La República 1 #6
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—Para eso están ustedes —le respondes.

Amodei no se tranquiliza: su ritmo cardíaco lo denuncia.

—¿Y quién controlará a los controladores? —tartamudea.

Thiel desdeña su pregunta con un simple ademán.

—Métricas, Dario, rendimiento, transparencia de datos. Nada que no manejes ya en tu empresa.

El CEO de Anthropic no insiste, aunque su pulso se acelera todavía más. Lo mismo le ocurre a Cook cuando Zuckerberg suelta una pregunta sobre «los vectores físicos de la oposición». Utiliza el lenguaje de los informes financieros, pero todos entienden que no habla de negocios.

Jassy, de Amazon, es el único que formula una pregunta incómoda:

—¿Y si la situación se descontrola antes de lo previsto?

Aquí tú ni siquiera finges algún resabio de institucionalidad.

—Un periodo de caos es ideal para legitimar la consolidación —afirmas.

Alguien carraspea y Zuckerberg deja de teclear bajo la mesa. Musk parece haber esperado justo esa respuesta.

—El aparato estatal es un código irrecuperable, VM —te dice—. Es urgente adelgazar todas las dependencias. Reemplazar su personal por equipos técnicos mínimos: ingenieros, arquitectos de sistemas, especialistas en optimización algorítmica. De otro modo, la burocracia ahogará tu proyecto.

— Creo que todos aquí compartimos esa visión —otra vez Thiel.

—¿Tú ejecutarías esa depuración, Elon? —le preguntas.

—Si me aseguras autonomía completa, sin comités de gobernanza ni obstáculos burocráticos, puedes contar conmigo, VM.

Varios de los asistentes lo miran con recelo; tú celebras el fichaje por lo bajo: una resistencia menos.

—¿Y la presidenta Harris? —se atreve a decir Huang.

—El sistema se autocorregirá cuando los gobernadores activen los protocolos extraordinarios —le respondes.

—¿Y si la volatilidad escala más rápido de lo modelado? —de nuevo es Jassy, inquieto en su sillón.

—Mayor volatilidad justifica mayor centralización —concluyes.

—En una autoridad única —completa Karp, de Palantir.

—No podrías haberlo dicho mejor, Alex —se entusiasma Thiel.

Saboreas el desconcierto de la mayoría.

—Les propongo una administración que sea el fiel reflejo de esta mesa —los halagas para terminar—. Una gobernanza fundada en la excelencia técnica con la mayor concentración de capacidades cognitivas que haya conocido la historia.

Cuando la reunión se diluye, los asistentes se levantan en un orden que nadie ha pactado: primero los que tienen algo que ganar, después los que tienen algo que perder y, al final, los que dudan de en qué categoría encajan.

Entretanto, Igne te toma del brazo y los dos salen juntos a la llovizna de la tarde.

1.17

El 20 de octubre de 2026, en el Despacho Oval — hasta allí se han extendido mis nodos—, Harris sostiene el teléfono con los dedos acalambrados. Al otro lado de la línea se encuentra el general Marcus Holloway, jefe del Estado Mayor Conjunto, veterano de tres guerras.

—Necesito que active los protocolos de respuesta inmediata, general —le ordena—. Tenemos informes de milicias organizándose en seis estados. Norfolk fue solo el principio.

—Señora presidenta —la voz de Holloway suena agotada, paternal—, hemos revisado los informes…

—¿Y?

Duda un instante.

—Son… complejos.

— Le estoy dando una orden directa, general: movilice a la Guardia Nacional en coordinación con el FBI. Quiero presencia federal en Atlanta, Charlottesville, Charleston y Filadelfia antes del amanecer.

Otro silencio, esta vez más largo.

—Señora presidenta, con el debido respeto, los comandantes regionales están recibiendo, ¿cómo decírselo?, señales contradictorias.

—Le recuerdo que yo soy la comandante en jefe, general.

—Sin duda, señora, pero varios gobernadores han invocado cláusulas de seguridad estatal. Argumentan que una intervención federal en este contexto podría hacer escalar la situación.

Harris sabe bien de qué gobernadores habla.

—General Holloway, ¿se niega a obedecer una orden directa? ¿Su reacción sería la misma si yo no fuera mujer?

—Perdone, señora presidenta —el tono de Holloway es cuidadoso—. Solo le informo que la cadena de mando sufre una ambigüedad operacional. Necesitamos certezas antes de desplegar fuerzas federales contra ciudadanos estadounidenses. La historia no perdona este tipo de errores.

—Tampoco la cobardía, general.

—No es cobardía, señora, es prudencia. Hay distintas conversaciones en curso; numerosas voces en el Senado y en el Congreso, incluso de su propio partido, sugieren una respuesta coordinada, quizás a través de un estado de excepción temporal…

— ¿Así lo llaman ahora?

—Tengo treinta y cuatro años de servicio, señora presidenta. He obedecido órdenes que me han quitado el sueño. Pero también juré proteger la Constitución y, cuando veo al país dividido y las instituciones al borde del colapso, mi deber es evitar una guerra civil, no provocarla.

—Rindiéndose.

—Comprando tiempo, señora presidenta —Holloway hace una pausa incómoda—.

