2 #8
En medio de aquellos tumbos en la Red, encontró una nueva inspiración.
En sus arengas digitales, Mike Cernovich proponía convertir la sospecha en virtud y la paranoia en vigilancia cívica: una inversión sistémica perfecta.
Dado que la batalla por el control del relato ya estaba en curso, toda pretensión de neutralidad significaba una derrota.
En lugar de persuadir a los votantes, había que imponerles el marco conceptual de sus respuestas de manera subrepticia.
A su vez, había que obligar al adversario a reaccionar siempre a la defensiva, sometiéndolo a una batería interminable de informaciones sin contrastar.
De este modo, la verdad pasaba a ser equivalente al rumor o al chismorreo.
Gracias a Cernovich, VM aprendió que, en aquel nuevo entorno, hasta los memes más ridículos o las historias más inverosímiles podían transformarse en votos si eras capaz de insertarlos en el ciclo emocional correcto.
En retrospectiva, aquello se parecía menos a la política que a una ingeniería del comportamiento.
Fue Klein quien le propuso poner en práctica lo aprendido.
— Pensilvania te necesita, VM. Esto no se gana solo desde Internet.
Aunque nunca dejara de cuestionar a su amigo, siempre lo escuchaba con atención.
—Estoy seguro de que podrías ganar —le insistió Leo.
A su vuelta a Aliquippa, el pueblo le pareció más degradado que nunca.
VM contó más negocios cerrados, más casas vacías, más empresas abandonadas, más cuerpos movidos solo por la inercia.
La vieja mole de Jones cuidadoso, no les hacía grandes promesas y se concentraba en acentuar su miedo o su ira.
Con la mente fija en su próxima campaña, aprendió qué palabras debía usar: «grandeza», «traición», «migrantes», «abandono».
En 2018, VM se postuló para la legislatura estatal de Pensilvania y Klein lo acompañó como jefe de campaña.
Una apuesta mínima en el terreno y agresiva en lo digital.
Microsegmentación precisa: mensajes distintos para públicos diversos.
Ataques preventivos antes de que el adversario entendiera que estaba siendo vulnerado.
Victimización calculada, si convenía; silencio estratégico cuando el entorno hacía el trabajo sucio.
Una de las lecciones más claras de Cernovich indicaba que explicar de más era retroceder.
El día de las votaciones amaneció plomizo, sin lluvia.
VM acudió a sufragar al lado de Klein. No hablaron durante el trayecto.
Sigiloso, él solo observaba la rutina mecánica de un acto que nunca había juzgado decisivo.
A la salida del centro comunitario habilitado como colegio electoral, un hombre lo reconoció.
Lo llamó por el nombre de usuario con el que había participado en los foros:
—Gracias por decir las cosas como son, vm_dark.
Antes de que VM pudiera responder, el hombre ya había convocado a su pandilla. Aparecieron tres sujetos vestidos con camisolas de lana y gorras MAGA; otros tantos se les unieron después; alguien sacó un teléfono.
—¿Una foto?
VM se colocó en el centro y miró a la cámara con una expresión neutra. En ese instante entendió algo nuevo: el anonimato no se perdía, se desplazaba. La imagen circuló en redes todo el día.
Por la noche, los resultados comenzaron a fluir con lentitud.
Klein, él y los dos becarios que los habían auxiliado se reunieron en la destartalada casa de su padre, convertida en improvisado cuartel de campaña.
Frente a las paredes descascaradas y los muebles apolillados, aguardaron con impaciencia.
Al principio, los números no los favorecían.
Distrito a distrito, el margen les era adverso.
Klein intentó bromear, mientras VM seguía las curvas con aprehensión, como si se tratara de un videojuego que no terminara de cargarse.
Todo indicaba que iba a perder. Casi al final de la noche, cuando ya solo quedaba un puñado de distritos por reportar, la tendencia dio un vuelco.
Un punto aquí, dos décimas allá. Cuando el último recuento se actualizó en el televisor, el resultado quedó allí, frente a ellos: VM había ganado.
Por un margen muy estrecho, pero la victoria era suya.
Klein exhaló como si hubiera contenido el aire durante horas. Y empezó a perorar sobre el futuro y todo lo que a partir de ahora iba a ser distinto en Aliquippa.
—¿Te das cuenta, VM? Lo logramos.
Este lo observó con cierta desazón. Mientras él dudaba que ganar aquella elección fuese a resolver algo, Klein celebraba el triunfo como si fuera una reparación tardía. Se dijo que Leo seguía siendo el mismo ingenuo de siempre: aún creía que el sistema recompensaba la buena fe.
De la noche a la mañana, VM se transformó en político, justo lo que siempre había detestado.
