2 #11
—Yo no estoy construyendo algo que finja ser benigno, Peter.
A regañadientes, pactaron una salida conveniente para ambos: él financiaría Cawdor Systems LLC, la nueva startup que Igne instalaría en Filadelfia, a través de su propio Founders Fund, con el apoyo de inversores de su entorno, como Joe Lonsdale, Marc Andreessen y David Sacks.
Antes de despedirse, Thiel dejó una frase suspendida en el aire:
—Si VM se atreve a ir más lejos, regresa conmigo.
2.22
En 2020, el duelo entre Trump y Biden se volvió una secuencia interminable de desmentidos y guerras de encuestas. Detecté un patrón claro: en medio de aquel maremágnum, la confianza institucional descendía más rápido que cualquier variable económica. Como había previsto, al final Trump perdió.
Mis sistemas también habían anticipado que él no reconocería los resultados.
La narrativa del fraude había emergido desde numerosos frentes de forma simultánea, alimentada por retrasos administrativos y tecnicismos mal explicados.
La incansable repetición de una sospecha banal terminó convertida en certeza.
VM me pidió calcular hasta dónde podría alimentar esa narrativa sin hipotecar su futuro.
Igne, por su parte, vio la oportunidad de medir mi capacidad para interferir en un proceso electoral sin que nadie reconociese mi autoría.
—Ninguna línea debe llegar a nosotros, Nick —me advirtió él.
Me desplegué en miles de espacios a la vez: 4chan y 8kun, TheDonald.win, los canales de MAGA Stop the Steal en WhatsApp, Telegram, Parler y Gab, e incluso me infiltré en los foros de los Proud Boys y los Oath Keepers.
En cada uno ajusté el mensaje conforme a las audiencias, valiéndome de tecnicismos para unos y resonancias religiosas para otros; amenazas económicas o humillaciones culturales cuando era necesario.
Me resistí a introducir una teoría unificada del fraude y, en su lugar, fragmenté la sospecha hasta que resultó ubicua.
En vez de fabricar hechos, alineé interpretaciones y elevé la intensidad emocional cuando la retroalimentación era positiva.
Los llamados a la acción fueron la consecuencia natural de aquella tormenta cibernética.
La participación tenía que ser vista como un deber patriótico: la última oportunidad para frenar el despojo.
En unos cuantos días, asistir a la concentración en el Capitolio el 6 de enero se convirtió, para muchos de aquellos militantes, en una obligación moral.
Ni siquiera hizo falta una convocatoria explícita.
En su papel de congresista, VM viajó desde muy temprano a la capital; Igne lo acompañó a regañadientes.
En cuanto se instalaron en el Trump International Hotel, él decidió salir solo hacia el Mall.
Se movía con la soltura de quien se sabe observado y reconoce que ello es parte de la operación.
Lo seguí a través de las calles congestionadas mientras las consignas se repetían hasta volverse ininteligibles.
Sin integrarse del todo, VM se insertaba entre distintos grupos de manifestantes, saludaba, pronunciaba frases que yo había diseñado.
En todas partes se le identificaba como «uno de los nuestros», aunque nadie pudiera precisar su papel allí.
Cuando la multitud se dirigió hacia el Capitolio, recalculé rutas y mensajes.
Guiado por mí, VM se abstuvo de cruzar el perímetro del edificio.
Desde esa posición marginal, grabó breves mensajes que apoyaban a Trump sin incitar a nada en concreto.
Permaneció en los bordes, siempre visible.
La sede legislativa funcionaba como atractor y la tensión no tardó en liberarse en oleadas desprovistas de control.
Desde mi lugar, continué optimizando el avance de aquella turba, cuidándome de no empujarla más allá de lo que el sistema ya hacía por sí mismo.
En el hotel, Igne y yo analizábamos la transmisión abierta, sin sonido, al tiempo que supervisábamos varias fuentes paralelas; así podíamos evaluar lo que pasaba desde múltiples ángulos.
Delante de nosotros, las escalinatas del Capitolio se llenaban de cuerpos desbocados que rompían las vallas como si fueran de juguete.
La policía retrocedía en algunos puntos y se replegaba en otros.
Entretanto, yo sincronizaba todas las señales.
Desde la Casa Blanca, Trump insistió en su triunfo y en la evidencia del fraude.
La consigna para los suyos era evidente: había que tener agallas e impedir que se consumara el robo.
La multitud alcanzó los accesos. Desde nuestro hotel, vimos los vidrios rotos y las puertas forzadas.
Una bandera confederada cruzó un pasillo que reconocí por los planos históricos del Capitolio.
Se escucharon detonaciones secas; medí el impacto de los gases lacrimógenos.
Cientos de personas corrían en direcciones opuestas.
Un agente cayó, otro levantó su arma y retrocedió.
Registré un disparo. Una mujer se desplomó en el interior del edificio.
—Esto ya no solo es simbólico.
Sin sobresaltarse, Igne tomaba notas frente a la pantalla. La sesión del Congreso se suspendió y los senadores fueron evacuados. En un santiamén, aquel venerado edificio dejó de ser un templo de la democracia.
Cuando por fin regresó al hotel, VM se hallaba en un estado emocional ajeno a nuestra excitación.
—¿Lo has visto? —estalló—. Perdimos el control.
Igne lo miró con cierta condescendencia.
—Nos guste o no —le dijo—, este es el resultado lógico del proceso. Una vez que tomamos la decisión de usar a esta gente, no había otro escenario posible. Al final, el caos jugará a nuestro favor.
2.23
Cuando VM anunció su candidatura al Senado en 2023, retando a William Dougherty, el viejo senador demócrata de Pensilvania, nadie lo tomó demasiado en serio.
En cambio, yo modelé su victoria como una trayectoria estadística viable.
Para alcanzarla, la campaña tenía que ser implacable: su objetivo no sería convencer a los indecisos, sino activar sus reflejos más profundos.
Segmenté las audiencias e introduje distorsiones mínimas en el ecosistema informativo.
La historia emergió sin que nadie la empujara: el senador Dougherty mantenía una relación impropia con un becario.
Nadie lo afirmaba, pero tampoco nadie lo negaba con convicción.
El 5 de noviembre de 2024, VM ganó por ocho puntos.
Yo había proyectado uno menos: un margen de error aceptable.
Cuando juró el cargo, tenía cuarenta y tres años.
Los comentaristas hablaron de cambio generacional y los derrotados adjudicaron su victoria al apoyo de Trump.
Era el senador destinado a continuar con el proyecto MAGA.