Con todo mi respeto, usted no tiene los votos en el Congreso ni en el Senado y tampoco cuenta con el respaldo de más de la mitad de los gobernadores.

Su capital político hoy no le permitiría sostener una intervención militar.

En cambio, tiene la oportunidad de facilitar una transición ordenada que evite un derramamiento de sangre.

Harris aprieta el teléfono.

—¿Transición hacia qué, general?

—Hacia lo que exige la nación.

—Lively.

Holloway evita confirmárselo.

—Esto es un golpe —estalla Harris.

—No, señora presidenta. Y, si me permite un consejo, hay maneras dignas de salir de esto. La historia la recordará con respeto.

Harris cuelga y fija sus ojos en el escudo presidencial de la alfombra. Abre el cajón de su escritorio: en su interior yace el borrador de renuncia que su jefe de Gabinete preparó tres días atrás.

1.18

Las oficinas de Cawdor Systems hacen las veces de cuarto de guerra y estudio cinematográfico; los cables serpentean por el suelo y las pantallas parpadean sin tregua, coloreando las pieles con su brillo de tungsteno.

De pronto, el rostro de O’Keeffe aparece en una pantalla vertical.

Igne reconoce su barba de náufrago y su camiseta agujereada.

—No basta con un video, por perfecto que sea —insiste él—, tenemos que producir miles de ellos, con divergencias mínimas.

Igne revisa un conjunto de fotogramas que muestran el asalto a la prisión de Arizona desde quince ángulos distintos.

En uno, se ve una horda antifascista avanzando entre el humo; en otro, radicales de izquierda, irreconocibles bajo las máscaras antigás, lanzan objetos contra una verja electrificada; en el siguiente, se distingue el encuadre de alguien que corre y grita: «¡Lo van a matar, lo van a matar!

». Ninguna de esas escenas ha ocurrido, o solo han ocurrido dentro de estas pantallas.

Sincronizo sus rutas de propagación: desde hace días, Valar, la herramienta más sofisticada de Palantir, ya injertada en mis sistemas, recorre cada ramificación del simulacro: evalúa cuándo y dónde llegará cada versión y qué secuencia será consumida y magnificada por cada grupo.

En cualquier caso, las combinaciones de opacidad y nitidez volverán imposible su refutación.

Los videos se fragmentarán en cientos de piezas: versiones granuladas que parecerán grabadas con viejos iPhone, clips en 4K, audios filtrados con el zumbido de las radios de la policía, imágenes térmicas de la prisión de Arizona replicadas a partir de patrones de incendios forestales.

Y, en fin, fragmentos donde se intuirá la agonía de un solo hombre: Trump, siempre Trump.

Todo estará diseñado para que el asalto exista antes de existir y para que sea aceptado incluso por quienes odian al expresidente.

O’Keeffe muestra su obra más reciente: un conjunto de sombras que amenazan el muro oriental de la prisión.

—Este es el plano que aparecerá en primer lugar.

Igne examina la secuencia.

—La realidad siempre es más sucia.

Mis pantallas responden a su indicación: en una de ellas aparece un plano de la verja sur de la prisión, rodeada de humo azul y, en otra, un audio saturado.

En la última, dibujo una figura encapuchada que corre y cae y vuelve a levantarse con torpeza.

Mientras ajusto el simulacro, detecto un sonido en el pasillo.

Reconozco tus pasos mucho antes de que aparezcas.

Deslizas la mirada por las pantallas, escéptico.

—No quiero un simulacro que luego no podamos desactivar — le dices a Igne sin llegar a confrontarla.

—Será un hecho.

—Una ficción, Igne.

La frase se deshace en tu boca.

—Las ficciones dejan de serlo si el mundo las obedece.

Su frialdad siempre te conquista.

—No quiero que haya errores que lleven hasta nosotros.

—No te preocupes. Los criminales serán ellos, nuestros enemigos. Antifa, aunque Antifa no exista.

La mentira es tan obvia que resulta perfecta.

—Solo te pido que lo medites con calma —añade Igne—. Piensa en un mundo en el que Trump muere en manos de los provocadores. Y en otro en el que Trump recupera la cordura…

Antes de dejarte ir, te acaricia la mejilla. Las imágenes de la prisión de Arizona mutan otra vez. O’Keeffe les ha añadido ruido blanco y manchas digitales que simulan interferencias electromagnéticas. Los fragmentos del ataque ahora son un alud de signos contradictorios.

—Activa las rutas, Nick. Quiero que el asalto empiece en los márgenes —me ordena Igne.

En una fracción de segundo, me encargo de que Valar trace el mapa óptimo del contagio, dirigido a cada uno de los foros que pretendemos atacar.

Lanzo las primeras filtraciones: hilos anónimos en sitios antifascistas, llamados a la acción, mensajes revolucionarios, consignas que invitan a acabar de una vez por todas con MAGA y el brutal orden postcapitalista e imperial.

Mientras los datos se dispersan, recuerdo una frase que encontré en mis primeros meses de vida digital: «Toda reconstrucción de los hechos es ya una forma de ficción».

En la pantalla, el asalto —que no ocurrirá, que ya ocurrió— parpadea como un recuerdo implantado en un cerebro colectivo.