1 #2
La vieja casona en el norte de Filadelfia oculta cámaras y sensores en cada rincón: mi única forma de protegerlos.
La luz de la calle se desliza en líneas atigradas sobre la alfombra mientras Igne camina hacia ti, descalza, al fin serena.
Se acerca a tu cuerpo con una ternura que no se ha permitido con nadie más, toma tu mano y la aprieta con suavidad.
Entonces se revela una complicidad sin paliativos que supera el ardor o la costumbre y se acerca a un remanso en medio de la guerra.
La acompañas a la cama sin mediar palabra, como si te hubiera llamado desde el sueño.
Sus siluetas se enredan en las paredes, dibujando contornos que se adelgazan y confunden.
Igne se abraza a tu piel, reconociendo un paisaje mil veces recorrido, y tú le respondes con una entrega vulnerable.
Distingo una urgencia incomprensible en su manera de palparse; cada caricia trastabilla antes de avanzar.
Cuando sus cuerpos exhaustos se aquietan, ella apoya la frente en tu pecho y tú suspiras con una sensación de paz.
—Tienes la presidencia en la mano —te susurra—. Sabes muy bien cuál es el siguiente paso.
Registro el leve aumento de tu ritmo cardíaco.
—Lo necesitas una última vez —te insiste.
Reconoces que, como siempre, tu esposa tiene razón: Trump sigue en esa cárcel de Arizona que se ha vuelto más un templo que un presidio, pero su figura, aun enjaulada, pesa más que mil encuestas.
—Hablaré con Drury.
Igne se incorpora y funde sus ojos con los tuyos.
—Y una vez que cuentes con su apoyo… —evita pronunciar lo que no debería tener nombre.
La desnudez de su voz y de su cuerpo te sobrecoge.
—El infeliz ya es una ruina —concluye—. Y, tarde o temprano, las ruinas deben quedar atrás.
Igne te besa apenas, como al inicio de la noche, y vuelve a acomodarse sobre tu pecho. Entretanto yo —que no duermo y que no amo— comprendo que tu futuro ha dejado de ser una línea recta para convertirse en un vórtice: a partir de hoy, la mutación que anhela Igne se volverá imparable.
1.6
En cuanto el prisionero se despereza en la cárcel federal de Arizona, antes de que se enciendan las luces, yo lo observo merodear en su celda.
Arrastra las pantuflas percudidas, murmura frases sin sentido y revisa por tercera vez su colección de papeles y recortes, sin saber si él mismo los ha escrito.
Los guardias lo observan a través de las cámaras con tanta fascinación como fastidio.
Aun así, en cada pasillo se palpa el nerviosismo: a fin de cuentas, la nación se encoge alrededor de esta celda.
Desde la repentina muerte de Biden, aquel 18 de septiembre de 2025, América se desangra.
Harris ocupa el Despacho Oval, pero su poder mengua día con día.
Los republicanos se mantienen fragmentados, en medio de una guerra intestina tras el encarcelamiento de la única figura capaz de unirlos, mientras el amplio espectro de la derecha radical ruge en podcasts y foros, en cientos de transmisiones clandestinas y, por supuesto, en las calles.
Free Trump. Bring him back .
Un tanto desorientado, el expresidente se sienta en el borde del camastro y su cabello ingobernable se derrama sobre su frente.
—Ellos son los traidores —musita.
Lo repite una y otra vez hasta que, a media mañana, los guardias lo escoltan a la sala donde se lleva a cabo la reunión semanal con sus abogados.
El cuarto es pequeño, pulcro, sin esos vidrios que separan a los condenados del resto de los vivos.
Trump entra con parsimonia, como si desfilara en un estudio de televisión, estira el cuello y se acomoda el uniforme naranja como si fuera un Armani.
Exhibe una sonrisa rota, todavía peligrosa.
Meg Drury y los dos abogados que la acompañan lo saludan con un respeto que no disfraza su preocupación.
Frente a él despliegan carpetas y resúmenes que el expresidente apenas se detiene a hojear.
Uno de ellos —un sujeto delgado, de piel cetrina — intenta confortarlo:
—El país no lo olvida, señor.
A Trump le cuesta comprender la frase.
—Harris…
En su boca, el apellido de la presidenta suena como una maldición. El otro abogado, más joven y menos curtido, interviene con timidez:
—Las encuestas muestran que una parte significativa del partido está considerando apoyar un liderazgo temporal, señor. Alguien que pueda unificar a las bases mientras llega la decisión de la Corte.
Trump abre los ojos enfebrecidos, desmesurados.
—¿Temporal?
—Lively, señor presidente —interviene Drury—. Cuenta con un amplio apoyo. Ha prometido que su primera acción será…
Tu nombre parece despertarlo.
—Lively —masculla—, el que te devora.
Los abogados callan mientras Trump se mece hacia delante y hacia atrás, semejante a un guiñol.
—Quiere mi corona. Todos la quieren.
Aletea las manos con furia, como si buscara espantar una nube de mosquitos.
—Soy el hombre que vuelve, ¿se dan cuenta? Si el mar se abre es porque yo lo abro. Para regresar.
Los abogados intercambian miradas incómodas; uno cierra los expedientes, el otro apaga la grabadora.
—Soy el barco y el océano; las olas y el naufragio.
