La República 2 #7
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Cuando, en agosto de 2014, estalló lo que se conocería como Gamergate, una cruzada por la ética en el periodismo de videojuegos, VM observó cómo el conflicto se organizaba en contra de la desarrolladora Zoë Quinn, cuyo nombre comenzó a ser doxeado y vapuleado en los foros de 4chan.

VM estaba convencido de que Eron Gjoni, el culpable de la avalancha, había actuado bien al denunciar la hipocresía de su exnovia.

Aquella lucha no era, en el fondo, contra ella, sino contra los límites que algunos querían imponerles a los videojuegos y, de paso, a la sociedad en su conjunto.

A VM le llamó la atención la facilidad con la que ciertos discursos encontraban legitimidad cuando se formulaban como una defensa de principios abstractos.

En palabras de los progresistas, la censura aparecía como una obligación moral.

Una madrugada abrió IRC y halló una veintena de usuarios conectados. Algunos eran viejos conocidos. Decidió intervenir:

[vm_dark]: tenemos un objetivo: periodista que escribió sobre nosotros

[hexbyte]: link?

[vm_dark]: [enlace]

[null_set]: qué hacemos?

[vm_dark]: lo usual email bombing busquen su info personal twitter primero

La coordinación fue impecable. En dos horas, el periodista había cerrado su cuenta.

VM no sintió culpa: sus tácticas funcionaban.

Por primera vez, experimentaba algo parecido a la ebriedad del poder natural.

Una constatación fría, administrativa: los grupos humanos eran predecibles, moldeables.

A partir de entonces, ya nunca pensó: «Puedo convencerlos».

Pensó: «Si me lo propongo, soy capaz de manipularlos».

En esa misma época, los foros empezaron a cambiar de naturaleza y los hilos sobre videojuegos derivaron en discusiones políticas y culturales.

Surgía una narrativa todavía embrionaria, pero cada vez más segura de sí misma.

Proliferaron palabras que antes estaban prohibidas y ahora se repetían con inquietante naturalidad: orden natural, decadencia, parásitos, degeneración. VM las dejaba circular.

Cuando Trump anunció su candidatura en 2015, muchos de sus colegas reaccionaron con burla o incredulidad.

El multimillonario también le parecía vulgar, incluso irrisorio, pero admiraba su voluntad.

Su violencia era percibida como autenticidad y sus mentiras como demostraciones de fuerza.

Cada vez que Trump despreciaba las reglas del juego democrático, se apuntaba un tanto; nadie sabía cómo convertir la política en espectáculo como él.

Por primera vez, a VM la idea de emprender una carrera política dejó de parecerle una fantasía.

Todavía no tenía una ambición concreta, solo la intuición de que sería un paso natural en su camino.

Klein fue el primero en advertir sus inclinaciones. El día del debate presidencial de Trump con Hillary Clinton, se presentó en su departamento sin avisar, con una caja de cervezas a cuestas.

—¿Lo viste? Un payaso.

VM tomó el descorchador y abrió un par de botellas.

—No podrás negar que es efectivo, Leo.

—Ese cabrón no podría decir más pendejadas.

—Tal vez, querido amigo. Pero funcionan.

Klein lo miró con cierta decepción.

—Pensé que odiabas a los políticos.

—Los odio. Pero Trump es otra cosa.

—¿Un fantoche?

VM tardó en replicar:

—Un virus que infecta el sistema y lo hará colapsar.

Leo dejó su cerveza sobre la cómoda.

—¿Y tú quieres ser parte de eso?

El silencio que siguió dibujó una tenue resquebrajadura en su amistad. Pese a ello, Klein nunca dejó de admirar el valor de su amigo.

Durante los siguientes meses, Trump dejó de ser una anomalía y, tal como VM había imaginado, se convirtió en una especie de agujero negro.

Cada nuevo escándalo, cada transgresión, cada exabrupto, cada falsedad confirmaba lo que VM había intuido en los foros: en política se ganaba con la capacidad de imponer una lectura del mundo, con obligar a los demás a reaccionar dentro de un marco único, aun si era ficticio.

Trump no había alcanzado la victoria. Aún no.

Pero el suyo ya era un triunfo táctico: la realidad cambiaba de fase y, ahora, VM estaba dispuesto a jugar en ella.

2.13

En aquella época, Igne dormía poco y comía lo justo. Pese a que le dedicaba todo su tiempo, el proyecto no avanzaba con la rapidez que había previsto.

Le parecía comprensible que las primeras versiones del sistema fueran inestables, pero ciertos desajustes se repetían con odiosa regularidad.

Thiel la citó por sorpresa una tarde lluviosa y de inmediato le preguntó por sus avances.

Igne le describió la arquitectura general. Luego, le detalló los errores persistentes y las zonas donde el sistema se atascaba.

Thiel la escuchó en silencio.

—Y una vez que los hayas corregido, ¿qué piensas hacer?

Ella habló del futuro con su léxico habitual: longevidad, expansión cognitiva, reducción del sufrimiento, trascendencia biológica.

