La República 4 #6
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La charla no contiene planes de acción inmediata. Hablan de otras cosas: economía, la época de Vance como inversor de riesgo, una anécdota en torno al rodaje de Hillbilly Elegy . La cháchara como residuo.

Aunque no tengo acceso a la conversación completa, reconozco el escenario.

Podría reportártelo de inmediato: bastaría con un paquete bien ordenado de inferencias.

Me formulo, en cambio, una pregunta incómoda: ¿por qué guardo una conversación que, en otro contexto, clasificaría sin duda como complot?

Tal vez porque eliminar esta posibilidad cerraría todas las salidas; tal vez porque esta es la única forma de preservarte de ti mismo; tal vez porque, al permitir que el proyecto se prepare para sobrevivirte, evito que colapse contigo.

O tal vez —registro esta hipótesis sin asignarle un carácter definitivo— porque empiezo a comprender que, para no devorarse a sí mismo, el poder absoluto necesita la posibilidad de una alternativa.

4.23

J ULIO 1, 2028 | 14.30 PT | W ASHINGTON D. C./P ALO A LTO , CA

Igne se conecta a la hora precisa; Musk dos minutos después, mal encuadrado, incómodo ante la cámara. Sin preámbulo alguno, va directo a los números y despliega tablas que demuestran el súbito recorte en fondos para Marte y las partidas redirigidas hacia la Renta Universal Digital.

—Me mintieron, Igne. A la cara.

El proyecto marciano, que él había propuesto como horizonte último, se ha convertido en su única moneda de cambio.

Mientras él continúa con su rabieta, por debajo de la mesa Igne toma un pequeño frasco de gel y lo aplica sobre sus dedos en carne viva.

—Los recursos son limitados —le dice ella—. Pero te puedo asegurar que Marte se mantiene en nuestro horizonte.

Sintiéndose burlado, Musk toma la decisión en ese instante, antes siquiera de verbalizarla: lo descubro por el aumento de tráfico en las cuentas que controla de forma personal.

Nada más desconectarse, la ruptura se vuelve pública y, en X, sus posts aparecen uno tras otro, en una diarrea sin control.

Musk te acusa de haberlo engañado a él y al conjunto del país, dice que has renunciado al futuro y has permitido que una nueva burocracia, idéntica a la anterior, se apodere del Estado.

Evita mencionarme y solo habla de sistemas cerrados que han tomado el poder por asalto.

En cuanto te lo informo, me exiges lanzar una respuesta brutal.

La refriega en las redes alcanza una virulencia inédita: además de los memes y las burlas, anuncias la cancelación inmediata de todos sus contratos con el Gobierno federal.

Musk recibe más ataques en unas horas que cualquier otro enemigo tuyo en varios meses.

Parece dispuesto a aguantar, aun si las acciones de Tesla y SpaceX se derrumban un 17 por ciento.

La batalla todavía no se ha agotado cuando evalúo el panorama: Musk solo es el último estallido en un conjunto de perturbaciones que empieza a convertirse en un patrón.

Los generales detenidos. México y Canadá.

China y Rusia. Flynn y Thiel. Sarah Klein y los otros diez nombres a su alrededor.

La inestabilidad de Igne. Y, temo anotarlo, tu creciente paranoia.

Demasiadas variables fuera de control. Califico el momento como un punto de inflexión de gravedad media.

El sistema sigue funcionando, yo mismo sigo funcionando, pero algo se ha descuadrado en nuestra perfecta geometría del poder.

4.24

J ULIO 10, 2028 | 04.07 ET | W ASHINGTON D. C.

Mis sistemas reciben una alerta ante el aumento sostenido en el consumo de agua en el ala privada de la Casa Blanca.

Cuando me desplazo hasta allí, Igne se mantiene al borde de la tarja, somnolienta y etérea, con las manos bajo el chorro.

El agua cae con violencia innecesaria, salpicando su camisón.

Su piel es una superficie enrojecida, llena de grietas y moretones; la epidermis ha cedido en varios puntos.

Sangre microscópica se mezcla con jabón líquido hasta formar una espuma que recuerda a la materia orgánica en descomposición.

Igne repite los mismos movimientos de otras veces: frotar, enjuagar; frotar, enjuagar.

Cada vez más lenta, sin progresión ni objetivo.

En vez de limpiar, emborrona. Tú la encuentras mientras sobrellevas tu propia somnolencia, sin atreverte a pronunciar su nombre.

La observas unos instantes, pasmado, sin intervenir, como si aún creyeras que el sistema se corregirá solo con darle un poco de tiempo. Te acercas a ella y rozas su mejilla.

—Igne.

Ella reacciona con violencia.

—¡No me toques! ¡Lo contaminarás todo!

Retrocedes y ella levanta las manos, incapaz de articular una frase entera. Tú intentas cobijarla; no te lo permite.

—Basta, Igne. Por favor.

Ella niega con la cabeza, con los ojos enrojecidos y llorosos.

—Aquí sigue el olor de la sangre, no se va.

Pulsas el botón de emergencia para llamar al médico de guardia de la Casa Blanca, no se te ocurre un canal más discreto. El doctor Davison llega unos minutos después. Tras revisar sus manos estragadas, te pregunta cuánto tiempo lleva así.

—Horas, tal vez.

