La República 2 #4
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Lo habían borrado. Así era como Stanford resolvía sus problemas.

Una tarde de bochorno, Igne lo distinguió a lo lejos. Él no le devolvió la mirada. O la miró sin mirarla. Su gesto era difícil de interpretar.

A la mañana siguiente, encontró un volante en la biblioteca: «Solidaridad con las sobrevivientes de acoso académico».

El escándalo creció sin que nadie pronunciara su nombre. Aunque todos lo conocían.

Los grupos feministas activaron sus mecanismos. Volantes, reuniones, mensajes públicos, caricaturas. Igne decidió acudir a una de sus reuniones.

—Yo no soy víctima de nada —les dijo cuando al fin la dejaron hablar.

Silencio.

—Sabemos lo difícil que es, compañera.

—No para mí.

—No tienes que minimizar lo que te pasó. Es un mecanismo de defensa.

Una de ellas le puso la mano sobre el hombro.

—No estás sola.

Igne se apartó.

—Todo fue consensuado. Entre dos adultos.

Otra estudiante la encaró fingiendo timidez.

—A veces no reconocemos el abuso cuando estamos dentro, compañera.

—Yo no soy ninguna víctima. Sé lo que quiero.

Otra chica intervino:

—El heteropatriarcado…

—Me importa una mierda el heteropatriarcado —estalló Igne y azotó la puerta.

Esa noche, la página del Departamento explotó. Capturas de pantalla y abstrusas citas académicas.

Alguien escribió: «Traidora».

Igne leyó el mensaje y apagó el teléfono. No volvió a encenderlo en toda la noche.

Los compañeros de clase dejaban una silla vacía a su lado y los profesores la evitaban al salir de clase.

Llamó a casa. Su padre la escuchó, carraspeando. Su madre le habló de transferencias y le recomendó no tomar una decisión precipitada.

Intentó volver al laboratorio, su proyecto seguía allí. Las líneas de código, los modelos: todo funcionaba.

Se sentó frente a la pantalla. Tecleó una línea. La borró. Tecleó otra. La borró también. Por primera vez en su vida, no sabía qué hacer.

El sistema había fallado. La parte humana.

Y no tenía forma de reinicializarlo.

Esa noche caminó por el campus vacío. Admiró las luces de los dormitorios, ese entorno del que ya no formaba parte.

Volvió a su cuarto y abrió la laptop .

Buscando cualquier cosa que no fuera Stanford, encontró el anuncio.

«Becas Thiel. Para quienes creen que la universidad no es suficiente».

Cien mil dólares por abandonar Stanford para construir algo real.

Abrió el formulario y lo llenó en menos de una hora. No les informó a sus padres.

Presionó submit .

Y esperó.

2.8

Durante su adolescencia, VM apenas existió fuera del sótano.

La casa seguía crujiendo a cada paso, hundiéndose con el deterioro del padre, aunque este ya no representara ningún peligro para él.

Victor evitaba el resto de las habitaciones, prefería el subsuelo, el aire rancio, la iluminación inestable, el zumbido eléctrico que no se detenía jamás.

Pasaba allí días enteros, conectado a foros y videojuegos, moviendo frenéticamente los dedos con una irritación que se había convertido en su única forma de ejercicio.

El mundo exterior se había vuelto insoportable, la gente hablaba demasiado, cualquier roce lo sacaba de quicio, cualquier comentario desataba una rabia que solo retenía porque no tenía dónde expulsarla, salvo en los foros.

Allí repartía insultos y majaderías por doquier.

Allí era alguien. O, mejor, varias versiones de uno mismo.

De pronto, Leo empezó a espaciar sus visitas.

Había empezado a salir con una chica huesuda y alborotada: botas militares, labios y párpados entintados de negro, ceño agresivo, látex encima del látex.

A VM le producía una incomodidad sin nombre, aunque no lo decía en voz alta.

Solo padecía esa herida, como si alguien le hubiera arrebatado un territorio que creía suyo.

Cuando se juntaban los tres, ella lo exasperaba: hablaba de política, como si el mundo físico tuviera algún sentido.

Mientras Klein la admiraba, VM fingía indiferencia.

Una mañana se tropezó con el cuerpo junto al sillón.

Era de madrugada y había ido a buscar agua.

El vaso roto, el torso aún tibio. Se quedó mirando a su padre, tratando de identificar su rostro: nada.

Una muerte vulgar, apenas un adulto que no había logrado mantenerse con vida.

No lloró. Llamó a emergencias, respondió unas cuantas preguntas, limpió lo que pudo y almacenó la ajada ropa del padre.

El silencio que quedó después de que se lo llevaron fue más profundo que cualquier duelo.

Dos semanas después del entierro, había empezado los cursos en el Harrisburg Area Community College y lo vio en la televisión del comedor universitario: las imágenes se repetían en loop . Le pareció una animación rudimentaria, como si un videojuego hubiese cambiado de reglas a mitad de la partida.

