3
El Trump National Golf Club se extiende sobre colinas siempre verdes donde apenas hay lugar para la maleza o los rastrojos.
Los lagos reflejan la pulcritud del cielo, mientras las construcciones aspiran a una antigüedad imposible.
En medio de aquel paisaje antinatural se abre un espacio para la muerte: un enclave privado, inscrito con escrituras y permisos.
El cuerpo aún no está allí, pero el hueco ya está reservado.
Compacta y obediente, la tierra aguarda.
Antes vendrá el ritual público, con la nación representándose a sí misma ante las cámaras, pero Bedminster existe antes y existirá después.
En la capital la noche ha sido indócil. Las carreteras secundarias permanecen bloqueadas con cordones policiales y las luces rojas y azules palpitan contra los arcenes.
De un lado, un pequeño grupo de manifestantes airea con vehemencia sus consignas: «No más reyes».
Del otro, se advierten los restos de una vigilia que se ha prolongado la noche entera: gorras rojas empapadas por el rocío, velas consumidas hasta el pabilo y banderas MAGA abandonadas sobre el asfalto.
Algunos dolientes continúan en el suelo, envueltos en mantas, todavía orando.
La policía contiene sin intervenir, pues nadie entiende qué orden terminará por imponerse.
El ataúd permanece cubierto con las barras y las estrellas, oblongo, geométrico.
El mármol del Capitolio mantiene una pulcritud propia de hospitales y tribunales, esos lugares donde las personas se transmutan en expedientes.
Donald J. Trump yace en el centro de la Rotonda, convertido en símbolo por quienes le han sobrevivido.
Antes he modelado funerales, pero nunca uno que clausure una época.
Tú te plantas al lado de Igne, sin tocarla; los dos han aprendido que el contacto público es una forma de debilidad.
Vistes de negro, sin insignias innecesarias.
Igne observa el féretro como una infraestructura obsoleta; cuando parpadea, registro un retraso entre estímulo y respuesta: un fallo insignificante, muy humano.
Unos pasos más atrás se parapeta Leo Klein, quien parece haber envejecido de golpe en unas semanas.
Evita contemplar el ataúd y en cambio te observa a ti.
Poco a poco van llegando los congresistas y senadores republicanos; unos caminan con pena, otros con alivio.
Los miembros de tu incipiente Gabinete, en cambio, se arremolinan a tu alrededor.
Los integrantes de la Suprema Corte ocupan sus lugares como si aún formaran un bloque compacto.
Roberts avanza con gravedad, encarnando la última continuidad institucional, en tanto Thomas le lanza una mirada compasiva a la familia del expresidente.
Solo Kagan y Brown Jackson transmiten la sensación de haber llegado demasiado tarde a una institución obsoleta.
Los directivos de las grandes empresas entran en el Capitolio sin séquito visible.
Thiel observa el féretro como si evaluara una pieza de museo.
Musk llega quince minutos tarde, con el semblante de quien ya piensa en otra cosa.
En X, escribe: «Un gigante ha caído, otro se levanta».
Dos millones y medio de likes en catorce minutos.
Para ellos, la muerte de Trump es una simple transferencia.
Al final, un contingente de demócratas moderados aparece de la nada; van muy juntos, temerosos de dispersarse.
Los Obama caminan con parsimonia; el expresidente observa la bandera sobre el féretro durante dos segundos exactos: no detecto en sus facciones emoción alguna.
Bill y Hillary Clinton entran juntos, él parece más cansado, ella más alerta a tus movimientos.
Solo la silla de Kamala Harris permanece vacía. Para algunos, es una muestra de dignidad; otros lo ven como una claudicación. Para mí, se trata de una variable sin resolver: el poder detesta los huecos. Cuando comienza la ceremonia, las fórmulas del oficio suenan desgastadas.
Por fin llega el momento que todos aguardan y, con paso decidido, avanzas hacia el atril.
—Hoy despedimos a un gran presidente, pero también una era de simulación.
Varios rostros se atemperan.
—Donald Trump entendió antes que muchos que este país estaba enfermo. Y que la grandeza no nace del consenso, sino de la voluntad.
Clinton baja la mirada; Bush apenas se conmueve.
—Prometió un proyecto. Un proyecto que ha sido interrumpido, traicionado. Ante su cuerpo y ante ustedes, hago una promesa: no permitiré que ese proyecto muera con él.
A la distancia, apenas desentona el lejano eco de un silbido.
—Ante ustedes me comprometo a llevarlo hasta sus últimas consecuencias —concluyes.
Los cadetes doblan la bandera y los asistentes poco a poco comienzan la retirada.
Cuando el féretro se traslada a su última morada y las luces del Capitolio se atenúan, Bedminster resurge en mis pantallas.
El club está casi vacío, con el césped intacto.
Más allá de sus linderos, unos cuantos manifestantes se obstinan en su protesta; en la entrada principal, un puñado de fieles se arrodilla junto a las vallas, envuelto en sus banderas humedecidas, esperando un milagro.
