La República 2 #2
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Fíjense en su método.

Hagan lo mismo que ella y aprendan.

Igne no entendía por qué la gente necesitaba ejemplos, a ella le bastaba con visualizar un problema y resolverlo, sin pensar en los demás.

Ese año hubo competencias regionales; luego vinieron las estatales.

Los salones se llenaron de niños nerviosos. Todos usaban playeras con los logos de sus escuelas. Ella solo llevaba una pequeña libreta con la espiral doblada y los códigos escritos a lápiz.

Ganó.

Ganó otra vez.

Y otra más.

El maestro se entusiasmaba; sus compañeros también. Igne solo veía los errores que luego se dedicaba a corregir.

Un día, llegó un chico nuevo, Ethan. Tenía el cabello muy oscuro y un lunar en el ojo izquierdo.

Se sentó junto a Igne sin preguntarle. Le dijo que había oído hablar de ella y que quería que le enseñara a programar.

Igne abrió su cuaderno y siguió escribiendo, sin decirle nada.

Ethan hablaba mucho. De videojuegos. De su perro Happy. De una bicicleta que iba a arreglar. De cómo todo le parecía difícil.

Todo menos estar con ella.

Esto último se lo dijo en voz baja, sin mirarla de frente.

Igne no entendió qué quería decir, solo sintió un calor suave, como cuando la pantalla de la Compaq se encendía en la oscuridad.

Ethan la observaba de una forma rara. Ella no sabía por qué.

Un día, él tomó uno de sus cuadernos con cuidado. Y le sonrió.

—Nunca había conocido a alguien como tú —le dijo él.

Igne se lo arrebató.

Las oraciones sin lógica le resultaban muy difíciles de interpretar. Y esa no tenía ninguna, aunque le dejó un suave pálpito en el pecho.

Ella intentó describirla con números, sin éxito.

Los demás observaban a Ethan y luego a Igne. Cuchicheaban entre sí. Sugerían cosas que ella no entendía. Decían «novio», por ejemplo.

Ella no sabía qué significaba eso.

Ethan se sonrojaba nada más verla. Le llevaba refrescos y golosinas a las competencias. O la esperaba a la salida del salón.

Ella caminaba a su lado, sin pensar demasiado en él. A veces le compartía su sándwich de mantequilla de cacahuate.

Una tarde, Ethan la tomó de la mano.

Un instante tan corto que apenas existió.

A Igne le pareció curioso, como descubrir una función con un uso inesperado.

Entendió, sin entender, que los hombres podían sentir cosas por ella. Cosas que no caben en un algoritmo y obedecen a otra lógica.

Dejó que Ethan siguiera caminando a su lado, que le hablara y le sonriera. Que la mirara como si fuera una extraterrestre.

Ese año ganó otro premio.

Y otro. Y otro.

Todos la celebraban, Ethan más que nadie.

A Igne le parecía que, de repente, el mundo tenía más colores.

Por primera vez, alguien la miraba de verdad.

No estaba enamorada, pero se sentía cómoda al lado de Ethan. Lo dejaba tomarla de la mano. Y le compartía su sándwich.

Y sentía ese pálpito que por primera vez no provenía de los números.

Ethan duró hasta el verano siguiente.

Igne no entendió por qué él la abandonó.

Había hecho todo lo que debía. Hasta le permitía besarla.

—Es como si nunca estuvieras aquí —le dijo él.

Igne no supo cómo reaccionar. Ella sí estaba allí, física y mentalmente. ¿Qué más necesitaba?

Cuando Ethan se fue, no lloró, solo sintió una especie de frustración. Aunque había realizado el experimento de manera correcta, al final algo había fallado.

No entendía qué.

Esa noche volvió a su Compaq.

Teddy no le reclamaba nada.

2.4

Aliquippa se desmoronaba como si cada año perdiera otra capa y nadie se molestara en recoger los pedazos.

En los setenta y ochenta, Jones & Laughlin Steel, el corazón del pueblo, la razón de su existencia, había cerrado varios turnos y luego departamentos completos, hasta convertirse en un esqueleto.

Las calles alrededor de la fábrica estaban llenas de ventanas tapiadas y almacenes coronados con espectaculares con las letras caídas.

Las tiendas habían reducido sus horarios, los autobuses pasaban cada vez con menor frecuencia y los hombres permanecían apoyados contra las paredes de la tienda de abarrotes, fumando, sin hablar.

El pueblo parecía aguardar un derrumbe más grande, uno que todavía no llegaba, aunque todos lo dieran por hecho.

En la escuela seguía sin irle bien. Las niñas lo miraban con recelo, como si padeciera una enfermedad contagiosa, se reían entre ellas y él sentía que cada murmullo lo hacía más pequeño.

Los maestros lo trataban con cierta lástima, sin saber qué hacer con él.

Al volver a casa, lo único que ansiaba era bajar al sótano y hundirse en la pantalla.

En esa casa que se venía abajo en cámara lenta, Victor pasaba cada vez más tiempo en el subsuelo.

Su desastrada IBM era su mejor compañía.

Cuando Victor cumplió trece años, Leo se apareció con un módem barato, una caja rectangular con unas lucecitas verdes que parpadeaban como un árbol de Navidad.

