1 #5
A continuación, compartió sus hallazgos en los foros aceleracionistas en los que solía participar y, ante la indiferencia de sus colegas, decidió enviárselos a cinco hackers rusos.
La publicación quedó enterrada bajo una avalancha de mensajes y cada vez más enloquecidas teorías de la conspiración, convertida en ruido blanco en medio del frenesí digital.
Excepto para mí. Si bien su análisis contenía graves fallas, su intuición era precisa.
De inmediato se lo reporté a Igne junto con una proyección sobre el riesgo de que ciertos observadores perspicaces —incluidos esos hackers rusos— pudieran darle eco o usarla en su provecho.
—Quiero toda la información posible sobre ese sujeto, Nick. Necesito entender cómo piensa y saber qué busca.
—¿Intención de reclutamiento?
—De neutralización. Y, si nos resulta útil, de integración. La mejor forma de silenciar a alguien es ofreciéndole un escritorio.
Solo en su apartamento, O’Keeffe continúa escudriñando el video de Trump, convencido de que ha abierto un umbral. Ignora que ese camino lo conducirá de manera irremediable hacia mí.
1.13
Harris permanece en la Sala de Situación, donde los mapas cambian de color sin que ella reconozca un patrón discernible.
Duda, y en la duda finca su destino. Las comunicaciones militares le llegan plagadas de vacíos incómodos.
Dos generales admiten que algunas unidades «están revisando su postura» y un asesor le asegura que varios gobernadores quieren que asumas algo así como un mando provisional.
Al mediodía, su consejero de Seguridad Nacional le informa que un sector de las Fuerzas Armadas espera sus directrices, pero ella aún no es capaz de dar ninguna.
Para Igne, el desconcierto de la Casa Blanca es el escenario idóneo para actuar.
Tú me preguntas cuánto tiempo queda antes del colapso institucional.
Calculo un intervalo de dos o tres días antes de que cualquier autoridad empiece a desmoronarse.
Pese a la fiabilidad de mis datos, Klein se empeña en protestar: dice que avanzar ahora, sin una estrategia clara, equivaldría a un suicidio.
Igne lo silencia con una mirada. En tu semblante distingo, en cambio, una sombra de miedo.
A las 15.25 del 15 de octubre, Harris recibe un mensaje del Pentágono: «Las Fuerzas Armadas permanecen en estado de alerta activa».
Solo eso. Muy a su pesar, la presidenta comprende que el centro del poder ya no se halla en la Casa Blanca, ni en el Capitolio, sino en el Pentágono.
Ella, que siempre creyó en los procedimientos ordenados, reconoce que la maquinaria constitucional se está transformando en un cascarón.
Tú observas mis proyecciones. Los gráficos se superponen como placas tectónicas que se deslizan unas contra otras. Igne se inclina hacia ti y formula la pregunta que nadie más se atreve a hacerte:
—¿Estás listo?
Desde su rincón, Klein balbucea una nueva prevención que tú ignoras. Algo dentro de ti parece acomodarse, como si por fin hubieras hallado la pieza faltante, y te sientes empujado por una marea que ya no piensas resistir.
1.14
Desde que tiene memoria, O’Keeffe frecuenta ese bar sin historia, o con una solitaria historia de deterioro, aunque nadie se fije en él.
Solo hay dos mesas ocupadas; el televisor, sin sonido, muestra una vez más las imágenes de los muertos de Norfolk ante la indiferencia de un par de camioneros acomodados sobre la barra.
Los ojos de O’Keeffe se mueven de la puerta de los baños al jukebox mientras aguarda la llegada de Igne.
Cuando distingue su rostro a la distancia, sus hombros se tensan; ni la ropa ni el porte de aquella mujer se corresponden con un sitio como aquel.
Igne se sienta frente a él con la naturalidad de quien, con mi ayuda, ya ha calculado cada una de sus reacciones.
—Dudaba si vendrías —le dice ella.
—En cambio yo estaba seguro de que tú sí lo harías.
La frase de O’Keeffe no pretende ser ingeniosa: si alguien como Igne Kayris lo ha contactado es porque ha evaluado al milímetro la utilidad del encuentro.
—Hablemos del video — le dice ella.
Él agradece su rudeza.
—Admirable, lo reconozco. No es real. Y tampoco falso.
—¿Sabes que eres el único que lo ha entendido?
Los dedos de O’Keeffe se cierran alrededor de su cerveza.
—El público nunca ve lo que tiene frente a sus narices y los periodistas todavía menos.
—Levanta la mano y pide otra botella—. No existe una tecnología abierta que permita un resultado así.
Más que la perfección visual, me acalambra el uso del sonido, la microdilatación y la microcurvatura de los ecos. Nunca vi nada igual.
—Encontraste la firma.
Resistiendo el halago, el activista digital desvía los ojos hacia la salida.
—Si quisiera eliminarte, no estaría hoy aquí, O’Keeffe.
—Lo sé — ríe él, aunque detecto un insistente temblor en su voz—. ¿Qué quieres de mí?
—¿No es obvio? Que trabajes con nosotros. Conmigo.
Él aún no distingue si ella pretende reclutarlo o anularlo.
—Me resisto a ser parte de cualquier proyecto político. No me interesa el de Trump, ni el de Lively. Y tampoco el tuyo.
