La República 1 #7
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1.19

Cuando a la mañana siguiente te precipitas de nuevo en la sala técnica de Cawdor Systems, las pantallas brillan con un resplandor que parece venir de otro planeta. Aunque no ha dormido nada, Igne sigue alerta.

Klein te trae un café negro que te quema el esófago.

—Nick, proyecta el esquema completo —me ordena tu esposa.

En la pantalla trazo el primer esquema.

—Reorganización institucional acelerada —recita ella—. Fase uno, caos controlado. No lo provocamos, solo lo dejaremos crecer donde ya existe.

Te muestro los datos concretos: tres semanas de disturbios en distintos puntos del país a cargo de nuestras milicias: nodos desde los que irradiarán la violencia y la incertidumbre. Georgia, Alabama, Tennessee, Virginia del Oeste, Florida, Ohio y, por supuesto, Pensilvania.

—Fase dos, los gobernadores.

Te presento el mapa estado por estado en tanto Igne describe la mecánica de cada uno como si recitara un poema: cada gobernador emite una solicitud pública de intervención federal extraordinaria.

—Fase tres, parálisis constitucional.

Te muestro cómo se saturarán el Congreso y el Senado: mociones, subcomisiones, investigaciones paralelas, recursos contradictorios. La Suprema Corte recibirá un alud de demandas incompatibles, todas críticas y todas imposibles de resolver a tiempo.

—Fase cuatro, mando único.

Publicación de la carta conjunta de gobernadores y senadores: un texto cuidado, pulcro, donde no se usará la palabra «emergencia» más que una vez. En resumen, exigirá la creación de una figura temporal capaz de recuperar el orden y la paz interna.

—Fase cinco, coordinación, a través de Thiel, con el entorno empresarial y tecnológico.

Despliego las capacidades que estarán asociadas con tu nuevo cargo: control operativo de la Guardia Nacional, supervisión efectiva de las agencias federales, capacidad de emitir órdenes ejecutivas, interlocución única con el mando militar. Nada que viole la ley.

—Por último, Nick se encargará de que cualquier resistencia sea desactivada.

—¿Y después? —preguntas.

Igne te mira.

—Después, América será tuya.

Registro la caída de tu tensión muscular: tus hombros, por primera vez en varios días, descienden un centímetro.

—¿Probabilidades de éxito? —me exiges.

—81.3 por ciento.

La cifra no te apacigua del todo, pero tu respiración se vuelve más regular. Cuando piensas que la reunión ha terminado, Igne te detiene.

—Nick ya ha activado la fase preliminar del asalto a la prisión de Arizona.

—¿Cómo dices?

—Cinco mil videos y tres mil páginas web de supuestos militantes antifascistas. Informes policiales que parecen filtraciones. Primeras señales para sembrar la idea de un cerco inminente.

—Yo no he ordenado eso.

—No hacía falta.

En las pantallas aparecen fragmentos del simulacro: sombras en torno a la prisión de Arizona, una descarga, ráfagas de humo, gritos entrecortados, el repentino estallido de una consola, la oscuridad total. Nada ha sucedido y todo empieza a suceder.

—¿Ya salió? —le preguntas a tu esposa.

—Todo está en marcha.

Igne te sostiene la mirada con una quietud sobrehumana.

—Si en verdad buscas salvar al país, tienes que permitir que el último cabo se corte solo.

Tú cierras los ojos un instante.

— ¿Y si me niego?

—No lo harás.

—¿Cómo puedes estar tan segura?

Tu ritmo cardíaco vuelve a superar su récord.

—Porque te he visto imaginarlo. Solo hace falta que lo digas. Una sola palabra, amor mío. Una sola.

1.20

Sobre la mitad del mundo la naturaleza te parece muerta; te cuesta distinguir si tu soledad es auténtica o si permaneces rodeado de fantasmas.

De pronto tienes la impresión de que algo se desplaza en la penumbra, o quizá solo sea la forma que adopta el pensamiento humano cuando se transmuta en amenaza.

Tus manos, inquietas, rebuscan en los bolsillos, palpan la mesa, el borde del sillón, los muros.

Tal vez piensas en Igne, porque no consigues imaginar el futuro sin ella.

Alguna vez me lo contaste: aquella tarde, en otra vida, cuando no habían pasado ni dos semanas juntos, las pantallas titilaban con datos que creías dominar mientras tu voz explicaba un escenario que te parecía definitivo.

De inmediato sus dedos señalaron el único punto donde tu razonamiento flaqueaba, mirándote con una dulzura que solo buscaba anticiparte, tu mente convertida en un territorio que había cartografiado al detalle.

Te acercas al espejo sin buscarte, pero de cualquier manera apareces allí, duplicado, deforme.

¿En qué piensas, VM? ¿En esa otra tarde?

Él estaba frente a ti con esa sonrisa llena de grandeza y esa manera de pronunciar tu nombre como si lo paladeara.

Frente a la multitud enardecida no solo te ofreció su respaldo político, sino una llave.

Sabes que Thiel estuvo detrás de su apuesta: en esa época, cada movimiento llevaba la firma de quien conocía mucho mejor que tú los entresijos del poder.

Tú apenas estabas aprendiendo a mover los engranajes y dejaste que te apadrinara porque medrar ya te resultaba irresistible.

Sin Trump jamás te habrías convertido en congresista ni, más tarde, en senador; le debes tu carrera y tu destino.

Tu sombra se alarga en la pared y un áspero crujido, en el techo o las ventanas, te provoca un sobresalto.

¿En qué piensas, VM? No puedo dejar de preguntármelo.

¿Evalúas qué harás con la herencia que a la postre se resistió a concederte?

No creo que pienses en él con odio ni rencor, si acaso con dolor anticipado.

Tampoco te mueve, lo sé, la ambición desnuda.

Te anima una fuerza más básica, más fría: la intuición de que su existencia —o su voz, o lo que resta de su voz— ya no cabe en el mundo que Igne y tú están a punto de alumbrar.

Acaso reconoces que tú tampoco encajarás en él mientras Trump permanezca como una pieza suelta.

Igne no te dio una orden, jamás lo habría hecho, solo sacó a la luz una pulsión que ya vibraba en tu interior.

En vez de empujarte, te reveló quién eras en verdad.

Luego, te guio por el camino que debías seguir y te señaló el instrumento que debías utilizar.

El vaivén en tu pecho se amortigua. De pronto, te vuelves hacia la oscuridad, sabiendo que te escucho aun si no tengo rostro ni cuerpo.

— Elimínalo.