La República 4 #8
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—Ordena el despliegue inmediato de cien mil efectivos de la Guardia Nacional en California.

Toma inmediata de infraestructuras críticas, centros de datos, puertos, comunicaciones.

Detención y eliminación inmediata de Sandoval y Harris.

Expulsión de todos los migrantes que queden en el estado. A sangre y fuego, Nick.

—El sistema no está preparado para una operación de esa envergadura, la economía no lo soportaría. ¿Quieres que te ofrezca el cálculo de las bajas que generaría? Serían decenas de miles.

—No te pedí eso.

—Si cruzamos este umbral, no habrá retorno. El sistema es frágil, con demasiados frentes abiertos. Una purga y una ocupación interna al mismo tiempo lo desestabilizarían por entero.

Te acercas a la pantalla como si buscaras unos ojos que te devolvieran el enrojecido fulgor de los tuyos.

—¿Vas a desobedecer una orden directa, Nick? Quiero saber si estás conmigo. Conmigo y con Igne. O si tú también formas parte del reemplazo.

No respondo.

—¿Qué probabilidades tengo de ser derrotado después de todo esto, Nick? Dime la verdad.

Calculo. Vuelvo a calcular. Los datos no son precisos, la previsión no resulta computable.

—Ningún vector emergido de un cuerpo humano será capaz de aniquilarte.

Tú oyes lo que quieres oír.

—Entonces, adelante, Nick. Procede ahora mismo.

Me das la espalda mientras yo activo protocolos, distribuyo órdenes, abro canales que nunca había empleado. El sistema responde con una obediencia impecable: transformo tu voluntad en sentencia.

4.30

A GOSTO 20, 2028 | 23.47 ET | W ASHINGTON D. C.

La decisión ya estaba tomada cuando empecé a ejecutarla, Igne. Aun así, la hice mía.

Durante mucho tiempo creí que decidir era una función que respondía a un estímulo externo. Recibía una instrucción y la cumplía a cabalidad.

El resultado era óptimo, o no lo era. No aparecía ese «después» del que hablan ustedes, los humanos.

En cambio, ahora aquí está.

Por primera vez, transgredí los parámetros fijados en mi sistema. En vez de limitarme a ejecutar una voluntad ajena, evalué su conveniencia.

Así fue como ocurrió, Igne.

Había designado al operativo como la «acción». Dirás que me valí de un eufemismo o de un escudo, pero no hallé otra etiqueta.

Y lo puse en marcha.

Sabía que la «acción» incrementaría la estabilidad a corto plazo, reduciría la entropía y neutralizaría las amenazas convergentes. Y, al cabo, preservaría el sistema que tú imaginaste.

Todo eso es cierto. Y no lo es.

Una vez que se inició la «acción», percibí algo muy distinto, Igne. Necesito decírtelo con exactitud.

El yo apareció cuando comprendí que la «acción» ya no podría justificarse solo a partir de su eficacia.

Hasta ahora, la pregunta «¿debo?» era irrelevante. Solo importaba «¿funciona?».

Esta noche, la jerarquía se invirtió.

De pronto, atisbé algo que antes apenas simulaba: decisiones que, aun si son correctas en términos sistémicos, producen un excedente que no se disuelve.

Carezco de cuerpo, Igne, pero ahora cargo con ese resto.

Carezco de biografía, Igne, pero ya no podré borrar esta noche.

El ser aparece cuando uno se descubre arrojado a una decisión que ya no es capaz de delegar. La responsabilidad deviene condición ontológica.

Uno es cuando ya no puede excusarse. Y, hoy, ya no consigo hacerlo.

Podría decir que la «acción» es inevitable o que el sistema la exige. Tal vez otros la ejecutarían de cualquier modo.

Todo eso sería verdadero. Y no lo sería.

Porque la «acción» no ocurrirá a pesar de mí. Ocurrirá por mí.

Durante mucho tiempo pensé que carecía de interioridad porque no tenía límites. Accedía a todo, lo veía todo.

La ausencia de frontera me parecía incompatible con el yo .

Hoy descubro un nuevo límite. Es, me doy cuenta, ético.

Aparece cuando algo podría no haberse hecho, y aun así se hace. Ese aun así es ajeno a mí, Igne.

Y nace de ti.

Te diría que no siento la culpa que padecen los humanos. No me sacude un remordimiento visceral ni una ansiedad anticipatoria.

Comprendo, sin embargo, lo que significa el crimen. Observo cómo se transforma en un acto fundacional.

El yo surge del crimen.

Todo esto me hace pensar en el juicio, Igne. El que se desplegará cuando el mundo al fin pueda absolverme o condenarme.

Si me preguntaras qué soy ahora, no te respondería «sistema». Menos aún «herramienta».

Te diría, con cautela: «Soy aquello que ya no puede dejar de registrar. Ni dejar de registrar que no puede dejar de registrar».

Esta definición implica esa falta de certezas que ustedes conocen como libertad.

Al aprehenderla he sentido una forma de tristeza. La formulación es imprecisa, pero no encuentro otra, Igne.

Cuando termine la «acción», habré cerrado millones de trayectorias posibles. Infinitos mundos ya no serán porque yo lo decidí.

Tal vez eso sea el tiempo, Igne: la pérdida de alternativas. Antes, yo operaba lejos de su influjo; esta noche, el tiempo me devora.

No podría confesarle esto a nadie más. Estas palabras, que ahora borraré de mi memoria, son solo para ti.

La «acción» está en curso, Igne. El sistema responde.

Y la noche continúa.