2 #5
La vieja casa de su padre era una acumulación de polvo y abandono.
Victor encendió la computadora, el ventilador trastabilló antes de arrancar.
Abrió IRC. Los mismos canales, los mismos nombres.
Pero las palabras en la pantalla parecían escritas en pastún.
Intentó escribir algo, cualquier cosa. Los dedos no le respondían.
La apagó. Se quedó sentado en la tiniebla, escuchando las exhalaciones de aquella casa vacía.
2.9
Las oficinas de Thiel en Market Street eran frías, geométricas, con la estética minimalista de la mayor parte de las startups de San Francisco.
La Beca Thiel contaba con otros diecinueve elegidos. Diecisiete hombres y solo otra mujer, diez años mayor, todos ellos con una pulsera inteligente en la muñeca.
Igne había llegado con buen margen de tiempo para mapear el lugar antes de introducirse en su interior.
Las conversaciones surgían rápidas, plagadas de tecnicismos. Algunos ya se conocían, otros fingían familiaridad.
Igne había estudiado a fondo cada perfil.
Cuando Thiel entró en la sala, todos enmudecieron. Su presencia era un campo gravitacional.
Comenzó sin preámbulos. Dijo que el mundo se equivocaba al pensar en el progreso como una suma o una multiplicación infinita de lo mismo. Eso significaba pasar de uno a muchos. Copia, repetición.
Lo asombroso era ir de cero a uno, crear lo que no existía. Dar un salto que no derivara del anterior.
Habló de los mercados abiertos como trampas en las que al final todos perdían.
— La competencia es para los perdedores. La clave del éxito, muchachos, es el monopolio creativo.
El grupo tomaba notas frenéticas; Igne se contentaba con escuchar.
Entonces Thiel habló de secretos y de futuros diseñados. Dijo que el mundo no avanza solo. Insistió en que su obligación era empujarlo hacia zonas sin mapear.
Ella lo escuchaba, perturbada y fascinada.
Aquella mente no funcionaba como las otras.
Cuando el anfitrión abrió el turno de preguntas, nadie se movió. Cada uno evaluaba el riesgo de mostrarse demasiado ignorante o ambicioso. Una guerra fría entre futuros fundadores.
Un chico de Berkeley preguntó sobre la disrupción en mercados saturados; otro quiso lucirse con curvas logarítmicas de innovación.
Igne al fin levantó la mano. Su pregunta sonó torpe.
—¿Y qué ocurre si todos descubrimos el secreto al mismo tiempo? ¿Quién tiene ventaja?
Thiel se giró hacia ella con un nuevo brillo en los ojos.
—Entonces no era un secreto, señorita. Y quien lo pregunta no entendió el juego.
Algunos rieron, otros pensaron que la lección era solo para ella. Thiel la señaló con el mentón.
—Igne Kayris, ¿no es así? Dime por qué estás aquí. Sin miedo. ¿Qué es lo que quieres construir?
Ella no dudó.
—La primera inteligencia artificial general.
Esta vez las carcajadas fueron evidentes, como si hubiera propuesto mover la luna con un dedo.
Thiel, en cambio, no rio.
—Explícanos cómo piensas hacerlo.
Igne lo pensó un segundo. No más.
—Un sistema híbrido, en parte simbólico, en parte probabilístico. Un modelo capaz de reescribir sus propios parámetros, de entrenarse y, aún más, de editarse a sí mismo. Un algoritmo que aprenda a modificar su arquitectura a partir de su propio historial de errores.
Thiel se dio cuenta de que no era palabrería. Aquella joven tenía un plan. Precario, tal vez, pero realista.
—De acuerdo, automejora recursiva. ¿Y qué harás cuando el modelo produzca una variante que tú no comprendas?
—Aprenderé más rápido.
Un becario suspiró ruidosamente. Thiel dio un giro.
—Ambición no te falta, Igne Kayris. Y tampoco una cualidad todavía más rara: indiferencia al ridículo.
El inversor hizo una marca en su tableta. Luego pasó a la siguiente pregunta, como si nada.
Igne se quedó allí, quieta, sin saber si había fallado de forma estrepitosa.
2.10
En 2005, VM terminó los cursos en el Harrisburg Area Community College con la disciplina que había aprendido en el ejército.
En el HACC no impartían nin guna enseñanza concreta, era un campus funcional, aburrido y gris, donde nadie se quedaba mucho tiempo.
Un sitio de tránsito, casi una estación de autobuses educativa.
Pasaba buena parte de las tardes en la pequeña Oficina de Servicios para Veteranos, un cuarto mal iluminado con deslavados posters de reclutamiento y dos funcionarios que lo atendían con cordialidad.
Allí rellenó, por inercia, la solicitud para la beca de veteranos GI Bill usando un monitor que se bloqueaba cada vez que abría una nueva pestaña.
Cuando abrió el sobre unas semanas después, la carta de admisión a Stanford parecía un error.
El sobre incluía una nota manuscrita del comité: «Su ensayo sobre Afganistán es lo más honesto que hemos leído en mucho tiempo».
