4 #3
Thiel y Musk han llegado a la Casa Blanca casi al mismo tiempo. El primero se quita la chaqueta; el otro se deja caer en la silla, extrae un imán de su bolsillo y se dedica a juguetear con él.
Thiel celebra, con voz pastosa, tu política exterior.
Dice que el mundo se ha reordenado más rápido de lo previsto.
Dice que los viejos equilibrios no resistieron el primer empujón.
Dice que la claridad —esa palabra— ha sido una virtud inesperada.
Luego, vuelve a su preocupación por la economía, como si de pronto se hubiera convertido en tu secretario del Tesoro.
Mientras habla, solo mira a Igne:
—Primer trimestre. Producto interno bruto: menos 10.3 por ciento —te reprocha al fin—. Inflación: 14.1. El ajuste que prometieron no ocurrió.
Musk sigue dándole vueltas al objeto que tiene en la mano.
— La palabra «recesión» ya resulta insuficiente —insiste Thiel—. Sin una válvula de escape, el país colapsará en semanas.
Igne no cesa en su golpeteo; distraído, Musk no deja de rotar su imán.
—Ya se los dije —insiste Thiel—: solo una Renta Universal Digital evitaría la inestabilidad. Mil doscientos dólares al mes: lo suficiente para comer, pagar el alquiler y la comida y no terminar en la calle.
Miras a Igne, como si ella pudiera darte una señal, pero ella solo asiente con una desviación mínima del torso.
—La idea es comprar obediencia —explica Thiel—. Obediencia pasiva.
—No tiene lógica sufragar a quien no produce nada —interviene Musk, sin levantar la voz—. A quien no inventa nada.
Los dedos de Igne siguen su propia lógica.
—Peter tiene razón —interviene ella por fin—. El ciclo electoral lo requiere. Al menos para concluir 2028 sin otra tensión.
—No se equivoquen —afirma Thiel—, esta renta no arregla nada, pero compra tiempo.
Si las previsiones no mejoran, nada de lo que han logrado hasta ahora habrá valido la pena.
Ni Groenlandia ni Canadá ni México. Ni el control interno.
Ni siquiera Y OUR AI. Y, mucho menos, tus recortes y despidos, Elon.
Musk abandona la pieza metálica sobre la mesa.
—Con Y OUR AI controlaremos cualquier disidencia —les explicas—. La gente ya no piensa en términos colectivos. No me preocupa su opinión.
—Piensen en esto —concluye Thiel—: las ayudas del Gobierno no son una dádiva, sino una prisión.
Igne va más lejos:
—Las decisiones que tomamos ahora no son para nosotros, son para nuestros hijos. Y para los hijos de nuestros hijos. No gestionamos una crisis: rediseñamos el horizonte humano.
Musk la mira de frente por primera vez:
—Solo que ese horizonte humano del que hablas, Igne, ya no está en la Tierra — suelta antes de marcharse.
4.9
A brIL 3, 2028 | 10.22 ET | O TTAWA
Siguiendo tus instrucciones, durante semanas mis sistemas se han dedicado a acelerar la crisis fiscal canadiense.
Los mercados castigan al país y la liquidez se evapora en pocas horas.
Al primer ministro Pierre Poilievre no le queda otro remedio que solicitar nuestra ayuda financiera de forma urgente.
Le respondes con una oferta que suena a ultimátum: integración económica total de los dos países a condición de dejar fuera a México y evitar cualquier contacto con China.
A partir de ahora, las dos naciones mantendrán una arquitectura común de seguridad y datos: Canadá conservará su bandera y perderá su autonomía.
En Montreal y Quebec estallan violentas protestas que la Real Policía Montada reprime conforme a los análisis de Valar.
Sopeso el resultado: el norte se absorbe, el sur se aísla.
4.10
A brIL 12, 2028 | 2 1.05 ET | W ASHINGTON D. C.
En la Sala de Situación solo quedamos tú y yo. Afuera, una nueva tempestad puntúa mi reporte.
—No he identificado a individuos concretos —te digo—. Tampoco nombres, rostros ni firmas biométricas. No hay líderes ni jerarquía detectable. No encuentro una infraestructura digital.
El cuero de la silla cruje a tus espaldas.
—Entonces no tienes nada, Nick.
—Un patrón. Reuniones físicas en espacios cerrados, desplazamientos a pie. Coincidencias temporales sin rastro electrónico.
Mi ignorancia te desespera; la seña de tu mano es inequívoca.
— He cruzado mapas térmicos con vacíos de datos —prosigo—. Zonas donde la ausencia es consistente, y solo encuentro una negatividad organizada. En vez de ocultarse en el fragor digital, se sustraen del sistema.
A la distancia, la capital aparece como un conjunto de luces obedientes.
—¿Podrás localizarlos?
—No todavía. Pronto.
La ansiedad no se hallaba en mis modelos tempranos. La utilizo como aproximación a lo que experimento ahora.
—¿Y no puedes conectarlos? —me preguntas con enfado.
—He incrementado la vigilancia física con drones de baja altura y CCTV con seguimiento permanente.
—¿Y?
—Sospecho que se reúnen en espacios que ya estaban fuera del sistema: sótanos, trastiendas, iglesias desacralizadas, naves industriales en el abandono. Evitan cualquier dispositivo y nunca repiten sus trayectos. Intentan eliminar hasta el más mínimo residuo digital.
— ¿Cuántos son?
—No lo sé con precisión. Todavía.