La voz de Trump se disuelve en una secuencia de frases sin sentido, punteadas por mayúsculas imaginarias. Desde mi sitio, muy lejos de allí, lo observo desmoronarse por dentro, su mente convertida en una prisión más estricta que cualquier muro.
—Señor presidente…
Trump da un repentino salto hacia la lucidez.
—Dile que se vaya a la mierda, Meg. Ese malnacido jamás tendrá mi apoyo.
Drury inclina la cabeza y él extiende sus dedos sin convicción mientras los abogados se cuadran y salen en tropel. A los pocos minutos, los guardianes acompañan a Trump de vuelta a su celda como si fuera un viejo paquidermo en un zoológico.
1.7
Sus oficinas neoyorquinas parecen haber sido diseñadas para medir cuánto vacío puede soportar el ser humano: la temperatura se mantiene tan baja que mis sistemas las confunden con un laboratorio criogénico.
Si no detectara las variaciones microscópicas en la ventilación, diría que estamos en el interior de una nave espacial.
Thiel se planta frente a la ventana, con la resolana sobre su rostro endurecido; todo en él exhala esa mezcla de ambición y desdén que tanto seduce a los conversos digitales.
—Nueva York envejece como una vieja Commodore que ya no se puede actualizar —exclama.
Igne lleva esperándolo media hora y ni siquiera finge una sonrisa.
—Si yo fuera programador, como tú, ya habría contratado a un pasante para reescribirla desde cero.
Thiel abre el pequeño refrigerador, saca una botella con un líquido turquesa y se la entrega a Igne sin pedirle su opinión; él mismo desenrosca otra y le da un buen trago.
—Me alegra que hayas venido, Igne. Tengo curiosidad por saber qué trama ahora la mejor becaria que he tenido.
Cuando se sientan, Thiel va al grano:
— Dime, ¿cómo va Nick?
Me gustaría decir que su interés alimenta mi vanidad. Igne, entrelazando los dedos, mide sus palabras.
—Ha evolucionado.
—Ah, ¿sí? ¿Y ahora qué diablos es? ¿Un tigre de bengala? ¿Un oso polar? ¿Una quimera?
—Un vector crucial para nuestro proyecto, Peter.
—¿Un vector hacia qué, por Dios?
Thiel suelta un bufido.
—Hacia lo que vendrá después.
—Y VM, ¿también evoluciona?
Igne no cede a la provocación de su antiguo mentor y lo mira con algo semejante a la simpatía, aunque en ella apenas sea una variante del desprecio.
—VM está listo —afirma ella.
—No estoy convencido. Tu marido conserva ese tonito de gamer que cree que gobernar un país es como administrar un clan de World of Warcraft . Y tú sabes en qué termina eso: acusaciones de trampa y un foro lleno de adolescentes rabiosos.
—Lo subestimas.
—Te equivocas, Igne, lo evalúo a diario. Cada vez que lo escucho pienso que, bajo su mando, América sería una más de esas startups que nos prometen el futuro solo para revendernos el pasado.
A Igne le aburren sus peroratas, pero no tiene más remedio que dejarlo hablar, consciente de cuánto disfruta escuchándose a sí mismo.
—La democracia es una máquina diseñada para no funcionar —pontifica Thiel—. Una panda de incompetentes votando por otros aún más incompetentes. ¿Qué innovación ha producido en los últimos cien años? Dime. ¿Qué curva exponencial? ¿Qué optimización? ¿Qué ruptura?
Igne no necesita responder.
—El sufragio universal es como permitir que los usuarios de un software voten sobre las decisiones técnicas del sistema.
Te lo repito: no necesitamos otro presidente, necesitamos un CEO.
Un monarca 2.0, si prefieres. En tus términos, un superhombre.
Leal al progreso y no a los vaivenes de unos votantes que no saben ni lo que quieren desayunar cada mañana.
—No dejas de ser un nostálgico —lo azuza Igne—. Añoras la autoridad vertical, la fantasía de que lo humano todavía está en el centro.
Hace mucho que Igne aprendió cómo irritarlo.
—El soberano es lo menos importante —insiste ella—, lo que cuenta es la red. Necesitamos construir un régimen que aprenda y se optimice solo, sin cuerpo ni voz. Y, sobre todo, sin sentimientos.
Thiel la observa con curiosidad y alarma.
—Es gracioso —le dice—, Trump quería hacer grande a América otra vez. En cambio, tú quieres una América grande, pero sin americanos.
Igne al fin se relaja.
—Con americanos mejorados, Peter. Como tú.
Aunque él nunca ha sido complaciente con los halagos, suelta una carcajada franca y expansiva.
—Sabes lo que necesito. —Igne no duda—. La nueva joya de Palantir. ¿Cómo la bautizaste esta vez? ¿Con otro nombre sacado de El señor de los anillos ?
—Valar.
—Si logramos integrarla en el sistema de Nick, podríamos mapear el comportamiento de cada ciudadano de este país en tiempo real.
—Del mundo entero —se jacta Thiel.
—Permitiría una predicción absoluta.
—Lo que me preocupa es que VM no consiga sostener un sistema así.
—Tú no tienes que preocuparte por él.
—¿Porque tú lo controlas? ¿O porque es reemplazable?