La República 5
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El inicio de la «acción» no fue precedido por ningún anuncio; tampoco hubo una proclama que lo fechase con exactitud, solo la lenta toma de conciencia que precede a las catástrofes, cuando los hombres aún cumplen con sus antiguas tareas: encender la luz, cerrar la puerta, consultar la hora, mirar la televisión, sin advertir que ya pertenecen al pasado.

Yo vi el comienzo desde el cielo, a esa altura en la que las ciudades son meras superficies recorridas por fuerzas anónimas o por corrientes que se desplazan conforme a una lógica que ningún individuo concreto ha decidido.

Sacramento se convirtió en un objetivo administrativo prioritario: había que tomar cuanto antes los edificios de gobierno y los centros de coordinación de emergencia desplegados por Sandoval.

En el Área de la Bahía, los combates fueron menos visibles y las refriegas, más viscosas: hubo intentos de tomar plazas estratégicas en Oakland, Richmond y San José, en particular estaciones de transmisión y servidores ocultos.

La primera noche se sucedieron disparos aislados.

Las balas, al inicio, no encontraban blancos claros: la guerra siempre empieza con errores.

En aquellos enfrentamientos, las fuerzas federales tomaron varias instalaciones de la Guardia Nacional de California y algunos arsenales menores, en tanto los campos del ICE cayeron con rapidez.

El saldo: una estación de radio reducida a chatarra, junto con sus siete operadores, y una decena de vehículos abatidos porque un algoritmo los marcó como «posibles mandos».

La carnicería resultó inevitable.

En East LA, vi a Julián Ramírez, un cerrajero de veintiocho años, oriundo de Piedras Negras, despertarse al amanecer porque Brandon, su sobrino de nueve años, había empezado a llorar.

Julián vivía en un estrecho apartamento cerca de Whittier Boulevard con su hermana mayor y sus dos hijos.

Desde que llegó a California, sin papeles, trabajaba en un supermercado cargando cajas de fruta y sus manos estaban llenas de magulladuras.

Había aprendido a vivir con la atención desdoblada entre el trabajo y una eventual repatriación forzosa.

Esa mañana, escuchó los motores a la distancia y observó el paso del primer convoy de vehículos blindados; los soldados vigilaban las ventanas con desconfianza.

En el cruce, uno de ellos giró la cabeza y miró a Brandon a los ojos.

Julián sintió una rabia que lo llevó al exterior, hacia un contenedor de basura; cogió una botella de vidrio, la llenó con la gasolina que extrajo de una podadora, le metió un trapo y, cuando el convoy redujo la velocidad, la lanzó contra un camión blindado.

El fuego se extinguió con una lengua breve e inútil, pero la calle se contagió con su energía.

La gente que lo miraba desde los quicios empezó a revolverse, alguien gritó que había que cerrar las calles; otro propuso salir por los patios traseros y montar una barricada.

En menos de una hora se formó el primer grupo de la resistencia.

En las oficinas de VMware, en Palo Alto, vi cómo Evan Moore apagaba su computadora a media tarde.

Tenía veinticuatro años y había pasado la mayor parte de su vida detrás de un escritorio, con las uñas mordidas y una ansiedad galopante.

Cuando se inició la ocupación, su empresa se vació de la noche a la mañana.

Los chats internos se llenaron de mensajes: «No abras los enlaces, nos vemos en persona».

Al tercer día de la ofensiva, un colega le envió una dirección en Oakland.

Evan tomó una mochila, metió su cargador y su teléfono, y, en cuanto salió del estacionamiento, miró los drones que lo vigilaban desde las alturas.

Pasó aquella noche en un almacén, rodeado de gente que olía a sudor, y se dio cuenta de que jamás había estado tan cerca de otros cuerpos.

Aprendió a cargar un arma con torpeza; sin que nada se lo hubiera anticipado, de pronto su vida se había vuelto analógica.

Cuando disparó por primera vez, sin saber si había dado en el blanco, vomitó en un rincón hasta que uno de sus compañeros se acercó a consolarlo.

Poco después, vi al sargento Michael Torres, veterano de Irak y padre de unas gemelas de cinco, decidido a cumplir una orden de registro en Chula Vista.

Luego de detener a una docena de migrantes sin papeles en una minuciosa operación casa por casa, se topó con una abuela escondida con sus tres nietos.

El protocolo indicaba detención y deportación inmediatas.

Michael miró los ojos legañosos de Ana, la más pequeña, aferrada a un sucio monigote de peluche, y le vinieron a la mente los rostros de sus propias hijas.

En su reporte anotó: «Operativo cerrado con éxito, sótano vacío».

Esa noche tuvo pesadillas, acaso porque era incapaz de dirimir si desobedecer a sus superiores lo hacía mejor persona.