Se lo mostró con esa combinación de orgullo y desafío con que presumía cada uno de sus descubrimientos.

Le dijo que lo conectara: con él podrían jugar con otros niños, una idea que a Victor no le hizo demasiada gracia, temeroso de convivir con una panda de desconocidos.

Enchufó los cables y escuchó el sonido del módem, un chirrido idéntico al maullido de un gato.

Cuando la sala de espera apareció en la pantalla con su rústica interfaz de líneas y símbolos, Victor sintió que había alcanzado una meta.

Leo escribió: «Este es VM».

Fue la primera vez que Victor sintió que ese era él.

Otro jugador anotó: «Bienvenido, VM».

También era la primera vez que alguien lo recibía sin hostilidad.

Leo había conseguido una copia primeriza de un juego que, según dijo, apenas circulaba en algunos foros y BBS, una versión tosca, inestable, de Doom , poblado por enemigos que parecían caricaturas mal dibujadas.

La partida comenzó. Para Victor tenía una lógica impecable: las reglas eran claras, la meta también.

Leo celebraba cada uno de sus movimientos, en tanto los otros jugadores le enviaban una catarata de mensajes llenos de abreviaturas que él no acababa de entender.

Prefería escribir poco, le bastaba con permanecer allí y admirar cómo ese universo se colmaba de sentido.

Antes de que la partida terminara, hubo un instante —una demora en el procesador— en el que Victor sintió un hueco en el estómago.

En ese cosmos pixelado y torpe había una promesa que no había recibido antes: la posibilidad de avanzar sin que nadie lo juzgara, de enfrentarse a enemigos que no lo ignoraban ni lo despreciaban.

Sintió terror y fascinación. Allí adentro, era pequeño y poderoso a la vez.

Permaneció así, sin apartar las manos del teclado, esperando pasar al siguiente nivel.

Al final, uno de los jugadores escribió: «Buen juego, VM», y la frase le pareció un premio inesperado.

Victor la conservó en la memoria con una sensación de alivio y esperanza.

Sin entender bien las razones, supo que al día siguiente iba a volver.

Y al siguiente. Y al siguiente. Ese espacio artificial se iba a convertir en un refugio más seguro que cualquier lugar que hubiera conocido en Aliquippa. No era un juego, era la vida.

2.5

En el 2000, Palo Alto recibió a Igne con su hojarasca otoñal.

Había cumplido diecisiete. A todos les parecía mucho menor, hasta que empezaba a programar.

Stanford no la sorprendió, como si aquel sitio la esperara desde hacía años. Las palmeras tenían una simetría matemática y los arcos del Main Quad, con su arenisca blanca, absorbían el dorado de la tarde.

Stanford lucía como un paisaje ideal.

Los primeros días paseaba largos ratos a solas, tomaba notas frente al Edificio Gates o dibujaba los jardines recién podados.

Su rutina se modeló sin esfuerzo: despertaba temprano, cruzaba el campus en línea recta, estudiaba una hora antes de la primera clase, comía un curry siempre en el mismo paquistaní, pasaba la tarde en la Biblioteca Green, volvía a su dormitorio a programar.

Cada noche revisaba meticulosamente el horario del día siguiente. Se dormía temprano y se despertaba sin sobresaltos.

Sentía que las cosas estaban donde debían de estar.

Desde la primera semana quedó claro que su inteligencia excedía lo normal, incluso para los parámetros de Stanford.

Mientras otros aprendían sintaxis, Igne construyó un pequeño juguete compilador capaz de traducir un subconjunto mínimo de un lenguaje, inventado por ella misma, en instrucciones simples para la máquina.

También desarrolló un script que analizaba dependencias entre tareas: un planificador primitivo, asombrosamente eficaz.

El asistente de clase se lo mostró a sus compañeros sin avisarle. Los demás la miraron con curiosidad y envidia.

Así llegó a Teoría de Algoritmos, CS 161, el corazón del programa. El profesor Edward Warren era el titular.

Edward.

Un nombre sencillo.

Su voz era lenta, metódica. Entraba directo en cada algoritmo y lo diseccionaba. Al terminar, exhibía sus entrañas.

Igne lo observaba o, más bien, lo estudiaba con atención.

La segunda semana, Warren presentó un problema de optimización. De esos que se enroscan sobre sí mismos.

Todos sus compañeros intentaron resolverlo, pero nadie lo logró.

Igne levantó la mano y propuso la ruta más corta. La explicó en tres líneas.

Warren no se sorprendió. Eso fue lo peor. O lo mejor.

Desde entonces el nombre de Igne comenzó a circular en los pasillos. La chica rara. La genio.

Ella seguía programando, sin tomar en cuenta a los demás.

Cada frase de Warren se convertía en una anotación. Y cada idea, en un nuevo proyecto.

Mientras tanto, aparecieron nuevos admiradores. Chicos amables, decentes, bienintencionados. Se enamoraban demasiado rápido.

Ella premiaba su infatuación. O al menos no los detenía.

Permitía sus coqueteos. Y cuando ya conocía sus manías de memoria, los hacía a un lado. Y dejaba entrar a algún otro.

Edward, en cambio, le resultaba impredecible.

Un día, el profesor la llamó después de clase. La forma de pronunciar su nombre la hizo trastabillar.