La Reliquia (Las Aventuras de Sam Harris 2) Capítulo 42
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Capítulo 42

De vuelta en San Blas, se celebró una solemne reunión de vecinos, presidida por los hermanos Schmidt, vestidos con trajes negros, camisas blancas y gruesas corbatas negras.

El murmullo inquieto de las conversaciones, entretejido con el denso humo de los cigarrillos que impregnaba el aire, conformaba el ambiente del salón.

El cabello rubio se había vuelto gris sobre cabezas inclinadas por la edad, y junto a muchas sillas había bastones apoyados o enganchados en el respaldo.

Franz Schmidt se levantó para hablar. Se aferró al atril como un náufrago a un salvavidas, con los nudillos blancos.

—A estas alturas, la mayoría ya sabréis que Boris Klein y Kurt Becker han aparecido muertos en el bosque, a las afueras del pueblo.

Puede que nunca sepamos qué les ocurrió, aunque se rumorea que guarda relación con la muerte de mi hijo, Hans.

La policía lo ha calificado de asesinato seguido de suicidio y no queremos despertar sus sospechas.

No sería prudente investigar el asunto —dijo.

—¿Qué será de nuestro pueblo? —gritó alguien.

—No hay motivos para creer que esto sea nuestro fin.

Lo que sí es seguro es que nuestra comunidad está herida y nunca volverá a ser la misma.

Tengo entendido que algunos tenéis pensado trasladaros a Argentina, pero yo me quedaré aquí, en San Blas, y espero que muchos de vosotros también os quedéis conmigo.

La guerra ha terminado. Este es mi hogar.

Quiero vivir en paz los últimos años que me quedan.

He conocido a una mujer de Lago Verde y tengo intención de casarme con ella.

Se alzaron fuertes murmullos, que acalló levantando una mano.

—Algunos pondréis objeciones a su origen étnico, pero ya no me importa.

Creo que ha llegado el momento de que abramos los ojos y entremos en el siglo XX.

Necesitamos más trabajadores para que el pueblo prospere, y propongo acudir al alcalde de Lago Verde y organizar unas entrevistas. ¿Hay alguien que se oponga?

Nadie dijo nada.

—De acuerdo, lo interpretaré como un sí. El domingo celebraremos un oficio por Boris y Kurt, y os agradecería que los objetos conmemorativos fueran discretos, pues puede que la policía siga aquí espiándonos. Gracias y, por última vez, Heil Hitler.

***

La reacción al artículo del Miami Herald fue inmediata.

Ramon Vega se hizo famoso. Lo invitaron a participar en los programas de entrevistas más importantes de Estados Unidos.

Larry King Live y los informativos de CNN quisieron entrevistarlo, y lo agasajaron allá donde iba.

Las mujeres se atropellaban unas a otras para ayudarlo a superar el trauma de haber estado a punto de morir incinerado.

Él aprovechó al máximo la terapia que le ofrecían, convencido de que a caballo regalado no había que mirarle el diente.

Estar en el ojo público le resultaba agotador.

Volaba en primera clase y se alojaba en las mejores suites.

El dinero entraba a raudales en su cuenta bancaria.

Las editoriales le suplicaban que escribiera un libro, o varios.

Los Nazis eran, como había señalado Guido Luna, un tema irresistible para los periodistas.

Ramon siempre había imaginado cómo sería ser famoso, pero cuando una mujer sobornó a alguien para colarse en su habitación de hotel y se tumbó desnuda en su cama, cubierta de sushi, comprendió que, a la larga, el exceso de cualquier cosa acababa resultando aburrido.

Se comió el sushi, que estaba tibio, y tomó a la mujer, que no lo estaba, pero llegó a la conclusión de que quería volver a casa. Llamó a Alfredo.

—Hola, viejo amigo.

—Hola, sinvergüenza. ¿No se suponía que estabas muerto?

—Las noticias sobre mi muerte fueron muy exageradas.

—He oído que eres famoso.

—Un poco.

—¿Dónde estás ahora?

—En el aeropuerto.

—¿En qué aeropuerto?

—En Miami. Vuelvo a casa y había pensado que quizá pudieras alojarme durante una temporada, ya que algún cabrón incendió mi casa.

—De momento puedes vivir en el piso de Gloria. Ella se viene a vivir aquí conmigo.

—¡Vaya! Enhorabuena. ¿A qué vienen tantas prisas?

—Voy a ser padre.

—¡Fantástico! ¿Qué opina el señor Sanchez?

—Cree que será mejor que nos casemos enseguida. Y estoy de acuerdo, aunque tampoco es que me hayan dado a elegir.

—¿Vas a casarte? ¿Conozco al padrino?

—Creo que viene de camino desde Miami. Por cierto, ¿a qué hora llegas?

***

Una avalancha de sentimientos contradictorios abrumó a Sam cuando descubrió que la embarazada era Gloria y no ella.

Necesitaba estar un momento a solas, así que dejó a Alfredo y a Hernan en la habitación de Gloria y se sentó sola en el hueco de la escalera.

Así que no estaba embarazada. Gracias a Dios.

Soltó el aire que sentía que llevaba semanas reteniendo en los pulmones y se echó a reír.

Se había librado por los pelos. Si alguna vez se reconciliaba con Simon, le exigiría que usara preservativo, además de tomar ella la píldora.

Se acabaron aquellos sustos que le paralizaban el corazón.

¿Y lo aceptaría de nuevo? ¿Quién sabía? No era culpa de él que hubiera entrado en pánico cuando ella lo llamó de improviso. Probablemente la estaría esperando en el aeropuerto con flores, y a ella le gustaban sus reconciliaciones. Eso sí, haría que le suplicara.

Cuando regresó a Calderon, Sam solo tenía una cosa en mente. Llamó a Hannah.

—Hola, soy yo.

—Ah, hola, Sam. ¿Cómo estás? ¿Qué tal Sierramar?

—¿Hay alguien contigo?

—No, es la televisión. Voy a bajar el volumen.

—¿Desde cuándo tienes la televisión en el dormitorio?

—Quería decir la radio. En fin, ¿cómo estás? ¿Hay novedades?

—No estoy embarazada, si es eso lo que preguntas.

—¡Ah, menos mal! Debes de estar aliviada.

—Bueno, sí, supongo. La mente te juega unas pasadas muy raras.

—¿Cómo está Gloria?

—Ah, pues está embarazada y va a casarse.

—¿Qué? Recuerdo que me dijiste que no podía tener hijos. ¿Cómo ha ocurrido?

—Los médicos no lo entienden. Dicen que es un milagro.

—¿Quién demonios querría casarse con Gloria?

—Alfredo. Está rebosante de felicidad.

—Querrás decir borracho, ¿no? ¿No estaba desaparecido?

—Ya no. Lo encontramos y le pidió a Gloria que se casara con él.

—Tus amigos están como auténticas cabras. No te quedes demasiado tiempo o acabarás como ellos.

—La boda es la semana que viene. Tengo pensado volver a casa cuando se marchen de luna de miel.

—Ah, estupendo, será maravilloso.

—Oye, no te entusiasmes tanto.

—No, perdona, me he distraído. Es una noticia estupenda. Llamaré a mamá y a papá para contárselo.

—Vale, tengo que dejarte. Nos vemos pronto.

—Adiós.

Hannah se volvió en la cama para mirar a Simon, que había oído cada palabra y estaba lívido.

—Dios mío, vuelve a casa.

El siguiente libro de la serie es La Estrella de Simbako.

Gracias por leer mi libro. Si te ha gustado, ¿podrías dedicar un momento a dejar una reseña?

Gracias

PJ Skinner