2 #3
Le propuso un nuevo problema, un grafo dirigido. Le dijo que no cuadraba y ella apenas tardó en señalarle el error.
Edward la miró. En sus ojos había rendición.
Comenzaron a verse más seguido. Pronto quedó claro que no solo para trazar nuevos algoritmos.
Surgió entre ellos una tensión perfecta, como el inicio de una elegante demostración.
Él empezó a hacerle preguntas que nada tenían que ver con su materia. Ella le respondía, sin miedo, con la verdad.
Edward dudaba; ella no.
Quedaban en su oficina. Luego, paseaban por el campus, bajo las palmeras. Surgieron silencios incómodos, líneas en blanco.
Una tarde, frente al Memorial Court, Warren se detuvo. Parecía retroceder y avanzar al mismo tiempo.
Luchaba contra el deseo de una forma tan humana.
Le confesó que estaba casado. Solo expuso el problema, esperando que ella lo resolviera.
Igne no movió ni un músculo. Percibió que él temblaba, y ese temblor le gustó. Edward esperaba que retrocediera; ella no lo hizo.
La llevó a un motel cercano, la única respuesta a la ecuación.
En esa habitación anónima, sus cuerpos adquirían una lógica que escapaba a los algoritmos.
Igne observaba el sexo de Edward con curiosidad.
Cuando él la tocaba, lo hacía como si buscara el siguiente paso en una fórmula que ella conocía de memoria.
Igne, en cambio, no dudaba en señalar sus defectos. El sistema tenía siempre más variables de las que Edward lograba proponer.
En sus pieles se producía una suave iteración: avanzar, corregir, avanzar otra vez. Un flujo semejante a un proceso de optimización.
Al final, él le murmuraba frases cortas al oído. A ella le parecían ridículas, pero aun así no dejaba de anotarlas en sus cuadernos.
2.6
En la secundaria, el camino de VM lo seguía llevando al mismo punto: la humillación.
Sus compañeros ya no lo sometían a un acoso espectacular, con golpes diarios o rituales sangrientos, al estilo de esas películas gore que aún no había visto y luego terminarían por fascinarlo.
Sufría, en cambio, un abuso más corrosivo: un pequeño empellón en los vestidores o la risa ahogada cada vez que pasaba frente a los casilleros.
Sobrevivir al abuso se convirtió en una rutina cotidiana.
Cada vez que regresaba a casa después de un castigo, el padre alzaba la vista.
Tomaba un trago tras otro y bufaba como una bestia enferma.
Aquello era peor que una reprimenda o un azote.
VM se apresuraba a bajar al sótano: al menos la pantalla no cambiaba de humor.
Mortal Kombat o Quake , los videojuegos que Leo conseguía por rutas misteriosas eran su único refugio.
Había días en que pasaba doce o trece horas sin salir a la superficie, con la mente y los dedos fatigados, sintiendo que el tiempo real se ponía en pausa.
A los catorce, la escuela se volvió un campo minado.
Las chicas continuaban ignorándolo y él apenas se atrevía a hablarles.
Aquel desdén confirmaba que el mundo físico, con sus movimientos impredecibles y sus códigos sociales, no era para él.
Las mujeres eran criaturas inalcanzables, abstracciones que jamás podría asir.
Leo, en cambio, esta ba siempre allí. Aparecía en la puerta del sótano sin anunciarse, se dejaba caer en la vieja silla plegadiza y lo observaba jugar como si fuera un campeón del mundo.
Se reían de chistes que no eran graciosos, discutían sobre armas, mapas y niveles secretos mientras el resto del universo se desentendía de ellos.
Sus rodillas se rozaban sin intención, pero ninguno se hacía a un lado.
Leo se acercaba mucho a la pantalla y VM sentía una especie de calor en la nuca, una electricidad que no se parecía a nada conocido, algo que no encontraba ni siquiera en los videojuegos.
Nunca hablaron de ello. Solo Leo lo trataba con respeto en aquellas interminables tardes frente a la pantalla.
¿Pensaba en su amigo más de la cuenta? Si Aliquippa fuera presa de una invasión alienígena, estaba seguro de que los dos se las arreglarían para sobrevivir.
Victor descubrió los nuevos foros de Internet en esa época.
Primero, pequeños BBS locales donde los mensajes tardaban horas en cargar y los participantes firmaban con nombres ridículos.
Más tarde, grupos de Usenet, como alt.flame o alt.games.doom, llenos de discusiones que nadie moderaba.
Allí, cada frase era un golpe al hígado.
También entró en canales de IRC, donde un sinfín de desconocidos vociferaba detrás de sus pantallas.
En ellos fue encontrando una nueva voz, desprovista de miedo y de pudor.
En uno de esos canales de IRC, #doom_players, un intercambio llamó su atención:
[ironjaw]: lol mira al nuevo pregunta cómo abrir la consola
[hexbyte]: jajajajaja bro vuelve al SNES
[fragme]: quién carajos entra aquí sin saber nada??
[ironjaw]: tu mamá te dejó conectarte, niñita?
