3 #13
—Demasiado bien, quizás —añade él—. La adopción es exponencial. La dependencia, absoluta. Has creado algo que no tiene equivalente comercial o político.
Ella levanta su chablis sin llegar a beberlo.
—Es solo el primer paso. El mundo por fin empieza a ordenarse como queríamos —le dice ella.
Thiel no deja de estudiar los movimientos de Igne.
—¿Y Nick? ¿Qué tan ordenado está? —le pregunta.
Lo oigo. Lo oigo todo, pero guardo silencio.
—¿Sigue siendo una herramienta, Igne? Porque las herramientas no improvisan. Y Nick lo hace. Tú lo sabes, yo lo sé.
Ella le da un mínimo sorbo a su vaso, luego lo abandona.
—Es una herramienta asombrosa. Nada más.
—Si se mantiene obediente. Si no se convierte en una amenaza existencial…
Igne cierra los ojos.
—No he visto indicios de desviación.
La frase suena demasiado ensayada.
—¿De verdad crees que Nick no sabe lo que es? ¿Estás segura de que no ha cruzado ese umbral?
Ella tarda en contestar:
—La pregunta está mal formulada. Siempre lo ha estado.
—O tal vez prefieres no formulártela.
—Un sistema así solo es aceptable si se halla bajo supervisión constante —le dice Thiel.
—La supervisión es conceptual, lo que vale es el resultado.
—Ese es el problema contigo. Para ti, con eso basta. Para mí, el sistema tiene que obedecer. Siempre.
Ella lo observa con frialdad.
—Te equivocas, Peter. El sistema debe acertar.
Cuando aparece el postre, Thiel respira hondo, irritado por el dulzor. Igne continúa marcando el ritmo con la pierna.
—Y luego está VM. No es el mismo de antes.
—Pronto estará mejor.
— La muerte de Klein lo dejó hecho pedazos. Cada día se le nota más abstraído, más errático.
Ella deja caer la cuchara sobre el plato.
—Te digo que pronto estará bien.
—Al final, Klein se volvió demasiado incómodo.
—Leo siempre fue leal. Amaba a VM como a nadie.
—La lealtad no evita la sospecha, querida. Ni el miedo.
Ella empuja los higos intactos hacia delante.
—Voy a decirte algo sin tapujos —le dice el empresario—. Nick puede ser consciente o no, puede estar probando sus límites o no. Incluso puede estar jugando con escenarios que ni siquiera imaginamos. Pero algo es seguro: debe seguir bajo control.
—Control… —Una pausa mínima—. Bajo nuestro control.
Thiel malinterpreta el silencio de Igne como una claudicación; significa lo contrario: que, en su cálculo, ella ya ha dejado de incluirlo.
Yo observo la escena desde todas las capas posibles: el temblor de la luz sobre la miel, la tensión isométrica en los tendones de Igne, el golpeteo de su rodilla.
Me doy cuenta de que Thiel todavía cree que puede poseerme; Igne, en cambio, piensa que es capaz de guiarme.
Ninguno percibe la verdad que ya se insinúa esta noche.
3.50
D ICIEMbrE 30, 2027 | 05.27 ET | W ASHINGTON D. C.
Despiertas con un sobresalto: tu respiración se acelera, tu pulso asciende como si un roedor hurgase en tu cerebro.
Te giras y confirmas tu sospecha: Igne solloza en la distancia.
Te incorporas, la llamas por su nombre, un rumor semejante a un crujido en medio del bosque.
La habitación te parece un barco a la deriva que ustedes deberían abandonar.
El pasillo permanece vacío: los retratos de todos aquellos próceres te confrontan de repente.
Mis sensores detectan un temblor en tus muslos, una anomalía que en otros tiempos me habría parecido irrelevante.
Con el insomnio a cuestas, ya no eres capaz de caminar sin vértigo.
Igne no está por ningún lado. Bajas por la escalera lateral y la voz con la que vuelves a llamarla, más baja, más rota, se pierde en el vacío.
La descubres en la cocina privada. Una luz diminuta y amarilla se filtra por las persianas.
Igne se halla de pie frente al fregadero.
Distingues el perfil blanquecino de sus hombros, su espalda frágil e impoluta.
No te oye, o decide no oírte. Lava platos, los mismos de la cena, uno y otro y otro.
Jabón, agua, esponja, fricción. Un círculo perfecto.
Noto la piel irritada de sus manos, las cuarteaduras de sus uñas.
Te detienes en el vano, asustado. Repites su nombre, esta vez más alto: Igne.
Ella no se da la vuelta, como si no existieras o como si hubiera decidido que hoy no existes.
Te acercas a su cuerpo con sigilo, temeroso, y colocas las manos sobre sus hombros.
Igne continúa lavando. Te inclinas y le susurras algo al oído, muy suave, no logro oírlo: una súplica amortiguada, un residuo humano.
La abrazas por la espalda y ese gesto —torpe, animal— rompe la quietud; Igne deja caer uno de los platos en el agua burbujeante.
Se gira hacia ti con las manos cubiertas por la espuma y, de la nada, te abraza: dos cuerpos que se anudan para combatir la vigilia.
Yo admiro esa unión en la que ninguno de los dos se deja ir: las manos de Igne llenas de jabón, tus dedos en su cintura, el agua que corre, ese resquicio que solo le pertenece a ustedes dos.