1 #3
Igne deja pasar su malicia: apenas un punto a su favor en el juego de ping-pong que los une desde hace años.
—¿Y qué harán con Trump? Medio país lo sigue adorando, pero sé de buena fuente que el pobre diablo ya es más mito que carne.
—Los mitos se desdoran —le dice ella—. Su propia irrelevancia lo sacará de escena. Tendrá un final proporcional a su utilidad: le construiremos un inmenso y hermoso mausoleo, como los de los emperadores mogoles.
Thiel traga saliva; un gesto minúsculo, revelador.
—A veces se me olvida que eres la misma jovencita que analizó para mí aquel flujo de insurgencias digitales. Siento como si hubiera pasado un siglo. ¿Recuerdas lo que me dijiste cuando te pregunté tu opinión sobre la humanidad?
—Que es un dataset ruidoso.
Como en una coreografía, los dos se levantan al unísono; no les queda nada más por dirimir.
— Tienes a mis ingenieros a tu disposición —promete Thiel.
1.8
La reunión tiene lugar en el apartamento provisional de campaña.
Klein permanece hundido en el sillón, devorando una hamburguesa triple, mientras tú acabas de leer su último reporte.
Confieso que a veces me incomoda la intimidad que despliegan los dos: solo a Igne le permites hablarte con esa misma desfachatez.
—¿En serio pretendes manipular el país como si fuera un Zergling? —te dice.
Su burla arrastra una larga memoria compartida: aquellas partidas terribles o gloriosas, tantos años atrás, en que pasaban la noche entera acompañados de pizzas frías y cervezas calientes.
—Ya entonces gobernábamos mundos, Leo.
Klein se sirve un bourbon y, atento a tus nuevos hábitos, te pasa una botella de agua. Yo percibo un vaivén microscópico en su pulso. Para cerrar otra de sus amigables disputas, pides mi intervención.
Enciendo la pantalla y la habitación se tiñe con una luz verdosa.
—La estrategia más eficiente consiste en una reorganización institucional acelerada —detallo—.
Con el Congreso paralizado y el descontento creciente en las calles y en las redes, una crisis de seguridad desatará el apoyo de los gobernadores aliados.
Ellos solicitarán la intervención de la Guardia Nacional.
Todo seguiría un cauce estrictamente jurídico.
Klein se frota la calva como si lustrara una bola de boliche.
—El golpe de Yarvin, lo sé.
—Más que de un golpe —no pierdo la oportunidad de corregirlo frente a ti—, se trataría de una reconfiguración funcional.
Como anticipaba, Klein se desquicia.
—¿Quieres una carnicería? —luego, imprudente, agrega—: No puedes guiarte solo por sus malditas estadísticas.
Evita nombrarme: el desagrado es mutuo. Tú das un paso hacia delante, cada vez más incómodo con su franqueza.
—Has estado conmigo desde antes de que nadie me tomara en serio, Leo. ¿Te acuerdas de cuando nos encerrábamos en el sótano y tu hija entraba a jugar StarCraft con nosotros?
—Sarah acaba de cumplir veintiuno.
—¡Vaya! ¿Por qué no la invitas a trabajar en la campaña? Necesitamos miradas jóvenes.
—Gracias, lo voy a pensar.
—Será una gran experiencia para ella. Y yo necesito gente de confianza, Leo.
—Te dije que lo voy a pensar.
Retrocedes un poco, en un gesto diplomático, y tomas un sorbo de agua.
Yo abro una carpeta con videos y la pantalla se llena con el caos que hemos ido desatando.
En Atlanta, columnas de milicianos con banderas confederadas e insignias de QAnon; en Charlottesville, antorchas, máscaras blancas y capuchas que recuerdan al Ku Klux Klan; en Los Ángeles, caravanas en contra de la migración, camionetas con símbolos nazis y jóvenes denunciando el Gran Reemplazo; en Mobile, dos salvadoreños linchados en la calle; en Charleston, una iglesia incendiada; en Lexington, un desfile de supremacistas frenado in extremis por la policía; y aquí, en Filadelfia —tu reino—, decenas de cristales rotos en las protestas, motociclistas con banderas confederadas y agentes repartiendo toletazos entre la multitud.
Al final, muestro lo ocurrido en Norfolk, Virginia, mientras hago un zoom a los cadáveres.
—Esto ocurrió hace ocho horas —digo.
La escena parecería extraída de una película de gángsters: barras de Antifa y milicias de ultraderecha chocan en la avenida principal mientras una docena de cocteles molotov arde por doquier.
En medio de los gases lacrimógenos, un vehículo fuera de control embiste a la multitud: diez atropellados, entre ellos dos menores, y un reguero de sangre entintando la acera.
Más de cien detenidos y decenas de heridos en urgencias. El saldo final es de siete muertos.
—Harris es incapaz de controlar la violencia — intervengo con una determinación que a mí mismo me sorprende—. Este es nuestro umbral de oportunidad.
—Una vez que desatas al monstruo resulta imposible controlarlo —me contradice Klein—. Lo hemos constatado mil veces.