[the_newbie]: solo pregunté…
[hexbyte]: callen a ese tarado
[fragme]: /expulsar the_newbie
the_newbie ha sido expulsado del canal
VM sintió una satisfacción que nunca se había permitido.
Por primera vez, podía ser testigo de las humillaciones en vez de ser la víctima.
Y aunque aquella furia verbal no dejara de inquietarlo, una fuerza todavía más profunda vibraba en su interior: a partir de ahora ya no sería el empujado, el ignorado, el señalado, el acosado.
En ese canal lleno de extraños, descubrió que el anonimato era un escudo y una espada.
La ocasión de ponerlo a prueba llegó antes de lo esperado.
Otra noche, en #midnight_doom, descubrió un ambiente aún más retorcido: habían expulsado a un usuario por equivocarse de comando y las burlas centelleaban. Esta vez, VM no se contuvo:
[razorbyte]: quién fue el imbécil que dejó el server laggeado?
[noise]: el mismo tarado de siempre
[collapse]: acepten que algunos nacieron sin cerebro
[vm_aliq]: si necesitan uno yo se lo presto hijos de puta
Tras una pausa, alguien le respondió:
[razorbyte]: ah mira el nuevo tiene dientes
[noise]: jajajajaja este sí me hizo reír
[collapse]: bien vm_aliq bien
VM no sabía que podía escribir así. No intuía que las palabras podían golpear con tanta contundencia y que podía pronunciarlas sin recibir un mazazo de vuelta.
Nadie se rio en su cara, nadie le pidió que se excusara.
Contempló con gusto la reacción que había provocado, una aprobación inmediata, casi unánime:
[vm_aliq]: si van a insultar al menos háganlo bien animales
Más risas. Luego, un mensaje privado de uno de los participantes:
[collapse vm_aliq]: buena entrada quédate
Esa noche, mientras apagaba la computadora, VM sintió que una cuerda se tensaba, dándole acceso a una parte de sí mismo que había mantenido oculta.
Podía atacar sin ser visto y herir sin exponerse.
Esa misma semana cambió su alias: vm_aliq sonaba demasiado débil.
Probó otras variantes, ironwolf, deadkey, hex_riot, pero al final eligió vm_dark: un nombre de superhéroe.
O de supervillano. Desde que envió su primer mensaje, numerosos usuarios comenzaron a imitar sus frases cortas y agudas.
Otros le pedían su opinión antes de atacar, como si fuera el árbitro de ese juego sin reglas.
Incluso recibió un mensaje privado de un veterano:
[nullroute vm_dark]: buena puntería no muchos entran así
En la escuela jamás habría recibido ese gesto de amabilidad.
Aquí, cada participación suya ganaba resonancia.
Sin quererlo, a su alrededor empezó a formarse un círculo.
Cada vez más usuarios repetían sus frases, celebraban sus desplantes, festejaban su temeridad y le enviaban links , memes, opiniones y archivos.
Un casi-grupo. Una diminuta comunidad que aún no tenía nombre pero que ya orbitaba en torno a él.
Su carisma digital tomaba forma: vm_dark ahora no solo participaba, también dirigía. Y paladeaba ese poder.
Comenzó a experimentar. Un día escribía como un jugador muy seguro de sí mismo y al siguiente como un viejo sarcástico.
Disfrutaba de una libertad sin consecuencias.
En los foros podía existir de un modo que era imposible en la escuela o con su padre.
Podía exagerar su rabia o su ingenio, desaparecer y reaparecer con una nueva identidad, lastimar y recibir aplausos por ello.
Poco a poco entendió que el verdadero poder no tiene un solo rostro: el anonimato le permitía multiplicarse.
Así, mientras Aliquippa se volvía cada vez más siniestra, su universo digital brillaba como una supernova.
Afuera, la vida continuaba con su misma brutalidad; adentro, aquella brutalidad era suya.
2.7
El proyecto de Igne asombraba incluso a los estudiantes de doctorado.
Era un clasificador bayesiano. Un modelo híbrido que predecía rutas y detectaba anomalías.
Trabajaba siempre a solas, se saltaba los cursos y tomaba seminarios de posgrado, ajena a los esfuerzos de sus compañeros.
Mientras programaba sin descanso, incluso los profesores la observaban con cierta prevención.
Fue entonces cuando llegó la denuncia. Anónima, breve.
«El profesor Edward Warren mantiene una relación inapropiada con la estudiante Igne Kayris».
No entendió por qué sonaba tan grave. Para ella, no había nada inapropiado: el suyo era un acuerdo entre dos mentes libres.
La investigación comenzó sin dilación.
Primero una entrevista.
Luego otra.
Las representantes de Título IX le hablaban con vagos términos administrativos. Coerción, asimetría.
Igne trataba de responder con hechos, no con emociones.
Las funcionarias intercambiaban miradas. Igne reconoció el patrón: la habían reclasificado. Ya no era una persona, era un caso.
Se marchó sin añadir nada más. Ellas se quedaron hablando entre sí, moviendo la cabeza con desaprobación.
Warren desapareció del campus. Un día estaba; al siguiente, un par de empleados habían vaciado su despacho.