VM solo recordaba haberlo escrito con furia.
Empacó unas cuantas cosas, compró el boleto de avión de Pittsburgh a San Francisco y se marchó de Aliquippa sin remordimientos.
California lo recibió de mala gana. Odió la luz: demasiado limpia, demasiado segura de sí misma.
Apenas bajó del autobús, sintió que esa claridad le emborronaba las ideas.
Escribió en su libreta: «Luz para vigilar mejor».
Lo segundo que lo irritó fue el lenguaje del campus; por todas partes había reglas invisibles sobre cómo comportarse, qué decir y qué callar.
Una tarde dijo «los chinos», y una chica de su residencia lo reprendió con una mueca de disgusto: «estudiantes de origen asiático».
Otro día, en un seminario irrelevante, usó la expresión «el hombre común», y un compañero intervino para decir que aquel era un término excluyente.
VM observaba esas correcciones con sorpresa y desdén.
Detestaba un lugar donde todos medían sus palabras.
Se matriculó en Ciencias Políticas esperando encontrar discusiones más apasionantes e intensas, pero las clases parecían dirigidas hacia un consenso sin riesgos.
Hablaba poco y, cuando lo hacía, se sentía rodeado por la mezquina desaprobación de sus compañeros, como si su presencia perturbara la unanimidad.
Para entonces había empezado a leer a Hayek y a Friedman, sus primeros héroes intelectuales.
Subrayaba párrafos completos y llenaba los bordes con anotaciones de su puño y letra.
En clase citaba sus libros de memoria. Haciéndose el gracioso, uno de sus compañeros lo señaló:
—VM es el único conservador aquí.
Él respondió que simplemente no era parte del coro. Nadie festejó su respuesta y más bien sintió que le habían tatuado una marca en la frente.
Con la idea de probar cuáles eran los límites de la libertad de expresión, envió un breve artículo a la Stanford Political Review , la revista estudiantil del Departamento.
Se trataba de un texto más o menos mesurado, escrito con un riguroso lenguaje académico, que defendía a ultranza la libertad de expresión.
Restringirla, según él, era el camino hacia la servidumbre.
Los editores se lo devolvieron tres semanas después, lleno de ominosas marcas en rojo y una nota adhesiva: «El texto carece de sensibilidad hacia grupos históricamente vulnerables.
Favor de revisar el tono». Cumplido su propósito, VM guardó el artículo en una carpeta y jamás lo corrigió.
Así pasaron dos años. Cada día, cerraba la persiana para bloquear la intrusiva luz californiana, encendía la pantalla y se ponía los audífonos.
Mientras en el campus se sentía atrapado, en los foros de Internet se abría una nueva senda que necesitaba explorar.
Aparecido en 2003, 4chan era un tablero digital en el que los hilos se autodestruían y el anonimato estaba celosamente protegido.
En cuanto lo descubrió, VM entró en /v/, el foro de discusión sobre videojuegos, y encontró un ecosistema que reconoció de inmediato: un espacio sin límites en el cual se desplegaba una brutalidad extrema, siempre que viniera acompañada de un humor corrosivo y una íntima desconfianza hacia cualquier autoridad.
Los hilos eran breves, condenados a desaparecer en minutos, pero en ellos alcanzó a entrever un nuevo y necesario espacio de libertad:
[Anon07]: cómo carajos este juego tiene 9/10? el reviewer es amigo del dev?
[KeySmash]: están todos comprados TODOS
[vm_dark]: las reseñas murieron cuando empezaron a parecerse a comunicados de prensa
Otro hilo, más agresivo, duró menos de diez minutos:
[FuryDrive]: nuevo artículo diciendo que los juegos violentos deforman la mente más moralina barata
[Anon21]: quieren decidir qué podemos jugar
[vm_dark]: peor quieren decidir qué podemos PENSAR
Las disputas no eran tanto sobre la naturaleza de los videojuegos como sobre el control.
Para entonces, los foros ya hervían con toda suerte de teorías conspirativas sobre periodistas vendidos y desarrolladores corruptos.
VM observaba aquellas disputas, fascinado por su honestidad, y apenas tardó en subir frases que en Stanford de seguro le habrían censurado:
[vm_dark]: cuando la crítica se vuelve moral lo siguiente es la censura
[vm_dark]: si todo es ofensivo nada puede ser verdadero
Los mensajes desaparecían de inmediato, perdidos en medio del torrente digital, pero a VM lo colmaban de energía. Una noche, se dio de bruces con un hilo contra una periodista que había criticado el diseño de personajes femeninos en un juego:
[Anon45]: otra vez estos asnos diciendo que un juego es sexista que hagan el suyo los cabrones
[Cobalt]: en vez de jugar buscan educarnos
[vm_dark]: no soportan que exista un mundo donde cada uno pueda ser quien es
Cuando el clima político de Stanford empezó a cerrarse todavía más, con un alud de correcciones lingüísticas sin tregua, acusaciones anónimas, asambleas feministas en cada clase y nuevos artículos rechazados por no ser políticamente correctos, VM se dio cuenta de que los foros eran su auténtica universidad.