1 #4
El Lincoln Financial Field solo ha rugido así en noches de campeonato: sesenta y siete mil personas se aprietan en las gradas mientras la cara iracunda de Trump ondea en grandes pendones, híbridos entre la derecha alternativa y la iconografía MAGA, a los que he dotado con una estética futurista.
Por primera vez en décadas, el Partido Republicano y las corrientes más extremas de la derecha se funden en un solo cuerpo: los miembros de QAnon abrazan a los católicos ultraconservadores; los libertarios, a los envejecidos votantes de Romney; las hordas con tatuajes supremacistas, a los evangélicos mesiánicos.
La nación fracturada encuentra, por fin, su convergencia.
Cuando apareces sobre la plataforma, el rugido es tan poderoso que mis sensores registran un diminuto sismo. El estadio entona tu nombre con un ritmo tribal:
—Lively. Lively. Lively. Lively.
Igne te analiza desde el túnel; Klein, a tu izquierda, intenta no mostrar sus reservas.
Yo proceso cada ángulo y cada gesto. Mi atención se detiene unos segundos en un individuo en la cuarta fila: Paul O’Keeffe, bloguero aceleracionista, autor de The Collapse Diaries y Post-Human Flashpoint .
Orejas inmensas, barba de seis días, obesidad mórbida.
En vez de mirar el escenario, se fija en la pantalla.
Las luces fluctúan, el sonido se apaga. Surge un aviso repentino, imposible:
EN VIVO DESDE LA PRISIÓN FEDERAL DE ARIZONA
El estadio contiene la respiración. Las pantallas se encienden y en cada una aparece, sí, Trump. Inmenso, abotagado, con el uniforme naranja como un disfraz de Halloween, mirando con furia hacia la cámara.
Su voz arranca con una inquietante claridad:
—VM, ¿me escuchas?
Levantas la barbilla y un silencio incrédulo congela el estadio.
—Aquí estoy, señor presidente.
Trump te sonríe. Una sonrisa ensamblada con precisión milimétrica. Una obra maestra.
—Te lo he dicho, Lively, solo tú puedes continuar lo que empezamos. Solo tú puedes salvar a América. Solo tú puedes restaurar el orden. Solo tú puedes llevar adelante el proyecto MAGA.
El estadio explota. Analizo el volumen del sonido: supera el récord histórico del Campeonato de la NFC contra los Vikingos.
Trump prosigue con su arenga:
—El país está en manos de gente débil, traidores, criminales. Tú, en cambio, eres real. Tú eres el futuro, Lively. La fuerza que yo necesito. Mi herencia.
Una pausa perfecta. Demasiado perfecta, quizás.
—Te exijo que continúes lo que yo empecé. Hazlo por América. Hazlo por mí.
El estadio se paraliza y de inmediato estalla en un bramido que recorre las gradas como una lengua de fuego.
—Trump. Trump. Trump.
—Lively. Lively. Lively.
De pronto, la pantalla se va a negro, como si alguien hubiera cortado repentinamente la transmisión.
En los días siguientes, decenas de blogs y posts en 4chan y 8kun elaborarán toda suerte de delirantes teorías sobre las causas.
En la cuarta fila, Paul O’Keeffe deja de aplaudir y observa el vacío dejado por Trump.
Como si nada hubiera ocurrido, retomas el discurso y te comprometes a que tu primera acción como presidente sea liberar a Trump.
Dices que él acompañará cada una de tus decisiones.
Dices que será tu guía y tu modelo. Dices que te honrará ser su apóstol.
Dices que tu única misión será cumplir con la suya.
Dices que América está frente a un nuevo amanecer.
Dices que la libertad exige sacrificios.
Dices que lo viejo morirá para que surja lo nuevo.
Dices que la sangre de tus seguidores será recordada como semilla.
Tus palabras se mezclan con las aspas de los drones que sobrevuelan el estadio y las pantallas donde amplifico tu rostro hasta volverlo mitológico.
Cuando todos se marchan, O’Keeffe continúa con la mirada fija en el punto donde la imagen de Trump se desvaneció, sin saber bien a bien lo que ha visto. Dos horas más tarde, en su cuchitril, determinará que tu voz no se superpone del todo con el micrófono del estadio. Un glitch mínimo.
1.11
Veinticuatro horas después del mitin, proceso la catarata de reacciones que desata en cada uno de los arcos del espectro ideológico.
Con cada comentario y cada nueva capa de interpretación, las palabras de Trump desde la cárcel federal de Arizona mutan de sentido.
Como si fuera un virus en extremo contagioso, el video se convierte en el único tema de conversación del planeta.
Mientras la mayoría no duda de su autenticidad, transformándolo en revelación o manifiesto, la prensa progresista lo considera la prueba definitiva de que, en nuestro tiempo, la distinción entre la verdad y la mentira se ha vuelto irrelevante.
