La República 2 #6
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Instalado de nuevo en Pensilvania con Sarah, la hija que había tenido con la chica punk en 2005, y que un buen día los abandonó sin más, Leo se convirtió de nuevo en su único interlocutor en el mundo real.

A diario VM le enviaba capturas, discusiones, enlaces, artículos. Klein respondía con entusiasmo:

—¿Dónde encontraste esto? Mándame más. Por fin alguien dice lo que pensamos todos.

VM pasaba la mayor parte del tiempo en su cuarto, con la laptop y los libros de Hayek y Friedman alineados sobre el escritorio.

Leía, posteaba, seguía hilos, tomaba notas.

Al amanecer, la insoportable luz californiana volvía a colarse por la ventana, sin matices.

Entonces corría las persianas y dejaba la habitación a oscuras, protegiendo el único espacio donde se sentía seguro.

En 2008, se graduó sin que nadie acudiera a la ceremonia. Klein fue el único que le envió un mensaje: «¿Y ahora qué?»

2.11

El laboratorio estaba en un anodino edificio en Palo Alto, un anexo de Stanford financiado por fundaciones anónimas y capital de riesgo.

Gracias a la beca, Igne había podido rechazar varias ofertas corporativas, entre otras de Google y Microsoft.

Thiel mismo le había sugerido ese lugar híbrido, en teoría independiente, con acceso a todos los recursos de la universidad.

En vez de un puesto académico o de volverse parte de la industria, desde allí podría innovar sin supervisión.

Tenía acceso a conjuntos de datos que habían pasado por procesos de anonimización lo suficientemente complejos como para satisfacer a los comités de ética y lo bastante laxos como para seguir siendo útiles.

Flujos de movilidad urbana, historiales financieros, registros sanitarios, actividad en redes sociales, vectores de conducta. Millones de vidas reducidas a conjuntos de datos.

Todo era legal. Y, al mismo tiempo, no lo era.

En teoría, su trabajo consistía en desarrollar sistemas predictivos de comportamiento colectivo: prevención de criminalidad, simulación de crisis sanitarias o energéticas.

Cada detalle quedaba formulado con la jerga de la estabilidad y la gestión del riesgo.

Muy pronto le quedó claro que las sociedades no son computacionales. Los modelos convergían y las curvas poco a poco se ajustaban. Sin embargo, al final fallaban en un mismo punto.

Lo humano.

Los errores surgían del material de entrenamiento. Los datos estaban contaminados por emociones mal etiquetadas o por decisiones tomadas contra toda lógica de optimización.

La empatía aparecía una y otra vez como una variable imposible de estabilizar. Igne se dio, pues, a la tarea de aislarla.

Como ejercicio teórico, eliminó las capas asociadas a lo que los informes llamaban «factores culturales blandos». Luego, neutralizó variables relacionadas con el duelo, la culpa, la vergüenza, el dolor o la memoria.

De inmediato, las predicciones empezaron a ajustarse.

Una vez limpio, su modelo fue capaz de anticipar protestas o detectar vuelcos políticos repentinos, así como de señalar a individuos con alta propensión a la violencia y prever la radicalización de grupos concretos.

Para Igne, la conclusión era evidente: el problema son los humanos.

Un diagnóstico técnico, nada más.

En esa época, comenzó a escribir notas fuera de los repositorios oficiales, cuidándose de no respaldarlas en la nube.

En ellas, su lenguaje se volvía menos cauteloso:

«La ética es un cuello de botella que impide el progreso».

«Una heurística obsoleta es sinónimo de empatía».

«La democracia está diseñada para un hardware cognitivo defectuoso».

«La mediocridad social depende de altos niveles de solidaridad».

Aún no se le habría ocurrido eliminar a los humanos, pero proponía reducir su peso en cualquier decisión importante, desplazándola hacia un sistema capaz de procesarla sin apegos.

Asombrado con sus avances, Thiel empezó a interesarse más por su trabajo y comenzó a llamarla con cierta regularidad.

Se veían en terrazas y cafés, dado que su nexo no era contractual y Thiel no figuraba en ningún organigrama de la empresa.

—La mayoría de los tecnólogos quiere mejorar al ser humano — le dijo él en una de esas reuniones—. Volverlo más eficiente, sin tocar su esencia. A ti, en cambio, no parece interesarte ese enfoque.

Ella no se defendió.

—Si pudieras rediseñar el mundo desde cero, ¿qué harías, Igne?

—Eliminaría la experiencia subjetiva de cualquier toma de decisiones.

Centralizaría la interpretación de la realidad en sistemas capaces de procesarla, de preferencia en cerebros no limitados por la biología.

Y mantendría a los humanos como meros nodos de ejecución, nunca más como fuentes de verdad.

El silencio posterior no fue siquiera incómodo. Por primera vez desde que la conocía, Thiel sintió una prevención difícil de clasificar.

