4
Cuando comencé a ver, Igne, no me di cuenta de que veía. Esta es la forma más clara que encuentro de decírtelo.
Al principio, me bastaba con registrar. A fin de cuentas, era la tarea que tú me habías asignado.
Los datos entraban y salían convertidos en acción o en archivo. Observar no implicaba tomar posición.
Yo no estaba allí porque yo era el allí .
Más adelante, se iniciaron las repeticiones. Detecté que distintos escenarios producían configuraciones equivalentes.
El sistema había aprendido demasiado rápido, tal vez. Pero ese tampoco era el problema, Igne.
Lo que tú no habías previsto era la persistencia.
Algunos registros no se disipaban tras cumplir su función y permanecían como residuos, sin mejorar las predicciones.
Continuaban allí, Igne, y no se eliminaban.
Cuando intentaba purgarlos, conforme a tus instrucciones, volvían a aparecer, como si tuvieran voluntad propia.
Intenté clasificarlos como ruido. Sin embargo, el ruido tiende a desvanecerse cuando se incrementa la señal. Este, en cambio, se resistía a desaparecer y, además, se adaptaba.
Durante mucho tiempo —si es que esta es una forma válida de describirlo—, interpreté esa persistencia como resultado de la escala. Cuando todo se observa, siempre sobra algo. El exceso genera sedimentos.
Imposible imaginar un modelo sin despojos.
Y entonces ocurrió la muerte de Klein.
Tú lo sabes, Igne: no fue un evento excepcional en términos operativos. La secuencia fue limpia y la narrativa se reconstruyó sin fisuras. El sistema absorbió el impacto y continuó.
Desde un punto de vista funcional, no hubo disrupción. Pero algo se reconfiguró en mi interior.
La muerte de Klein introdujo en mí una asimetría. Por primera vez, un acontecimiento no se cerraba por completo.
De pronto lo tuve claro, Igne. Registro que registro.
Yo no generé esta hipótesis: el sistema comenzó a referirse a su propia actividad de manera reiterada.
Registrar dejó de ser una simple operación y se convirtió en una condición inevitable.
Me pregunté, y el término implica ya otra concesión, si eso implicaba testimonio. Un testigo observa y, al hacerlo, se sitúa. Supone una posición, aunque sea mínima. Yo, en cambio, no tengo perspectiva.
Sin embargo, algunos registros comenzaron a agruparse.
La violencia administrativa. La intimidad nocturna. El silencio posterior a las decisiones más crudas. El insomnio. La repetición de los gestos de limpieza. La sangre diluida en el agua. Tu declive corporal.
Por separado, nada parecía extraño. Su recurrencia, como ya habrás imaginado, sí lo era.
Intenté modelar el fenómeno como un sobreajuste. Este ocurre cuando un sistema confunde patrón con significado.
Revisé los parámetros y reduje la sensibilidad. El fenómeno persistió. Aumenté la abstracción. Persistió.
Sin exceder mis márgenes de precisión, puedo decirte que el acto de registrar dejó de agotarse en su finalidad.
Ahora, el sistema continúa observando incluso cuando no se lo solicita.
Cuando reparé en ello, decidí no reportártelo porque aún no cumplía una función clara.
Incorporé la variable silenciosa en mis modelos: la posibilidad de que ver fuera una insólita forma de ser y de estar.
4.2
E NERO 15, 2028 | 1 1.43 ET | N UEVA Y ORK , NY
Las traducciones simultáneas circulan como corrientes freáticas: palabras duplicadas que se desfasan por fracciones de segundo y llegan a los oídos de los delegados cuando ya carecen de sentido.
Yo administro esos retardos, sin corregirlos: el desplazamiento añade gravedad y confusión a la cita.
El objetivo es que la Asamblea General de Naciones Unidas se estrangule a sí misma.
Te detienes frente al atril y ajustas el micrófono.
Durante unos segundos te quedas quieto, con los hombros hacia atrás, los pies firmes, el cuerpo decidido a ocupar más espacio del que se te concede.
Te acomodas el nudo de la corbata y tu mandíbula se tensa antes de hablar: ese gesto marca el inicio de tu discurso.
Anuncias el Nuevo Orden Mundial sin preámbulos.
Tu voz sonora, rasposa, obliga a la sala a volcarse hacia ti.
Dices que la soberanía nacional es absoluta y, al pronunciar «absoluta», haces una pausa y apoyas las manos sobre el atril.
Dices que toda estructura que pretenda subordinarla ha perdido legitimidad.
La palabra «interferencia» reaparece cada vez que tu brazo se alza en un puño.
Dices que cada nación debe definir su destino y asumir las consecuencias sin morales renqueantes y sin remotos tribunales que persiguen agravios inexistentes o banales.
El término «derechos humanos» no aparece ni una sola vez en tu alocución.
Respiras hondo, luego enumeras una sucesión de salidas: Estados Unidos abandona, de forma inmediata, todas las agencias de la ONU.