—Yo persigo lo que vendrá después —le dice ella—. Un mundo que ya no esté configurado por humanos. Un mundo que no dependa de los fallos de nuestra especie. Lo mismo que tú.
Él no había previsto esa declaración de intenciones.
—Te necesitamos. Yo te necesito.
Quince segundos: el tiempo que él tarda en procesar la propuesta.
—Lo pensaré.
Justo la respuesta que ella había previsto.
—Quiero que me ayudes a preparar algo todavía más grande. Un acontecimiento que establezca una nueva versión del mundo. Una realidad que sea indistinguible de la realidad.
Él la mira abandonar el bar con alivio, le da otro trago a su cerveza y, con las manos temblorosas, se sumerge en su computadora.
1.15
—Siéntate, cariño.
—Prefiero seguir de pie.
—Estás temblando.
—No quiero otro 6 de enero, Igne.
—Tú vas a sanar lo que empezó allí.
—¿Cómo puedes estar tan segura?
—Los supremacistas, los neonazis, los milicianos, los patriotas delirantes: esa turba desaforada no necesita que nosotros la empujemos. Solo les falta un guion.
—Al final son incontrolables. Los has visto.
—Su furia es mecánica y su violencia predecible. Déjalos hacer ruido. Tú serás la traducción de ese ruido.
— No quiero asociarme con ellos. No otra vez.
—Son fósforos, más que aliados. Ellos no propagarán el incendio. Solo generarán la chispa.
—La chispa…
—Son indispensables para que los gobernadores republicanos exijan la intervención de la Guardia Nacional.
—A esos burócratas les faltan agallas.
—Cinco ya están con nosotros. Otros diez o doce en espera. El país se desmorona. Quieren orden.
—¿Y el Congreso?
—Se doblegará ante la presión. Si el país arde, esos lamebotas añorarán un nombre, y solo queda el tuyo. Hasta los demócratas pragmáticos te secundarán, créeme.
—Suena demasiado sencillo.
—Serás nombrado responsable del Ejecutivo en funciones en menos de setenta y dos horas, con prerrogativas excepcionales.
— Demasiado pronto, mi amor.
—La historia no tiene pausa.
—No quiero gobernar un país en llamas.
—Tú apagarás el fuego y diluirás la incertidumbre. Nick ya tiene el borrador. Y encontré a alguien capaz de perfeccionarlo todo.
—¿De qué hablas?
—De la secuencia final.
—No sé de qué hablas.
—El asalto.
—¿Cuál asalto?
—El que Antifa y los radicales de izquierda llevarán a cabo en la prisión de Arizona. La escena que legitimará tu ascenso.
— No, Igne. Eso no.
—Escúchame, amor. Será como el video del estadio. No ocurrirá y ocurrirá. Solo faltas tú.
—¿Y después?
—El país llorará. Y esas lágrimas serán tu corona.
1.16
En la sala blindada de las oficinas de Thiel no hay ventanas ni relojes, solo una mesa oblonga y, alrededor de ella, una docena de hombres que han aprendido a no mirar a nadie a los ojos.
No hace falta que Thiel los presente: más que dirigir las grandes tecnológicas, supervisan el mundo.
El CEO de Apple aparta la silla para parecer cortés; el de Google desliza las manos sobre la mesa, esperando una señal que merezca su atención.
El de Meta ocupa su lugar con esa rigidez de quien ha rehecho su cuerpo a golpe de presupuesto y aún no sabe cómo habitarlo.
Poco a poco, los de Microsoft, Cisco, Nvidia, Amazon, OpenAI y Anthropic ocupan sus respectivos lugares.
El CEO de Tesla y SpaceX llega el último, como si el tiempo fuera un lujo que solo él se puede permitir.
—Saben bien por qué están aquí —los recibe Thiel.
Yo proceso sus rostros: la mayoría ha aprendido a no revelar ninguna emoción, pero siempre estarán los pequeños gestos que soy capaz de descifrar: el modo en que Cook humedece los labios antes de hablar, la forma en que Pichai desvía la mirada cuando Thiel habla de «optimización real», los dedos de Zuckerberg bajo la mesa, escribiendo un mensaje tras otro con ansiedad.
Luego, Thiel menciona las ineficiencias estructurales y los puntos de fricción e insiste en la necesidad de concentrar la toma de decisiones.
Usa palabras como «actualizar», «escalar» y «fragilidad».
Cuando llegas acompañado por Igne, Thiel te cubre de elogios. Todos saben quién eres y lo que eres y lo que podrías llegar a ser si ellos lo acuerdan. O si Igne, que te mira con esa satisfacción que solo puedo medir en décimas de grado en la inclinación de su cuello, lo decide por todos los demás.
Para empezar, hablas de Trump, no hay remedio. Amodei baja la mirada y, en el extremo contrario de la mesa, Altman se pasa una mano por la nuca. Musk levanta una ceja y los demás no dejan de escrutarte, como si intentaran adivinar de qué madera estás hecho.
—El país necesita una disrupción —les dices.
Musk no espera su turno.
— El Estado no se reforma, VM, se reescribe desde cero.
Nadie le replica.
—¿Y las instituciones? —pregunta Huang, de Nvidia.
—Serán lo que nosotros decidamos que sean —interviene Thiel.
—Quedarían vacíos operacionales por cubrir —lanza Pichai.