2
En la casa de Oakland donde Igne nació no había lugar para el silencio.
Nada más llegar, el padre se quejaba de los nuevos recortes a Medicaid y de cómo iban a dejar sin atención a miles de familias pobres.
La madre lo secundaba sin reservas.
A nadie le extrañaba la complicidad de aquella pareja. Los dos hablaban de política, de medicina, de psicoanálisis, de historia. Por horas.
Igne —he leído cada uno de sus diarios— se deslizaba en medio de aquellas voces como quien atraviesa arenas movedizas.
Las estanterías estaban atiborradas de libros. La madre los llenaba de notas en los márgenes. El padre dejaba papelitos entre las páginas con recetas o diagnósticos.
Desde muy pequeña, Igne hojeaba aquellos volúmenes con curiosidad.
Se detenía en los de ciencia ficción: más que por las naves espaciales o los robots, por el futuro. Un futuro que le hablaba directamente a ella.
La luz entraba en su cuarto desde muy temprano. Se derramaba sobre sus libretas y cuadernos.
Ella siempre los acomodaba en el mismo orden: azul, verde, rojo, negro.
Si su madre los movía, aunque fuera por accidente, ella no era capaz de hacer sus tareas de la escuela.
Sus padres confiaban en ella. Siempre que le preguntaban si necesitaba algo, ella respondía que no. Y eso bastaba.
La computadora apareció un sábado, cuando Igne tenía cinco años. Un aparato viejo, usado, que su padre había traído del hospital.
Una Compaq Deskpro.
Un modelo amarilleado en las esquinas. La pantalla era frágil, con un resplandor que parecía venir de muy lejos.
El chasis conservaba una pequeña calcomanía en la parte posterior con el número de inventario del hospital.
Igne intentaba descifrarlo mientras se cargaba la pantalla, como si aquel número pudiera revelarle algo de su vida previa.
El ventilador ronroneaba al encenderse. El zumbido la acompañaba mientras ella escribía, como si la computadora pudiera escucharla.
Las teclas, altas y gastadas, cedían bajo sus dedos con un monótono clic. Cuando Igne las pulsaba, la imagen parpadeaba en un guiño casi humano.
Un buen día, decidió ponerle nombre a su Compaq.
Teddy.
La máquina le contestó al instante, sin dudar, como si entendiera que la niña necesitaba esa exactitud.
Su primera línea de código fue muy corta. El programa debía escribir su nombre en grandes letras doradas.
Cuando se ejecutó, este apareció frente a ella.
Igne.
Miró la pantalla con azoro y algo titiló en su interior. Una emoción que yo no sé nombrar y que ella denominó «cosquilleo».
El resplandor de Teddy se convirtió en una presencia constante. Para ella, había dejado de ser un objeto.
Era un amigo que la acompañaba mientras escribía líneas de código. Levantaba la cabeza y su parpadeo la reconfortaba.
A partir de entonces, empezó a anotar nuevas ideas en sus cuadernos.
En el azul, listas de tareas; en el verde, diagramas y ecuaciones; en el rojo, esquemas y frases inconclusas; y, en el negro, proyectos concretos.
Un programa que hable con lenguaje natural.
Uno que te responda con un chiste.
Uno que imite una conversación.
Uno que te diga solo cosas bonitas.
En ocasiones, escribía el código y enseguida lo borraba. Otras, miraba la página sin mover la mano, como si buscara desentrañar un misterio.
No le inquietaba la ausencia de patrones. Sabía que al final siempre terminarían por aparecer.
A veces solo dibujaba líneas y círculos, intentando hacer un diagrama de sus pensamientos.
En la escuela hablaba de sus algoritmos sin darse cuenta de que los demás no la entendían. Sus compañeros cambiaban de tema. O se reían a su costa.
La llamaban Lisa, por el personaje de Los Simpson .
Las cosas, para ella, tenían una lógica implacable. No se hacía preguntas sobre si los demás la compartían.
Siempre se quedaba unos pasos atrás, intentando comprender. Luego, volvía con Teddy. Era más sencillo hablar con él.
Por las noches, el padre llegaba cansado del hospital. Se sentaba con ella y le preguntaba qué había programado esa tarde.
Igne le respondía, agitando las manos. Adormilado, el padre cabeceaba.
La madre le decía, desde la cocina, que la mente humana es demasiado compleja para que una máquina logre imitarla.
Igne tardaba en entender el tono de la frase. No estaba segura de si provenía del orgullo o del miedo.
La madre sonreía, cautelosa, como si no quisiera ni contradecirla ni alentarla demasiado.
Igne creía que todo tenía una causa. Una línea exacta en la que ocurrían los errores. Si algo dolía, debía poderse explicar. Y, si algo fallaba, tenía que haber una forma de arreglarlo.
Vivía así, ordenando y reordenando, confiada en que el mundo era una máquina que se podía armar y desarmar.
Ignoraba qué vendría después, incapaz de presentir que el mundo iba a volverse más grande y más dificultoso. Que algunas preguntas jamás tendrían respuesta. Y que habría días en que la pura lógica ya no le iba a servir.
No adivinaba nada de eso.
