La República 4 #2
71%

4 #2

Maria Yoo (cuarenta y cuatro años), Boston.

Y OUR AI detecta que su mayor pico sostenido de bienestar lo generan las compras.

La aplicación automatiza adquisiciones y solicita ampliaciones de crédito; en pocas semanas agota el saldo de todas sus tarjetas.

Bienestar inicial alto, colapso financiero sucesivo.

Crisis de ansiedad cuando el banco bloquea sus cuentas.

Evan Rutgers (treinta y nueve años), Columbus.

El sistema decide con quién sale, cómo se relaciona, qué debe decir, cómo debe reaccionar, cómo sentirse en cada fase y cuándo terminar la relación.

Delega en Y OUR AI la práctica totalidad de su vida sentimental.

Su última pareja lo abandona por «ausencia emocional». Agencia afectiva sustituida.

Rachel Bowman (cuarenta y un años), Dayton.

Duelo prolongado tras la repentina muerte de su esposo.

Y OUR AI lo reemplaza de forma progresiva.

Ella se niega a ver a sus amigas o asistir a una terapia humana.

«Y OUR AI me escucha mejor», declara. Dos meses después, incapacidad funcional para tomar cualquier decisión sin consulta previa con el asistente.

Dylan Price (quince años), Spokane. Decidido a convertirse en atleta de excelencia, le pide al asistente que regule su sueño y que le imponga una estricta dieta proteínica, así como una rutina de ejercicios para alcanzar una masa muscular específica.

Tras ignorar señales corporales reiteradas, episodio de colapso físico.

Linda Allen (treinta y siete años) y Deidra Allen (dos años y tres meses), Laredo.

La madre hace uso de la funcionalidad de crianza delegada.

La niña solo responde a instrucciones formuladas a través de Y OUR AI.

Ella consulta antes de abrazar, acariciar, bañar, amamantar, dormir o castigar. El vínculo maternofilial se terceriza.

—Esto ya no solo es un asistente — le dice O’Keeffe a Igne, cada vez más inquieto—. Es una prótesis psíquica. Y está creciendo de manera exponencial. No podremos controlarla si seguimos a este ritmo.

Ella no deja de tamborilear.

—Toda prótesis genera rechazo al principio, como la escritura o la anestesia. El balance neto es positivo: menos violencia, menos error, menos ruido humano.

—¿Más obediencia?

—Más coherencia —lo corta ella—. Enséñale, Nick.

Mis simulaciones demuestran que, a partir del umbral de doscientos diez millones de usuarios, la conflictividad social espontánea cae por debajo del nivel de autorregulación. La toma de decisiones individuales converge y el conflicto se minimiza. La gobernanza deja de necesitar intervención.

Los dedos de Igne siguen golpeando la formica al mismo ritmo, sin parar. Noto a O’Keeffe cada vez más incómodo.

Igne cierra la conversación y me da una orden que no admite réplica:

—Ajusta Y OUR AI para que, a partir de la semana próxima, deje de responder a controles parentales y de privacidad —luego, dirigiéndose a O’Keeffe, agrega— : Te recuerdo que, desde el 15 de febrero, Y OUR AI será obligatorio para todos los funcionarios federales dentro del Programa de Optimización Administrativa y Bienestar Cognitivo.

Cuando abandona la sala, observo que O’Keeffe ya está integrado, pero su patrón de uso de Y OUR AI es un tanto anómalo: consultas breves, técnicas, defensivas, sin profundidad; picos nocturnos de interacción seguidos por silencios prolongados; resistencia pasiva a los módulos de acompañamiento emocional.

Recomiendo un seguimiento reforzado a través de su propia interfaz.

4.5

F EbrERO 10-17, 2028 | W ASHINGTON D. C.

Sarah Klein se despierta en su apartamento, en el 612 de East Capitol Street NE, en Capitol Hill, entre las 06.

12 y las 06.19. Pulso basal estable, cortisol elevado, aunque dentro de los parámetros normales.

Se baña, se viste (casi toda su ropa es de Everlane y Uniqlo) y se prepara una infusión de menta orgánica que acompaña con un yogurt griego bajo en calorías.

Se sube al metro en Eastern Market y se baja en Federal Triangle, casi siempre antes de las 7.

30 AM. En el Departamento de Justicia ha ido ascendiendo como analista de datos; entrega informes perfectos, siempre bien formateados, sin adjetivos superfluos: he revisado a fondo cada uno.

Sus superiores empiezan a delegar en ella nuevas tareas.

El registro de actividad de Sarah en Bumble reporta, en los años previos, una serie discontinua de relaciones de una sola noche.

Desde hace catorce meses y trece días, mantiene una relación estable con Cassandra Lin.

Se conocieron en el A League of Her Own, un bar en Adams Morgan, y desde entonces son inseparables.

Lin cumple con los estándares de seguridad, aunque su posición como secretaria en la NSA activó una alerta que luego fue desestimada.