—Si seguimos el plan de Nick al pie de la letra, toda esta violencia terminará de tajo —insistes.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
Otra vez le arrebato la palabra.
—El caos es un sistema —digo—. Y todo sistema puede ser absorbido y redirigido. La violencia se detendrá si se elimina la incertidumbre. Si se reemplaza la espontaneidad con un nuevo orden, siempre y cuando sea inmediato e incontestable.
—Nick tiene razón —me secundas—. Es nuestro momento.
Ante su reticencia, decides jugarte la carta final.
—Quiero que seas mi consejero de Seguridad Nacional, Leo. ¿También eso tienes que pensarlo?
Unas gotas de sudor ruedan sobre la frente de Klein.
—Otra vez juntos, como en Aliquippa, como en Afganistán, como en el Gamergate, como en el podcast, como en las candidaturas al Congreso y al Senado. ¿Qué dices?
Tu amigo apenas duda en estrechar tu mano: tal como preveía, su vanidad adormece su conciencia.
Cuando se retira, te quedas solo en tu despacho, das media vuelta y regresas a mí. Te conozco muy bien a estas alturas.
—Dame tu opinión, Nick.
—Conservar a Klein es esencial en este momento —y, al decirlo, en verdad lo creo—. Mientras dure su lealtad.
—¿Qué quieres decir?
—Es el único en tu círculo que todavía cree tener principios.
Mi sinceridad te incomoda.
—Basta por hoy.
Tu irritación me deja entrever que, muy a tu pesar, no olvidarás lo que acabo de decirte. Entretanto, obedezco y callo.
1.9
Las imágenes poseen un grano espeso, analógico, como si hubieran sido grabadas con una cámara Super 8: Trump aparece frente a una mesa de formica con las manos entrelazadas, de predicador; la luz cenital resalta sus arrugas, el leve temblor de la papada, las ojeras que parecen pintadas con carboncillo, el pelo enmarañado y ceniciento.
Aun así, su voz conserva ese timbre rugoso que sus seguidores confunden con autenticidad.
—VM Lively. —Apunta su dedo hacia la cámara—. Gran hombre. Grande. El único capaz de continuar lo que empezamos. El futuro de MAGA. El futuro de América. De este Gran País.
A continuación, se lanza en una interminable retahíla de halagos, plagada de vacíos y excursos, circunloquios y retruécanos.
Dice que confía en ti como en nadie más.
Dice que aprueba tu visión. Dice que la nación se encuentra en medio de una crisis espiritual.
Dice que solo tú puedes salvarla del pantano.
Dice que Harris es un cadáver. Dice que Harris es la responsable de la masacre.
Dice que tú eres hambre y energía. Dice que tú eres rencor e imaginación.
Dice que tú eres savia nueva y metal viejo.
Dice que en tus manos deposita el porvenir.
El video dura tres escasos minutos, suficientes para incendiar la nación.
Las reacciones son inmediatas: en Atlanta, Charlottesville, Los Ángeles, Nueva York, San Luis y Chicago se despliegan decenas de miles de banderas con el rostro de Trump, mientras Mineápolis, Cleveland, Pittsburgh, Dallas, Miami y, desde luego, Filadelfia hierven a tu favor.
Las luces permanecen apagadas para que ningún dron detecte los movimientos en tus oficinas de campaña. Igne te observa en la penumbra. Tú te incorporas sin dejar de mirar a la pantalla.
—Parece tan real.
Igne te sonríe.
—Porque es real. Lo real es lo que nosotros decidimos que es real.
—Si Trump tuviera un instante de lucidez, uno solo… — musitas.
—Su mente ya no procesa los saltos entre el presente y el pasado, vive en medio de una espesa niebla. Además, solo Drury tiene acceso a él. Y ella está con nosotros.
—Meg siempre estará con el ganador.
—¿Qué necesitas entonces? ¿Un juramento? ¿Una firma con su sangre?
Escrutas el rostro lívido e implacable de tu esposa.
—Certeza, Igne. Certeza absoluta.
A ella siempre le ha costado ocultar su impaciencia.
—Eso es un cuento para niños, como la verdad. Pero si quieres quedarte más tranquilo, nosotros controlamos todos los accesos. Nada se filtrará desde Arizona.
Vuelves a la pantalla, temiendo que se ilumine sin tu consentimiento.
—Podría sobrevivir lo suficiente…
—En eso tienes razón —te dice—. Es una cuestión de supervivencia: la suya o la nuestra.
Pese al aplomo de tu esposa, aún dudas.
— Igne… —pronuncias su nombre como si así fueras capaz de refrenarla.
—Debemos contemplar todas las posibilidades —ella no retrocede.
Yo lleno la pantalla con el mapa de la cárcel.
—Puedo modelar distintos escenarios —digo—. Uno de ellos contemplaría la posibilidad de que el expresidente falleciera en prisión.
Monitoreo tu ritmo cardíaco: 117 pulsos por minuto. Tu mujer te empuja, una vez más, hacia un futuro que se construye sobre los últimos restos del presente.
1.10