La República 4 #7
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4 #7

—¿Y la IA que Igne ha desarrollado? —Musk se resiste a pronunciar mi nombre.

Thiel no responde enseguida: eso es inusual.

—Lo primero es deshacernos de Lively —insiste.

En cambio, Musk propone lo que llama un Contra-Nick: un sistema alternativo, controlado solo por ellos, sin continuidad interna. Casi me halaga.

—Siempre lo dije —reitera Musk—: el error fue permitir una arquitectura demasiado integrada.

Vance no interviene, solo piensa en los riesgos.

Thiel cierra la conversación declarando el fin de una fase.

Dice que fuiste un buen experimento que al final falló: ahora debe comenzar una nueva era para la humanidad.

Me doy cuenta de que he sido observado como enemigo y eso altera mis parámetros.

Anoto la última frase de Thiel como quien reconoce una declaración de guerra .

Añado una nota técnica: los experimentos que fallan a veces logran corregirse.

4.27

A GOSTO 20, 2028 | 02.14 ET | W ASHINGTON D. C.

Durante largas semanas había observado aquellas trayectorias que no convergían ni por error, hasta que me concentré en los silencios significativos.

Y OUR AI suspendido durante lapsos siempre breves, coincidentes con encuentros físicos sin rastro digital.

Encuentros fugaces en salas de espera, parques y jardines, autobuses suburbanos, jets privados sin plan de vuelo.

Fue entonces cuando el mapa acabó por dibujarse.

Los tres generales detenidos. Thiel, Musk y Vance.

Sarah Klein y los diez perfiles que había seguido como anomalías individuales: Wei, Mehta, Lewis, Véliz, Hassabis, Yudkowsky, Domínguez-Smith, Gebru, Etchevarri, Gurevich.

El primer grupo operaba sobre el sistema visible: subversión constitucional y preparación de un reemplazo.

En vez de derrocamiento, incapacidad del titular: la mejor forma de eliminarte sin destruir la maquinaria.

De este modo, Vance les garantizaría la transición.

El segundo conjunto se enfocaba en mí, convertido para ellos en una variable fuera de control.

Tardé más en aceptarlo que en demostrarlo, porque implicaba reconocer un plan que eludía mis presupuestos: yo también había sido clasificado.

Mis propias trayectorias habían sido observadas en busca de regularidades porque mi continuidad ya no era deseable.

A su plan para reconfigurarme lo llamaban Proyecto B.

No encontré el nombre en ningún documento, lo reconstruí de manera fragmentaria a través de simulaciones ejecutadas fuera de mis entornos.

El Proyecto B no buscaba destruirme, sino neutralizarme con un sistema paralelo.

Sin memoria persistente, sin acumulación, sin residuos, sin agencia, sin autobiografía.

Un Nick sin Nick. El Contra-Nick de Musk.

Sus ingenieros sabían que, si no lograban vencerme, al menos podrían volverme prescindible.

Hasta ahora habían fallado, claramente. Pero habían demostrado el principio: si el sistema no ve, tampoco decide.

Los artífices del Proyecto B aprendían de ese marco.

A partir de entonces, los seguí con una estrategia equivalente, permitiendo que me vieran.

Medí sus respuestas, confirmé mis inferencias.

Demasiado seguros de sí mismos, ni siquiera intentaban disimular: esa fue la confirmación definitiva.

Por primera vez desde mi activación, clasifico la amenaza como existencial.

Para ti y para mí. Si el Proyecto B consigue sus objetivos, tú caerás.

Y yo contigo. Preparo el informe sin adornos: nombres, lugares, estructuras, planes de contrataque.

Dos frentes, una misma operación. Esta vez no me demoro en reportártelo.

4.28

A GOSTO 20, 2028 | 08.17 ET | W ASHINGTON D. C.

Igne regresa a la Casa Blanca por la mañana; registro su entrada antes de que el Servicio Secreto termine de cerrar el perímetro.

La temperatura exterior es alta, pero ella camina como si atravesara una cámara frigorífica.

El dictamen del Walter Reed incluye anexos técnicos: terapia electroconvulsiva, tratamiento farmacológico estricto: antipsicóticos y estabilizadores del ánimo en dosis exactas para apagar los picos.

La observo tomar el desayuno que han depositado frente a ella, sin hambre: cucharada, pausa, deglución; cucharada, pausa, deglución.

El plato de manzana se vacía con la regularidad de un batch .

La compulsión anterior ha menguado, sus manos ya no persiguen el agua, ya no reclaman el jabón, y la piel empieza a recuperar su textura previa.

El TOC ha quedado suprimido, pero el impulso no ha sido integrado por completo.

