La Reliquia (Las Aventuras de Sam Harris 2) Capítulo 41
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Capítulo 41

Un plato de comida de hospital se resecaba bajo la luz del sol que inundaba la habitación de Gloria.

Llevaba puesto un pijama de su madre y estaba incorporada sobre unas almohadas cubiertas con una manta vieja.

Un enorme ramo de lirios Stargazer desprendía perfume y polen a partes iguales, y manchaba el tapete de color blanco roto de la mesilla.

Hernan Sanchez estaba sentado en el borde de la cama de Gloria.

Por su actitud, parecía que quería decir algo, pero no encontraba la manera.

—Bueno, ¿qué pasa? Se te nota que quieres contarme algo —dijo Gloria.

—Hay algo que deberías saber antes de leerlo en los periódicos.

—¿Qué es, Papi? Me estás preocupando.

Él le cogió la mano y la miró a la cara.

—Me avergüenza decir que, de joven, me relacioné con los Nazis.

—¿Tú? ¿Cómo? No lo entiendo.

—Trabajé con Holger Ponce antes de que fuera ministro de Obras Públicas.

—No me gusta ese hombre. Da escalofríos y siempre intenta tocarme.

—No volverá a intentarlo. Esta mañana ha sufrido un derrame cerebral.

A decir verdad, dudo que sobreviva. En fin, tampoco era buena persona por aquel entonces, pero yo procedía de una familia pobre y estar relacionado con él me daba una ventaja enorme.

Me conseguía pequeños contratos de obras públicas y luego nos repartíamos los beneficios.

—Siempre supe que había algo raro en la cantidad de trabajo que conseguías.

—Bueno, así era como la mayoría de la gente conseguía contratos públicos en Sierramar antiguamente.

Ahora está todo más regulado. En fin, me presentó a unos alemanes que estaban construyendo un pueblo cerca de Lago Verde y necesitaban una carretera.

No soy idiota. No tardé en darme cuenta de que eran fugitivos, pero acepté el contrato porque lo necesitaba.

—Pero eran Nazis. No entiendo por qué los ayudaste.

—Era joven e insensato. Muchos admirábamos la maquinaria bélica alemana y los ideales fascistas. Me emocionaba estar involucrado con criminales de tan mala fama.

—Y conseguir contratos públicos siendo tan joven.

—Lo irónico es que no gané nada construyendo la carretera, porque el alcalde de Lago Verde y Holger Ponce me desplumaron.

—¿Y después?

—Después empecé a oír hablar de los campos de concentración y de otras atrocidades perpetradas por los Nazis en Europa, y me negué a seguir trabajando para ellos.

Quería denunciarlos, pero Holger Ponce me dijo que, si mencionaba el asunto, no volvería a trabajar jamás. Así que he mantenido la boca cerrada.

—¿Por eso le enviaste el informe a Ramon Vega?

—Sí, pensé que había llegado el momento de ganarme tu respeto. Eres muy valiente. Tu madre estaría orgullosa.

—Gracias, Papi. Entiendo que te haya resultado difícil contármelo.

—¿No me odias?

—No digas tonterías. El bebé necesita un abuelo.

***

Cuando Sam terminó de ducharse, salió a sentarse con Alfredo.

Segundo regresó al laboratorio para montar una escena para la policía.

Puso su pistola en la mano de Kurt Becker y le cerró los dedos alrededor del gatillo.

Después utilizó un guante de laboratorio para recogerla y la dejó sobre el asiento.

Le quitó los zapatos a Becker y se los llevó fuera, hasta donde yacía el cadáver de Boris Klein.

Los utilizó para dar patadas a las hojas en el lugar donde había estado tendido Alfredo, asegurándose de que quedaran salpicados de sangre; después volvió a meterlos y se los puso de nuevo a Becker.

Cuando terminó, encontró a Sam y Alfredo sentados al sol sobre un tronco.

—Tenemos que borrar vuestras huellas del lugar —dijo Segundo—.

¿Podéis ayudarme? Volvieron a colocar la cama contra la pared y borraron las huellas de los muebles y de la puerta.

Sam intentó recordar qué había tocado en el laboratorio, aparte de la camilla.

Sacudió las mantas para comprobar que no había dejado nada y el dispositivo contra mordeduras de serpiente cayó al suelo.

—¿Qué es eso? —preguntó Segundo—. Tiene un aspecto siniestro.

—Me salvó la vida —dijo Sam—. Es una pistola eléctrica. ¿La quieres?

—Sí, por favor.

—Es tuya. No creo que quiera conservar nada que me recuerde lo ocurrido hoy.

El guardia de seguridad, que había recobrado el conocimiento tras el golpe en la cabeza, aceptó corroborar la versión de que Becker y Klein se habían peleado, y que Becker había matado a Klein y luego se había suicidado.

A cambio de su libertad, más tarde declaró a la policía que no había nadie más en el laboratorio.

Intimidado por Segundo, el guardia no tenía el menor deseo de ir a prisión por ayudar a los Nazis.

Al cabo de un rato, Sam volvió a salir y se sentó en el tronco mientras los demás terminaban de limpiar.

La confusión la abrumaba. Sentía alivio, pero también tristeza.

Todo aquel asunto de los Nazis seguía siendo un misterio para ella.

Nunca entendería por qué alguien querría clonar a un dictador demente.

Se habían metido en algo tan alejado de lo normal que parecía una pesadilla, no algo que hubiera pasado de verdad.

Al menos estaban vivos, excepto el pobre Saul.