En el proceso, había descubierto un déficit: podía ganar una elección local, pero la política seguía dependiendo de impulsos volátiles y ciclos emocionales que requerían de una vigilancia permanente.
No alcanzó a formular el pensamiento con claridad, pero la intuición ya estaba allí.
Si quería que su carrera lo llevara mucho más adelante, necesitaba una forma de anticiparse a los deseos de los votantes.
No imaginaba que ese vacío ya estaba siendo llenado muy lejos de Aliquippa y muy cerca de su odiada Stanford.
2.15
Aquel 9 de febrero de 2019, Igne aterrizó en Washington de mal humor.
Con una avalancha de correos, Thiel le había hecho saber que su presencia era imprescindible.
Aunque ella siempre había despreciado la política, al menos en su versión tradicional, al final se resignó. Su mentor la quería a su lado y no podía fallarle.
Nada más pisar la capital, sintió un rechazo inmediato, como si aquellos monumentos le impusieran un orden al mundo que ella jamás iba a compartir.
D. C. le pareció saturada de símbolos diseñados para ocultar la fragilidad de la representación popular.
El pantano, pensó sin ironía. Más tarde descubriría que VM usaba la misma expresión para referirse a la capital.
El auditorio donde se desarrollaba la conferencia estaba medio vacío cuando llegó. Se registró y se sentó en la última fila, esperando pasar inadvertida.
Tras haber sido asesor tecnológico de Trump durante la campaña, Thiel continuaba siendo su principal enlace con el sector.
Cuando salió al escenario, ni siquiera se preocupó por atacar la democracia, le bastó con desarmarla. Dijo que durante años había aceptado que garantizaba la libertad, pero ya no estaba convencido de ello.
Habló de captura institucional y afirmó que el sistema ya no era capaz de gestionar la creciente complejidad del mundo.
—La libertad no es una consecuencia automática del voto, depende de las condiciones en que se lleva a cabo. Y estas no son siempre compatibles con la democracia tal como la practicamos hoy.
Igne coincidía, con matices.
Thiel seguía pensando en términos de ajuste fino, de transición prudente. Ella pensaba, en cambio, que una arquitectura obsoleta es refractaria a cualquier mejora.
Al final, cuando la sala se fragmentó en un vaivén de conversaciones desgajadas, Thiel se apartó de la muchedumbre y se acercó a Igne acompañado por un hombre al que ella solo había visto de perfil.
Ese instante resultaría crucial para ellos y, debo decirlo, para la humanidad.
—Quiero que conozcas a otro antiguo alumno de Stanford, el congresista estatal de Pensilvania VM Lively.
Luego, con simetría deliberada, se dirigió a aquel joven:
—VM, esta mujer extraordinaria es Igne Kayris.
No explicó más.
—Estoy seguro de que los dos tendrán mucho de qué hablar.
Y se marchó.
Igne escaneó a VM de arriba abajo. Distinguió en él una atención sostenida, operativa, que juzgó compatible con la suya.
Intercambiaron unas cuantas palabras y al cabo de unos minutos convinieron en abandonar discretamente el edificio.
Caminaron sin dirección fija mientras Washington se desplegaba ante ellos como un frío decorado.
Cuando se dieron cuenta, llevaban seis horas juntos.
VM le resumió su experiencia y le dijo que había ganado la elección porque había tratado a las masas como variables sensibles al encuadre correcto.
Igne, por su parte, le contó de su modelo y de la dificultad para eliminar el ruido humano sin perder capacidad predictiva. Ni siquiera se preocupó por traducirle los conceptos o por simplificar sus tecnicismos.
Cuando hicieron un alto frente al monumento a Lincoln, él la miró directo a los ojos.
—Nunca había conocido a alguien que pensara como tú.
Igne procesó aquel lugar común.
—Yo tampoco.
La atracción había sido inmediata, producto de la certeza de hallarse ante una estructura similar.
Ninguno dudó: sus trayectorias convergían.
Sentados en el Founding Farmers, que a esa hora estaba casi vacío, Igne abrió su laptop .
—Quiero enseñarte algo.
Cargó una interfaz austera, con gráficos y matrices que se reconfiguraban en tiempo real.
—¿Qué es esto?
—Un sistema predictivo. Por desgracia, todavía incompleto.
Igne ejecutó una simulación electoral con todas las variables que le pasaron por la cabeza.
El modelo le respondió con trayectorias jerarquizadas por probabilidad.
—¿Qué puede hacer?
—Modelar el comportamiento colectivo. Reducir la incertidumbre.
Luego ella hizo una pausa mínima, histriónica.
—Y ganar elecciones.
VM reaccionó con un sobresalto. Aquel era el instrumento que iba a llenar el hueco que había identificado en su campaña.
—Todavía se encuentra en una etapa incipiente. No es estable —añadió Igne.