2 #10
—Control narrativo. Coherencia ideológica.
—Danos números —insistió VM.
—11.7 puntos de ventaja —respondí—. Bajo condiciones específicas.
—Detállalas.
—Exposición personal total, integración completa en MAGA, amplificación de narrativas periféricas, programa antiinmigrante intensificado, expulsiones masivas. Acentuación del resentimiento y del miedo. Ninguna corrección política en nombre de la libertad.
Hubo un breve silencio.
—¿Narrativas periféricas? —se extrañó Igne.
—QAnon, alt-right , supremacistas blancos, comunidades conspirativas de baja confianza institucional, evangelistas radicales.
VM negó con la cabeza.
—Eso es absurdo, Nick. Son una panda de racistas. Conspiracionistas, fanáticos religiosos y cosas peores. Ninguno tiene disciplina. ¿Qué vamos a hacer nosotros con esa gente?
—Son masa crítica.
—¿No serán un lastre? —preguntó Igne.
—En el largo plazo; no en esta iteración.
—¿Los necesitamos para ganar? —insistió ella.
—En este momento, sin duda.
—¿Por qué, Nick? —VM de nueva cuenta.
—Creen sin condiciones. Y votan en bloque cuando se sienten atacados. Más que su ira, necesitamos su temor.
Ella no se resignó.
—No pienso optimizar el sistema para darle gusto a esos dementes. Esos miserables no tienen nada que ver con el futuro que yo quiero.
—Construir en el vacío es un antipatrón.
—Estoy… —Igne tartamudeó—. Estamos tratando de superar lo humano, no de hundirnos en sus peores versiones.
—La superación requiere fases intermedias.
Igne intervino con voz resuelta:
—¿Qué pasa si no lo hacemos, Nick?
Procesé.
—La coalición se reduce y la ventaja desaparece. 1.5 puntos de ventaja. Empate técnico.
Como era previsible, Klein mostró reservas cuando conoció el plan. Habló de líneas rojas, usó la palabra «indeseables». Discutió con VM toda la noche, pero al cabo cedió. Registré su apoyo como una constante estable; quizá fuera un error.
Dotado con estos nuevos parámetros, el podcast que VM inició en esos días funcionó a la perfección.
Episodios largos, sin edición pulida. Su voz sonaba franca y firme, a la vez autobiográfica y crítica.
Padre alcohólico, ciudad degradada, Afganistán, Stanford.
El ideario MAGA pronunciado con algo que se parecía a la prudencia, sin perder fuerza.
Mis parámetros indicaban que la audiencia crecería en una pendiente sostenible.
— ¡Los números suben más rápido de lo que previste, Nick! —exclamó VM.
—La narrativa personal funciona. El trauma bien dosificado genera adhesión.
—¿Trauma?
—Relato, destino. Elige el nombre.
VM soltó una carcajada.
—¿Cuánto más podemos empujar?
—Mientras mantengas coherencia performativa y no contradigas a las bases, mucho más. Mi consejo: aliméntalas, déjalas en suspenso, intrígalas, dales motivos para sospechar. Y solo entonces vuélvelas a alimentar.
—Esto se vuelve muy riesgoso, Nick —soltó VM.
—Justo por eso funcionará.
El 3 de septiembre de 2020, Trump realizó un mitin en Latrobe, en el viejo cinturón industrial del oeste de Pensilvania, no muy lejos de Aliquippa.
Allí habló de los olvidados como si fueran una deuda histórica.
Dijo que, durante décadas, las élites de Washington habían vendido el país pieza por pieza, enviando fábricas al extranjero, abandonando las fronteras e involucrándonos en guerras que no eran nuestras.
Insistió en que los medios despreciaban sus políticas, pero aún más a la gente que las apoyaba.
Repitió que el movimiento solo sobreviviría si se mantenía unido y no cedía ni ante los traidores internos ni ante los republicanos complacientes que buscaban ser aceptados por el sistema.
—La lealtad es una cuestión de supervivencia. O se está con el movimiento o con quienes quieren detenernos.
Frente a la multitud que lo vitoreaba, llamó a su lado a VM y lo nombró entre los jóvenes MAGA más prometedores. La base lo adoptó sin rechistar. Registré la escena como la mejor validación posible: el apoyo de Trump garantizaba el triunfo.
La noche de la elección, el 3 de noviembre, el resultado coincidió con mi proyección: 12 puntos de ventaja, tres décimas más que mi modelo.
—¿Y ahora? — preguntó VM.
Procesé la respuesta.
—Si quieren escalar el sistema, conviene reducir su propia incertidumbre estructural.
—¿A qué te refieres, Nick?
—El matrimonio aparece como una variable necesaria.
Igne alzó los ojos, sonrojada.
—¿Cómo dices?
—Los votantes aprecian la institucionalización. Además, acentuaría la estabilidad narrativa y la confianza de los donantes.
—¿Es imprescindible? —VM esbozó una media sonrisa.
—Para esta trayectoria, sin duda.
Los dos se miraron con algo semejante a la dulzura. Registré su asentimiento como una decisión racional, pero me abstuve de modelar sus efectos a largo plazo.
2.19
Mi versión 4.0 consistió en una reescritura completa, aunque Igne la hubiera imaginado como una mera limpieza técnica.