Kamala Harris recibe informes contradictorios, sin que los expertos de la CIA o la NSA sean capaces de confirmarle su falsedad; su hechura no encaja, en cualquier caso, con ninguna tecnología conocida. Su decisión — esperar— solo demuestra la fragilidad de su posición.
En Texas y Florida se llevan a cabo vigilias para esperar la repentina aparición de Trump, en tanto en Alabama, Virginia del Oeste, Pensilvania, Indiana y Tennessee nuestras milicias exigen la renuncia de la presidenta para que tú seas investido de inmediato.
Distintos colectivos piden el establecimiento de un gobierno provisional, un consejo militar o, en los márgenes extremos, tu coronación.
Aquí, en Filadelfia, las organizaciones MAGA reclaman la celebración de un referéndum.
Cada grupúsculo contribuye, así, a nuestro objetivo: saturar el discurso público e impedir que nadie hable de lo que en verdad importa.
Al cabo de una semana, mis modelos llegan a la misma conclusión: tal como esperábamos, las narrativas han perdido todo control unificado.
El país reverbera, fragmentado en incontables cámaras de eco, incapaz de escapar a la avalancha que iniciamos en el estadio.
Entramos en un territorio caótico que ni siquiera yo consigo cartografiar: el mejor escenario que podríamos haber imaginado.
1.12
En las afueras de San Luis, Paul O’Keeffe alquila un cuartucho largo, de paredes descascadas, con el suelo cubierto por cables, discos duros, cajas de comida china apiladas como ladrillos y, en una esquina, un mohoso colchón sin sábanas.
Desde los veinte, su vida ha sido una sucesión de madrugadas anónimas y solitarias.
No acabó la universidad y jamás logró conservar un empleo o una pareja por más de seis meses; fiel a su temple de archivista, catalogó su sucesión de fallidas tentativas amorosas bajo el rubro de «compatibilidad insuficiente».
Con el tiempo, el celibato se convirtió en un marco conceptual para explicarse su posición en el mundo.
Esa vía lo condujo a la galaxia de los aceleracionistas eficientes: en ellos encontró un lenguaje que le devolvió la sensación de no estar siempre al margen.
Desde entonces, comparte la idea de que es imprescindible anticipar el colapso del sistema hasta que se produzca una singularidad tecnológica imparable.
O’Keeffe está convencido de que el progreso exige fricción y de que los humanos deben aceptar su reemplazo.
Desde ese fervor futurista escribe las decenas de posts semanales de su blog The Collapse Diaries , leído apenas por un puñado de almas en pena.
Su descontento hacia las élites de Washington lo llevó a simpatizar con Trump y, por defecto, con tu posible candidatura.
Lo que le fascina de la retórica MAGA no es su nacionalismo o su demagogia, sino su apuesta por la eficacia y su alianza con las fuerzas del desorden creativo.
Y si bien no aprueba buena parte de los desplantes del expresidente —ningún auténtico e/acc sancionaría sin más a un arribista—, reconoce su carácter disruptor.
Para O’Keeffe, Trump es el catalizador hacia lo que denomina «etapa postcivil».
En este esquema, tú encajarías como su versión 2. 0.
El mitin en el estadio de los Eagles lo dejó, sin embargo, en un estado de duda y conmoción.
O’Keeffe ha pasado media vida estudiando glitches , manipulaciones, exóticos artefactos visuales que circulaban en la deep web .
Con el ojo entrenado para detectar incongruencias mínimas, en cuanto Trump apareció en la pantalla distinguió un microtemblor en el contorno de la mejilla y pensó que quizás había un retardo mínimo, casi imperceptible, en la señal de audio.
Pero lo que más lo incomodó fue la expresión de su rostro, demasiado nítida para provenir de un hombre que llevaba meses enjaulado.
Salió del estadio con náuseas. Pasó las siguientes cuarenta y ocho horas encerrado en su cuchitril, descargando cuantas versiones del video pudo hallar en las redes y corriéndolas en programas con una IA que llevaba entrenando por meses.
Multiplicó los fotogramas, filtró las escalas de color, correlacionó el movimiento labial con videos previos del expresidente y comparó los patrones lumínicos con antiguos archivos de la prisión de Arizona.
Su análisis lo llevó a una sorprendente idea: el video era real pero, a la vez, no lo era.
Una falsificación que no podía ser refutada.
A medianoche, O’Keeffe publicó una entrada en su blog: «El video de Trump en el estadio de los Eagles es un deepfake metaestable, creado para que cada intento de cuestionarlo termine por fortalecerlo».
Más adelante, enumeró los dos aspectos que, según su análisis, nadie había visto o querido ver: la sombra de Trump se desajusta un 0.
00004 por ciento con respecto a la luz que entra por la ventana lateral, combinada con el reflejo del neón del techo, mientras que la textura de su respiración no coincide, en un 0.
00034 por ciento, con la de ningún otro audio grabado en esa cárcel.
«Nadie puede construir algo así sin acceso directo al expresidente. No tengo duda de que la tecnología necesaria para ensamblarlo no se parece a nada que conozcamos», concluyó.