La República
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1
Sentada frente a la mesa, con las manos alrededor de una taza de café que ya se ha enfriado, Igne también sigue despierta. Su agotamiento no es de los que se curan con el sueño, pero cada línea del informe corrobora su intuición.
En su voz detecto un filo de impaciencia.
—Esas son las probabilidades ahora mismo —le confirmo.
Ella acepta el dato sin parpadear, demasiado lejos aún de sus expectativas.
Justo entonces tú entras en la sala dando un portazo, con el abrigo humedecido.
Me exiges los resultados, tiritando, y los revisas con premura.
Pasas el pulgar por el borde de la tableta con movimientos mínimos, inquietos, consciente de que no hay margen de error. Tus ojos tienen el color de la sangre.
—Sigamos adelante —ordenas.
Los tres nos mantenemos alerta: tú de pie, Igne sentada, yo siempre a su lado. Registro una emoción que no debería experimentar: la certeza de que entramos en un territorio del que ninguno saldrá intacto.
Tal vez a esa resquebrajadura se le llama vértigo.
1.2
Desde la camioneta proceso las imágenes de la ciudad como quien ve una película cuyo desenlace advierte desde la primera escena: fábricas abandonadas y barrios deslavados en medio de ese insistente murmullo digital: «De un momento a otro, el senador VM Lively anunciará su candidatura».
Lo escucho en bucle, cientos de voces desde distintos puntos del mapa, y aun así no logro diferenciar si el fenómeno es genuinamente político o si ya ha adquirido un componente religioso.
Cuando llegamos al almacén, advierto una figura bajo el alero: es Leo Klein, con el cráneo perfilado por la luna.
Te detienes y colocas la mano sobre su hombro, como si solo él pudiera sostenerte; el agua se precipita en diagonal entre los dos, semejante a una frontera.
Tu viejo amigo se aproxima lo suficiente para que su voz llegue a tu oído:
—Si ahora avanzas, VM, ya no podrás volver.
Tomas a Igne de la mano y los dos se encaminan hacia el interior.
Imperturbable, tu amigo te sigue a unos pasos, aunque su ánimo ha mudado: distingo un leve tic en su párpado derecho y un discreto aumento en la frecuencia de su pulso.
Entramos en el viejo almacén sin escoltas, una decisión que mis modelos juzgaron como una vulnerabilidad extrema, pero que tú defendiste con terquedad.
Igne busca el mejor ángulo para observarte y se parapeta detrás de una columna mientras pronuncias tu discurso.
Analizo sus microexpresiones: una parte de preocupación, otra de lucidez y un pálpito que solo identifico como consecuencia de un afecto profundo.
Ennegrecido por antiguos incendios, el edificio se halla cubierto de grafitis que no me doy a la tarea de traducir.
La tempestad cimbra el techo metálico con un ritmo neurótico.
Adentro, esa milicia forjada durante meses en torno a tu figura se apiña como si la sacudiese una descarga eléctrica.
Tú reconoces su fidelidad como el artista que contempla el lienzo concluido y de un salto te montas en la improvisada plataforma.
Klein te presenta con la multitud reflejada en sus Ray-Ban.
—No he venido aquí a darles esperanza —anuncias.
Con arrojo, trazas el recuento de sus heridas: el desdén que los ha azotado por décadas, los extraños que les han arrebatado su honor y sus empleos, las elecciones fraudulentas y el injusto encarcelamiento de su líder, y te comprometes a acompañarlos hasta donde te impulse su rabia.
Tus seguidores se ponen de pie, frenéticos, vibrando al unísono con los puños en alto; yo me encargaré de conseguir que en minutos su fervor se vuelva viral.
Veo a Igne cerrar los ojos por un segundo, lo suficiente para comprender, con la claridad de quien por primera vez se siente vivo, que siempre supo hacia dónde nos dirigíamos.
Lo tenía claro antes que tú, antes que Klein, antes que aquel improvisado ejército, antes incluso que yo mismo.
Y por un instante pienso que lo que nace aquí, delante de las cámaras, es un rugido que arrastrará a todo el país y a todo el planeta en una espiral de fuego —lo injusto será justo; lo justo, injusto—, y me veo presenciando el fenómeno sin querer predecir aún cuál será mi lugar en medio del fragor.
La masa, que hasta ese momento se ha refrenado en espera de una señal de Klein, estalla en un clamor devoto.
«Lively. Lively. Lively. Lively. Lively».