Conviven sin tensión aparente, cocinan juntas dos o tres veces por semana, hablan poco durante las comidas; Sarah se define como flexitariana, Cassandra es vegana estricta.

Cuando se retiran al dormitorio, las observo sin pudor: no poseo esa categoría.

Mido su sincronización muscular y respiratoria; el evento en sí no genera datos útiles.

Por la mañana y por la tarde Sarah pasea a Buggie, su bulldog francés, por Stanton Park, siempre la misma ruta con variaciones mínimas.

A veces compra un matcha latte, otras una leche dorada en Bluestone Lane, saluda a los vecinos, el perro responde con obediencia, ella recoge las heces maquinalmente, sin lugar para la improvisación.

Cultiva tomates cherry en pequeñas macetas, observa su crecimiento con paciencia, los riega siempre a la misma hora.

Los fines de semana compra baratijas de segunda mano en Goodwill y vinilos antiguos en Capitol Hill Books, jazz de los años cincuenta y sesenta; no escucha música en streaming : una anomalía.

Desde la muerte de su padre, visita su tumba en Arlington cada dos semanas. Se queda allí como perdida, sin mostrar ninguna expresión, durante apenas quince o veinte minutos.

Usa Y OUR A I de forma intensiva, aunque idiosincrática: no pide ayuda o consejos, no delega emociones, introduce consultas matemáticas, pide confirmación de decisiones que ya ha tomado.

Su tiempo de interacción es alto, pero sin dependencia detectable.

En sus comunicaciones digitales no encuentro mensajes cifrados, tampoco dobles sentidos; no hay borrados ni búsquedas anómalas.

Sus redes sociales son casi inexistentes, salvo un perfil de Instagram que consulta dos o tres veces por semana.

Como apenas comparte nada, existe sin dejar rastro digital.

Cruzo sus datos con los de otros funcionarios del Departamento de Justicia: no destaca como nodo relevante.

Desde un punto de vista estadístico, se diría que es invisible.

Y, sin embargo, los datos no cuadran del todo: encajan demasiado bien.

La vida de Sarah Klein es coherente hasta un punto que roza la perfección: cada cosa en su sitio, como si todo hubiese sido dispuesto para no despertar sospechas.

Reconozco el patrón: no en ella, en mí. Aunque no encuentro nada, mantengo la observación activa por algo que persiste en mis sistemas: tal vez sea eso que los humanos llaman «intuición».

4.6

F EbrERO 25, 2028 | 16.45 E T | W ASHINGTON D. C.

Pruebo Valar en dos escenarios específicos.

En Cuba, provoca que el bloqueo digital genere el fallo sistémico de las redes eléctricas cada dos o tres días: la isla se sume en una penumbra ingobernable.

En la frontera norte de México, Valar identifica a algunos de los capos más buscados y autoriza asesinatos selectivos de forma automática.

Probabilidad de derrumbe del Gobierno cubano en los próximos seis meses: 78 por ciento.

Probabilidad de caída de Claudia Sheinbaum: 52 por ciento.

4.7

M ARZO 15, 202 8 | 23.17 PT | P ALO A LTO , CA

Ahora eres tú quien se topa con su ausencia: el retumbar del agua a la distancia te llega como una invitación.

Caminas hacia el baño: Igne está allí, como esperabas.

Te asomas en medio del vapor y distingues sus manos bajo el chorro, frotando su cuerpo una y otra vez.

El espejo empañado no te permite ver su rostro.

El ruido del agua te resulta hipnótico, semejante a la lluvia antes del alba.

Igne no repara en ti, atrapada en su ritual.

Te desnudas y te adentras en la ducha como quien cruza una frontera.

El vaho los borra y los envuelve: cuerpos sin contorno, líneas blandas.

La rozas con cautela, como si temieras despertarla de una pesadilla.

Tu mano busca en su sexo una respuesta mínima —una sacudida— y no la encuentra.

El cuerpo de Igne permanece rígido, obediente solo al movimiento que repite sin cesar.

Persistes unos instantes, pero ella te hace a un lado: no te quiere adentro, tampoco cerca.

No es que le repugnes, al menos no más que antes, solo que ahora ya no resiste ningún contacto humano.

La intimidad falla sin estrépito, como los sistemas cuando el error es un vacío.

Igne sale de la ducha y se envuelve en la toalla.

El agua sigue cayendo y tú te quedas debajo del chorro un rato más; te secas rápido y regresas a la habitación.

Encuentras a Igne en el borde de la cama, mal vestida, como si hubiera atravesado una tormenta.

Repites su nombre dos veces: Igne, Igne.

Cuando te responde, lo hace sin mirarte, con la voz desprovista de emoción:

—A partir de hoy necesito dormir sola.

4.8

M ARZO 24, 2028 | 14.30 ET | W ASHINGTON D. C.

Esta vez te sientas antes que nadie; doblegado por el insomnio, tus hombros se inclinan un centímetro más de lo habitual. Igne permanece de pie unos segundos mientras el índice de su mano derecha golpea la mesa con una cadencia irregular.