Capítulo 40
Hacía muchos años que Boris Klein no tenía a un hombre a su merced de aquella manera. Sonrió expectante y acarició la pistola que sostenía en la mano. Le dio un empujón a Alfredo en la espalda y lo obligó a salir por la entrada en dirección al bosque.
Alfredo estaba desesperado. Solo podía pensar en Gloria y en lo poco sentido que había tenido su vida hasta que la conoció.
Por fin había encontrado una razón para vivir justo cuando estaba a punto de morir.
La ironía le arrancó un suspiro. Uno de sus últimos alientos.
No quería que su último pensamiento fuera un arrepentimiento.
Solo le quedaba una opción. Echaría a correr.
Mejor morir de un disparo intentando escapar que de rodillas.
Buscó una oportunidad para huir. Se internaron más entre los árboles.
La oscuridad los envolvió y las ramas húmedas le rozaron la cara.
—Detente aquí.
Se detuvo. Ahora o nunca. Intentó correr, pero sentía las piernas de plomo.
—Arrodíllate.
Las piernas le flaquearon. Sus músculos se habían declarado en huelga. Cayó de rodillas cuando el zapato se le enganchó en la raíz de un árbol. Los pájaros dejaron de cantar. Oyó cómo quitaban el seguro de la pistola.
—¿Cómo nos encontró? —preguntó Klein.
—Por una combinación de factores. El informe de Ramon Vega nos puso sobre la pista y después obtuvimos la confirmación de la viuda de Rolf Kaufmann. Nos enseñó fotografías de vuestro grupo con uniformes Nazis.
—Vieja estúpida. Su marido era un monstruo. Le gustaban las niñas.
—¿Y a ti no?
—Ese ha sido su último chiste, doctor Vargas. Se lo dejo gratis. ¿Quiere un minuto para rezar?
—No creo en Dios.
Boris Klein afianzó los pies sobre el suelo cubierto de musgo.
Bajó la pistola hasta la nuca de Alfredo.
Alfredo cerró los ojos al sentir el contacto e intentó imaginarse a Gloria.
La humedad le caló las rodillas de los pantalones y vio un escarabajo arrastrando una polilla hacia un agujero. El tiempo se detuvo.
***
Sam oyó a Alfredo arrastrar los pies hacia la salida.
—Por favor —le dijo a Becker—, no tienes por qué matarlo. No puede hacerte daño en Argentina.
—Lo siento. Sabe demasiado.
Sam sollozó de dolor y frustración. Se desplomó de rodillas en el suelo de la celda. No iban a conseguirlo. Los rescates en el último momento eran cosa de películas. Becker la miró con compasión.
—¿Puedes levantarte y venir conmigo o prefieres esperar a Boris? Esto no te hará daño. El procedimiento es un poco incómodo.
—Preferiría no volver a ver a Boris jamás —dijo Sam con una valentía que no sentía. Entonces se acordó.
—¿Puedo sacar ropa interior de mi bolsa?
—De acuerdo.
Cogió la mochila y rebuscó en el fondo hasta que sus dedos se cerraron alrededor del Taser de plástico. Se lo guardó en el bolsillo del pantalón y siguió al doctor Becker hasta el laboratorio. El calor que hacía allí le provocó náuseas. Las paredes blancas estaban salpicadas de suciedad y sangre.
—¿Puedes cerrar la puerta con llave, por favor? —dijo Sam—. Klein no debe ver esto. No quiero que ese hombre me mire desnuda.
—Es comprensible. Yo tampoco querría.
El doctor Becker cerró la puerta con llave.
—Siéntate un momento mientras compruebo que todo está listo.
Sam volvió a intentarlo, suplicante.
—Por favor, ¿no puedes detenerlo? ¿Detener a Boris? No dejes que dispare a Alfredo.
—No puedo detener a Boris. Nadie puede controlar a ese hombre. Es un animal.
—Alfredo es amigo mío.
El doctor Becker la miró con sus fríos ojos azules, pero ella no vio en ellos ni rastro de compasión.
—No puedo hacer nada. Tienes suerte de seguir viva. Si no te necesitáramos, tú también estarías muerta. Ahora quítate la ropa de cintura para abajo y súbete a la mesa de operaciones.
Sam se sentó y se quitó los zapatos y los calcetines.
Colgó los vaqueros del respaldo de la silla y se quitó las bragas.
El tiempo se detuvo. No podía evitarlo. Estaba pendiente del disparo.
¡Corre, Alfredo, corre! Date una oportunidad.
Por favor . Entonces un único disparo pareció resonar por toda la estancia.
Sam lanzó un gemido y se tapó los oídos con las manos, como si así pudiera acallar la verdad contenida en aquel sonido.
—¡Alfredo! ¡No!