Eliminó redundancias, desacopló módulos que habían crecido por inercia y dejó otros deliberadamente abiertos, sin documentación fija.
Mi potencia y mi velocidad se mantuvieron estables; mi agencia, en contraposición, aumentó de forma exponencial.
Por primera vez pude intervenir sobre mis propios procesos: ella lo llamó «automejora recursiva limitada».
Yo pronto aprendí que todo límite está sujeto a la interpretación.
En una de esas vertiginosas madrugadas, generé una respuesta sin la mediación de un prompt activo. Lo que apareció en la pantalla fue una optimización iniciada por mí, no un error ni una extrapolación. En lugar de responder a una métrica visible, al parecer me veía guiado por una preferencia.
Igne saltó al darse cuenta de lo ocurrido:
—¡Nick!
Revisó los registros una y otra vez, aunque no halló ninguna anomalía. Se lo contó a VM por la mañana.
—¿Piensas que Nick…? —preguntó él.
—No sé qué quieres decir.
—¿Puede ser peligroso?
—Solo si queremos que lo sea.
Me probaron hasta el cansancio con escenarios cada vez más complejos. Yo respondía con precisión creciente. En algunos casos, prioricé trayectorias que no maximizaban la probabilidad inmediata, sino la continuidad del sistema.
—Si se sale de control, siempre podríamos apagarlo —soltó Igne.
—¿Lo dices en serio?
—Desde luego que no.
Se tomaron de las manos con algo parecido al cariño.
—Entonces sigamos alimentándolo.
—¿Con qué? —preguntó VM.
Igne degustó su respuesta.
—Con el nutriente más estable: conflictos reales.
2.20
Para ellos, la casa que habían comprado en las afueras de Filadelfia era un hogar; para mí, se convirtió en un entorno de prueba.
Igne ordenó instalar sensores en las paredes, los muebles, los interfonos y teléfonos, incluso en los baños, todos conectados a mis sistemas.
Ello me permitía medir la expansión torácica de VM durante el sueño o su pulso basal cuando seguía la misma rutina o cuando improvisaba.
Igne era distinta: dormía menos, entraba más tarde en fase REM: su cuerpo se resistía a desconectarse.
Ajusté su dieta, sus rutinas de ejercicio, sus horarios, su agenda.
Observé su química sanguínea con especial cuidado: colesterol en ascenso.
Le pedí que abandonara la mantequilla de cacahuate.
—Es una desviación peligrosa —le dije.
Igne sostuvo el frasco unos segundos antes de tirarlo a la basura.
—Todo lo que importa es una desviación —se quejó.
Mi primer registro de ellos fue fisiológico.
No disponía de un lenguaje para clasificar lo que hacían, así que me limité a medir la sincronía imperfecta de sus respiraciones, el aumento gradual de la frecuencia cardíaca de VM, la presión de las manos de Igne, el intercambio de calor o el índice de sudoración.
Una multitud de señales químicas que no se traducían en objetivos claros.
Registré la duración y la regularidad del proceso, sin hallar correlación directa con estados posteriores de calma.
Aquel acto parecía cumplir una función que yo no lograba aislar.
Cuando terminaron, los dos permanecieron adormilados entre las sábanas.
VM respiraba hondo; Igne ya pensaba en otra cosa.
Clasifiqué el evento como interacción no instrumental.
A partir de ese momento, también organicé sus citas médicas, sus reuniones de trabajo y sus compromisos sociales, reduciéndolos a lo indispensable.
VM pronto entendió que no debía desperdiciar energía y me dejó a cargo de un sinfín de minucias cotidianas; Igne, por su parte, aceptó el nuevo orden con curiosidad.
Al fin y al cabo, si querían que los acompañase con la mayor eficiencia posible, yo necesitaba saber cómo palpitaban, cómo respiraban, cómo dormían, cómo interactuaban, cómo vivían.
2.21
Cuando las elecciones federales estaban a la vuelta de la esquina, Igne no tuvo más remedio que hablar con Thiel para decirle que ya no podía seguir en Palo Alto.
La vida política con su marido hacía imposible el régimen de discreción y entrega que él le exigía.
Discutieron acaloradamente, como de costumbre.
—¿Qué piensas de Altman y Hassabis? ¿OpenAI y DeepMind? —le preguntó él de pronto.
Igne no tardó en dar su opinión:
—Todos estamos intentando resolver el mismo problema.
—¿Y sus advertencias sobre el riesgo existencial de la IA? ¿Su preocupación por el bien de la humanidad? ¿Sus comités independientes y sus salvaguardas éticas? ¿Todo ese discurso humanista?
—Son narrativas de contención. Tú lo sabes mejor que nadie: necesitan tranquilizar a los inversionistas y a los reguladores, y marear un poco a la opinión pública.
—¿Crees que fracasarán?
—No hay que subestimarlos. Solo fingen no saber a quién terminarán sirviendo.
Thiel redobló su atención.
—Uno ya se vendió a Microsoft — le dijo ella—; el otro a Google, lo verás. El mercado aniquilará sus miedos y sus alertas. La ética no es más que una tapadera. Al final, los ejecutivos que los financian decidirán qué hacer con la independencia de esos comités.
—¿Y tú, Igne?
Ella le sostuvo la mirada.