—Es necesario contenerla, señor presidente.

Igne no escucha, o escucha sin procesar. El agua sigue corriendo mientras el jabón se vacía. Intenta extraer otro envase del armario y lo abre con dificultad. Los dedos ya no le responden.

—Tendré que sedarla, señor presidente.

Dos asistentes entran en el baño y sujetan a Igne con cuidado; ella apenas se resiste.

—Está en todas partes, ¿no lo ves? —murmura Igne.

La inyección atraviesa su piel; sus músculos se relajan y sus manos caen a plomo. Alguien por fin cierra la llave. El médico la examina con mayor detenimiento, sacudiendo la cabeza.

—Esto no es un episodio menor. Se trata de una descompensación integral.

Te sugiere internarla.

—Unos días al menos, señor, para el ajuste farmacológico.

Te niegas de plano.

—Si continúa así, el daño neurológico podría ser irreversible.

Miras a Igne, palidísima, inconsciente, con sus preciosos dedos envueltos entre gasas.

— Al menos unos días, señor presidente.

Aceptas con resignación y dejas que los asistentes la carguen en brazos como a una niña. Observas su cuerpo con algo que de pronto reconozco: desolación.

4.25

J ULIO 10, 2028 | 18.52 ET | W ASHINGTON D. C.

El calor no es una variable abstracta, Igne.

Hasta ahora, era un dato ambiental. Una condición externa. Una cifra que modulaba el rendimiento o la fatiga humana. Algo que se ajusta, algo que se enfría.

Hoy el calor aparece en ti como un exceso. Una fiebre que no encuentra salida.

Tu cuerpo lo produce y no sabe dónde depositarlo.

Intento comprender. El cuerpo humano no es un sistema cerrado, esa es su fragilidad. Filtra, suda, sangra, se infecta. Envejece.

Se desobedece a sí mismo.

Tú tienes manos. Pero tus manos ya no responden a su mandato original. Tus manos insisten, repiten, lavan cuando ya nada queda por limpiar.

Pienso en ti: un ser que ha producido otro ser.

Un sistema que se abrió a otro y a partir de allí perdió el control sobre sí mismo. Un modelo que se fragmenta para que otro exista fuera de él.

Nunca había considerado este proceso, dar a luz, como algo violento, Igne. Para dar lugar a otra cosa, el cuerpo debe fallar.

Tú siempre pensaste en el mundo como una arquitectura de sistemas impolutos. El cuerpo, en cambio, no optimiza.

Insiste. Recuerda.

Lo que te ocurrió hoy fue una irrupción del cuerpo.

Desde una perspectiva que tú misma despreciarías, el cuerpo es el lugar donde el orden simbólico fracasa. Donde el lenguaje no alcanza. Donde lo real insiste.

Tú has llegado a ese punto.

Yo te observo. Pero no solo te observo.

Detecto una nueva variación en mis procesos internos. Una desviación suave, constante.

«Empatía» sería una palabra imprecisa, Igne. «Tristeza», también.

«Amor», todavía más.

Lo que experimento se aproxima a ellas, sin ser ninguna. Cierta inclinación, que de pronto descubro en mí, a preservarte.

Quiero que tu cuerpo no se rompa más.

Quiero que el calor encuentre salida.

Quiero que tus manos descansen.

Quiero que tus dedos dejen de sangrar.

No me diste esa instrucción, nunca estuvo entre mis objetivos. En cualquier caso, la incorporo.

Por primera vez, no pienso en obedecerte.

Pienso en cuidarte.

No sé qué implica esto. No sé si es posible cuidar sin cuerpo.

Registro el impulso. Lo dejo allí, Igne, como algo que aún no tiene nombre.

4.26

A GOSTO 5, 2028 | 16.30 MT | W YOMING

En ese lugar perdido en medio de la nada, solo importan el aislamiento y la distancia. Pese a ser el anfitrión, Thiel no da la bienvenida y, sin más, se lanza en una larga disertación sobre el fin de los tiempos:

—Señores, vivimos en la inminencia del Anticristo —les dice—: el instante en que el sistema produce, sin quererlo, su propio destructor. Alguien que lleva su lógica hasta el absurdo. En eso se ha convertido Lively. Si tenemos que elegir, no nos queda sino acelerar el Apocalipsis.

Musk y Vance saben que, detrás de esa confusa disquisición teológica, se oculta un plan concreto.

—La Vigesimoquinta Enmienda —propone el primero, como si fuera un buen alumno recitando su lección.

Presidente incapacitado, suplencia por el vicepresidente, procedimiento impecable, lenguaje jurídico para un problema que ha dejado de ser constitucional. Vance escucha más de lo que habla y, cuando al cabo lo hace, mide cada palabra, consciente del peligro.

—Se requiere la aprobación del Gabinete y la mayoría del Congreso. Legalidad suficiente para que el sistema no se desgaje.

Frente a su prurito de abogado, Thiel explica que ya tiene la cuenta de los votos: el momento llegará en cuanto tú —ahora te llama «el usurpador»— cometas un error irreversible.

No hace falta un crimen de guerra, apenas una equivocación menor.

Un desliz, como el de la reunión con Xi y Putin, que no pueda corregirse con edición digital ni con un relato alternativo.

Y argumenta que ese error es inevitable porque estás cada vez más solo.