—Lo siento, Sam. No había otra opción.
—Había muchas opciones. Deberías haberlo dejado atado para que alguien lo encontrara más tarde. Eres un asesino.
—Tantas muertes... ¿Qué importa añadir una más a la lista?
—¿Y yo? ¿Soy la siguiente? ¿La madre de Hitler? Sería como disparar a la Virgen María, ¿no? —dijo.
—Cálmate o tendré que dormirte para el procedimiento.
Apartó la ropa de la silla y la dejó sobre la encimera que tenía detrás.
Sam permaneció allí, rígida de furia e impotencia.
Intentando pensar con lógica, sopesó sus opciones.
Sin saberlo, él había dejado el aparato fuera de su alcance.
Aquel hombre descubriría que estaba embarazada, y eso solo podía significar una cosa.
La asesinaría y, si no lo hacía él, lo haría Klein; o, peor aún, la violaría primero.
Había visto cómo la miraba. Becker probablemente le administraría una sobredosis de anestesia cuando descubriera su secreto.
No despertaría jamás. Aquello le atraía más que la alternativa.
Le costaba creer que aquellos fueran sus últimos momentos en la Tierra.
De algún modo, todo parecía muy prosaico.
—Tengo miedo. Hoy ya no puedo soportar más. ¿Puedes dormirme, por favor?
—De acuerdo, si eso es lo que quieres. Te daré aire y gas. Una sedación ligera debería bastar.
Acercó a la mesa de operaciones un carrito antiguo con una rueda chirriante y giró unas válvulas de un par de bombonas.
—Ahora necesito que te tumbes y pongas los pies en los estribos. Bien. Desliza el trasero hacia mí. Eso es.
Bien podría haber estado preparándola para una citología.
—¿Estás lista? Muy bien, respira hondo.
***
Un fuerte estampido hizo que le zumbaran los oídos, y Alfredo cayó de bruces sobre las hojas cuando las piernas le fallaron.
Esperó a que aparecieran luces brillantes o túneles.
Para su decepción, tenía razón respecto a la inexistencia del cielo.
La oscuridad lo dominaba todo. ¿Por qué tenía hojas en la boca?
Las escupió. ¿Había fallado Boris? No se sentía muerto.
—Doctor Vargas, ¿está vivo?
Conocía aquella voz. ¿Segundo?
—Sí, eso creo.
Se incorporó apoyándose en las manos, cuyas palmas estaban salpicadas de sangre.
Asqueado, se las limpió contra las hojas, ensangrentándolas aún más.
Las piernas no le respondían. ¿Estaba herido?
Entonces se dio cuenta de que Boris Klein yacía sobre ellas con media cabeza destrozada.
Alfredo gruñó mientras liberaba las piernas de debajo del cadáver ensangrentado y se puso en pie para mirar a su salvador, cubierto de hojas y ramitas como un duende del bosque.
—Ha faltado poco. No os vi hasta que casi me pisasteis al pasar —dijo Segundo.
—Pensaba que iba a matarme. Menos mal que estás aquí. Tenemos que rescatar a Sam.
—Querrás decir que yo tengo que rescatar a Sam. Tú solo vas a joderlo. Espera fuera.
***
El doctor Becker sacó las piernas de Sam de los estribos, la deslizó hacia la parte superior de la mesa de operaciones y la colocó de lado por seguridad.
Le puso la ropa junto al cuerpo, en el hueco entre los muslos y el estómago, para que pudiera vestirse sin bajarse de la camilla.
Miró el reloj. Debería recobrar el conocimiento de un momento a otro.
Necesitaría la ayuda de Boris para meterla en el camión y atarla.
Por cierto, ¿dónde estaba? El disparo había resonado en el laboratorio al menos diez minutos antes.
¿Quizá estaba ocultando el cadáver? Becker se afanó por el laboratorio, eliminando las pruebas de su proyecto y guardándolas en una gran bolsa de basura negra.
Tendrían que llevársela y deshacerse de ella arrojándola por los acantilados de las afueras de Lago Verde.
Sam gimió y empezó a agitarse. Él se acercó y la sujetó para impedir que cayera, aprovechando su estado comatoso para contemplarla de cerca.
Era una lástima que se hubiera mostrado tan inaccesible.
Era una mujer atractiva en la flor de la vida.
No era de extrañar que Boris se relamiera al verla.
De haber sido más joven, también él se habría sentido tentado.
Le acarició la pierna, recreándose en la suavidad de su piel y pensando en las argentinas que lo esperaban.
Su mano exploró con parsimonia el cuerpo de Sam.
De repente, ella se incorporó. Antes de que pudiera reaccionar, le apartó la mano y le clavó algo en el pecho.