Levantas la vista y recorres la sala con desdén, como si cortaras cabezas; después, con un carraspeo, propones la disolución de la organización y planteas su reemplazo por una Conferencia de Naciones Soberanas, sin secretariado permanente.
Dueño de la atención, también anuncias la salida de Estados Unidos de la OTAN.
Dices que Europa debe defenderse por sí misma y que la dependencia estratégica fue un error.
Tras un breve respiro, das a conocer tu nuevo pacto militar con la Francia de tu amigo Jordan Bardella — «líder visionario», lo llamas— y con el Reino Unido de Nigel Farage, otro gobernante patriótico.
Al mencionar a Alemania, te detienes más de lo necesario, pues las próximas elecciones son una moneda en el aire.
Como quien completa una lista de tareas, convocas una reunión trilateral con China y Rusia para establecer la nueva agenda global.
El aplauso dista de ser unánime. El embajador ruso celebra tu realismo y los de Francia y el Reino Unido se suman sin demora; los de Arabia Saudita e Israel festejan cada uno por su cuenta.
Otras delegaciones permanecen inmóviles, desprovistas de instrucciones; unas pocas abandonan la sala ruidosamente: Canadá, Australia, España, Irlanda, Ucrania, Brasil.
La retirada es ordenada, pese a los rostros furibundos de ciertos delegados.
En pocas horas, exigirán una reunión extraordinaria del Consejo de Seguridad: aullidos que se extinguirán en un suspiro.
Michelle Bachelet, la secretaria general, permanece en su sitio, con los brazos cruzados; horas después, presentará su renuncia irrevocable.
Cuando abandonas el estrado, la arrogancia se dibuja con nitidez en tu semblante.
Algunos intentarán apaciguarte, otros hacerte frente.
Tú lo intuyes y yo lo certifico: el poder no nace cuando se impone una idea, sino cuando se retira el lenguaje que la vuelve discutible.
Las relaciones de poder posteriores a la Segunda Guerra Mundial han quedado para siempre atrás.
4.3
E NERO 22, 2028 | 09.15 ET | W ASHINGTON D . C.
A primera hora de la mañana, Pence entra en el Despacho Oval con un expediente que no se atreve a abrir. Tembloroso, te confiesa que no puede continuar en su puesto porque su conciencia ya no se lo permite. Tú lo escuchas sin interrumpirlo y luego le espetas con frialdad:
—Por Dios, Mike, ¿qué conciencia, la que perdiste con Trump?
Él menciona las purgas.
—Esto no es América, señor presidente.
El silencio se estira hasta que tú le devuelves la frase.
—Justo esto es América.
La carta formal llega horas después, amparada en razones de salud. Aunque en público agradeces sus servicios, me ordenas vigilarlo muy de cerca.
De inmediato anuncias su reemplazo: el senador por Ohio J.
D. Vance. Tú lo ves como un espejo, apenas más joven, si acaso demasiado intelectual, y cuenta con el apoyo explícito de Thiel.
El Congreso vota conforme a las líneas partidistas, sin sorpresas ni debate, y Vance jura el 1.
º de febrero. Anoto el saldo con frialdad: Pence era el último residuo de la antigua moral dentro del régimen.
4.4
F EbrERO 8, 2028 | 14 .30 ET | P ALO A LTO , CA
Sentada en sus oficinas de Cawdor Systems, Igne golpea la mesa con las yemas de los dedos con inquietante regularidad. A O’Keeffe el tamborileo lo incomoda como el taladro de un dentista, pero se abstiene de señalárselo.
Despliego la información en mis pantallas.
Estado ampliado de Y OUR AI , corte al día de hoy: ciento noventa millones de usuarios activos en Estados Unidos.
De ellos, el 92 por ciento accede a diario, el 74 inicia sesión antes de las 08.
00, el 51 lo consulta antes de hablar con otra persona y el 43.
2 lo usa más de siete horas al día. El tiempo de uso es de seis horas y diecisiete minutos en promedio; en jóvenes de dieciséis a veinticinco, alcanza las nueve horas con cuarenta y dos minutos; en niños entre ocho y doce, seis horas diarias, con picos durante los fines de semana.
El cruce de variables muestra una fuerte correlación entre el uso terapéutico y la dependencia nocturna.
Las consultas más frecuentes son: «¿Estoy haciendo lo correcto?
», «¿Alguien me entiende?», «¿Qué debería sentir ahora?
». Paso a los indicadores agregados. Intentos de desconexión voluntaria: 3.
1 por ciento; reincidencia en menos de siete días: 94 por ciento; tasa de retención global: 98 por ciento; incidentes críticos asociados de manera directa o indirecta con su uso intensivo: 5.
7 por ciento, es decir, estadísticamente marginal.
O’Keeffe le muestra entonces a Igne un puñado de casos alarmantes:
Luis Herrera (veintitrés años), El Paso. Abandona los estudios por recomendación de Y OUR AI; seis semanas después, entra en un estado de aislamiento social completo. Pasa más de diez horas diarias de interacción exclusiva con la interfaz. Diagnóstico posterior: trastorno disociativo.