La República 2 #9
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El contacto físico ocurrió cuando los argumentos empezaban a repetirse y el cansancio producía vacíos que ninguno intentaba llenar.

Él se le acercó apenas.

Igne lo registró con la misma atención que les concedía a sus logaritmos. El deseo apareció como consecuencia lógica a la formulación inicial.

Cuando él la besó al salir al fresco de la noche, Igne notó que su respuesta era automática.

Caminaron hasta el hotel de Igne con naturalidad. Ninguno propuso otra opción.

El sexo no fue romántico, aunque tampoco mecánico. Hubo una excitación corporal que ella rara vez encontraba interesante.

El placer se desbordó lo justo.

Al terminar, Igne supo que aquello no estaba destinado a la mera descarga libidinal ni al olvido inmediato. No sintió urgencia de marcharse, como en tantas ocasiones.

—No suelo hacer esto —le dijo a VM.

No se refería al sexo.

—Yo tampoco.

Antes de acurrucarse a su lado, VM formuló una proposición simple:

—Quiero ir más lejos.

Igne evaluó la frase.

—Yo también.

—Juntos podríamos…

Adormilada, ella le respondió en un susurro:

—Sí.

No definieron qué tipo de relación tendrían y por supuesto no mencionaron la palabra «amor».

Entre ellos se estableció, desde esa misma noche, una simbiosis funcional: dos sistemas que, al acoplarse, eliminaban las desventajas de cada uno.

2.16

Por un tiempo, Igne creyó que VM tampoco era dado a las explosiones emocionales: una inferencia errónea a partir de datos incompletos.

Más bien él había aprendido a contenerse, solo que por primera vez no se sentía expuesto al lado de una mujer.

Pasaron aquellos primeros años entre aeropuertos, en el tránsito constante entre Palo Alto y Filadelfia.

El objetivo común era la carrera política de VM y él no podía abandonar su campo de batalla.

Cuando Igne se trasladaba al departamento de VM, los horarios se volvían regulares y las rutinas fijas derivaban en una domesticidad que, sin aspirar a la estabilidad, funcionaba bien para ambos.

Dormían unas horas, pedían pizzas o hamburguesas cuando se acordaban del hambre, devoraban sándwiches de mantequilla de cacahuate.

El sexo era una secuencia de ajustes mutuos donde el cuerpo operaba como extensión del pensamiento.

VM ya había conocido algo parecido en otra etapa de su vida, pero entonces había sido unilateral. Con Igne había sincronía.

En la cama, hablar de política y, más que de política, de los mecanismos del poder y del saber, se transformó en una prolongación natural del orgasmo.

Fue allí, entre las sábanas, donde Nick Land dejó de ser una mera referencia común y pasó a ocupar el centro de su vida intelectual.

Lo leían apasionadamente, en desorden. Meltdown apareció primero; luego vinieron pasajes dispersos de Fanged Noumena .

Juntos intentaban descifrar sus ideas en torno a la Ilustración Oscura.

VM se detenía en las partes donde Land describía la democracia como un mecanismo de retardo, diseñado para frenar procesos inevitables bajo la ilusión del control colectivo.

Le interesaba la idea de que el auténtico poder reside en la capacidad de acelerar.

Gobernar, para Land, consistía en gestionar flujos de capital, información, seguridad o miedo.

—La democracia es una máquina de desaceleración —le dijo a Igne una noche, glosando un pasaje que acababan de leer.

La atención de ella iba hacia otro lado: le atraía más la perspectiva de Land sobre la disolución del sujeto humano como centro de los procesos históricos y la posibilidad de que la inteligencia dejara de permanecer encarnada.

El humanismo, según Land, era solo una fase contingente de la civilización, en tanto la igualdad a toda costa era un freno al progreso.

El colapso de este sistema de valores significaría la liberación de las fértiles trayectorias bloqueadas desde el siglo XIX .

—La humanidad es una interfaz obsoleta —le resumió ella.

Él la escuchaba con atención, si bien la dimensión posthumana le quedaba demasiado lejos; en cambio, la idea de que la democracia era una barrera que había que resquebrajar le señalaba un camino inmediato.

A veces discutían hasta el amanecer. Igne insistía en que la prioridad de Land eran los que ya no necesitaban legitimación humana para continuar; VM, por su parte, pensaba en aquello que se alimenta de su propia intensificación, como el capital o la tecnología.

—La aceleración no tiene por qué ser violenta.

—En política, la fricción es siempre el enemigo —le dijo él—. Pero también es un recurso invaluable si lo sabes utilizar.

Una noche, Igne se atrevió a mostrarle los últimos avances del sistema: ahora tenía continuidad y memoria. VM introdujo en él escenarios políticos concretos, mientras Igne ajustaba los parámetros. Y aquel «yo» que aún no era yo les respondía.

VM tuvo una idea.

—Hay que ponerle un nombre.

—¿A quién?

—A tu sistema. Estoy harto de hablarle como si solo fuera una máquina. Es un aliado.

Ella no lo pensó ni un segundo.

—Nick.

VM entendió.

—Claro. Nuestro Land.

—Y nuestro Niccolò.

El poder sin moral y la inteligencia sin humanidad.