Alfredo había prometido enviar su cuerpo de vuelta a Nueva York para darle una sepultura digna.

Segundo había llegado en el momento justo y la había salvado de una breve vida como madre subrogada de Hitler.

¿En qué situación la dejaba aquello con Simon?

Lo echaba de menos a pesar de sí misma. Le había pedido que se fuera a vivir con él.

¿Cuántas veces había fantaseado con eso?

Y ella lo había echado todo a perder al soltar de golpe lo del embarazo.

Sentía que había sido culpa suya. El curso del amor verdadero nunca había sido fácil.

Había escogido a un hombre que la llevaba por un camino lleno de baches, pero no sentía que aquello hubiera terminado; aún no.

Tenía que hablar con él antes de tomar una decisión definitiva.

Cuando terminaron de limpiar el laboratorio, subieron a la camioneta de Boris Klein y condujeron hasta Lago Verde, donde recogieron el coche de Gloria.

Segundo lo había dejado en el aparcamiento del hotel y le dio al director un billete de los grandes junto con una advertencia para que olvidara su visita.

Al salir del pueblo, tuvieron que dar marcha atrás y meterse en la cuneta varias veces para dejar pasar a otros vehículos, mientras el circo mediático llegaba a San Blas en un convoy de llamativas furgonetas con antenas parabólicas en el techo.

Segundo los llevó hasta la carretera principal y allí se bajó del vehículo.

—Ahora voy a volver a Calderon —dijo—. Llevad el coche hacia el sur, hasta el hospital de Valle de las Incas. Don Sanchez está allí con Gloria.

—Gracias, Segundo. Te debemos la vida.

—Señorita Sam, jamás habría encontrado el lugar de no haber sido por su trabajo con las fotografías aéreas. Siento haberme mostrado tan desdeñoso. Alfredo estaría muerto de no ser por usted.

Se estrecharon la mano y Segundo se quedó esperando en la parada de los autobuses regionales.

—¿Conduzco yo? —preguntó Sam—. Quien conduce elige la cinta.

—Adelante. ¿Te encuentras lo bastante bien para conducir? —preguntó Alfredo.

—Si fueras una chica, podría decirte cómo me siento —dijo Sam.

—Vale. Entonces no me lo cuentes. Creo que prefiero no saberlo.

—Pongamos un poco de AC-DC .

***

Llegaron al hospital a primera hora de la noche.

El horario de visitas había terminado, pero el personal se dejó convencer para aceptar una generosa donación al fondo para la fiesta del personal y pasó por alto las normas.

Hernan Sanchez, a quien no se aplicaban las normas, los vio avanzar por el pasillo y se acercó a ellos.

Abrazó a Sam y estrechó la mano de Alfredo con cierta incomodidad.

Sam intentó entrar en la habitación de Gloria, pero Hernan la detuvo.

—Creo que Alfredo debería entrar primero —dijo con un guiño. Sam se quedó tan asombrada como confusa.

—De acuerdo, señor, gracias —dijo Alfredo, que ya había echado a andar por el pasillo.

Llegó a la puerta y la abrió. Esta se cerró tras él, dejándolo allí de pie, contemplando a Gloria, que estaba incorporada en la cama con los ojos brillantes.

—Cariño —dijo ella—, ¿no estás herido?

—Pero qué tonta eres. ¿No eres tú quien está en el hospital?

Se abalanzó hacia ella y la estrechó entre sus brazos.

—Dios mío, creía que nunca podría volver a hacer esto. Ahora ya no puedes escapar de mí. Voy a casarme contigo.

—¿Y quién ha dicho que vaya a aceptar?

—¿No vas a hacerlo?

—Bueno, como llevo a tu hijo dentro, quizá eso evite que mi padre mande que te peguen un tiro.

—¿Un hijo? ¿Qué quieres decir? Creía que habías dicho... ¿No dijiste...? ¿Qué? ¿Cómo? ¿Estás segura?

—El médico me ha dicho que ya estoy de cuatro meses. Me parecía que había engordado un poco. Nunca imaginé que pudiera estar embarazada.

—Pero ¿no está embarazada Sam? ¿Se ha vuelto loco el mundo? ¿Qué está pasando?

—No lo sé. ¿Tú qué piensas?

—Pienso que soy el hombre más feliz del mundo.

—En ese caso, tendrás que competir con mi padre.

—¿Podemos dejarlo en empate?

Sam, que había oído el último comentario, preguntó:

—¿Dejar qué en empate?

—Sam, estás a salvo, gracias a Dios. ¿Estás bien?

—Sí, estoy bien. Luego te contaré los detalles truculentos. ¿Y tú?

—Estoy embarazada.

—¿Estás qué?

—Embarazada. Me han hecho las pruebas. Voy a ser madre.

—Dios mío, por eso vomitabas. ¡Qué noticia tan fantástica! ¿Cuándo sales de cuentas? Vamos a tener bebés.

—Sam, ¿estás segura de que estás embarazada? La emoción de Sam se evaporó y ella palideció.

—Soy idiota —dijo—. Ahora me acuerdo. La varilla del test de embarazo cayó en un charco de líquido que había debajo del inodoro. Ese líquido debía de contener hormonas de tu orina, y por eso me dio positivo. No estoy embarazada. Así que por eso Becker no me mató.

—Tendrás que explicarme ese comentario más tarde. Estoy un poco cansada después de tantas emociones hoy.

—He reservado un vuelo privado de vuelta a Calderon para mañana —dijo Hernan Sanchez—. Mandaré a uno de mis chóferes a recoger el coche de Gloria.