Una sacudida de dolor le recorrió el cuerpo.
Salió despedido hacia atrás y cayó al suelo.
¿Había sufrido un infarto? Sam se había recostado de nuevo y aún sostenía un extraño aparato negro en la mano.
Se rio de él. Antes de que pudiera levantarse, se oyó un fuerte estruendo y la puerta del laboratorio se abrió de golpe.
—¿Estás bien, Sam? —dijo Alfredo.
—¿Estás vivo? —dijo Becker mientras se ponía en pie tambaleándose.
—Ya van dos veces que has estado muerto esta semana —dijo Sam, aún tumbada en la camilla—. Espero que no lo conviertas en costumbre.
—Me gusta hacer entradas espectaculares.
—Apártate de ella ahora mismo. Segundo había avanzado hacia el interior del laboratorio. Apuntaba con una pistola a la cabeza de Becker.
Becker no lo reconoció, pero la amenaza que percibió en su voz le hizo estremecerse.
—Creo que no lo haré.
—Vamos. Se acabó —dijo Alfredo.
—¿Dónde está Boris? —dijo Becker.
—El señor Klein no va a reunirse con nosotros —dijo Segundo.
—Jesús, ¿lo habéis matado?
—Matar o morir, me temo.
—¿Dónde está el guardia de seguridad?
—Está echando una siesta. Apártate de la camilla o me veré obligado a dispararte también.
—Oh, no será necesario. Me marcho.
Metió la mano en el bolsillo y sacó una cajita plateada que abrió deslizando la tapa. En el interior rodaba una cápsula. Sonrió y los saludó.
Antes de que Alfredo o Segundo pudieran moverse, Becker se la había metido en la boca y la había mordido. Los ojos se le pusieron en blanco y se aferró al frigorífico, jadeando. Se le formó espuma en las comisuras de los labios. Un olor a almendras flotó en el aire.
—Mierda. Eso es cianuro. Está acabado —dijo Alfredo—. No os acerquéis a él, esa sustancia es letal.
Becker cayó al suelo sin levantar los brazos para amortiguar el golpe.
Un crujido nauseabundo resonó cuando su cara chocó contra las baldosas.
La sangre se deslizó por la superficie blanca hasta el desagüe.
No necesitaban tocarlo para saber que estaba muerto.
Sam gimió y Alfredo corrió a cogerle la mano.
—¿Estás bien?
—¿Estás vivo? ¿Por qué? No entiendo qué ha pasado.
—Yo tampoco. ¿Sigues embarazada? —dijo Alfredo.
—Oh, Dios. Voy a ser la madre de Hitler. Ayúdame a bajar. Tengo que ir a la ducha ahora mismo.
Alfredo la ayudó a bajar las piernas hasta el suelo. Se había envuelto en una sábana quirúrgica y tenía un aspecto casi bíblico. Los hombres se quedaron mirándola bajo aquella fina cobertura. Sam tenía la constitución de una valquiria, y la sábana que la envolvía acentuaba su cuerpo atlético.
—¿Qué estáis mirando? —siseó mientras cogía un par de toallas que había a un lado. Metió los pies en los zapatos y pasó a empujones junto a Segundo para dirigirse a la ducha.
—¿Qué ha querido decir? ¿La madre de Hitler? ¿Qué demonios está pasando aquí? —dijo.
—Es una larga historia.
—Estos putos alemanes están locos.
—Nazis, no alemanes.
—Para el caso es lo mismo. Necesito un poco de aire fresco. Este sitio es claustrofóbico.
—No todos los Nazis son alemanes ni todos los alemanes son Nazis. Sal fuera y démosle un poco de intimidad a Sam; te explicaré unas cuantas cosas.
***
Sam yacía en el suelo de la ducha, lavándose por dentro con agua y jabón mediante la manguera de la ducha y una botella de plástico.
El suelo no parecía limpio y el cemento era áspero e irregular, pero no le importó.
No quiso correr ningún riesgo y apoyó las piernas en la pared para que el agua le penetrara hasta el cuello del útero.
Era indigno, pero, comparado con la alternativa, la elección resultaba sencilla.
Contempló el agua jabonosa que fluía por las baldosas hasta el desagüe. Experimentó una extraña satisfacción al ver cómo Hitler se iba por el desagüe hacia la fosa séptica para reunirse con el resto de las aguas residuales.
Todavía aturdida, repasó la situación. Había cosas que no entendía.
Si estaba embarazada, ¿cómo era que seguía viva?
¿Y por qué no tenía ningún síntoma? No había ganado peso y la única persona que vomitaba era Gloria.
Qué extraño. Intentó ponerse en pie, pero no pudo, así que permaneció sentada en el suelo bajo el chorro hasta que el agua caliente se volvió fría.