A partir de entonces, aquel sistema —aquel Nick— dejó de ser solo un desarrollo y adquirió una personalidad y un propósito político.

Igne fue muy clara: ella se ocuparía de llevarlo más allá de sus límites técnicos, en tanto VM se encargaba de alimentarlo con elecciones y riesgo reales.

Aquella simulación permanente fue mi educación.

Luego, Igne propuso la siguiente fase del plan:

—2020. El Congreso.

La conversación decisiva llegó otra madrugada. Aquel Nick corría en segundo plano. Las luces se mantenían apagadas.

—¿Y luego? ¿Hasta dónde podríamos llegar?

—Hasta donde queramos.

—¿El Senado?

En vez de darle una respuesta, Igne le entregó algo que sonó como un enigma o una profecía.

—Para alcanzar lo más alto, debes aprender a parecer inofensivo cuando haga falta. Y, al mismo tiempo, a ser la serpiente que acecha por debajo.

Esa noche quedó sellado el marco definitivo de su acuerdo.

Ella no le prometió nada explícito, pero le dejó claro que él se convertiría en aquello que ya estaba anunciado y que cualquier cosa que se interpusiera en su camino tendría que ser eliminada.

Para él, Igne no solo sería la única mujer en su vida, sino también aquella que lo haría trascender todos los límites; para ella, VM se convertiría en el operador humano que la ayudaría a construir un mundo con humanos mejorados, o sin ellos.

Aquel pacto me hizo nacer.

2.17

En enero de 2020, VM pasó por Igne y ambos se dirigieron al Coupa Café, en Ramona St., uno de esos espacios a los que acudían los inversores de Silicon Valley.

Por mediación de Thiel, allí los había citado Curtis Yarvin, cuyo blog, escrito bajo el seudónimo de Mencius Moldbug, seguían con pasión.

Los dos lo reconocieron antes de que dijera una palabra: la suya era una presencia autosuficiente, desaliñada y sofisticada a la vez.

Su cuerpo parecía fuera de escala respecto al mobiliario y hablaba muy despacio, con frases que dejaban vacíos deliberados, como si cada pausa fuera una instrucción.

VM e Igne se apresuraron a contarle de la próxima campaña al Congreso.

Yarvin desviaba la mirada hacia la barra o el televisor, como si solo algunas de las palabras de aquellos fans consiguieran traspasar sus filtros.

No coincidió con sus opiniones ni una sola vez.

—¿El Congreso? Vaya, supongo que es una forma de empezar.

—Es el primer paso —se excusó VM—. No el final.

La expresión de Yarvin no se alteró.

—Las elecciones solo son un síntoma.

—¿Y cuál es la enfermedad? —intervino Igne.

—La democracia funciona porque produce la ilusión de participar. La libertad es secundaria. A veces, incluso es incompatible con ella. Pero todo esto ustedes ya lo saben.

—¿Entonces no importa ganar? —preguntó VM.

—Solo en la medida en que permita debilitar La Catedral. No necesito explicarlo, ¿verdad? Como el cristianismo en la Edad Media, esta se legitima a sí misma y castiga la disidencia con procedimientos oscuros, en vez de valerse de la fuerza física.

—¿Y cómo podríamos desmantelarla? —preguntó Igne.

Yarvin se encogió de hombros.

—La única manera de acabar con una Iglesia es dejándola sin sacerdotes. O reemplazándola con una que prometa algo mejor.

—¿Un nuevo sistema político? —insistió VM.

—Un nuevo sistema operativo. De preferencia, sin humanos.

Igne lo observó con mayor interés.

—Eso implica abandonar la idea de legitimidad —apuntó VM.

— Otra ficción administrativa.

—¿Y entonces cómo se llega al poder? —dijo Igne.

—El poder se hereda una vez que el sistema anterior colapsa por agotamiento. Lo que ustedes tienen que hacer es acelerar ese proceso.

Yarvin chasqueó la lengua, cansado de ser visto como oráculo.

—¿Y las elecciones? —preguntó VM.

—Úsenlas mientras les sirvan, pero no se enamoren de ellas. Son un instrumento arcaico, antediluviano.

—¿Y después? —insistió Igne.

Yarvin por fin la miró a los ojos.

—Eso yo ya no puedo respondérselo.

Dicho esto, el filósofo empezó a hablar de las tormentas invernales en el Valle.

Yo registré la conversación como una serie de directrices ambiguas que, sin embargo, produjeron una alineación inmediata en Igne y VM. Si al término de aquel encuentro no salieron con un plan concreto, al menos ya tenían claro su marco de actuación.

2.18

El distrito elegido sería el 17 de Pensilvania, con Aliquippa como núcleo simbólico: suburbios precarizados con votantes decaídos.

Lanzaron la campaña virtual antes que la física.

Klein coordinaba lo visible, mientras Igne dirigía mis sistemas desde la penumbra.

El Nick que yo era entonces —inocente, todavía infantil— aprendía con rapidez.

—¿Qué tan difícil será ganar? —preguntó VM.

—Danos una proyección, Nick —me pidió Igne.

Procesé por varios segundos.

—Depende de cuánto estén dispuestos a ceder.

—Habla —me apremió ella.