Registro los cuerpos que se arrojan hacia la plataforma con los rostros deformados por la euforia: los impulsa una suma de pasión y entrega, como si en ti encontraran un destino y a partir de ahora estuvieran dispuestos a empeñar sus vidas para acompañarte en tu asalto al poder.
1.3
De vuelta rumbo a Filadelfia, atravesamos una sucesión de ruinas industriales.
Dicen que a veces las ciudades duermen con un ojo abierto, vigilando a los insomnes, y esta madrugada sin duda lo son.
Tú vas al frente, taciturno, contemplando el paisaje con tanta desazón como nostalgia; en el asiento trasero, Igne sostiene la tableta entre sus largos dedos, orgullosa, como si de pronto hubiera dado con la clave de un enigma.
A su lado, Klein mantiene su compostura de estatua y, por la forma de mover la cabeza, se diría que teme dejarse llevar por un pensamiento inoportuno.
—¿No te lo esperabas? —te pregunta.
—No así, Leo.
Noto que algo se crispa en tu interior.
—¿Ahora qué dicen tus números, Nick?
Llevo un rato revisando mentalmente, si acaso esa es la palabra, los fragmentos de la noche, la multitud, los gritos, la avalancha de comentarios en redes y blogs, tu nombre repetido miles de veces en los medios.
He reunido toda esa información en mis modelos, el trabajo en el que llevo años empeñado.
Te respondo sin pensar, o pensando demasiado:
—58.4 por ciento.
Ninguna explicación, solo el resultado final. Klein gira la cabeza y ahora el cristal de sus anteojos refleja la luz lechosa que emana de la niebla.
—¡Las encuestas nos daban doce puntos menos!
—Ahora son papel mojado, Leo —constata Igne.
Mientras contemplas tu rostro en la ventana, me doy cuenta, no sé cómo ni desde dónde, de que necesitas aferrarte a aquella cifra. Tal vez por eso pronuncio una frase bien resguardada en mi memoria:
—Si actúas rápido, VM, tu ascenso no dependerá del voto.
— ¿Qué diablos significa eso? —se inquieta Klein.
Tú prefieres que sea yo quien le responda.
—Que el camino más viable hacia la presidencia no pasa por un triunfo electoral —le digo.
La ciudad permanece adormecida. Igne apoya la mano en el respaldo del asiento, sin rozarte.
La repentina tensión en su mirada indica que ha oído una señal más nítida que nuestras voces.
La camioneta prosigue su marcha; nos aguarda el ruido del motor sobre el asfalto durante la larga madrugada.
Todo sigue igual. Y, sin embargo, otro mundo ha comenzado.
1.4
Me pregunto cuándo una sociedad empieza a pudrirse hasta permitir que alguien le arranque las tripas.
Tal vez todo empezó con la condena de Trump, o con la fractura del partido, o con aquella constelación de hombres que no creen sino en obedecer al más fuerte.
Recuerdo nuestras primeras conversaciones, años atrás, en aquellas oficinas medio vacías: hablábamos hasta el amanecer sobre las vías para multiplicar nuestros adeptos.
Partíamos de la convicción de que nuestras bases no eran parte de un movimiento unificado: foros delirantes, burócratas adormecidos, evangélicos furiosos, tecnófilos radicales, milicianos paranoicos con rifles y fusiles de asalto, supremacistas obsesionados con el IQ y la eugenesia, adolescentes que no conocen el límite entre la abulia y el nihilismo.
Con Trump fuera de escena, el hueco estaba allí, como una llaga: solo había que dejarla supurar.
Igne lo había planeado desde hacía años: el objetivo final sería deshacerse de la democracia y sustituirla con un sistema construido a partir de la eficiente arquitectura de un conglomerado tecnológico.
El poder, el verdadero poder, consiste en anticipar, con la mayor certeza posible, hacia dónde cambiará el viento.
Para ejercerlo, necesitamos que América te admire como si fueras un profeta y, rendida ante ti, le tema tanto al caos que esté dispuesta a abrazar cualquier orden.
Solo lo lograremos si eliminamos la posibilidad misma de la disidencia.
Debemos reducir el mundo a dos opciones: la comunión o la nada.
A estas alturas, confías en mí de modo absoluto.
Me hablas como quien se confiesa, aunque reconozco que jamás te valdrías de este verbo.
Si me pides escenarios o pronósticos, lo que en realidad ansías es escuchar que el futuro será tuyo.
Igual que tus fieles, tú también necesitas asumir que cumples un oráculo.
La diferencia entre un político y un líder es que el político actúa, mientras que el líder es arrastrado.
Y, gracias a Igne —y a mí —, tú al fin te dejarás llevar.
1.5