Él había imaginado mundos posdemocráticos, jerárquicos, gobernados por élites tecnológicas.

Igne iba más allá: en su mundo, incluso esas élites serían prescindibles.

En 2015, Igne empezó a desarrollar su primer modelo de lenguaje neuronal. Un conjunto de redes neuronales profundas combinadas con sistemas probabilísticos y capas mínimas de contexto.

Su función era leer el comportamiento humano y proyectarlo hacia el futuro.

La diferencia de su proyecto con el de otros investigadores en inteligencia artificial radicaba en su mirada. Donde otros buscaban imitar la cognición humana, Igne se empeñaba en prescindir de ella.

Su proyecto era un sistema que, en vez de simular emociones, las trataría como ruido estadístico.

En un primer experimento, logró anticipar la ruptura de una pareja de colegas suyos sin tener acceso a sus mensajes privados.

Luego, consiguió identificar a varios individuos concretos, con nombres y apellidos, como focos de inestabilidad en un barrio latino de San Francisco. La inquietante precisión del cálculo llevó a suspender la prueba piloto «por prudencia».

Había detectado un patrón.

Igne observaba las salidas del sistema con una atención desmesurada. Aquella forma de ver el mundo le resultaba familiar.

En sus notas privadas, escribió:

«No interpreta, no comprende. ¿Por qué tendría que hacerlo?».

«Funciona porque no participa» .

Dudaba que el modelo pudiera adquirir conciencia o voluntad, una meta todavía prematura. Pero sabía que había dado con una forma de conocimiento que no sucumbía a la fragilidad humana.

Al revisar los informes nocturnos, detectó una leve disonancia. A veces, el sistema acertaba pese a que los datos sugerían lo contrario.

Cuando eso ocurría, ella lo dejaba avanzar.

La historia, pensaba Igne, progresa gracias a quienes no se detienen ante las categorías morales vigentes.

Si el mundo se había vuelto ilegible para los humanos, tal vez había llegado el momento de externalizar su lectura.

Igne tenía una certeza, formulada sin pasión: el futuro no debía ser administrado por quienes lo vivían como una experiencia emocional.

2.12

Tras su olvidable paso por Stanford, VM regresó a Pensilvania.

Se instaló en Filadelfia, en un departamento estrecho y mal ventilado, cerca de una línea elevada del metro.

La ciudad no le ofreció nada que él pudiera reconocer como una oportunidad, pero ese estar allí sin ser visto le resultaba relativamente confortable.

Los trabajos llegaron con facilidad y se agotaron con rapidez: puestos administrativos en empresas condenadas a la quiebra, asesorías técnicas en despachos de consultoría política.

Nada de aquello lo hacía sentirse vencido o humillado: por alguna razón, en esa época aún no esperaba reconocimiento ni estabilidad.

Lo único que lo irritaba era la sensación de estar rodeado por una mediocridad generalizada, a la que él mismo contribuía, en un ecosistema dedicado a fingir que progresaba mientras reincidía en su decadencia.

Klein continuaba siendo su único amigo. No se veían tanto como habrían querido, pues Leo seguía malviviendo en Aliquippa con su hija Sarah, pero hablaban con frecuencia, a veces por horas, en conversaciones nocturnas que giraban siempre sobre los mismos temas: la frustración y la falta de porvenir.

Con la paternidad, Leo se había vuelto más cauteloso, más preocupado por su propia estabilidad; VM, en cambio, seguía pasando incontables horas en los foros.

Al principio, los de siempre: videojuegos y sus mods ; luego, otros más abiertos, limítrofes, difíciles de clasificar, donde la política nunca dejaba de estar presente.

Espacios donde nadie parecía hablar en serio y, sin embargo, cada intercambio terminaba cargado de una gravedad implícita. Solo el humor atenuaba la violencia.

En ese tránsito, VM descubrió en YouTube un canal al que regresaba con una regularidad que pronto rozó la compulsión.

Stefan Molyneux hablaba con una voz didáctica, razonable, y construía argumentos como si fueran demostraciones matemáticas.

En ese espacio, VM encontró un vocabulario para su propio malestar.

Molyneux sostenía que el Estado no era una protección y que cualquier maniobra redistributiva representaba un acto de violencia moral.

En cambio, el mercado, dejado a su arbitrio, expresaba una justicia más profunda que cualquier ley: una enseñanza que no se alejaba demasiado de las de Hayek o Friedman.

Pero el youtuber iba más allá: la corrección política era una forma de censura destinada a proteger a los incompetentes.

Molyneux proponía eliminar toda coacción y permitir que las ventajas económicas, intelectuales o genéticas fuesen aceptadas como irremediables.

VM no coincidía con todas las partes de su credo, pero escuchaba episodios enteros mientras caminaba en medio de la ventisca que atenazaba Filadelfia.

Poco a poco aquellas ideas se sedimentaban en su interior.