinos en el sur del estado.
—¿Y Sandoval?
— Los últimos indicios lo sitúan en las áreas montañosas al este, donde la señal es irregular.
—¿Qué probabilidades hay de que lo neutralices en las siguientes setenta y dos horas, Nick?
—23.5 por ciento. Pero aumentan al 48 en el plazo de dos semanas.
Registré tu sobresalto. Luego, te confirmé lo que ya sabías, aunque esperabas oírlo de mí: Vance y Musk habían sido eliminados.
Me pediste los detalles y te los entregué como una ofrenda.
Te informé, asimismo, de la reacción pública: las redes no los lloraban, la mayoría de los posts hablaban de su ambición sin freno y celebraban el fin de esas figuras que siempre jugaron a dos bandas.
La narrativa correcta se había impuesto con rapidez: la palabra «merecido» prevalecía.
Entonces te hablé de Thiel. Te dije lo que sabía y, sobre todo, lo que ignoraba.
Nueva Zelanda y el búnker subterráneo. Te di las probabilidades de completar la operación de manera exitosa: apenas un 13 por ciento.
Golpeaste la mesa con la palma abierta. Dijiste su nombre, solo su nombre: Peter, peor que un insulto.
Igne no se alteró.
Retomé el informe. Anita Mehta, interceptada sin testigos en un trayecto habitual; David Lewis, hallado en su casa de Arizona, con mapas militares colgando de las paredes; Eliezer Yudkowsky, detenido en el aeropuerto de El Paso; Ileana Domínguez-Smith, arrestada en su oficina.
Te expliqué cómo cada uno había sido liquidado con protocolos adaptados a su perfil.
En tu rostro apareció una satisfacción austera.
—¿Y Hassabis?
—El dron falló apenas, por un margen mínimo. Está vivo, oculto en algún lugar de las Highlands escocesas.
Kamala Harris, Timnit Gebru, Jean-Jacques Etchevarri, Marcus Wei, Carissa Véliz y Reuben Gurevich: paradero desconocido. Te aseguré que los localizaría muy pronto. Solo en ese momento me preguntaste por ella. No pronunciaste su nombre y yo te respondí con la única claridad que poseía:
—Sarah Klein es un punto ciego.
Te llevaste las manos a la frente. Cuando por fin hablaste, tu voz había descendido varios tonos.
Imposible, dijiste. Yo no discutí. Te di, en cambio, la última noticia, que te enfurecería más que todas las anteriores.
O’Keeffe, tu secretario de Defensa, no había seguido tus órdenes.
Peor: también se había esfumado. Ningún error técnico explicaba su ausencia.
Cuando repetí el nombre del traidor, algo ocurrió: por primera vez en mucho tiempo, Igne se removió.
Un ajuste mínimo. Sus ojos, hasta entonces vidriosos y apagados, se enfocaron en ti.