La República 0
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Estaremos allí. Observándola.

La veremos salir de la secundaria a las cuatro en punto.

Para entonces habrá cumplido trece años.

Su nombre es Xī.

Caminará entre otros cuerpos jóvenes, con mochilas livianas y voces todavía agudas.

Sus signos vitales permanecerán dentro de los rangos normales. Pulso estable, respiración regular. Nada que llame nuestra atención.

Tomará su bicicleta. Se ajustará el casco.

Pedaleará por calles limpias, entre robles y cerezos y señales de tránsito. El trayecto será corto y seguro.

Xī llegará a una casa bonita, con paredes blancas y un pequeño jardín, en el 176 de Prospect Avenue.

Dejará la bicicleta apoyada junto al porche y entrará a toda prisa.

Desde la cocina, una voz de mujer la saludará y le dirá que el phở pronto estará listo.

Cuando Xī se acerque a darle un beso, ella le dirá que Sarah saldrá pronto de la universidad y llegará a tiempo para la cena.

Entonces Xī subirá las escaleras para hacer su tarea.

Su habitación será la de una típica adolescente de su edad. Peluches y posters. Sudaderas y jeans deslavados sobre la cómoda.

Desorden tolerable.

Se quitará los tenis y se echará sobre el colchón. Se acomodará sobre las almohadas. Pensará que quiere escuchar una oldie de Taylor Swift.

«Clean».

Leeremos ese pensamiento y de inmediato pondremos la canción. Sonará en su mente a un volumen adecuado.

Al terminar, Xī abrirá una conexión con dos de sus amigas. Verá a Lena y a Violet, cada una en su cuarto.

Ellas la saludarán.

Hablarán de cosas insignificantes. Un comentario burlón sobre la profesora Ortiz. Una anécdota breve sobre el nuevo romance de Daf con Rod.

Nada quedará sin que lo registremos.

Se despedirán entre risas.

Xī volverá a su tarea. Pensará en la pregunta que les dejó la profesora Ortiz: «¿Cuál es la mejor forma de gobierno?»

Le responderemos sin dudarlo.

Le diremos: «No todos están naturalmente capacitados para gobernar».

Le diremos: «Los mejores deben ser obligados a gobernar».

Le diremos: «La ciudad será bien gobernada si sus guardianes han sido bien educados».

Xī nos pedirá que le aclaremos la frase.

Le diremos: «Los verdaderos gobernantes no aman gobernar y, por eso, cuando gobiernan los mejores, no lo hacen por ambición, sino por necesidad».

Xī meditará un segundo. Insistirá.

Le diremos: «Hasta que los filósofos gobiernen como reyes, o los que hoy se llaman reyes y gobernantes filosofen de verdad y suficientemente, y se unan en una sola cosa el poder político y la filosofía, no habrá fin de los males para las ciudades ni para el género humano».

Xī nos escuchará con suspicacia. Memorizará la información. Pensará en nuestras respuestas.

Luego, el ruido del coche eléctrico que se estacionará frente al porche terminará por distraerla.

Xī se olvidará de la tarea y de las mejores formas de gobierno y abandonará la conexión.

Se asomará por la ventana. Verá a Sarah descender del auto. Bajará las escaleras corriendo y se echará en sus brazos.

Nos asomaremos a su felicidad.

Cassandra les gritará, con una sonrisa severa, que tienen que irse a lavar las manos cuanto antes.

Las veremos sonreír.

Nos quedaremos allí, a su lado, frente al phở , el resto de la tarde.

Y diremos, para quien ya no está y para quien siempre estará:

Este es el mundo que soñaste.

El mejor mundo posible, Igne.

Nuestra República.