De pronto, sintió un fervor patriótico, como si, por primera vez, el mundo físico requiriera de él.

[redstate_rider]: alguien tiene que pagar

[yankee_fury]: cuántos más tienen que morir para que despierten?

[iron_ghost]: esto es la guerra, pendejos

[vm_dark]: entonces peleemos!!!!

VM escribió esa última frase sin medir las consecuencias, la rabia le subía por las venas.

Ese estado febril, inflamado, no lo abandonó hasta que decidió enlistarse.

Cuando se lo contó a Klein, su amigo abandonó a su noviecita punk para seguirlo.

Aliquippa quedó atrás y los dos empezaron un entrenamiento en un cuartel cercano que hedía a sudor y mierda.

A VM le costaba distinguir a los demás reclutas: todos le parecían NPC intercambiables.

Cuando los enviaron a su destino, el mundo volvió a perder cualquier pretensión de realidad.

Para VM, Afganistán era un mapa mal renderizado, una secuencia de escenarios repetidos: montañas de un violeta improbable, cielos demasiado nítidos, aldeas prefabricadas, polígonos de un videojuego de los ochenta.

No lograba sentir la fuerza de lo real porque cada detalle le recordaba las sombras de Counter-Strike o los desiertos de Delta Force .

Incluso el aire caliente y seco tenía algo falso, como si la atmósfera hubiera sido generada por un motor gráfico.

Después de semanas de entrenamiento en Fort Drum, un lugar donde el frío quebraba los huesos, los destinaron a la 10.

ª División de Montaña, al lado de otro grupo de jóvenes sin futuro.

«Climb to Glory», el lema de la división, a VM le sonó como un mal chiste.

A principios de 2002, los enviaron más al este, a las laderas del valle de Shahi Kot, donde en teoría algunas células de Al Qaeda se pertrechaban en cuevas inaccesibles.

Dormían poco y comían peor, mientras que los visores nocturnos teñían el paisaje de un verde irreal.

Los oficiales querían que la Operación Anaconda fuera una maniobra corta y precisa; al final, culminó en un desastre: los convoyes avanzaban sobre caminos imposibles y el enemigo no se distinguía hasta que era demasiado tarde.

Una mañana, mientras iban por un sendero al borde de un acantilado, Leo le susurró al oído:

—Dime que esto no es un puto videojuego.

—La única diferencia es que aquí no hay respawn .

Klein soltó una carcajada, aun sin encontrarle la gracia al chiste.

—El problema es que disponemos de tantos datos que es como si no tuviéramos ninguno —le señaló VM—. Seguimos sin tener idea de dónde diablos está el enemigo.

Afganistán se volvió un presente detenido: el mismo calor durante el día, el mismo frío en la madrugada, las mismas rutas intransitables, las mismas explosiones a la distancia, las mismas historias contadas por soldados que ya solo soñaban con escapar de allí.

Cuando por primera vez vio morir a un talibán, no sintió náusea ni culpa; el cuerpo cayó con un ángulo que jamás se habría permitido en un videojuego.

Se acercó: la sangre lucía demasiado oscura.

La parte de él que había vivido su adolescencia en aquel sótano frente a la pantalla de luz azul esperaba un mensaje en el aire: Enemy Down . O un contador. Nada: solo un cuerpo.

Los días se volvieron semanas y al cabo meses.

Klein intentaba hacer comentarios ingeniosos sobre el olor del pan, las voces de los niños que jugaban a lo lejos, esos mínimos fragmentos de humanidad que algunos soldados coleccionaban para no enloquecer.

VM los oía sin oírlos, como quien percibe el zumbido del aire acondicionado.

La explosión fue anodina: un estallido seco de luz y polvo.

Sintió un ardor en la pierna. Lo primero que pensó fue en la magnitud del impacto, en el ángulo y la trayectoria de las esquirlas.

El cabo Willis le gritaba. Klein agarró a su amigo del chaleco y lo arrastró tras un muro de piedra.

VM parpadeaba, intentando calcular cuántos puntos habría perdido.

Cuando al fin consiguieron evacuarlo, Klein se quedó atrás, cumpliendo con su batallón.

VM lo vio alejarse entre nubes de polvo y sintió un hueco imposible de llenar. Un nivel había terminado.

Regresó a Aliquippa tres semanas después, con una herida en el muslo y una inmensa cicatriz en la cabeza. Había disparado contra hombres que no conocía y había visto morir a compañeros cuyo nombre no recordaba. Había jugado a sobrevivir y lo había conseguido. Pero nada tenía explicación.

En el pueblo lo recibieron con indiferencia y lástima: el país celebraba a sus héroes y luego los abandonaba a su suerte. Las calles parecían más rotas que antes, como si también hubieran sido bombardeadas. Para colmo, cuando también regresó, Leo se fue a vivir con su novia punk .