Las patrullas giran, haciendo círculos en medio de la oscuridad.
En el centro, el rectángulo de tierra reservado para Trump permanece sin nombre y aún sin cuerpo.
La confusión ha culminado su obra maestra: el país no duerme, el muerto no descansa y los demás asumimos que la noche no acabará nunca.
3.2
E NERO 20, 2027 | 02.17 PT | W ASHINGTON D. C.
Tras las cortinas abiertas del Despacho Oval, la capital luce como una selva custodiada por el zumbido de los helicópteros.
Sobre el Resolute Desk, una fila de carpetas color crema te espera como una sucesión de diagnósticos de cáncer.
A tu derecha, Igne; a tu izquierda, Klein, recién nombrado consejero de Seguridad Nacional, con un pin en la solapa que no siente propio.
Un paso más atrás se acomoda O’Keeffe, nuevo director de la NSA.
Completan la sala otros miembros de tu Gabinete: Mike Pence, a quien, contra todo pronóstico, le pediste que fuera tu vicepresidente; Michael Flynn, secretario de Defensa; Mike Pompeo, secretario de Estado; Meg Drury, fiscal general; Alex Karp, quien ha dejado Palantir para convertirse en secretario de Seguridad Interior, y Stephen Miller, tu nuevo jefe de Gabinete. Las cámaras copan cada ángulo.
Tomas la pluma. Un asistente coloca el primer documento frente a ti y, sobre todo, ante las cámaras.
ORDEN EJECUTIVA 1. OPERACIÓN RETORNO
La lees en voz alta:
—Restauración de la Soberanía Fronteriza y Repatriación Nacional.
Declaras emergencia nacional en la frontera sur.
Activas la Ley de Insurrección. Autorizas el despliegue inmediato de cincuenta mil soldados.
Ordenas la construcción del Muro 2.0, financiado mediante la redirección de fondos de defensa.
Suspendes todos los procesos de asilo. Prohíbes la entrada de ciudadanos de catorce países musulmanes.
Y, en fin, instauras el programa Remain in Mexico 2. 0.
Como si fuera lo más natural, añades:
—Quienes no entraron legalmente en el país carecen de cualquier derecho. Así de simple.
La orden también autoriza deportaciones masivas.
Diez millones en cuatro años, como prometiste.
Redadas sin orden judicial, basadas en la causa probable.
Reinterpretación de la Decimocuarta Enmienda, a fin de eliminar la ciudadanía por nacimiento, salvo si uno de los padres es ciudadano o residente legal.
Sin que se lo pidas, Klein aclara:
—Por supuesto, no será una medida retroactiva.
Tú alzas los ojos y continúas con el mismo tono:
—Retiro total de fondos federales a las ciudades santuario. Los gobernadores y alcaldes que se resistan enfrentarán cargos por obstrucción a la justicia.
A una señal tuya, interviene Karp. Da a conocer el Sistema Nacional de Identificación Biométrica:
—Una base de datos única para todos los residentes legales —presume—. Reconocimiento facial en tiempo real en aeropuertos, fronteras, hospitales, escuelas, servicios sociales.
De eso me encargaré yo.
Firmas.
ORDEN EJECUTIVA 2. REFORMA DEL ESTADO ADMINISTRATIVO
—Reclasificación de todos los empleados federales GS-13 y superiores como Schedule F —declaras.
El tecnicismo significa autorizar despidos masivos y purgas bajo el nombre de reestructuración.
El Departamento de Justicia deja de ser independiente: toda investigación criminal requerirá la aprobación de la Casa Blanca.
La fiscal general te servirá solo a ti. Igne ha exigido, además, una automatización completa de todos los procesos administrativos: visas, pensiones, asignaciones presupuestarias.
Convertido en el vocero de tu esposa, O’Keeffe exclama:
—Eficiencia total asegurada, señor presidente.
En la práctica, seré yo quien administre el acceso.
Firmas.
ORDEN EJECUTIVA 3. RAGE
—Ley de Reestructuración y Gobierno Eficiente.
Creas un nuevo departamento federal provisto con cincuenta mil millones de dólares anuales.
Su responsable será Musk, quien te reportará directamente a ti, con autoridad para reorganizar o eliminar cualquier agencia sin aprobación del Congreso.
RAGE iniciará una auditoría total del gobierno y se encargará de la privatización masiva de entidades como USPS y Amtrak, así como de los parques nacionales, las prisiones federales y el sistema de veteranos.
Automatización completa con IA. X se convertirá en la plataforma oficial del gobierno y Starlink en su infraestructura de comunicaciones.
Neuralink será usada en programas piloto de seguridad nacional y Palantir se convertirá en su infraestructura operativa.
Además, destinas fondos suplementarios a la investigación en mejora humana.
Musk ni siquiera necesita estar presente.
Firmas.
ORDEN EJECUTIVA 4. LIBERTAD DE EXPRESIÓN
—Fin de la Sección 230 —proclamas—. Auditoría federal de algoritmos.