Era solo una niña frente a una pantalla en la que su nombre se multiplicaba una y otra vez.
Igne.
Igne.
Igne.
Igne.
Bajo aquella luz.
2.2
Victor Monaghan Lively tenía siete años cuando su hogar se hundió en la penumbra.
Desde la muerte de su madre, en el otoño de 1988, le parecía que su casa apestaba a óxido.
El padre caminaba sin rumbo, abría un cajón, tomaba un vaso, lo apoyaba sobre la mesa o lo dejaba caer, como si fuera un accidente, y luego se quedaba mirándolo, alelado, sin saber si levantar los vidrios rotos o si era mejor dejarlo para el día siguiente.
A veces se pinchaba el dedo adrede, como queriendo recordar su utilidad.
Victor observaba aquellas escenas sin encontrarles ningún sentido.
Un día bajó al sótano, o más bien sintió que el sótano lo llamó.
Distinguió un hedor a salitre y a colchas guardadas por demasiado tiempo.
El foco del techo titilaba. Cuando se iluminó por completo, le dejó ver una mesa donde la computadora, una IBM PC XT un tanto vencida por los años, dormitaba en silencio.
Victor presionó un botón y la pantalla tardó en encenderse, como si se negara, hasta que apareció un azul helado.
Se quedó mirándolo: aquella luz lo consoló.
Los videojuegos llegaron muy poco después.
Abrió una carpeta y una nave espacial se deslizó en medio de densos bloques de color.
Otras veces surgía un gato pixelado, en Alley Cat , o un personaje sin rostro que avanzaba por un pasillo interminable.
Cuando apretó una tecla y la nave respondió con un tosco clon de Galaga , el cuerpo de Victor dio un respingo.
No conocía las reglas, pero el juego aceptaba sus errores; podía perder y empezar de nuevo, tantas veces como quisiera.
Entre los ocho y los nueve, encontró la música en la radio que el padre dejaba encendida por descuido.
De su estropeada bocina surgían bajos insondables, tambores y guitarras distorsionadas: AC/DC, Judas Priest o Scorpions sonaban como si el mundo fuera a estallar.
Victor subía el volumen, la mesa del comedor vibraba y el padre la golpeaba con la palma abierta.
Cuando la tensión se volvía insoportable, lo bajaba un poco, a tiempo para evitar la tormenta.
Con los audífonos que luego le rega ló un vecino, se acostaba en el suelo y dejaba que «Highway to Hell» le llenara el pecho, que «Breaking the Law» marcara su pulso o que «Rock You Like a Hurricane» lo envolviera con una furia que no sabía provocar por sí mismo.
En la escuela, el mundo le resultaba todavía más hostil.
Los demás niños hablaban demasiado rápido, cambiaban de tema sin cesar, le jalaban el pelo, le daban pellizcos sin razón.
A los nueve comenzaron las peleas. Aunque él no las buscaba, tampoco sabía evitarlas.
Solo ocurrían: alguien lo empujaba; él aguantaba.
Otro empellón; él resistía. Hasta que no podía más.
Casi a diario terminaba en la dirección.
Se sentaba allí, mirando un punto fijo, sin saber qué decir, pensando en sus videojuegos o en su música.
En aquel sótano donde las reglas eran más justas.
A los once, apareció Leo Klein. En una pelea, por supuesto: una disputa torpe, sin gloria.
Al acabar los dos se sentaron en el suelo, respirando con dificultad, con los brazos llenos de moretones, sin decirse nada.
De repente, Leo se rio y Victor no se pudo contener.
Se quedaron allí quietos, agotados, firmando una especie de acuerdo.
Poco después, su nuevo amigo empezó a llamarlo VM.
Solo aquellas iniciales: un nombre más corto, más sencillo.
Al lado de Leo, los videojuegos dejaron de ser un pasatiempo y se transformaron en un universo donde las normas estaban siempre en su sitio y los errores eran perdonados.
El mundo era igual de duro, pero al menos se volvía un poco más predecible.
Victor pasaba largas horas frente a la pantalla, intentando dar un salto perfecto en Prince of Persia o repitiendo niveles de Commander Keen , siempre con los bajos y los tambores rugiendo en sus oídos.
Así, mientras la casa proseguía su lenta destrucción y su padre continuaba siendo una sombra, Victor encontraba su ruta en aquel sótano, frente a una vieja computadora, con un amigo que jamás lo iba a traicionar.
2.3
El club de programación se reunía los jueves en un pequeño salón recién inaugurado. Al cumplir ocho años, Igne se inscribió de inmediato.
Pasó la vista sobre las mesas y las máquinas. Los otros niños hablaban muy rápido, moviendo cables y comparando sus teclados.
No los saludó, pero el maestro le preguntó su nombre.
Igne Kayris.
Él asintió, como si aquel extraño nombre lo explicara todo.
Después de diez minutos, se dio cuenta de que todos la miraban porque escribía sin parar.
Sus compañeros competían para ver cuál de sus máquinas resolvía primero un acertijo matemático.
Igne era siempre la mejor.
En vez de celebrarlo, intentaba solucionar el siguiente. El maestro empezó a usarla de modelo.
Observen cómo lo hace.