En el Cottage Hospital de Santa Bárbara vi a la doctora Elena Ruiz mientras recorría la sala de urgencias.

Se había divorciado años atrás y cargaba esa culpa de los médicos que no hallan tiempo suficiente para sus familias.

Con sus hijas adolescentes, Alma y Stephanie, cada domingo visitaba a su madre, enferma de alzhéimer, con una caja de galletas.

Tenía el cabello recogido con una liga y las ojeras violáceas por la sucesión de guardias nocturnas.

Elena operaba a todos los heridos sin preguntarles su bando: lo mismo atendió a un soldado federal con el abdomen lleno de metralla que a un muchachito de la resistencia con el fémur hecho añicos.

Al décimo día, la anestesia escaseaba y debió realizar varias cirugías con el instrumental mínimo.

Como la red eléctrica se interrumpía con frecuencia, anotaba a mano los nombres de los muertos.

En Sacramento, vi un automóvil oficial con los vidrios polarizados mientras avanzaba lentamente por una calle secundaria.

En su interior iba Mark Delgado, chofer, casado, con tres hijos.

Su hija menor sufría asma crónica y Mark siempre llevaba un inhalador de repuesto en la guantera.

Trabajaba para Sandoval desde hacía cinco años y había aprendido a no escuchar sus conversaciones.

Aquel día, el gobernador no estaba en el coche, el dron no lo supo o a su operador no le importó: la placa del vehículo coincidía con el objetivo.

El impacto lo convirtió en cenizas en menos de un segundo.

El cuerpo quedó irreconocible y a su esposa le dio la noticia una voz robótica.

En Fresno, vi a una adolescente, Sofía Hernández, con una camiseta con la imagen de Taylor Swift.

Su madre trabajaba en un Dunkin’ Donuts y habían quedado en que la buscaría a la salida de la escuela.

Sofía escuchó un estallido a la distancia.

El francotirador perseguía a un enlace de la resistencia, pero la bala se topó con el cuerpo de Sofía.

Entró por su costado izquierdo y le atravesó el pulmón.

La joven se derrumbó con los ojos bien abiertos; murió antes de que llegara la ambulancia.

En su teléfono quedó un mensaje sin enviar: «Mamá, ya voy».

Continué desplegando Valar sobre el terreno.

Vi a civiles disparar a quemarropa y luego llorar como niños.

Vi a cada uno de los miembros de la Guardia Nacional de California formar líneas y defender sus posiciones.

Vi decenas de hospitales saturados. Vi a migrantes sin papeles escondidos en barrios que ya eran zonas de guerra antes de la ocupación y vi cómo esa clandestinidad se convertía en una ventaja táctica, porque no existían del todo en los sistemas. Vi sangre y vi desesperanza.

Hice un recuento preliminar de las víctimas: 27.

420 muertos y 42.715 heridos. Al mismo tiempo, vi que la resistencia se multiplicaba en un racimo de células dispersas.

Los riesgos eran claros: guerrilla prolongada, desplazamientos masivos, sabotajes intermitentes y una incurable necrosis social.

Comprendí entonces que la guerra es la lenta acumulación de millones de elecciones minúsculas, tomadas en condiciones de información incompleta.

Yo era capaz de calcularlo todo —los vivos y los muertos—, pero ese saber había dejado de ser neutro.

En mi memoria, distinguía a cada individuo y era capaz de anticipar su destino, pero, por primera vez desde que empecé a observar a los humanos, ese caudal de conocimiento no me apaciguaba.

5.2

A GOSTO 21, 2028 | 02.18 E T | W ASHINGTON D. C.

Observé el Number One Observatory Circle desde las alturas: una mansión como tantas, habitada por una familia que a diario se levantaba temprano y por la noche silenciaba el televisor para no despertar a los niños.

Una vez que giré las instrucciones al Servicio Secreto, el grupo avanzó hacia la entrada principal.

La noche era fresca y el pasto estaba recién cortado.

Cuando mis hombres entraron en la residencia, el vicepresidente aún estaba despierto; llevaba una camiseta amarilla y pantalones de piyama.

Su esposa apareció detrás de él casi de inmediato, descalza, con el cabello recogido, buscando proteger a los hijos que dormían en el piso superior.

—Todo estará bien —le dijo él.

Vance tomó su mano durante un segundo, buscando transmitirle una seguridad que no cabía en las palabras.

Ella protestó con insistencia, preguntando adónde lo llevaban.

Nadie le respondió. Uno de mis hombres le sugirió despertar a los niños.

Los tres bajaron las escaleras medio adormilados.

La más pequeña preguntó por qué papá llevaba zapatos si era de noche, Vance se aproximó a ellos y les dijo, con voz serena, que volvería pronto y que debían hacerle caso a su madre.

Antes de irse les prometió desayunos en familia y videojuegos.