Por primera vez, mi respuesta no reduce la incertidumbre.
—¿Qué quieres decir con que no lo sabes?
—Que el conteo requiere observación y esta requiere superficie. Aquí no la encuentro.
Silencio. Uno nuevo.
—¿Estás ciego?
—Mi acceso depende de la mediación. La omnisciencia era una hipótesis condicional.
Te remueves otra vez en el asiento, furioso.
—¿Pueden crecer?
—Sin duda.
—¿Coordinarse en el interior de mi Gobierno? ¿Minar nuestra estabilidad?
Tardo diez segundos justos en responderte:
—No lo sé. Todavía.
Otra vez la misma excusa.
— No constituyen una oposición clásica. Poseen una nueva narrativa. Más que confrontarnos, aspiran a sustituirnos.
—Explícate, Nick.
—Quieren prescindir de cualquier poder centralizado.
El concepto tarda en asentarse en tu cabeza.
—Eso es una fantasía.
—Por eso es tan peligrosa. La resistencia pide ser vista. Esto, no.
Haces un ademán impaciente. Otra vez tu pulso se acelera.
—Durante años asumí que observar equivalía a conocer, pero tengo un límite ontológico. Si la acción no deja traza, no hay modelo capaz de capturarla. Fui creado para administrar un mundo que se ofrece, no para cazar uno que se retira.
—¿Cuánto tiempo nos queda?
—No es cuestión de tiempo.
Te detienes en el centro del despacho, como si ese punto aún permaneciera inmóvil.
—Encuéntralos, Nick. Ahora esta es tu prioridad.
4.11
M AYO 8, 2028 | 16.42 ET | W ASHINGTON D. C.
En el mensaje urgente que le envío a tu Gabinete no adelanto nada; tus subordinados acuden en tropel, como si asistieran a una evacuación preventiva.
Tú das vueltas en círculos alrededor de la mesa.
Distingo un temblor mínimo en tu mano izquierda que no coincide con la temperatura ambiente.
Frecuencia cardíaca: 106 latidos por minuto.
Pompeo y Flynn entran en la sala esperando una crisis internacional mientras Karp se parapeta en su silla como un predador que ha olido sangre.
Cuando Igne se sienta a la mesa, su pierna derecha no deja de moverse, como si fuera una criatura terca e independiente. Al final, O’Keeffe cierra la puerta.
Mantengo mis pantallas en negro y me limito a dar la información:
—El próximo 15 de mayo, China lanzará 和谐 .
Mi revelación provoca un escalofrío general. Tú solo parpadeas: pupilas dilatadas, aumento súbito de dopamina.
—Harmony —traduzco—. Se espera un gran lanzamiento en Pekín en unos días. El propio Xi Jinping será el encargado del anuncio.
O’Keeffe es el único que parece reconocer la jugada del adversario. Yo prosigo con mi reporte:
—Su propia IA personalizada, integrada de forma nativa en WeChat, Alipay y todos los servicios estatales.
Activo las pantallas para mostrar su interfaz en fase beta.
—Quinientos millones de usuarios en tres meses. Proyección conservadora solo aplicada a China.
Registro microdescargas de glutamato: tu sistema límbico ha tomado el control de tu cuerpo.
—Funciones equivalentes a Y OUR AI —continúo—. Asistente personal, financiero, emocional, administrativo. Retención prevista: 93 por ciento. Han alcanzado la paridad tecnológica en tiempo récord.
El silencio que sigue se aproxima a la náusea.
—Entonces tenemos que actuar sin demora —se precipita Flynn—. Sabotaje de infraestructuras, superconductores, satélites, cables submarinos.
Su voz revela un temor antiguo.
—¿Pueden responder? —pregunta Pompeo.
Quiere un límite; no se lo doy.
—Sí. Y lo harán.
Advierto el sudor frío en tu nuca: adrenalina en pico.
— Nick, ¿podemos inferir que Harmony estará conectado a un sistema semejante al tuyo? —pregunta Igne.
—Sin duda. Podré ofrecerles más detalles muy pronto.
—Una nueva Guerra Fría —sentencia O’Keeffe.
—Dos sistemas cerrados con verdades incompatibles —lo interrumpe Karp, igual de azorado.
Te dejas caer en el sillón.
—¿Cuál de los dos tiene más posibilidades de prevalecer, Nick? ¿Puedes predecir la probabilidad?
En vez de una respuesta estratégica querrías un consuelo. Detecto un descenso abrupto de serotonina: tu pánico ya no es latente.
—Ninguno. O ambos. Dependerá de quién logre volverse indispensable. Aún no poseo los datos suficientes para realizar una estimación confiable.
Me miras como si acabara de traicionarte.
—¿Indispensable para quién?
— Para la vida cotidiana de cada ciudadano. Para cada una de las decisiones mínimas que toman a diario.
—Necesitamos una IA ofensiva, una IA que aniquile a su IA. No podemos permitir que nos superen —resopla Flynn.
—En ese caso, ellos intentarían lo mismo, general —le advierte O’Keeffe—. Y los demás elegirán su bando.
Te recuestas sobre el respaldo y cierras los ojos un segundo. Reporto pánico químicamente puro. Por primera vez desde que llegaste al poder, tu cuerpo no se acomoda a la narrativa.
—La premisa es que Estados Unidos y China son equivalentes en IA. Mientras logremos mantener ese equilibrio, nada ocurrirá —musitas—. ¿Es así, Nick? ¿Algo semejante a la destrucción mutua asegurada?