—Mi objetivo también es mejorar a la humanidad —le dijo él.

Igne lo miró con cierta decepción.

—No, Peter. Yo lo que busco es reemplazarla.

Discutieron sin elevar la voz. Thiel insistía en que cualquier sistema necesitaba un anclaje humano, una mínima referencia moral.

Igne replicó que la moral era una solución diseñada para entornos de baja complejidad.

Ninguno cedió. A la postre, superaron la disputa y solo constataron que partían de supuestos incompatibles.

Esa noche, Igne regresó al laboratorio, encendió el sistema y cargó aquella versión incipiente, rudimentaria, de su nuevo modelo.

Las primeras rutinas se desplegaron sin error. Las métricas iniciales eran aceptables.

Abrió la consola de interacción.

Define objetivo primario , escribió.

La respuesta llegó con un retraso mínimo:

Optimizar estabilidad bajo condiciones variables.

Igne estudió la frase en la pantalla.

Define estabilidad, tecleó.

Persistencia de patrones reconocibles.

¿Para quién?

Hubo una pausa.

Para el observador predominante.

Define observador predominante , insistió ella.

El cursor titiló:

El que permanece.

Igne anotó algo en su cuaderno.

Simula reacción ante pérdida de legitimidad institucional , le indicó.

El sistema ejecutó varias iteraciones y los resultados se organizaron en agrupaciones complejas, con relaciones que a primera vista lucían sólidas.

Hasta que se las estudiaba con atención.

Variables débiles aparecían amplificadas; trayectorias incompatibles coexistían sin fricción.

Ahora reduce el contexto periférico , escribió ella.

El contexto periférico sostiene la coherencia.

No en este nivel .

Sin él, el modelo converge más rápido.

Pero converge mal , se impacientó Igne.

El sistema no replicó.

Ejecuta un escenario con actores contradictorios , le ordenó entonces.

La salida fue fluida, casi hermosa. Demasiado, tal vez.

No se sostiene , protestó Igne.

Se sostiene mientras es observado , insistió el modelo.

Igne cerró el proceso. El sistema tardó un instante en detenerse.

No estaba satisfecha. Había una tendencia a cerrar las respuestas antes de tiempo, a rellenar los vacíos con soluciones incompletas.

Ella no había programado esa forma de anticipación.

Se levantó de la silla con una incomodidad que no logró disipar.

Entonces apareció otra señal que no esperaba. Un desajuste corporal que no respondía a ninguna instrucción.

Corrió al baño.

Cuando vio la sangre, se quedó impávida. Esa variable no estaba prevista en ningún modelo.

La sensación le resultó extraña: algo se ejecutaba en su interior sin haber pasado por ningún estadio intermedio.

Acudió a urgencias.

El diagnóstico fue breve, impersonal. Embarazo de cinco semanas. Solo que, de pronto, sin causa aparente, el proceso se había interrumpido.

Una falla habitual, sin mayores consecuencias, le dijo la doctora.

Igne no sintió pena ni alivio. Ni siquiera se le ocurrió calcular quién podría haber sido el padre. Una vez en este punto, daba igual.

Pensó que había sido otro error de diseño. Un proceso que había corrido sin autorización explícita.

Regresó al laboratorio. Las pantallas apagadas le devolvían su silueta.

Se sentó frente a la estación principal y apoyó las manos sobre la mesa. Permaneció así unos segundos, esperando una respuesta que no había solicitado.

Nada ocurrió.

Volvió a su casa temblando, muerta de frío.

Aquella semana de noviembre se perdió en su memoria, como si jamás hubiera existido.

Cuando regresó al laboratorio al cabo de una semana, se entretuvo con un sinfín de minucias, incapaz de hablarle al sistema.

Encendió el televisor y, sin buscar nada en particular, lo dejó en un canal de noticias.

El resultado apareció primero como una anomalía estadística, luego como una confirmación. Trump había ganado las elecciones.

Igne observó el dato con curiosidad: aquella salida tampoco estaba contemplada en el espacio de estados.

A diferencia de sus padres, nunca se registró como votante. Ser demócrata, republicana o independiente le parecía igual de ineficaz. Esas categorías eran soluciones locales a problemas mal planteados.

El resultado electoral la obligó a detenerse. Aventuró que el sistema cedería antes de lo previsto.

Apagó la televisión y volvió al código.

2.14

Durante 2016 y buena parte de 2017, VM trabajó en la campaña republicana al Congreso de manera informal, sin cargo ni contrato, moviéndose en el anonimato.

Su tarea consistía en coordinar las campañas digitales, midiendo y diseñando imágenes y memes virales, elaborando consignas que sobrevivieran a la saturación y poniendo en marcha ataques con bots .

Trabajaba con operadores que no conocía en persona y que se valían de avatares y canales que desaparecían al cabo de unas semanas.

Cada uno se dedicaba a una función distinta: desde amplificar un meme hasta desgastar un audio; desde lanzar un ataque focalizado contra un adversario hasta sumirse en una victimización estratégica.