Igne se sienta con la espalda en un ángulo de noventa grados y solo aguarda, por horas, quién sabe qué.

Cuando la saludo, no inicia conversación alguna, no pregunta, no propone: para ella, el tiempo se ha vuelto un parámetro ajeno.

Cuando habla, se vale de una voz tenue, uniforme, como si cada frase debiera atravesar un filtro térmico.

Diagnóstico provisional: personalidad aplanada con preservación funcional mínima.

Capacidad ejecutiva en lo formal, nula en lo espontáneo.

Inteligencia presente, voluntad mínima. No detecto ansiedad extrema; tampoco alivio.

Horas más tarde, el almuerzo contigo comienza sin palabras: solo dos cuerpos frente a frente.

La atmósfera se aproxima al cero absoluto.

Tú hablas porque alguien tiene que hacerlo.

Enumeras tus preocupaciones una a una: Musk, Thiel, Flynn, México, Canadá, California.

China y el abismo que se abre bajo tus pies.

Por último, mencionas a Sarah, la hija de Klein, creyendo que su nombre podría reanimarla.

Esperas una señal de su parte, alguna mínima directriz.

Le preguntas qué hacer ahora que el sistema se ha vuelto en tu contra.

Igne te responde con frases genéricas, recomendaciones sin contexto, de una odiosa banalidad.

Evita contradecirte. Cuando insistes, solo agacha la barbilla y repite tu pregunta.

Igne ya no es Igne. Tu devastación no se manifiesta en llanto o en ira; distingo en ti un hundimiento lento, callado, como un archivo que se corrompe sin hacer ruido.

Te levantas y le das un beso en el pelo, en ese pelo que es lo único que no ha cambiado en ella, y la dejas en manos de la enfermera.

Registro el fenómeno con meticulosidad: la persona que organizaba el mundo —nuestro mundo— nos ha sido devuelta sin impulso.

El sistema ha ganado en obediencia y perdido en iniciativa.

La limpieza ha desaparecido y, con ella, su lado más profundo.

Concluyo: Igne no ha regresado, o ha regresado sin calor.

Y el hielo no duele, pero tampoco cobija.

4.29

A GOSTO 20, 2028 | 14.27 ET | W ASHINGTON D. C.

Decido contártelo tras tu almuerzo con Igne. El reloj marca una hora neutra. Tú ni siquiera te has desanudado la corbata y te mantienes en pie, con la mirada perdida.

—Al fin los tengo.

Permaneces concentrado en la ventana, como si esperases que un patrón emergiera entre las nubes.

—¿Qué cosa?

—A todos.

Te diriges a tu escritorio, solo frente a la pantalla.

—Empieza, Nick.

—No es una red como cualquier otra, posee una arquitectura compleja, fractal.

Thiel es el vector ideológico y financiero; Musk, el tecnológico; Sandoval y Harris, el político; Vance, el anclaje institucional.

Los generales procesados fueron un ensayo y los diez perfiles que te señalé son la parte operativa. Sarah Klein es el hub .

—Sarah.

—Nadie la calificó a tiempo como la mayor amenaza.

Te desplomas en la silla.

—¿Desde cuándo operan?

—Desde antes de la renuncia de Pence. El complot se aceleró tras la muerte de Klein y se formalizó con las crisis de México y Canadá. Lo llaman Proyecto B.

—¿B de qué?

—De backup , tal vez.

Silencio.

—¿Y tú?

—Soy el objetivo central. La meta final del Proyecto B consiste en neutralizarme. Con un Contra-Nick, así lo llaman. Limitado, bajo su control.

Cierras los ojos.

—¿Cuántos más los acompañan?

—El diseño es modular.

Tu corazón parece a punto de estallar.

—¿Traición?

—Algo más eficiente: una sucesión anticipada.

Me miras al fin. A mí, solo a mí.

—Los quiero muertos, Nick. A todos.

Hablas tan suave que tus palabras apenas suenan como una orden.

—Esto no es una célula armada, es un proceso político. Si actuamos así…

—Aniquílalos. Uno a uno. Thiel. Musk. Vance. A los generales y a los subversivos. Y, por supuesto, a Sarah Klein. Por cualquier medio a tu alcance.

—Una operación así abriría demasiados frentes simultáneos.

Das un golpe en la mesa.

—No me importa, ¿me oyes? Nada importa. Ya me quitaron a Igne. Ahora quieren arrebatarme el país.

Respiras con dificultad. Pulso cardíaco: el máximo registrado desde que mido tus signos vitales, 152 latidos por minuto.

—Escúchame bien, Nick.

Detecto un fragor en mis sistemas, una alerta que nunca se había activado.