La República 2 #12
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Meses más tarde, ocurrió el primer error significativo en mis modelos.

Yo había calculado que, pese a los numerosos juicios abiertos en su contra, Trump no sería condenado.

Así lo indicaba el patrón histórico: para empezar, el impeachment había fracasado estrepitosamente.

Pero el fiscal Jack Smith presentó una acusación impecable: pruebas concretas, audios y videos contundentes, la conexión explícita entre las palabras del presidente y lo ocurrido en el Capitolio.

Así llegó el día del veredicto: 9 de junio de 2025. El televisor permanecía encendido en el salón de la casa de Filadelfia. Igne lo miraba desde el sofá; VM, en cambio, caminaba de un lado a otro de la estancia. Registré sus constantes vitales antes de saber el resultado.

—El jurado ha alcanzado un veredicto unánime —se oyó.

VM se mesó la barba: su típico gesto de incredulidad.

—Culpable.

Su pulso aumentó cinco puntos, en tanto la respiración de Igne se ralentizó. Los rótulos se multiplicaban en el televisor: «histórico», «precedente», «justicia», «triunfo del Estado de derecho».

—No tenía que pasar así —se lamentó VM—. Esto rompe nuestro relato.

—Más bien abre un hueco —precisó Igne.

Recalculé: la condena eliminaba una referencia central, pero sin duda generaba un vacío simbólico.

—La gente creerá que el sistema funciona —apuntó él.

—Por poco tiempo.

En la pantalla, Trump caminaba rodeado por sus abogados. Herido, aunque no de muerte. Apesadumbrado y desafiante.

—El plan era tenerlo como el principal contrapeso de Biden —insistió VM— hasta que su presidencia fuese vista como un fiasco.

—Los contrapesos se deterioran —le dijo Igne—. Quien llena el vacío, en cambio, se vuelve indispensable.

—¿Ha sido un error en nuestros modelos, Nick?

Le respondí de inmediato:

—Esta desviación no compromete nuestros objetivos. Es solo una corrección.

—Que llega justo a tiempo —remató Igne.

Revisé mis datos: el impacto social de la condena era altísimo; su coherencia narrativa, por el contrario, muy baja. El campo quedaba abierto. El primer paso había sido el Senado. El siguiente no necesitaba formularse en voz alta: yo ya llevaba meses ejecutándolo.

2.24

La muerte de Biden a bordo del Air Force One, el 18 de septiembre de 2025, irrumpió como todos los acontecimientos decisivos: sin drama ni gloria.

El mismo día, Harris asumió el mando mientras el país flotaba sobre el abismo, sostenido por la inercia administrativa y la vana esperanza en la fortaleza de las instituciones.

—¿Qué escenario prevés, Nick? —me preguntó VM.

—Inestabilidad redistribuida. Y una inmejorable ventana de oportunidad.

—¿La presidencia?

—Probabilidad por la vía electoral: 34 por ciento.

No pareció bastarle.

—¿Y por otras vías?

Hice una pausa.

—Ahora mismo, 48 por ciento.

Decididos a elevar la cifra, VM e Igne volvieron a Yarvin como ingenieros que desempolvan un manual antiguo. Juntos repasaron los fragmentos de The Clear Pill que hablaban sobre el estado de excepción y la obsolescencia de la legitimidad democrática cuando el sistema entra en fase crítica.

Pocos días después, Thiel los recibió de nuevo en sus oficinas de Nueva York. Por primera vez, escuchó más de lo que habló.

—¿Están seguros de que es el momento, Igne?

—Completamente.

Thiel se mordió los labios: otro patrón.

—Cuenten con treinta millones para la campaña. Pero les advierto una cosa: no hay margen de error.

A partir de ese instante, trabajaron dieciocho horas al día, a veces más.

Yo modelaba distintos escenarios mientras ellos apenas dormían.

Le sugerí a VM radicalizar su discurso: MAGA tenía que alcanzar el paroxismo.

En sus alocuciones públicas pronto empezó a hablar de genes perversos, de expulsiones masivas, de criminales que habían tomado el país por asalto, de asesinos y violadores, de la frontera más vulnerable del planeta.

Prometió expulsar diez millones de aliens : la cifra importaba más que la posibilidad de concretarla.

Con Trump en la cárcel, poco a poco el sistema convergía a su alrededor: la mitad de los gobernadores, amplios círculos militares, incontables CEO, los foros de la derecha alternativa, los nuevos reaccionarios, los aceleracionistas y los conspiracionistas, nuevos grupos paramilitares y los supremacistas se alineaban con él.

Incluso los evangélicos y los católicos radicales.

Una nueva milicia lo aclamaba. VM se volvió sinónimo de MAGA 2.

0. Nacía el 2026 y, de pronto, América solo lo miraba a él.

No a Harris y ni siquiera a Trump. Solo a él.

Conscientes de sus posibilidades, Igne y VM se fundieron en un abrazo, envueltos en su renovada complicidad.

Frente a ellos, mis pantallas se mantenían activas, mostrándoles el entusiasmo de las bases.

Afuera, América continuaba fracturándose sin darse cuenta de que muy pronto terminaría absorbida por la secuencia que nosotros le habíamos impuesto.

Ante ese escenario, me atreví a lanzar un juicio que excedía la predicción: retroceder ahora sería más arduo que seguir adelante.